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Crítica de 'Escándalo Americano' (American Hustle)

El Güegüense en Studio 54

A pesar de la superficialidad, los placeres de “Escándalo Americano” son innegables

Juan Carlos Ampié | 22/2/2014
@juancarlosampie

La primera toma de “Escándalo Americano” es grotesca y graciosa al mismo tiempo. Es un close up intencionalmente largo de Irving Rosenfeld, comerciante de mediana edad de Nueva Jersey, peinándose meticulosamente. Tapa su calvicie con el cabello que deja crecer en las sienes, esculpiendo un complicado pompadour con suficiente spray como para abrir un agujero en la capa de ozono. La ilusión de una copiosa cabellera es el más inocuo de sus engaños. En la segunda toma la imagen se abre mientras Irving se pone la camisa, y apreciamos su abultado vientre. Al exhibir el cuerpo de Irving de esta manera, el director David O'Russell llama la atención sobre la transformación del actor que lo interpreta. Christian Bale adquirió cierta notoriedad por perder grandes cantidades de peso para interpetrar a un insonme patológico en “The Machinist” (Brad Anderson, 2004), un prisionero de guerra en “Rescue Dawn” (Werner Herzog, 2006) y un junkie entrenador de boxeo en “The Fighter” (O' Russell, 2010). En esta ocasión, el énfasis en el cambio de fisonomía es particularmente perverso, pues el actor ha adquirido un nivel inusitado de fama por la última trilogía de “Batman” (Chrisopher Nolan, 2005-2011). De lo músculos de kevlar del súper héroe al tejido adiposo del complaciente estafador, O'Russell ensalza la capacidad de transformación de Bale, haciendo eco de la vocación histriónica de los protagonistas de este comedia basada en la vida real. Todos – salvo una notable excepción – se inventan a sí mismos, fingen ser otras personas, y balancean varias identidades dentro de un mismo ser.

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La trama está basada en un escándalo de la vida real, conocido como “Abscam”. El acrónimo hace referencia a la “estafa de Abdul”, perpetrada a finales de los setentas por un grupo de agentes del FBI en complicidad con una pareja de genuinos estafadores. Haciéndose pasar por representantes de un jeque árabe, tentaron con cuantiosos sobornos a una serie de políticos, mientras los grababan con cámara escondida. El operativo hizo caer en desgracia a personajes de buena reputación e ilustre carrera, y puso en entredicho este tipo de estrategias. ¿Es válido que agentes de la ley y el orden corrompan a un hombre para apresarlo por corrupción?

O'Russell no está interesado en las implicaciones éticas de la historia, sino en observar a sus actores construyendo personajes con múltiples capas de identidad. Quizás la mejor sea Amy Adams. Ella es Sydney Prosser, humilde muchacha del medio oeste que llega a New York para re-inventarse como una mujer fabulosa y sofisticada. Con la inspiración de Irving – y un closet de fabulosos trajes de la era del disco – construye a Edith Greensly. Es una moderna jet setter de escote hipnotizante y melodioso acento británico, que suaviza la resistencia de los incautos atraídos por la promesa de dinero fácil en la tramposa operación de prestamista de Irving. Cuando el volátil agente del FBI Richie DiMaso los obliga a trabajar para él, terminan enfrascados en un triángulo amoroso. Celos, reproches, y  las presiones de la labor que emprenden los empujan al límite de la cordura. En un fascinante encontronazo escenificado en la discoteca Studio 54, Adams colapsa todas las identidades de su personaje, jugando con niveles en engaño, auto-engaño y conocimiento personal como una virtuosa. Tentando carnalmente a Richie – él mismo un sujeto que pretende ser algo que no es -, Sydney/Edith se desarma y se reconstituye  mientras tienta a su titiritero con sensualidad, y añade otras capas de pretensión a la relación. En una sola mujer, vemos las multitudes que se esconden adentro. Sé que Cate Blanchett es la favorita para llevarse el Óscar, pero créanme, Adams lo merece.

El único personaje transparente es Carmine Polito (Jeremy Renner). El principal blanco de la operación es el popular alcalde de Nueva Jersey, empeñado en reconstruir la economía de Atlantic City aprovechando la autorización para abrir casinos. Pero los millones que necesita invertir la ciudad no existen. Cuando los solícitos representantes del jeque árabe aparecen, Polito es un blanco vulnerable. Irving termina de convencerlo, y en el proceso entablan una amistad que puede ser la única relación pura del filme. Sin embargo, Renner no puede competir con sus compañeros de reparto, tan volátiles y excéntricos. El mismo director parece poco interesado en el centro moral del filme. Al concentrarse en las laberínticas maquinaciones de los alegres estafadores, O'Russell se compromete con el aspecto etéreo de esta brillante visión acaramelada de los 70s.

A pesar de la superficialidad, los placeres de la película son innegables. No tengo espacio para hacerle honor a la hilarante Jennifer Lawrence, como la maniática esposa de Irving; o desentrañar el oscuro entremés cómico construido entre Bradley Cooper y Louis C.K., como su sufrido y humillado jefe. Esta carta de amor a los actores – legales y criminales – es también una celebración del espíritu de re-invención. La posibilidad de transformarse en lo que uno quiere ser es una aspiración eminentemente norteamericana. Pero en el país de la gente que se precia de compartir el espíritu del Gueguense – exponente criollo del oportunismo -, los alegres estafadores de “Escándalo Americano” no se sienten exóticos.

 

Calificación

“Escándalo Americano”

(American Hustle)

Dirección: David O' Russell

Duración: 2 horas, 13 minutos aprox.

Clasificación: * * * (Buena)

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