Nación

Alarma por crecimiento del consumo entre los jóvenes, pero no hay estadísticas

Adicción: un problema de salud pública

Expertos analizan cómo determinar la línea divisoria entre un consumidor ocasional, un "bebedor social", y un verdadero adicto



La primera experiencia de ‘Héctor’ con las drogas fue a los nueve años. Le pidió a uno de sus compañeros de colegio que le consiguiera marihuana. Muchos de sus amigos ya la habían probado. Así fumó por primera vez. Le gustó. “Se me olvidaban todos los problemas que tenía con mi familia, los problemas económicos. No miraba la realidad de mi vida” recuerda el joven.

Lo que vino después fueron casi seis años de consumo en los que mezcló marihuana, piedra (crack), alcohol y hasta inhaló pega. Era fácil conseguir la droga que quisiera, su vecino era expendedor. A dos casas también había otro expendio. En su barrio, la oferta era abundante. Su droga favorita era la combinación de piedra con marihuana, popularmente conocida como “el bañado”. Se salió de la escuela. Sus días estaban en función de consumir y conseguir dinero para seguir fumando.

“Yo consumía todos los días, me levantaba en la mañana esperaba a que se fuera mi papá y fumaba. Los adultos siempre me invitaban. Era un niño pero no jugaba, solo me drogaba. Buscaba que robarle a mi mama, al vecino, a cualquier persona y después a vender. Los del grupo me decían: vamos a robar para que sigamos fumando”, relata Héctor.

A los dieciséis, llegó a Casa Alianza, el único centro social en Nicaragua que ofrece tratamiento exclusivamente a adolescentes en riesgo y adictos a sustancias. Después de meses de internamiento, logró controlar su adicción y ahora a punto de cumplir dieciocho, sus metas de vida han cambiado radicalmente. Héctor, un joven risueño y de hablar pausado, trabaja en una empresa de transporte de lunes a viernes, estudia los domingos y asiste todos los días a las reuniones de Narcóticos Anónimos, un grupo de apoyo para adictos en recuperación.

Las adicciones y el cerebro

La adicción es una enfermedad crónica, caracterizada por el uso compulsivo de sustancias o conductas para buscar el placer. David Stadthagen, director del Centro de Especialidad en Adicciones (CEA), explica que se trata de conexiones en el cerebro, específicamente en el sistema de recompensa, un centro de respuesta cerebral que incentiva los comportamientos esenciales para la subsistencia del ser humano: la alimentación, el sexo, entre otros.

Este centro libera dopamina, una sustancia ligada al placer. Cuando tenemos sexo y cuando saciamos el hambre, la dopamina se eleva. Sin embargo, no solo las sensaciones físicas son elementales para los humanos. Las emociones y sentimientos más básicos como la pertenencia, la protección y el amor también juegan un rol importante en nuestra liberación de dopamina. Cuando alguna falla, el cuerpo busca sustitutos, muchas veces en sustancias o comportamientos. Por eso, es que para las personas adictas es difícil ‘desengancharse’ de su adicción, la sustancia se convierte en parte esencial de la vida. Anthony Vílchez, un joven de 18 años y adicto en recuperación de Casa Alianza, la describe como “un imán que te absorbe todo”.

“Cuando hay ciertas disfuncionalidades y esas situaciones no se dan y tu primera experiencia de pertenencia, de euforia, de conexión se da con una droga, tu cerebro dice esta experiencia que es absolutamente importante para mí, esta es la manera que yo la voy a obtener, y la ruta para obtener queda grabada. Tu brújula se quiebra”, expresó Stadthagen.

Según el psiquiatra Ronald López, especialista en adicciones, al comer liberamos aproximadamente 180 % de dopamina, también conocida como el neurotransmisor del placer. Con las drogas, por ejemplo el crack, los niveles pueden subir hasta 2000 %. “El equivalente a que la persona experimentará veinte orgasmos. No hay nada que de manera natural pueda producir semejante estimulación. Cambia completamente la composición de nuestro cerebro” indicó el experto.

Las adicciones son multicausales. Están relacionadas a factores genéticos, sociales y psicológicos. El ambiente familiar, la herencia genética, los traumas o la presión de grupo en los años juveniles. Todas juegan un rol en la instauración de una adicción, coinciden los expertos.

Nicaragua, un país sin estadísticas

205 millones de personas en el mundo padecen de adicción a alguna sustancia, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). En Estados Unidos, 17,6 millones abusan del alcohol, la droga lícita por excelencia. En segundo lugar se encuentra el tabaco, que también es legal en casi todo mundo. Le siguen la marihuana, la cocaína, las metanfetaminas y algunos fármacos. Otras personas padecen de adicción a conductas, como el sexo, el juego, los ejercicios o las compras.

En Nicaragua, no existen estadísticas oficiales sobre las adicciones. En 2003, el psiquiatra Mauricio Sánchez realizó un diagnóstico de drogodependencias para la Policía Nacional. Según su investigación, en ese entonces la edad promedio del primer contacto con el alcohol era de catorce años. La marihuana, la cocaína y el crack oscilaban entre los catorce y los quince años. Esa fue la última investigación publicada en el país sobre esta temática.

La ley 735 de Prevención, Investigación y Persecución del Crimen Organizado, establece la existencia del Consejo Nacional Contra el Crimen Organizado, y en el un Observatorio Nacional de Drogas (OND), pero no publican estadísticas o informes sobre el trabajo que realizan.

En su práctica, el doctor López reconoce algunas tendencias. El alcohol sigue siendo la sustancia legal más consumida y en segundo lugar se encuentra el tabaco. “En las ilícitas ahorita hay un cambio porque inicialmente la más frecuente en los usuarios eran la marihuana, la cocaína, el crack, en ese orden. Pero actualmente estamos viendo que cada vez más las personas están consumiendo cocaína y como somos un país de paso, hay un porcentaje que está haciendo uso de derivados anfetamínicos, heroína y algunas otras drogas de diseño”, explico el psiquiatra.

No obstante, en el caso de los jóvenes, los niveles de consumo son distintos. Casa Alianza en su informe anual expone que la droga más utilizada en 2015 por sus internos fue la marihuana, seguida por el alcohol, la piedra (crack) y la pega.

La adicción no es un defecto moral

La adicción es una epidemia global y representa un problema de salud pública. Aún así, existe un estigma hacía quienes padecen de esta enfermedad. “Es una enfermedad crónica tal como la diabetes y la hipertensión, sin embargo a un diabético no se le aísla y se le margina, no se le corre de la casa. Con un adicto muchas veces así sucede”, explica Diana Aguilar, trabajadora social de Casa Alianza.

Usualmente se vincula a las personas adictas a comportamientos ilegales y a un aspecto físico despreocupado y sucio. Pero esa concepción está lejos de ser realidad, según Stadthagen. “Hay una cantidad enorme de adictos que nunca han fallado un día de trabajo. No hay distinción de género pero tradicionalmente, los centros de rehabilitación, están concurridos más por hombres que por mujeres”, dijo el especialista.

Una de esas mujeres es ‘Wendy’, (cuya identidad mantenemos en reserva) una adicta en recuperación que lleva cinco meses de sobriedad. Consumía alcohol y Clonazepan, una sustancia farmacéutica recetada como calmante. El aspecto de esta mujer es elegante, su maquillaje y ropa son impecables. A los diecisiete tomó su primera cerveza y cayó en una espiral descontrolada. A los veintitrés tuvo a su hija, pero poco tiempo después volvió a consumir. La primera vez que recurrió a ayuda le recetaron las pastillas de Clonazepam que rápidamente complementaron su adicción.

“La primera vez que yo tomé rivotril llamé a una amiga y le dije eso es riquísimo, fantástico, dormí como nunca. Y de ahí me pegué, cuando la combinaba con alcohol era como si me hubiera tomado la cervecería entera” relata Wendy.

Por la combinación de ambas sustancias, Wendy estuvo hospitalizada en varias ocasiones, con sangrado en el estómago y gastritis severa. En una ocasión ingirió tantas pastillas que tuvo que ser internada por sobredosis. Según la Oficina de Naciones Unidas para las Drogas y el Delito (UNODC), una de cada tres personas adictas es mujer. Sin embargo, de cada cinco adictos que reciben tratamiento para rehabilitarse, solo una es del sexo femenino.

Para ‘Wendy’, el estigma para las mujeres que padecen esta enfermedad es grande. “Todavía me da miedo el que dirán más por mi hija que por mí. La gente acepta más las pastillas que el alcohol, hay una amiga qué le dice al esposo que yo estoy aquí por pastillas y no por alcohol porque creen que por el alcohol es una mujer promiscua, una mujer mala”, comenta.

Los límites de la adicción

¿Adónde está la línea entre un consumidor ocasional y un verdadero adicto? David Stadthagen del CEA explica que, entre los consumidores de alcohol por ejemplo, aproximadamente el 40% abusa de la sustancia sistemáticamente. Sin embargo, solo el 6 % cruzará la frontera hacia la adicción. “Cuando ya tu vida de consumo está teniendo efectos en las otras áreas, hay una luz de alerta. Vos tenés que pararte. Es una línea bien sutil, y es una pregunta que cada uno la tiene que responder”, manifestó el experto.

Para el psiquiatra López, los límites entre un bebedor social o un consumidor ocasional y un adicto son mejor trazados desde un esquema piramidal: En la base, los consumidores experimentales, aquellos que prueban la sustancia por primera vez. Subiendo en la escala, están los consumidores ocasionales, quienes lo hacen solo en eventos especiales. Luego le siguen los consumidores compulsivos, aquellos que aprovechan toda ocasión para el consumo. En la cúspide, los adictos, aquellos cuyo cerebro está en una situación extrema. “Las razones porque podes ir subiendo en la escala varían de acuerdo a varios factores. Una vez que la sustancia hace su efecto en el cerebro para estimular el sistema de recompensa entonces la persona puede ser adicta esa sustancia”, explica el médico.

Reaprender a vivir

La adicción es una condición que se lleva para toda la vida. No tiene cura. Pero puede controlarse con terapia oportuna. Reaprender a vivir sin una sustancia que en algún momento fue vital para el cerebro, es difícil pero no imposible. Francisco Cedeño confrontó su adicción al alcohol y a las drogas a los veinte años de edad. Ahora, trece años después, convive con la enfermedad.

“De los primeros cambios que tuve que hacer fue cambiar completamente de actividades, empecé a ir a los grupos de recuperación y la verdad es que cambié completamente de amistades y de cosas que hacer. Ahora ya puedo ir a fiestas a conciertos. Para mí estar sin tomar es algo completamente natural. No me imagino tomando. Lo más importante es participar en los grupos de autoayuda para mantenerme en esa sintonía de vida lejos de las sustancias y de las actitudes que son las que van de la mano con el consumo”, expresó Cedeño.