Opinión

Adiós, Diario Tiempo

Una reflexión en homenaje a Diario Tiempo y a su Director Manuel Gamero



El “Hasta pronto, Honduras”, cubriendo la portada completa de Diario Tiempo y parando el reloj de su vida el 27 de octubre de 2015, en la edición número 12,631; año 44 y con 58 mil 523 ejemplares circulando, es impactante.

El cierre de un periódico con solera histórica y en circunstancias traumáticas, ajenas a su propia responsabilidad profesional, causa tristeza y ahonda la desolación cultural del país.
A diario mueren periódicos y publicaciones impresas en el mundo, por múltiples razones, pero igual que suele ocurrir en muchos casos, es nuestro duelo el que más consterna.

Diario Tiempo estaba tan estrechamente vinculado a la familia Rosenthal como a Honduras; no se entiende sin esas conexiones. Tampoco es sencillo de explicar ese nexo puesto que la contribución de ese medio a la construcción de la democracia y la defensa de los derechos humanos no se corresponde necesariamente con la práctica empresarial, social, laboral y política de los Rosenthal y, mucho menos, con el desenlace tan dramático como radical que presenciamos.

En todo caso era claro que desde que el Departamento del Tesoro de Estados Unidos acusó a tres Rosenthal, incluyendo al patriarca Jaime, de prestar sus empresas para “el lavado de activos a favor del narcotráfico”, la suerte de Diario Tiempo estaba echada.

Ya habrá espacio académico para investigar y valorar a profundidad el legado del diario, pero a mi juicio hay cuatro etapas definidas en su cronología: la primera es previa a su fundación en 1971, propiamente a inicios de los años 60, cuando surge la alianza política, ideológica, empresarial y editorial entre Jaime Rosenthal Oliva y Edmond L. Bográn.

Dos formas diferentes de estudiar al mundo y entender a Honduras congeniaron, Rosenthal educado en el pragmatismo del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) y de su ascendencia judía, y Bográn, formado en el debate social universitario y sindical latinoamericano. El primero, un hombre de negocios proclive al libre mercado y, el segundo, un hombre de negocios con enfoque de Estado.

En el contexto de las ideas cepalinas de Prebisch y posgolpe de Estado de 1963, tanto Rosenthal como Bográn entienden que la lucha de las ideas y de los negocios requiere al menos dos expresiones fundamentales: la mediática y la política. En ese accionar fundan La Prensa y pierden La Prensa, víctimas de una represión y conspiración que incluso les lleva a prisión.
En esa coyuntura se estrecha también la amistad de ambos con un periodista que asume y cumple con un papel complejo y, a la vez, extraordinario: Manuel Gamero.

La segunda etapa arranca con la fundación de Diario Tiempo, y, en una de esas paradojas tan comunes y que sonrojan nuestra historia, el general que contribuyó a que perdieran La Prensa, luego les da una mano para encontrar en la nueva publicación el aliado que necesitaba el proyecto desarrollista reformista acontecido entre 1972-1975.

Esa década de los 70 marca algunas diferencias entre ambos socios, y, sobre todo, los distancia de su temprana figuración pública en los años 60, cuando cabildeaban desde la liberal San Pedro Sula la creación de una “burguesía nacional desarrollista”, discrepante, al menos teorética, con el empuje avasallador del capital transnacional norteamericano y con la conducción patrimonial del Estado.

El régimen de López Arellano se vuelve un laboratorio que pone a prueba la ética del poder. Si socialmente Bográn tenía ideas más precisas, Rosenthal lo aventajaba políticamente. Mientras lo social de Bográn iba pereciendo a la intemperie de los tiempos, la vena política de Rosenthal encontraba aliento orgánico en su partido de siempre, el Liberal, y en una concepción corporativa del Estado.

La trágica historia de la CONADI (Corporación Nacional de Inversiones) bien podría ser la estación simbólica en la cual ambos embarcaron diferentes trenes. La forma y el monto en que la familia Rosenthal se hizo con la propiedad de la estatal Cementos Bijao desnudaron un afán de lucro y oportunismo empresarial por encima de los principios. Los intereses de la familia primero; los del Estado y la ley después. Algo que con los años los llevaría a la debacle actual.

Simultáneamente, al interior de Diario Tiempo se consolidaba una regla no escrita pero determinante: “Aquí se respeta la libertad de expresión siempre y cuando no afecte los intereses de la familia Rosenthal y de los amigos de la familia Rosenthal”. Nada inusual en los medios de comunicación social del mundo. Esa ordenanza fáctica no impidió que en la década de los 80 el periódico consolidara su prestigio de defensor de la soberanía, la democracia y los derechos humanos.

La tercera etapa la marca el fallecimiento de Bográn en 1989 y el inicio, poco después, del Programa de Ajuste Estructural (PAE), arranque formal del neoliberalismo. Los años que llegan son escenario de los frustrados intentos de Rosenthal para ganar la nominación presidencial de su partido y, al mismo tiempo, de exitosa inserción de su emporio en el modelo económico vigente, pese a las críticas que, de cuando en cuando, a través de sus Cartas a la Nación, manifestaba en las páginas de su diario.

El Rosenthal filípico contrastaba con el Rosenthal negociante, que nunca ganaba la Presidencia pero que tampoco perdía ya que en cada intento capitalizaba cuotas de influencia e impunidad vitales para su expansión. En el sistema judicial, por ejemplo, tenía tal presencia que se ufanaba de disponer de magistrados, jueces y, en cierto momento, hasta de la mismísima Presidencia de la Corte Suprema de Justicia. Las “manitas”, emblema del Grupo Continental, se movían con apetito insaciable.

Finalmente, la cuarta etapa, la que concluye con el derrumbe de su imperio empresarial y que arrastra consigo a Diario Tiempo, es probable que se marque a partir del 2004, y tiene que ver con los herederos en la familia Rosenthal, que va por su tercera generación de negocios…pero esa es la historia que se está escribiendo, pendiente aún de un juicio que sentará un precedente, cualquiera sea su resultado, para Honduras y su élite.

En cada una de esas cuatro etapas históricas, la libertad de expresión en Diario Tiempo experimentó fases de luz y sombra, en algunas ocasiones por la represión y censura gubernamental, y en otras por los intereses o criterios de sus dueños, sin embargo, en términos generales, siempre conservó una reputación de diario plural, crítico, no corrupto y defensor de los derechos humanos.

¿Cómo se explica llegar al final de la travesía conservando la dignidad de su cabecera? Seguro habrá varias razones, pero el hilo de continuidad del diario a lo largo de sus 44 años de existencia es Manuel Gamero, primer y último director de Tiempo.

Diario Tiempo significa lo que fue en la historia de Honduras con y pese a los Rosenthal, y en ese contexto hay que ubicar y valorar un ejercicio de dirección que lidiaba siempre entre la razón de ser del periodismo y la filiación política e intereses de la familia propietaria, así como de su propia ideología. En ese batallar a veces ganaba la libertad de expresión y a veces perdía, a veces el Licenciado Gamero era héroe y a veces villano.

El poder de un buen director siempre es limitado; y en Tiempo más. Para los Rosenthal nunca fue una empresa rentable desde el punto de vista de las utilidades, pero si les importaba políticamente. Tampoco era sencillo conducir el diario en el marco de una estructura interna con un director y una sala de redacción en Tegucigalpa y otra de impresión y gerencia general en San Pedro Sula. Tiempo era como un ejército que en el mismo frente de batalla tenía dos “estado mayor”, no siempre en comunicación.

Pese a las limitaciones, Manuel Gamero fue capaz de hacer de Tiempo un medio opositor sin ser de la oposición. Un diario que se comenzaba a leer por sus páginas editoriales para pasar después a las noticias, con el aporte intelectual invaluable del Maestro Ventura Ramos, los del propio Director, dueño de un estilo limpio, conciso y curtido en la redacción de líneas y entrelíneas, y de articulistas de prestigio, cuyo pensamiento no tenía nada que ver con los Rosenthal. Cada uno libraba sus propios combates para mantener la integridad de las ideas.

En el plano periodístico la sala de redacción no se quedaba atrás en el esfuerzo y fue una escuela para quienes trabajaron en ella, con editores que corregían las notas no sólo como jefes sino como docentes, como fue el caso de Vilma Gloria Rosales, entre otros. También en San Pedro Sula, bajo distintas condiciones, había un esfuerzo cotidiano de los periodistas para no desentonar con su deber profesional.

Lo que atraía laboralmente de Tiempo no eran los salarios, sino el prestigio y la oportunidad de aprender buen periodismo. En materia de recursos el diario siempre tuvo condiciones casi precarias, las máquinas de escribir, por ejemplo, fueron sustituidas hasta el último aliento de su vida útil, pero el ambiente tenía la magia del compromiso y la formación. Muchos de sus reporteros se volvieron maestros de jóvenes que iban a ser sus relevos.

Construir y divulgar mensajes éticos, con el escaso margen de autonomía crítica que ofrecen los dueños, es la esencia del ejercicio cotidiano de libertad de expresión; pensar en el lector y sus derechos como verdaderos soberanos de la libertad de expresión.

Creo que el mérito fundamental en la trayectoria de Manuel Gamero como director fue precisamente no renunciar a ser defensor y a la vez intermediador del Derecho a la Información en su concepción más amplia. Con profesionalismo y asumiendo los costos demarcó la línea editorial de las políticas informativas-noticiosas y de opinión (artículos). Claro, nadie que va continuamente a la guerra contra la censura sobrevive ileso, pero eso le pasa al que se atreve, no al que abdica. Un editorial como aquel de “todo está perdido, incluso el honor¨ en los años de la Doctrina de la Seguridad Nacional, no se escribe fácil, ni se publica fácil.

Hoy las luces que iluminaban las salas y talleres de Diario Tiempo se apagaron, como ocurre con la vida misma. Aún si vuelven a encenderse no serían las mismas. El diario desaparece con la gabardina puesta y el rostro descubierto porque sus rotativas callaron no por ser un narco periódico, sino por otras circunstancias ajenas a su voluntad.

Seguramente al Licenciado Gamero lo volveré a encontrar en algún evento a los que todavía asiste y en los cuales, si tiene ocasión, aboga para que se construya en Honduras un régimen de opinión pública, tan necesario como lejano. Ese reclamo tan suyo, poco comprendido, está en la medula de su liberalismo social y de su concepción periodística.

Eso me lo dio a entender cuando fui reportero en Diario Tiempo entre fines de 1979 y 1982, período breve e intenso en la malograda transición democrática del país. Parte de mis fuentes de cobertura fue el Congreso Nacional y en momentos en que los políticos tomaban decisiones trascendentes, la única instrucción que recibí de la dirección fue “hacer buen periodismo”. Tanto en tan pocas palabras.

Cuando abandoné laboralmente la sede del diario, en el antañón barrio La Fuente, conservé la imagen de un Director orgulloso de su cultura y sus raíces, gruñón con alguna frecuencia en las correcciones, irónico en sus puntadas sobre el país, fumador de puros y que manejaba un carro modesto, una especie de “sedan”, que lo mantuvo tantos años que echó colmillo de tanto rodar ida y vuelta entre Tegucigalpa y San Pedro Sula.