En pantalla

Alexander Skarsgard y Margot Robbie re escriben “La Leyenda de Tarzán”

La película resuelve salomónicamente sus conflictos, con francas concesiones a la necesidad de ser políticamente correcta.

Entre todos los personajes del panteón de la cultura popular, Tarzán es uno de los más problemáticos a la luz de la evolución del pensamiento occidental. Es un avatar del colonialismo, el racismo, el machismo y la mentalidad depredadora del capitalismo. Por eso, esta nueva película inspirada en el personaje de las novelas de Edgar Rice Burroughs dedica mucha atención a la tarea de reinventarlo. El concepto funciona, pero la ejecución del material fracasa.

Cuando la acción arranca, John Clayton (Alexander Skarsgard) se ha reinsertado en la Inglaterra de finales del siglo XIX. Pero no puede dejar atrás su origen selvático. Su pasado y su presente chocan cuando el imperio británico le pide volver al Congo para cuidar los intereses de la corona, comprometidos por su financiamiento a la avanzada colonialista del rey Leopoldo de Bélgica. El plan es secundado por George Washington Williams (Samuel L. Jackson) diplomático estadounidense que sospecha de las intenciones esclavistas del monarca. Los hombres cruzan el atlántico, acompañados de Jane (Margot Robbie), la esposa que “domesticó” a Tarzán con el poder de su amor. Las peores sospechas se confirman por las acciones de Leon Rom (Christoph Waltz), enviado del rey con planes siniestros para nuestros amigos y el país entero. Un flashback recurrente narra en una línea paralela la historia de origen del legendario hombre mono.

TarzanSkarsgard tiene una figura imponente, pero la película se la roba Samuel L. Jackson. Washington funciona como doble de la audiencia. Nos introducimos en este mundo a través de sus ojos. Su actitud, desenfadada e irónica, puede ser anacrónica. De hecho, es intencionalmente moderna. El personaje funciona como alivio cómico y nos ayuda a desactivar el racismo implícito en la mitología. Tarzán vive en peligro de ser identificado como un salvador blanco que tiene que defender a los negros africanos. Este es sólo uno de los trucos que actualizan los valores de “Tarzán” para el siglo XXI. La lánguida toma de cargamento de marfil es puntualizada por una música fúnebre, como guardando duelo por los elefantes muertos. La famosa línea de “Yo Tarzán, tu Jane” se le adjudica al villano, permitiendo que la pareja principal se defina como una relación de iguales. Se escucha el grito de Tarzán que eventualmente su convirtió en fuente de imitación e hilaridad, pero el director Peter Yates toma la sabia decisión de mantener el rostro aullador fuera de cámara.

Y hasta ahí llegan sus aciertos. Lamentablemente, Yates fracasa a la hora de escenificar la acción con coherencia espacial. Tiene buena mano para invocar imágenes evocativas, pero a la hora de orquestar acción, se pierde y nos pierde a nosotros. En las secuencias de acción, la cámara es incapaz de ubicarnos espacialmente y darle continuidad a los movimientos. Más desafortunadada es la extraña fotografía de Henry Braham. Pareciera que para disimular las costuras digitales, alguien decidió que todas las escenas debían verse como algo creado con pantalla verde en clave barata. Una climática estampida dispone de todos los animales generados por computadora que un proyecto taquillero puede darse el lujo de comprar. Sin embargo, por cada escena en la cual hay criaturas convincentes, hay otra en la cual hasta los humanos parecen muñecos de cera.

En comparación, la reciente versión de “El Libro de la Selva”, del director Jon Favreau, es una clase magistral sobre cómo dirigir secuencias de acción con bestias virtuales. Entonces, ¿por qué ver a este atribulado ¨Tarzán”? En principio, por la química entre los personajes. Skarsgard y Robbie tienen una conexión eléctrica. Jackson se interpreta a sí mismo, pero aporta mucho humor. Christoph Waltz puede estar encasillado en papeles de villano vagamente europeo, pero siempre resulta entretenido de ver.

La película resuelve salomónicamente sus conflictos, con francas concesiones a la necesidad de ser políticamente correcta. Y eso está bien. Al final del día, “La Leyenda de Tarzán” debe hablarle al espectador actual, y no comprometerse con los desfasados parámetros éticos del pasado lejano. A pesar de sus limitaciones, la película ha tenido buena taquilla. Pocas cosas retienen a los productores en busca de un nueva franquicia. Esperemos que todos los actores que sobreviven vuelvan, y que encuentren un nivel de artesanía visual superior.

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