Opinion

Alicia Alonso y la Guerra Fría cultural

La bailarina cubana, luego de triunfar en París y en Nueva York también conquistó Moscú.

Buena parte de las interpretaciones de la experiencia cubana, en los últimos sesenta años, se ha movido de una localización de la isla en la órbita soviética a otra en el entorno latinoamericano y caribeño, del que sólo se apartó ilusoriamente durante la Guerra Fría. Tras la caída del Muro de Berlín, el discurso oficial cubano olvidó su larga pertenencia al bloque soviético, con la misma velocidad que a principios de los años 60 renegaba de todo lo norteamericano.

El arte de la bailarina clásica Alicia Alonso, recientemente fallecida en La Habana, es buena muestra de que siempre hubo una aspiración de conquista de Occidente, en la cultura cubana, que durante la Guerra Fría debió adaptarse con no pocas dificultades a la latitud del socialismo real. Dos grandes escritores de la isla, Alejo Carpentier y José Lezama Lima, que también compartieron aquel afán de referentes de la cultura occidental, comprendieron a la perfección el arte de Alonso.

“Pero Alicia Alonso, luego de triunfar en París y en Nueva York fue estrella del Ballet de la Ópera de París y fundadora y primera bailarina del American Ballet Theatre, desde los años 40, también conquistó Moscú. La artista cubana viajó a la URSS en 1957 y bailó en el Bolshoi de Moscú y el Kírov de Leningrado, dos años antes del triunfo de la Revolución Cubana”.

Para Carpentier, que en 1946 escribió una historia de la música cubana desde una perspectiva vanguardista, publicada en el Fondo de Cultura Económica, el nombre de Alicia Alonso estaba grabado en el devenir de la danza occidental. Para Lezama, más o menos por los mismos años, la bailarina era responsable del descubrimiento de una tradición, que “no había entre nosotros”, del ballet como “ceremonia de la invocación y lo genesíaco”. Una tradición en la que la “danza es cultura, ejercicio de gracia y de números para apresar la llama y el instante”, que Lezama, como Alfonso Reyes, remitía a Grecia y no a la Francia cortesana de Luis XIV.

Para Lezama, lo mismo que para Carpentier, el arte dancístico de Alicia Alonso tenía que ver, en todo caso, con la Francia moderna del siglo XX: “cuando baila en París decía el escritor nos hace recordar una de las grandes épocas del ballet, y soñamos que desde un palco la contemplan Proust, Matisse o Braque”. Y concluía Lezama: “si algún día Alicia Alonso se decidiese a mostrar la historia de sus gestos, de sus movimientos, qué deliciosa novela proustiana no tendríamos”. Esto escribía Lezama, ya no en los republicanos años 40, sino en los soviéticos 70, cuando el ideal de una novela proustiana era una declaración de fe burguesa.

Pero Alicia Alonso, luego de triunfar en París y en Nueva York fue estrella del Ballet de la Ópera de París y fundadora y primera bailarina del American Ballet Theatre, desde los años 40, también conquistó Moscú. La artista cubana viajó a la URSS en 1957 y bailó en el Bolshoi de Moscú y el Kírov de Leningrado, dos años antes del triunfo de la Revolución Cubana. Su experiencia en los Ballets Rusos de Montecarlo y su colaboración con coreógrafos como Mijaíl Fokine y bailarines como Igor Youskevitch, desde los años 50, la prepararon para su gran desplazamiento al mundo del ballet soviético en los años 60.

“Mientras éstos desertaban hacia Occidente, Alonso sumaba la escuela cubana de ballet a la cultura del socialismo real. Era natural aquella transición por el hecho de que en el ballet clásico, lo mismo que en la cosmonáutica, había más complementariedad que contradicción entre Occidente y la URSS en la Guerra Fría”.

En buena medida, Alonso hizo el viaje inverso de Rudolf Nuréyev, Mijaíl Baryshnikov y otros disidentes de aquel ballet. Mientras éstos desertaban hacia Occidente, Alonso sumaba la escuela cubana de ballet a la cultura del socialismo real. Era natural aquella transición por el hecho de que en el ballet clásico, lo mismo que en la cosmonáutica, había más complementariedad que contradicción entre Occidente y la URSS en la Guerra Fría. De aquellos años datan el rico repertorio de Alonso con su partenaire Azari Plisetsky, así como su conocida rivalidad con la primera bailarina soviética y hermana de Azari, Maya Plisetskaya.

El caso de Alicia Alonso, como el del pintor Wifredo Lam o el del novelista Alejo Carpentier no el del poeta Lezama Lima, que nunca alcanzó tanto reconocimiento global, ilustra a la perfección las ambivalencias de la Guerra Fría cultural. Los tres fueron artistas cubanos con un amplio reconocimiento en Occidente, desde antes de la Revolución de 1959, que afirmaron su arte en el llamado “mundo libre” con ayuda del Estado socialista.

Texto original publicado en La Razón.

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