Opinion

Angie y el bebé muerto en el tanque de un inodoro

Lo que hizo Angie es una muestra de la incultura y el oscurantismo en que está sumida la sociedad, bajo un sistema perverso que promueve la ignorancia

De pronto, Angie del Carmen Castro anda en la boca de todos.

La muchacha jinotegana de diecinueve años, pobre e ignorante, ahora es noticia porque tiró a su bebé en el tanque de un inodoro. Tenía ocho meses de embarazo, pero ella se dio cuenta de su estado hace apenas dos meses, pues su menstruación era irregular. Cuando se lo notificó al padre del bebé, de 22 años, este le dijo –con igual ignorancia– que abortara, teniendo ya seis meses de gestación. Sin embargo, “ella decidió que lo tendría”.

Angie llegó muy asustada al hospital Victoria Motta, porque “echaba líquido de sus partes íntimas”, sin percatarse siquiera de que ya iba a parir. Estando en la sala de espera del área de emergencias fue al baño, pero al sentarse en el inodoro el bebé cayó dentro, y aunque ella lo sacó y cortó el cordón umbilical con sus manos, el bebé no lloró. Entonces lo echó al tanque del inodoro y se fue de regreso a la casa de su abuela materna, donde ella vive. La abuela no sabía nada de su embarazo. Angie se lo había confiado sólo a su mamá, quien le prometió que la llevaría a Managua a vivir con ella. Ahora la joven ya está detenida por la policía, que fácilmente la localizó en su casa en la ciudad de Jinotega.

Esta brutal noticia es ilustrativa del retroceso alarmante que padecemos en Nicaragua, y que cada día se hace más palpable. La involución de la sociedad se muestra tanto en el fanatismo religioso que antes quemó viva a Vilma Trujillo en la hoguera, como ahora en esta terrible historia de Angie del Carmen Castro. Estos sucesos, así como muchos más que a diario leemos, provienen del mismo mal y tienen en común una misma raíz: la ignorancia y el atraso; porque carecemos en el país de un sistema de educación pública verdadero y que dé cobertura a toda la población.

El fanatismo de cualquier índole que sea y el oscurantismo, producidos por la ignorancia y el atraso, se manifiestan en hechos tan estremecedores como los arriba mencionados. Pero los verdaderos autores intelectuales y máximos responsables de que estas cosas ocurran y sigan ocurriendo en Nicaragua son los Ortega Murillo, que han sometido a gran parte de la población a un proceso que, a falta de otros términos, llamaré de fanatización y estupidización.

Desde su inicio en el poder, los Ortega Murillo y su camarilla se dedicaron a desmantelar en el país la institucionalidad de la democracia todavía en ciernes, violaron muchas veces la Constitución deformando el sistema legislativo, y cooptaron el judicial, para, finalmente, establecer un Gobierno autoritario y un estado corporativo a favor del gran capital y de los inversionistas extranjeros, en detrimento de los salarios de la masa trabajadora y de la calidad de los servicios sociales en educación y atención de la salud. La pareja Ortega Murillo también mantiene un control férreo de las instituciones estatales, ministerios, funcionarios y empleados públicos, y practica el nepotismo, el favoritismo, el abuso de poder, y el uso discrecional de donaciones y de fondos del Estado. Es, además, una dictadura que destruye el medio ambiente, que asesina a la población, que aterroriza, persigue y encarcela; que ataca con ferocidad a los medios de comunicación independientes, a las organizaciones no gubernamentales y a los centros de derechos humanos, y que se apropia de bienes ilícitamente.

Es entonces a partir de que el orteguismo se instaló en el poder, que el sistema de educación pública en Nicaragua también dejó de funcionar como tal. El sistema ha involucionado no solo en su cobertura, sino también, en el tipo de “educación” per se que imparten en las escuelas. El adoctrinamiento que realizan las escuelas públicas desde los primeros grados, pone en marcha el proceso antes mencionado de fanatización y estupidización. Por ejemplo, a los estudiantes se les enseña una historia de Nicaragua completamente falsificada. En esta falsa historia, Daniel Ortega aparece destacado como el máximo líder de la revolución de 1979, lo cual no es cierto, y, por otro lado, dirigentes heroicos y de gran trayectoria revolucionaria han sido borrados. También enseñan una biografía de Rosario Murillo llena de invenciones y mentiras, para proyectarla como una dirigente importante y heroína de la revolución, lo cual jamás fue. Presentan hechos históricos completamente tergiversados, pero todo lo que se refiere a Ortega y especialmente a Murillo, aparece inflado, con el único objetivo de mostrarlos como dirigentes ejemplares, como auténticos revolucionarios y verdaderos representantes del sandinismo, y como los únicos benefactores del pueblo. Esta patraña descomunal parece ser la principal enseñanza en las escuelas públicas, pues el desconocimiento no solo de la verdadera historia del país, sino de geografía, educación cívica y otras asignaturas más, es patente en los comentarios que la gente fanatizada publica en las redes sociales, con pésima ortografía.

Tenemos, pues, un sistema de “educación” pública dirigido al endiosamiento de los dictadores y centrado en fanatizar a la niñez y a la juventud, y, a la vez, la propaganda gubernamental hace énfasis en que los parques acuáticos, los juegos mecánicos y otros centros de esparcimiento y diversión para el pueblo, así como cualquier otro beneficio que puedan recibir, es debido a solamente a la generosidad “del comandante Daniel y la compañera Rosario”, y es a ellos a quienes hay que agradecérselos. Este método perfectamente perverso en la fabricación del engaño a través de mentiras y consignas, destinadas únicamente a enseñar la obediencia ciega y el culto a la personalidad, es lo que define a la dictadura Ortega Murillo, cuyo proceso de endiosamiento ha provocado en Nicaragua un retroceso de siglos. Por esto mismo, hay que entender que lo que hizo Angie del Carmen Castro es solo una muestra de la incultura y el oscurantismo en que está sumida la sociedad, bajo un sistema perverso que promueve la ignorancia, la superstición, y el fanatismo político y religioso.

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