Opinión

Aquí, hasta la Historia es acosada

Ortega, lleva largos años afectando la convivencia ciudadana, usando una máscara revolucionaria con un discurso de falsas notas antimperialistas



Esto es así, porque a la Historia unos la utilizan con histeria y otros pretenden condenarla al olvido.

Entre los primeros histórico-histéricos de Nicaragua, Daniel Ortega ocupa un primerísimo lugar en la política criolla tradicional, y lo demuestra en discursos de tribunas enfloradas, a pesar de lo cual… nunca le salen discursos floridos.

Es cierto que larga es la distancia entre Ortega con sus discursos “antimperialistas” y el discurso de los analistas histórico-amnésicos, pero viven su “unidad de los contrarios”.

Ortega usa su antimperialismo de conveniencia, como una hoja de parra para cubrir sus vergüenzas, su presente dictatorial y de violador de los derechos humanos, más en estos días que las críticas y las condenas lo han desnudado y lo tiene a la media calle del mundo.

Los analistas histórico-amnésicos se especializan en olvidar las partes de la historia que no les gusta, cuando esas partes corresponden a la relación de los Estados Unidos con Nicaragua.

Comprenderán, que esos neologismos los uso para no recurrir a viejos adjetivos más directos para identificar a exrevolucionarios (ahora dictadores fascistas) y a los analistas reaccionarios.

Pero, como de todos modos ya los identifiqué “sin querer queriendo”, yo sigo con mi asunto.

La Historia a su gusto

Ortega, lleva largos años afectando la convivencia ciudadana, sin dejar vivir a nadie conforme el orden constitucional del país, usando una máscara revolucionaria con un discurso de falsas notas antimperialistas.

Fue en abril último, cuando el pueblo inició su protesta cívica contra los abusos acumulados durante los once años anteriores, la que Ortega reprimió de manera más violenta que lo acostumbrado.

Esta vez, Ortega le agregó más sangre, cárcel, torturas y persecución a su menú represivo, lo cual empeoró el sabor a su sancocho político-dinástico, con tanta crueldad que, desde entonces, el pueblo no ha dejado de sentirla, aunque sin dejar de combatirlo.

Fue algo inesperado para todos, en especial para el represor, que ahora combina más la represión con su eterno discurso:

Después de los primeros asesinados, Ortega, con tremendo cinismo, pretendió negar su autoría, diciendo que los estudiantes “se mataron entre sí”.

Luego, cuando todo el mundo vio de dónde salían las balas, dijo que protestantes eran “terroristas” dirigidos por el MRS para provocar un “golpe de estado” financiado por el imperialismo que, desde 1856, atenta contra nuestra soberanía.

Y que así como los filibusteros de William Walker, fueron derrotados en San Jacinto con la piedra de Andrés Castro, Ortega agregó que derrotaría al imperialismo en defensa “de nuestra revolución”.

Se imaginó viviendo 162 atrás, “olvidando” que desde los últimos años del viejo siglo, llevamos más de treinta años viviendo sin “nuestra revolución” y bajo su dictadura.

Volviendo al presente, y dando señales de alienación, Ortega actuó como “William Walker”, lanzando su guardia filibustera a matar y encarcelar, con especial saña a los más jóvenes quienes, como hace siglo y medio… ¡le responden lanzándole las piedras de Andrés!

¿Adivinen quién revendió la patria?

Ortega evoca a Benjamín Zeledón, quien cayó combatiendo la intervención norteamericana de 1912 y a los conservadores que la solicitaron, y que en 1914 vendieron la soberanía nacional por tres millones de dólares… con el tratado canalero Chamorro-Bryan.

Igual invoca a Sandino, su combate contra la intervención yanqui y su calificativo de vendepatria a los conservadores, pero Ortega, con más de medio siglo robándole sombra al sombrero de Sandino, en 2013, sin presión armada de ningún país, le vendió la patria a un millonario chino con un tratado canalero, conocido como Ley 840, más lesivo que el Chamorro-Bryan.

Los campesinos, igual que un día integraron el ejército de Sandino para rescatar la soberanía, se organizaron para luchar contra la traidora Ley 840, y por ello, Ortega los persigue, tiene en la cárcel a cinco de sus dirigentes, y a Francisca Ramírez, la principal, la obligó exiliarse en Costa Rica. ¡Ortega sustituyó a los invasores yanquis de años treinta!

Alianza tripartita al gusto yanqui

Casi iniciando su poder en 2007, y hasta el 18 de abril del 2018, Ortega montó un sistema político corporativo sobre la tumba de “nuestra revolución”, para hacer negocios con el gran capital y bajo el poco disimulado padrinazgo del Fondo Monetario Internacional.

Así, Ortega hizo su versión del “desarrollo” en “democracia”, con un sistema “tripartito” (capital tradicional-capital orteguista-sindicalismo blanco), y creció la macro economía con el resultado fondomonestarista de concentrar más la riqueza en el sector social capitalista.

Ese mundo feliz de Ortega, murió con la represión del 18 de abril y las subsiguientes masacres durante siete meses, recién cumplidos el 18 de noviembre.

Exaliados hacen autocrítica

Ortega no es autocrítico, pues no liga con su naturaleza autoritaria, pero se siente traicionado por empresarios del Cosep y de Amcham, y contra ellos no escatima sus ácidas críticas, por ser ahora parte de las fuerzas aliadas en la lucha por la justicia y la democracia, según él, por “orden del imperialismo”.

Después de haberse amado mutuamente antes del 18 de abril, a partir de esta fecha vino la autocrítica de los empresarios –más que todo— con su actividad y compromiso con quienes luchan contra los crímenes, encarcelamientos y persecuciones orteguistas.

Esta rectificación de los empresarios, más que política, humanitaria y patriótica, fue motivo para que aumentara la ira de Ortega en su contra y, lógicamente, aumentó de nivel su falso antimperialismo, por el apoyo norteamericano al movimiento cívico anti dictatorial, más su condena a su régimen en los organismos internacionales.

Esa gestión norteamericana, la reforzó la entonces embajadora Laura Dogu, quien en su despedida, señaló su error a los empresarios de haberse aliado con la dictadura para su beneficio económico, en detrimento de la institucionalidad y los derechos humanos de los nicaragüenses…

De paso, Dogu ensayó una sutil autocritica en términos eufemísticos, porque, igual que los empresarios, su país había “apostado” por la estabilidad económica y no por la sostenibilidad constitucional, todo lo cual acrecentó el “antimperialismo” de Ortega.

De cómo Ortega pudo volver

Bastaron las resoluciones contra su régimen para que Ortega ocupara su turno al bate contra la OEA.

Sin embargo, Ortega “olvidó” que por gestión diplomática del FSLN, y con la venia norteamericana, la OEA condenó a la dictadura de Somoza en 1978, con lo cual se lavó un poco la cara por su complicidad con las agresiones –incluida la militar— contra Cuba desde 1961 y la invasión militar de los Estados Unidos a la República Dominicana en 1965.

Ortega “olvidó” algo que le tocó muy de cerca: por haber abandonado Jimmy Carter el apoyo norteamericano a la dictadura somocista y adoptado una política a favor de los derechos humanos, él pudo venir de Costa Rica, y caer como en paracaídas en el poder, después de que Somoza había huido.

Detrás de las resoluciones de los organismos internacionales contra la dictadura Ortega-Murillo, puede haber intereses políticos de los gobiernos firmantes, y en efecto los hay, como en todo; pero la balanza de la justicia internacional se inclina a favor de la vida y la libertad de los nicaragüenses, y eso es lo más importante.

Claro, este hecho no es una fórmula para olvidar la historia de los Estados Unidos en su relación con nuestro país, pues suya es la culpa de los 45 años que vivimos bajo la dictadura somocista.

Pero todo enseña que, para un político consecuente, la Historia debe verse y estudiarse como un proceso dialéctico, no verla en blanco y negro, igual para siempre, ni al gusto de las ambiciones personales de nadie. Pero con sentido crítico siempre.