EN PANTALLA

¡Filmada en
destructo-visión!

Juan Carlos Ampié

Si el director Roland Emmerich tuviera un ápice del sentido de humor del legendario productor sensacionalista William Castle, anunciaría que su épica taquillera fue filmada en algún sistema ficticio que maximiza la destrucción. También tendría el buen juicio de mantener el viaje breve.

Pero “2012” está inflamada de seriedad melodramática y dura casi tres horas. Para él, el fin del mundo termina con un gran “bang”. Yo sólo escucho un ronquido.

El último del calendario maya vaticina un fenómeno astronómico que convierte a la tierra en un virtual horno de microondas. Con la temperatura del núcleo elevadísima, las placas tectónicas se mueven con abandono.

Monumentales volcanes surgen explotando mares de lava. Gigantescos tsunamis cubren continentes enteros. Todo esto se justifica con expositiva pseudo ciencia, dispensada con heroica intensidad por Chiwetel Ejiofor, como un oficial científico de la Casa Blanca. Buenos actores ofrecen la apariencia de respetabilidad a una atracción de feria. El reparto incluye a John Cusack como un escritor divorciado, reducido a trabajar de chofer para un vulgar millonario ruso. Amanda Peet es su ex esposa insatisfecha, casada con un exitoso cirujano plástico que sus hijos favorecen. Woody Harrelson es un disc jockey fanático de las conspiraciones, dispensando proféticas diatribas a través de una radio pirata. Danny Glover es el Presidente de EE.UU., y Thandie Newton su hija. Mientras ella trata de salvar grandes obras de arte, él administra las mentiras que garantizarán la sobrevivencia de la humanidad, bendiciendo a unos cuantos afortunados con un salvoconducto al futuro.

A pesar de su fatalismo futurista, la misión de Emmerich está firmemente anclada en el pasado. Su película es un enciclopédico catálogo de hitos del sub-género del cine desastre que floreció en los 70, pero actualizados y magnificados con imaginería generada por computadora. “Airport” (1970…), “The Poseidon Adventure” (1972), “The Towering Inferno” (1974), “Earthquake” (1974), “When Time Ran Out…” (1980)…todo siniestro pasado puede ser mejor.

Nadie confundiría esas películas con grandes piezas de arte. Fueron entretenimiento desechable y oportunidades de negocios, para que los estudios de Hollywood y algunas estrellas pudieran capitalizarse. Justo como “2012” ahora. La principal diferencia está en que Emmerich sube la parada a extremos cada vez más ridículos. Si en su “Independence Day” (1997) la Casa Blanca estalló en mil pedazos, aquí es testigo del derrumbamiento del obelisco del Lincoln Memorial. Le cae una helada. La arrasa un tsunami. ¿Y por qué no? En el pico de la ola viene un portaaviones gigante para no dejar piedra sobre piedra. ¡Es la venganza del Nimitz!

Pero cuando has visto a una ola gigante, las has visto todas. Hasta las secuencias efectivas emanan la rancia sensación de familiaridad. La destrucción de Los Angeles, por ejemplo, es muy similar a un fragmento del videoclip de “Californication”, una canción de los Red Hot Chilli Peppers.

Peor aún, buena parte de las “escenas claves” tienen la apariencia falsa y barata de la peor imaginería generada por computadora. Fíjese en los dibujos animados que corren en la Plaza San Pedro ante el derrumbe de la Capilla Sixtina. Ni siquiera la oscuridad puede disimular las costuras digitales. Y no hay elementos humanos o dramáticos que compensen o disculpen la tosquedad. Los personajes actúan erráticamente. En un momento, exhortan las virtudes de un compañero de escape. Un par de escenas más tarde, cuando muere de manera truculenta, nadie bate una pestaña…y su amada rápidamente cambia la página con otro interés romántico. Cuando todas las comunicaciones han cesado, la persona indicada tiene el último celular funcional de la tierra, para comunicar información crucial a los sobrevivientes. Si, es sólo una película. Una película que en hora y media habría pasado por distracción banal. Al doble de duración, es sólo un desastre de la peor especie.