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La obra de Alejandro Serrano

Serrano Caldera ha dedicado su vida intelectual a la búsqueda de una síntesis histórica para Nicaragua; es decir, a la búsqueda de una definición del interés común de los nicaragüenses y de un consenso social en nuestro país.

Andrés Pérez Baltodano | 8/10/2014

¿Para qué sirve la filosofía? ¿Cuál es la relevancia política y práctica del quehacer filosófico en general y del trabajo de nuestro Alejandro Serrano Caldera en particular? ¿Qué utilidad tienen los cinco tomos producidos hasta la fecha por Alejandro Serrano Caldera, a quien no me cansaré de llamar el principal pensador político en la historia de nuestro país?

Para empezar, quisiera señalar que es imposible apreciar el valor de la filosofía sin una adecuada comprensión de lo que en su esencia es, eso que llamamos la historia.

La filosofía es incomprensible para quienes perciben la historia como un juego de azar; es decir, como un proceso que depende de la Fortuna. La filosofía tampoco puede hacerle sentido a quienes ven la historia como una simple sucesión de batallas, fechas y nombres ilustres que adquieren significado simplemente por su cronología. Para nuestra desgracia, es así que todavía enseñamos la historia de Nicaragua en nuestras escuelas.

Tampoco puede hacer sentido la filosofía a quienes ven la historia como un proceso controlado por un Dios providencial que lo decide todo. La filosofía moderna, como lo explicaré más adelante, nace precisamente del desplazamiento de esta visión providencialista de Dios, y del surgimiento de una nueva visión de la relación entre Dios y la humanidad. Esta nueva visión le otorga a los seres humanos la responsabilidad de guiar la construcción de su propio destino.

Frente a las tres posiciones antifilosóficas antes señaladas, Serrano Caldera ha mostrado que la historia no es ni un juego de azar, ni una colección de acciones y reacciones, ni un capricho de la voluntad de Dios. La historia, nos dice Serrano Caldera, es “una relación dialéctica entre los acontecimientos y los conceptos que formamos sobre ellos. Ni sólo los hechos, como pretende un positivismo ramplón que pregona una supuesta objetividad absoluta y autónoma que no existe, ni sólo las palabras, como pretenden ciertas corrientes de la lingüística y de la filosofía llamada posmoderna”.

Conjunción de teoría y praxis

Desde esta perspectiva, la historia es un proceso permanente de acción y reflexión mediante el cual se transforma la materialidad de la vida, pero también el sentido de esta materialidad. La filosofía, nos dice Serrano Caldera, “no está colocada por encima de la vida”. La filosofía es, agrega nuestro autor, “el esfuerzo de la inteligencia para entender el devenir de la realidad de la cual formamos parte, para encauzar ese proceso y para dotarlo de una lógica que no sería otra cosa que el conocimiento de nuestras facultades y responsabilidades”.

Serrano Caldera ha combatido en el aula y en su obra, la tendencia que existe en nuestro medio a pensar que la filosofía es un esfuerzo mental abstraído de la realidad; alejado de la realidad; colocado por encima de la realidad concreta en la que se desarrolla la vida de los individuos y las naciones. La filosofía, ha insistido e insiste nuestro filósofo, es “conjunción de teoría y praxis…[es] “pensamiento que proviene de la historia y que va hacia ella”.

Los estímulos y las motivaciones de los que se nutre la filosofía surgen de la realidad para luego regresar a ella, dándole nombre y significado a los hechos y las circunstancias que marcan el paso del tiempo. Así pues, la filosofía, nos dice Serrano Caldera, “toma los elementos esenciales subyacentes a toda situación, los cuales, en muchos casos, aún no han aflorado a la conciencia colectiva o no se han expresado todavía en las instituciones, organización social y estructura general de la vida. De otro lado, devuelve a ese ámbito, en forma de estructura racional, de modo valorativo, de vida cultural, esos elementos que habitan el inconsciente de una sociedad”.

Desde esta perspectiva, la mente filosófica es, como lo confirman las ciencias cognitivas en nuestro siglo, una mente encarnada en un cuerpo que habita y respira su propia realidad.  Esta realidad, como lo señaló en uno de sus escritos nuestro querido y recordado Juan Bautista Arríen, “incide en el sujeto y a través de él en la formulación del pensamiento filosófico”.

En una sociedad como la nuestra, acostumbrada a desconfiar de la palabra, y a ver la historia como un proceso que nosotros no controlamos, es difícil aceptar que nuestro devenir histórico puede y debe ser domesticado por la razón, por la razón filosófica, por la palabra. La obra de Serrano Caldera, sin embargo, nos muestra que otras sociedades lo han hecho  y que nosotros también lo podemos y debemos hacer con originalidad; es decir, tomando en consideración nuestra especificidad histórica y nuestras propias aspiraciones.

Historia del pensamiento europeo

La obra de Serrano Caldera recorre y analiza la historia del pensamiento europeo para mostrar que Europa logró hacer de su historia una relación dialéctica entre pensamiento y acción. De esta relación dialéctica surgieron las grandes síntesis que nos permiten dividir el desarrollo histórico europeo en fases integradas y armonizadas por el pensamiento y la acción; es decir, por una relación dialéctica entre hechos y palabras. Es así que podemos, por ejemplo, dividir la historia europea en fases como: la Edad Media, la Edad Moderna, y la postmodernidad. Estas fases no son simples colecciones de fechas, nombres y batallas. Antes bien, son cortes marcados por el surgimiento de nuevos imaginarios sociales, nuevos paradigmas de pensamiento, nuevas filosofías y –antes del surgimiento de la filosofía moderna europea– nuevas teologías y visiones del papel de Dios en la historia.

 Antes del surgimiento de la filosofía moderna, en eso que llamamos la Edad Media, la vida social de Europa se organizó con el apoyo de los paradigmas construidos por los principales protagonistas de la teología medieval y pre-medieval.  ¿Quién podría dudar del papel jugado por San Agustín y Tomás de Aquino, por ejemplo, en la institucionalización y reproducción de las visiones e interpretaciones de las que se alimentó el cristianismo, y el poder de la Iglesia Católica después del colapso del Imperio Romano, y antes de la Gran Crisis del siglo XVI Europeo?

Cuando colapsa la Roma Imperial, el mundo cristiano romano que asumía que la cristianización del Imperio había sido un regalo de Dios, entra en un estado de crisis. En esas circunstancias, Agustín separa la ciudad de Dios y la ciudad del hombre; señala que la crisis de Roma es la crisis de la ciudad del hombre y no de la ciudad de Dios que, para él, se mantiene intacta. Aquí sucede algo interesante que probablemente Agustín no previó.

En la ciudad del hombre, que con Agustín gana independencia, va a desarrollarse el poder de la razón, hasta que la separación entre la fe y la razón propuesta por el Obispo de Hipona pierde sentido, sobre todo después del re-descubrimiento de las obras de Aristóteles, y el impulso a la razón que va producir el pensamiento del filósofo griego. Esto genera otra crisis, otra contradicción histórica, y la necesidad de una nueva síntesis.

Es frente a esta crisis y contradicción, que el pensamiento de Aquino reinterpreta la relación entre la fe y la razón, y propone que éstas no son antagónicas. Propone que la una se nutre de la otra. Restablece, pues, el orden roto por el conflicto entre la fe y la razón y re-crea la estabilidad dentro de la que el cristianismo va a continuar su desarrollo.

La razón, la fuerza de la razón, la fe secular en nuestra capacidad para controlar nuestra vida social y hasta la naturaleza, van a seguir desarrollándose, hasta que se hacen dominantes y logran manifestarse en la filosofía de Hobbes, Locke, Rousseau y otros. El pensamiento filosófico moderno, a su vez, logra materializarse en las instituciones del Estado, el derecho y la democracia.

Es importante señalar que el paso del dominio de la teología al de la filosofía fue considerado por mucho tiempo como un quiebre entre la fe y la razón; un borrón y cuenta nueva que dio lugar a la modernidad. Los estudios más recientes de la historia del pensamiento europeo, sin embargo interpretan este paso como el producto de una fusión entre el “viejo” pensamiento teológico y el “nuevo” pensamiento filosófico. Desde esta perspectiva, la filosofía moderna se alimenta del pensamiento teológico en vez de constituir un pensamiento construido a partir de un punto cero; es decir, a partir de la nada. En este sentido, la separación institucional entre Iglesia y Estado que forma parte del ordenamiento social de la Era Moderna, no debe confundirse con una separación sustantiva y teórica entre lo teológico y lo filosófico. Más que una separación entre estas dos esferas, dice Patrick J. Deneen, el paso de la Edad Media a la Moderna tuvo como base una combinación de las visiones y representaciones mentales de lo sagrado y lo secular.

Este punto es de fundamental importancia para los interesados en el desarrollo de la filosofía y el pensamiento crítico en nuestro país: nuestra pobreza filosófica está ligada a nuestra pobreza teológica. En este sentido, el desarrollo de la filosofía y del pensamiento crítico en Nicaragua, dependerá, en gran medida, del desarrollo de las visiones y posiciones teológicas dominantes en nuestro país.

Sinteticemos: La historia de Europa muestra la relevancia de la filosofía y el papel de la filosofía en la historia. Se trata, nos dice Serrano Caldera, de una historia dialéctica. Las síntesis que surgen de esta historia, son construidas con la ayuda de un pensamiento que se integra a la misma historia, para darle forma, sentido, y significado.

La filosofía en América Latina

Contrario a la historia de Europa, continúa Serrano Caldera, la nuestra “es una contradicción sin síntesis; una continuidad de rupturas sin restauración, una estructura de superposiciones”. “Carecemos”, agrega él, de “un pasado integrado en el cual fundar el presente” y sufrimos “la nostalgia de los momentos no vividos  y de los hechos no acaecidos”. Piénsese en el fracaso y el desengaño de la Revolución Sandinista; piénsese en las contradicciones sin síntesis que todavía acarreamos de la colonia y de otros momentos de nuestra historia nacional.

Leopoldo Zea también reflexionó sobre el “espejo roto” de nuestra historia latinoamericana cuando señaló que la historia de Europa ha sido  una historia de “absorciones” y “asimilaciones”. La nuestra, la de América Latina, dice Zea, es “una historia de yuxtaposiciones”.

En Nicaragua, las yuxtaposiciones a las que hace referencia Zea, y las “rupturas sin restauración” de las que nos habla Serrano Caldera, han sido los nutrientes que han alimentado la guerra de “todos contra todos” que hemos vivido en nuestro país a lo largo de dos siglos de vida nacional independiente. Y por supuesto: en el charco de sangre de nuestra patria partida, encontraremos siempre a un grupo de vampiros que se alimentan de nuestra incapacidad para vernos reflejados como un todo en el espejo de la historia.

Serrano Caldera, más que cualquier otro intelectual de nuestra generación, ha batallado contra esta incapacidad. Serrano Caldera ha dedicado su vida intelectual a la búsqueda de una síntesis histórica para Nicaragua; es decir, a la búsqueda de una definición del interés común de los nicaragüenses y de un consenso social en nuestro país. En este sentido, él forma parte de una vieja pero desgraciadamente débil tradición política contractualista en Nicaragua. Pedro Francisco de la Rocha representa esta tradición en el siglo XIX, mientras que Carlos Cuadra Pasos la representa y expresa en la primera mitad del XX.

En la segunda mitad del siglo XX, y en los comienzos del XXI, Alejandro Serrano Caldera le da forma filosófica a esa tradición y, además, la inyecta de una visión más claramente democrática; es decir la enriquece teórica y políticamente para luego promoverla en sus publicaciones, en el aula, en los medios de comunicación, y en sus actuaciones políticas.

Nicaragua, nos ha advertido Serrano Caldera, “es un archipiélago de islotes sociales que coexisten, inconexos, los unos al lado de los otros. La falta de coincidencia en objetivos y fines nacionales, produce un desconocimiento recíproco entre las diferentes partes de la sociedad nicaragüense y, en consecuencia, una autarquía que elimina elementales formas de complementariedad”.

A partir de esta representación teórica, Serrano Caldera propone la articulación de un consenso social organizado alrededor del principio normativo de “la unidad en la diversidad”; es decir, de una unidad organizada alrededor de aspiraciones colectivas que se construyen con el pensamiento y la acción; una unidad organizada alrededor de una visión de lo que somos, queremos y podemos llegar a ser; de una unidad construida alrededor de una síntesis que resuelva, o que por lo menos organice nuestras “yuxtaposiciones” y “rupturas”.

Tres propuestas

Demás está decir que no hemos logrado superar nuestras contradicciones. Demás está señalar que en el siglo XXI seguimos viviendo en un archipiélago de islotes sociales y que en cada una de estos islotes existe una Nicaragua diferente. Somos pues, una multitud de “Nicaraguas” que coexisten inconexas y en estado de guerra permanente dentro de nuestro vulnerado territorio nacional.

¿Significa esto que ha fracasado la filosofía en nuestro país? ¿Significa esto que ha fracasado la filosofía política de Alejandro Serrano Caldera en Nicaragua? Mi respuesta a estas preguntas es un rotundo: No.

La filosofía de Serrano Caldera no ha fracasado. Los fracasos políticos de Nicaragua no han devaluado ni derrotado a la filosofía. Por el contrario, la han validado al hacer evidente su necesidad.  

Serrano Caldera ha hecho su parte. A nosotros nos corresponde hacer el resto. A nosotros nos corresponde decidir cómo responder a la provocación que encierran los cinco tomos que hoy se presentan y celebran.

Yo quiero responder a esa provocación proponiendo dos cosas: la formación de una cátedra que lleve el nombre de nuestro filósofo, para que desde alguna de nuestras universidades, jóvenes pensadoras puedan competir para ocuparla por uno o dos años, con el compromiso de difundir y desarrollar el contenido de los cinco tomos que reúnen la obra de Serrano Caldera.

Propongo, además, la organización de un diálogo a tres voces: un diálogo entre la filosofía, la teología y las ciencias sociales. Este es un diálogo urgente, porque, como lo señalé antes, la pobreza filosófica que impera en nuestro medio esta ligada, en más de una forma, a nuestra pobreza teológica. Finalmente, la pobreza de nuestras ciencias sociales nunca será superada si no impregnamos nuestra teoría social, de filosofía.

Quiero terminar mi presentación haciendo referencia a una frase de Serrano Caldera que para mí, sintetiza el valor político de la filosofía en general y de su pensamiento filosófico en particular. Dice Serrano Caldera en uno de sus libros: “Si no hay en qué creer hay que crear para creer y esa es la tarea del intelectual”. Alejandro nos ha dado cinco tomos de razones para creer. Alejandro, por tu abnegada labor: Gracias.

 

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