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Monseñor Romero representa a miles

El más universal de los salvadoreños, quien representará a centroamericanos y centroamericanas en las páginas de la historia mayor

María López Vigil | 7/2/2015

La noticia de que Monseñor Romero va camino a esa santidad que oficializa la Iglesia católica en los procesos de beatificación y canonización es una gran noticia. De tanto esperarla parecía que nunca iba a llegar.

Llegó por fin y pienso y siento que la noticia se agiganta, toma un significado extraordinario, sabiendo que ha sido declarado mártir.

Son muchas las mujeres y los hombres que en los tres primeros siglos del Cristianismo perdieron la vida desafiando la intolerancia del imperio romano, que los confinaba a la clandestinidad de las catacumbas por profesar la nueva religión. Muchos fueron declarados mártires. Cuando Roma reconoció el Cristianismo como religión oficial del imperio cambió el escenario. A partir de entonces, y a lo largo de los siglos siguientes, muchos y muchas murieron a causa de otras arbitrariedades contra los ritos y las creencias de la religión cristiana. Siempre eran creyentes de otras religiones o no creyentes en ninguna religión quienes mataban a quienes expresaban su fe, a quienes después eran declarados mártires.

Fue a finales de los años 60 del siglo 20 que cambió de nuevo el escenario. Y cambió en América Latina, el único lugar de nuestro planeta mayoritariamente cristiano y mayoritariamente empobrecido por desigualdades tan profundas que seguimos teniendo el deshonroso récord mundial de tener la brecha de inequidad más profunda entre los pocos que tienen todo y los muchos que no tienen casi nada.

Entre los años 70 y 80 del siglo que pasó han sido miles y miles los cristianos de América Latina que dieron su vida por razón de su fe. Pero no la dieron defendiendo actos de culto o imágenes o profesando dogmas o proclamando la libertad religiosa. Los mataron porque defendían a los pobres, a la gente a la que dictaduras y aparatos represivos lesnegaban sus derechos, los perseguían y los mataban porque reclamaban mejor salario, porque se organizaban para luchar por oportunidades de una mejor vida o porque protestaban por fraudes electorales… Arriesgaban su vida y la daban porque entendían su fe como un compromiso por un cambio social, por amor a la justicia. No defendían los “derechos de Dios”, que no necesita que nadie los defienda. Defendían los derechos de los más pobres. Ésa era la gran novedad.

La otra gran novedad era que quienes los mataban erangobernantes, autoridades y militares que se proclamaban católicos. Los asesinaban gobiernos católicos de las católicas naciones de América Latina, que vieron amenazado su poder por católicos y cristianos que anunciaban lo que Jesús anunció: que Dios no es neutral, que se pone de parte de los pobres para que dejen de ser pobres y vivan como humanos y para que los ricos cambien y vivan como hermanos. Eran católicos matando a católicos: algo nunca antes visto. Y para rematar la contradicción, en aquellos años la máxima autoridad del Vaticano guardaba silencio o, aún peor, bendecía a los gobernantes de los gobiernos católicos que mataban católicos.

Hoy, cuando aquella etapa de la historia de nuestro continente parece ya lejana nos llega la alegría de que el Papa, otro Papa, reconoce por fin como mártir a Monseñor Romero, arzobispo de San Salvador, asesinado de un tiro al corazón al pie del altar el 24 de marzo de 1980 por los escuadrones de la muerte del católico gobierno salvadoreño.

Durante años hemos reclamado el título de mártires para la montaña de muertos matados en América Latina, entre los que hubo obispos, sacerdotes, religiosas, catequistas hombres y mujeres, delegados de la palabra… Mártires todos porque pasaron la prueba del amor mayor: dar la vida por los demás. Y porque los que los mataban “odiaban la fe”, la de quienes la entendían como un compromiso por construir un mundo en donde a nadie le sobre para que a nadie le falte.

Monseñor Romero los representa a todos, a todas. En su cambio personal, en sus palabras, en la muerte con que lo mataron, están resumidos todos -o casi todos, que no es lo mismo pero es igual- los grandes desafíos de aquella etapa de nuestra historia: la represión cruel, el cierre de los espacios ciudadanos, la tenaz lucha por los derechos humanos diariamente violados, la organización popular, la obscena injerencia de Estados Unidos, el terrorismo de Estado, el despertar de la conciencia campesina, el surgimiento de “otra” Iglesia, los presos políticos, las torturadas, los desaparecidos, las refugiadas, la resistencia sin tregua, la pobreza y la miseria tocando fondo. Y la guerra. Y el anhelo de una paz justa y digna. Y el martirio, también el martirio.

En todo eso estuvo él, símbolo de un puñado de años inolvidables vividos en este rincón del mundo. Pasarán los años y él, como icono, representará a la Centroamérica de aquel momento único. Y lo hará cabalmente. En la hora de esta alegría, presiento que será Oscar Arnulfo Romero, el más universal de los salvadoreños, quien representará a centroamericanos y  centroamericanas en las páginas de la historia mayor, ésa que se escribe con la distancia que nos regala el tiempo.

 

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