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Obama y Castro inician una nueva era de relaciones EE.UU--Latinoamérica

La guerra fría se acabó

Obama proclamó en Panamá una “nueva era de compromiso y cooperación” entre Estados Unidos y América Latina. Castro dejó a un lado el pasado de agravios entre ambos países y dijo que estaba dispuesto a “negociar todo” con respeto

Carlos Salinas Maldonado | Enviado especial | 12/4/2015
@CSMaldonado

La última palada de tierra a la Guerra Fría

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y su homólogo cubano, Raúl Castro, echaron la mañana del sábado en esta ciudad la última palada de tierra a los vestigios de la Guerra Fría en el continente, ese desencuentro político-ideológico con el que se justifican hasta ahora los más incendiarios discursos antiimperialistas en la región. Ambos mandatarios, dispuestos al diálogo, se mostraron abiertos a dejar a un lado el pasado de agravios que ha caracterizado sus relaciones y abrir una nueva era de cooperación. Raúl Castro incluso fue más allá y en su discurso, lleno de elogios hacia el papel que Obama ha jugado en el reencuentro con un continente prácticamente olvidado por la diplomacia estadounidense, dijo: “le pido disculpas al presidente Obama porque nada tiene que ver en esto. Todos (los mandatarios estadounidenses) tienen deudas con nosotros, pero menos el presidente Obama”. Toda una declaración de intenciones. Obama, por su parte, dejó claro que los protagonistas de esta nueva era de la diplomacia son, al menos en un principio, Cuba y su país. En respuesta a una larga diatriba del presidente ecuatoriano Rafael Correa, un discurso cargado de los tópicos antiimperialistas y culpas a Estados Unidos, el mandatario estadounidense dijo: “supongo que es bueno usar a Estados Unidos como excusa de vez en cuando para resolver problemas políticos, pero eso no va a darle de comer a nuestros niños ni va a hacer más productivos nuestros países (…) La Guerra Fría terminó hace tiempo. Y no estoy interesado en combatir batallas que iniciaron antes de que yo naciera”.

El cara a cara Obama-Castro


La Cumbre organizada por Panamá no pudo salir mejor para este país de rápido crecimiento económico. La diplomacia panameña cruzaba hasta los últimos minutos los dedos para que de este encuentro saliera algo sustancioso, más allá de la larga jornada de intervenciones de mandatarios del continente. El resultado fue una foto histórica: por primera vez en más de medio siglo un presidente de Estados Unidos y uno de Cuba no sólo se estrechaban las manos, sino que aparecían conversando distendidamente cara a cara frente al mundo entero. Y no sólo eso: afirmaban su compromiso de diálogo y de apertura. Los más de 800 enviados especiales que siguieron religiosamente cada gesto de Castro y Obama, quedaron pasmados ante las declaraciones del líder cubano, quien inesperadamente dijo que “estamos dispuestos a negociar todo, todo se puede discutir si se hace con mucho respeto”. Y en ese “todo”, aseguró, se incluye el espinoso tema de los derechos humanos en la isla. “Estamos dispuestos a avanzar en las negociaciones para el restablecimiento de relaciones, abrir nuestras embajadas y visitarnos mutuamente”, dijo en una alusión a posibles visitas presidenciales tanto en Estados Unidos como en Cuba. Obama por su parte aseguró que se abría “una nueva era de compromiso y cooperación” y que “Estados Unidos se compromete más con esta región de lo que hemos hecho en décadas”. El mandatario se comprometió a estudiar a fondo el informe del Departamento de Estado sobre Cuba, para sacar a la isla de los países que apoyan el terrorismo. Una decisión que podrá darse en las próximas semanas.

Alba baila un viejo son


Mientras Obama y Castro negociaban el nuevo reencuentro cubano-estadounidense, los países del Alba bailaban a otro son. Si bien la mayoría de los asistentes a la Cumbre se pronunciaron en contra del decreto que sanciona a funcionarios venezolanos, los discursos de Cristina Fernández, de Argentina, Rafael Correa, de Ecuador, Evo Morales, de Bolivia, y Daniel Ortega, de Nicaragua, sonaron a viejo, alejados de los nuevos aires de diálogo y diplomacia que soplaban en el centro de convenciones Atlapa de esta ciudad. Hasta Nicolás Maduro, que pretendía ser uno de los grandes protagonistas de la cita, quedó reducido a papel secundario. El mismo Maduro se mostró anuente al diálogo a pesar de sus críticas hacia Estados Unidos y dijo al presidente Obama: “le extiendo mi mano para hablemos y resolvamos nuestros asuntos en paz”. Correa fue quien dio el discurso más estridente, al atacar a la prensa directamente, sólo porque ha sido la prensa de Ecuador la que ha plantado cara al mandatario con fuertes críticas a su gestión. La respuesta de Correa ha sido leyes mordazas, el manoseo de la justicia para condenar a periodistas y multas millonarias a los periódicos. “La prensa latinoamericana es mala, muy mala”, se quejó Correa. Fue Obama quien se tomó el tiempo de responderle a su homólogo: “no tengo confianza en un sistema en el que una persona determina lo que deben hacer los demás”, dijo, y criticó el hecho de que se “encarcele a la gente porque piensa diferente”. Obama, además, abogó por la libertad de prensa que, dijo, es necesaria en una democracia.

La nueva cruzada del Comandante


Otro que estuvo fuera de son fue el presidente Daniel Ortega, que no sólo recibió a un auditorio cansado que le puso poca atención, sino que usó su tiempo en el plenario de la Cumbre para hablar de su nueva cruzada: la defensa de la independencia de Puerto Rico. Ortega se mostró totalmente desconectado de la Cumbre, fue como si él estuviera en otra reunión, no en esta de Panamá en la que se marcaba el inicio de una nueva era diplomática. Ortega confirmó que en su delegación viajaba el independentista puertorriqueño Rubén Berríos, que lo llevó a la cena oficial de presidentes en la que estuvo Barack Obama y que se lo presentó al mandatario estadounidense para plantearle el tema de la independencia. Según Ortega, Obama dijo que estaba abierto a discutir el asunto. En su largo discurso el nicaragüense no habló de los problemas del país, no hizo se referencia a los asuntos nacionales y tampoco buscó apoyo internacional a su controvertido proyecto canalero. Sus esfuerzos estuvieron encaminados a hacer lobby por la independencia de la isla caribeña, cuando en Nicaragua es llamado por miles de campesinos “vendepatria”, tras haber entregado la soberanía del país a un empresario chino por cien años.

El momento cumbre de Panamá


Panamá es la gran ganadora de este encuentro. Tras nueve meses de un intenso trabajo diplomático –que comenzó desde el primer día que el presidente Juan Carlos Varela tomó el poder– que incluyó a potencias regionales como Brasil y hasta la Santa Sede –según lo reveló el propio Varela a la prensa al cierre de la Cumbre–, el país lució su mejor cara ante el mundo: una nación próspera, de gente feliz y amable, libre, democrática y dispuesta a ser el punto de encuentro de las Américas. No sólo dispuso un escenario de lujo para el hito histórico del cara a cara entre el mandatario de Estados Unidos y el de Cuba, sino para la discusión de lo que debería ser la agenda social y económica de América para los próximos años. Más de 800 periodistas de todo el mundo dieron cobertura al evento, en el que se codearon reyes de la tecnología como el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, el multimillonario Carlos Slim, los directores de las grandes compañías de América. Analistas, empresarios, activistas, académicos, actores sociales, presidentes y cancilleres se pasearon por los pasillos de los diferentes hoteles que fueron sedes de esta Cumbre. Hoteles que quedan satisfechos con el evento, porque según el diario La Prensa, el principal del país, gracias a la Cumbre se ocupó el 80% de la capacidad hotelera de la nación, unas 12 mil habitaciones de las 20 mil disponibles. El costo del encuentro ascendió a 15 millones de dólares, pero según dijo el mismo Varela fue una decisión acertada. Fue el momento cumbre de Panamá.

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