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Monseñor Óscar Arnulfo Romero es beatificado 35 años después de su asesinato

El Salvador reivindica a su mártir

Cientos de miles de salvadoreños se reúnen en la capital para asistir a un acto de justicia histórica: celebrar la beatificación del hombre que dio su vida por la paz en uno de los países más violentos de América.

Carlos Salinas Maldonado | Enviado especial | 23/5/2015
@CSMaldonado

San Salvador. Fue un acto de justicia histórico. Cientos de miles de salvadoreños se reunieron este sábado en la plaza del Salvador del Mundo, en esta capital, para asistir a la que fue la reivindicación de su mártir, Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, beatificado 35 años después de su asesinato, el 24 de marzo de 1980, por su prédica en defensa de los derechos humanos en un país gobernado por un régimen sanguinario y reaccionario.

Entre los miles de salvadoreños que asistieron a la ceremonia de beatificación estaba Carlos Duarte, de 57 años, un hombre que apenas pudo contener las lágrimas al escuchar que el héroe de este país era reconocido por su lucha. “Pero todavía falta”, dijo Duarte. “¡Qué se disculpen los que lo mataron! ¡Debe de haber un castigo!”, pidió el peregrino, originario del municipio de Santa Ana, a una hora de la capital.

Duarte, quien trabaja para una empresa de seguridad, llegó a San Salvador la tarde del viernes para asistir a la vigilia que se celebró previo al acto de beatificación. Como él, decenas de personas se reunieron en la plaza del Salvador del Mundo, epicentro de este proceso histórico, para cantar y orar a la espera de la ceremonia oficial. Un aguacero tropical cayó sobre ellos la noche del viernes, pero, como una muestra de fe y amor por su mártir, continuaron la vigilia empapados. “Este es un evento importante a nivel mundial. Y monseñor Romero fue un hombre que hizo mucho por El Salvador, es nuestro ejemplo. Esto sólo pasa una vez en la vida, no podía perdérmelo”, dijo Duarte.

Romero fue asesinado mientras ofrecía misa en una pequeña iglesia de la capital. Sus mensajes combativos y críticos con las fuerzas de seguridad y el Gobierno salvadoreño lo convirtieron en un personaje odiado en las filas del régimen y entre la poderosa élite económica del país, una de las más conservadoras de América Latina. En un país que se desangraba en una guerra civil que dejó al menos 70 mil muertos, Romero criticaba los abusos de los militares, la violación de los derechos humanos y condenaba las matanzas de campesinos. “¡Qué cese la represión!”, exigió una vez al Gobierno. Seguro de que era un hombre incómodo para el régimen, sabía que su vida corría peligro, pero mantuvo su mensaje de forma valiente. “Que mi sangre sea semilla de libertad”, dijo, “resucitaré en el pueblo”. Para los miles de católicos congregados este sábado en el centro de la capital, el acto de beatificación simbolizaba esa promesa de resurrección.

“Esta es la resurrección oficial de monseñor, es una reivindicación pública, masiva, frente al mundo. A la Iglesia oficial no le quedó más remedio que reivindicarlo”, dijo la teóloga María López Vigil, presente entre el público que asistió a la beatificación.

La de este sábado era una marea humana que se congregó alrededor del monumento al Salvador del Mundo. Los organizadores calculan que el acto fue seguido por entre 250 y 300 mil personas. Uno apenas podía moverse entre la multitud, que estoicamente soportaba la tortura de los intensos rayos del sol, una humedad asfixiante y la sensación de estar atrapado sin posibilidad de salir de ese muro humano. Pero la fe, o el amor a Romero, pudieron más que las durezas del clima. La gente mostraba sonrisas, cantaba los cánticos religiosos y se deseaban la paz unos a otros. Entre gritos de “¡Se ve, se siente, Romero está presente!” o “¡Romero valiente!”, decenas de personas elevaban sus puños al cielo, en un acto de reto, pero también de satisfacción, por haber alcanzado al fin la honra pública para el hombre que murió por su libertad.

“Monseñor Romero es un mensajero de Dios, dejó una gran huella como Jesucristo”, dijo Delmy García, una mujer morena y bajita que llevaba los zapatos aún húmedos, tras haber aguantado el aguacero de la noche anterior. “Él dejó un precedente, porque se hizo oír desafiando todos los convencionalismos. Siento una alegría enorme de que este pueblo tan pequeño tenga a un hombre tan grande. Espero que un día sea santo”, agregó.

En el acto de este sábado llamó la atención la presencia de miles de jóvenes que seguían atentos la ceremonia. Uno de ellos era René Chévez, de 21 años, para quien Romero es un “hombre influyente entre los jóvenes”. Chévez, un joven bajito y de cuerpo fibroso, dijo que el ahora beato “hizo un cambio enorme en este país. Él era del pueblo, no era político, quería la paz, nada de guerra”.

La paz fue lo que pidieron este sábado varios salvadoreños entrevistados por este enviado especial. En un país carcomido por la violencia y la delincuencia, ellos esperan que el mensaje de reconciliación, de justicia y paz de Romero cale en su sociedad ahora que la Iglesia le da un lugar destacado, reconoce su lucha y su martirio. “Ha hecho muchos milagros, espero que ahora monseñor Romero nos haga la paz, por la violencia que hay en el país, que se calme la delincuencia”, dijo Melvin Mendoza, de 33 años, un hombre regordete que asegura que Romero lo “curó” de una “grave alergia” que sufría.

Más allá de milagros que se puedan “demostrar” para pedir la canonización de Romero en un futuro, el acto de este sábado fue histórico, porque la nomenclatura religiosa, política y económica del país –aunque tal vez a regañadientes– tuvo que aceptar un homenaje por décadas negado, aunque con el impulso del Papa Francisco, visto por muchos como un renovador en el seno del catolicismo. Para los salvadoreños es un triunfo personal. Muchos lloraban este sábado porque vieron el acto de justicia que pensaron nunca llegarían a ver, aunque el asesinato de Romero se mantenga en la impunidad 

“Por fin se recompensa a un personaje tan difamado y ofendido en nuestra patria. Hoy se le hace justicia, es la justicia del Señor. Le rendimos tributo con alegría, porque entregó la vida en defensa del Evangelio”, dijo Roberto Campos, uno de los congregados en la plaza capitalina donde miles de salvadoreños asistieron a una beatificación que vieron como la resurrección de su mártir. La sangre de Romero, ahora sí, se convirtió en la semilla que ha hecho brotar la libertad en este pequeño país latinoamericano.

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