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Romero: la voz de los sin voz

Monseñor Romero era un gran comunicador, un “comunicador alternativo” en un país bajo censura. Les dio voz a los pobres y por eso lo asesinaron

Carlos Salinas Maldonado | 25/5/2015
@CSMaldonado

Después de 35 años, frente a la Plaza del Salvador del Mundo, en San Salvador, Margarita Herrera recordó aquel día de marzo cuando miles de salvadoreños acudieron a la Catedral Metropolitana para despedir a su mártir: Óscar Arnulfo Romero, personaje incómodo para el régimen sanguinario de El Salvador, asesinado mientras ofrecía misa, en el momento exacto cuando levantaba las manos al cielo para la comunión, por un francotirador pagado por las oscuras élites salvadoreñas.  Después de 35 años Herrera cree que se ha comenzado a hacer justicia, y bajo un intenso sol tropical esta mujer festejaba, pero también recordaba el pasado de sangre y violencia que, como reportera de radio, tuvo el triste privilegio de documentar para la historia.

Herrera formaba parte de los cientos de miles de salvadoreños que el pasado sábado llegaron a la plaza capitalina para asistir a la ceremonia de beatificación de Romero, el mártir de este país, el hombre que desde el púlpito, pero también desde la radio, pedía al régimen que se acabara la represión, que se respetaran los derechos humanos y que cesara la violencia de unas fuerzas militares salvajes, capaces de arrasar con pueblos enteros. Los mensajes radiales de Monseñor, como lo llaman con cariño los salvadoreños, eran una referencia en un país bajo censura, o en la que los medios de comunicación callaban, en obsceno y encubierto guiño al régimen.

“Yo editaba un programa de comentarios en radio YSAX, La Voz Panamericana. Recuerdo que Monseñor Romero era un gran comunicador. Los miércoles se transmitía un programa de entrevistas, con Monseñor. Después la radio sería bombardeada”, me contó Herrera mientras intentábamos quedarnos cerca, apretados y empujados con fuerza por la marea humana congregada en la Plaza del Salvador del Mundo.

Herrera dijo que en aquella época, en aquel El Salvador salvaje, los campesinos y los citadinos se reunían alrededor de un radio para escuchar el mensaje de Romero, que comentaba la situación del país y clamaba por justicia. “Muchos campesinos, cuando terminaba el programa, guardaban las baterías de la radio, para poder usarlas para escuchar el próximo mensaje”, me contó. “La homilía la escuchaban todos. Monseñor estaba conectado con Dios. Hablaba en el culto y era como si se elevara, uno se erizaba al escucharlo. Hablaba con sencillez, para todos”, agregó. 

Para la teóloga María López Vigil, quien también asistió a la beatificación de Romero, Monseñor debería ser nombrado “el patrón de los comunicadores”. Para ella, Romero era un “comunicador alternativo” en un país bajo censura.

Tras su asesinato, el 24 de marzo de 1980, Herrera tuvo que trabajar intensamente contando, para El Salvador y el mundo, la situación de abandono y caos que la muerte de Romero causó en un país ensangrentado. Ella me contó cómo fue aquel día del entierro, en la Catedral Metropolitana de San Salvador, cuando le tocó trasmitir para la radio la emotiva ceremonia, que terminó en matanza. Los salvadoreños lloraban a su mártir, 70 mil personas se habían trasladado hasta la Catedral y había mucha indignación. Herrera hacía enlaces para la Radio Sandino, en Nicaragua, con el fin de narrar a los nicaragüenses lo que pasaba en la capital salvadoreña. De pronto, se escuchó un bombazo en medio de la misa, luego disparos, más tarde el caos y una estampida humana. Herrera se asustó. “Ha sido el momento de más miedo de mi vida”, me dijo.

Así contó la tragedia el diario El País, de España: “Cuarenta muertos y más de doscientos heridos es el balance de los trágicos sucesos ocurridos el domingo en la plaza de la catedral de San Salvador, mientras se oficiaban los funerales por el arzobispo Oscar Arnulfo Romero, asesinado el pasado día 24. Una provocación, al parecer, de la extrema derecha, mediante la explosión de varias bombas, provocó el pánico en la multitud que llenaba la plaza. Elementos armados de la guerrilla izquierdista presentes en el lugar utilizaron también sus armas. La mayoría de las víctimas no fueron de bala, sino que murieron aplastadas o asfixiadas”.

Aquella tragedia Herrera la lleva muy dentro. Pero 35 años después los fantasmas comienzan a ser exorcizados. La mañana del sábado 23 de mayo de 2015, quedará en la memoria de Herrera como un día feliz, en el que otra vez miles de salvadoreños –cientos de miles, según las autoridades– se congregaron en el corazón de la capital salvadoreña, otra vez en nombre de Romero. Esta vez para beatificarlo, o para los no católicos, o ateos, para reconocer la valentía, el coraje, la fuerza, la lucha social del hombre que quería paz, libertad y apertura. El hombre que desde la radio se convirtió en la voz que escuchaban miles de analfabetas, desnutridos, gente hundida en la miseria por un régimen a quien le convenía mantenerlos así. Eran los que no tenían voz. Y Romero les dio voz. Por eso lo asesinaron.

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