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Crítica de Rosewater

El Crimen del Testigo

“Rosewater” se convierte en una sincera – casi ingenua – declaración de principios. Parece decirnos que en el mundo globalizado, la información nos hará libres

Juan Carlos Ampié | 4/7/2015
@juancarlosampie

El comediante Jon Stewart se ha convertido en una institución en EEUU, gracias a “The Daily Show”, su influyente noticiero satírico es la principal fuente de información de jóvenes adultos. Hace un par de años, sorprendió al tomarse unos meses de vacaciones para dirigir una película. Y era un drama mortalmente serio, basado en una historia de la vida real. “Rosewater” esta ahora disponible en Netflix, ofreciendo una mirada a uno de los aspectos más perturbadores de los regímenes totalitarios: la normalización de la violencia como un elemento de lo cotidiano.

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En el año 2009, Maziar Bahari (Gael García Bernal), un periodista iraní basado en Londres, regresó a su Irán natal para como corresponsal de la revista norteamericana Newsweek, para cubrir las elecciones que enfrentaba al presidente Mahmoud Ahmadinejad con el reformista Mir-Hossein Mousavi. Bahari registra las opiniones de líderes oficialistas y disidentes temerarios. Filma la represión  de manifestaciones pacíficas. Pero en medio de su apretada agenda, encuentra tiempo para conceder una entrevista a Jason Jones (él mismo), reportero del programa de Stewart grabando una historia en Teherán. Días después, el ejercicio de sátira en el cual Jones se presenta jocosamente como “espía” es reproducido ante Bahari como prueba de que él mismo es un agente de la cultura occidental, infiltrado en su país para socavar “la revolución”. Así, el periodista queda confinado en una cárcel de máxima seguridad, a merced de Javadi (Kim Bodnia), un torturador que usa como loción la misma agua de rosas empleada en ritos religiosos islámicos (de ahí, el título).

 Sin duda alguna, Stewart debe haberse sentido en deuda con Bahari, considerando que colaborar con su programa contribuyó en alguna medida a su martirio. El periodista pasó 118 días en la cárcel, sometido a brutales interrogatorios y torturas. Resulta ser una especie de tradición familiar. Su padre (Haluk Bilginer) habría sido encarcelado por el Sha. Su hermana (Golshifte Barahani), muere en prisión bajo el régimen islámico radical. Ambos aparecen en flashbacks, o como fantasmas que debaten su situación y como enfrentarla. Stewart logra dramatizar la colisión de dos planos de realidad que chocan entre sí. Mientras Bahari pasa de la incredulidad a la depresión, frente a lo absurdo de su predicamento, para su torturador este es un día más en la oficina. Javadi trata de “resolver” el caso de porque lo ve como su ticket para escalar en la burocracia. Perturba de otra manera la actitud de los otros personajes. Para la madre del periodista (Shohreh Aghdashloo), y su chofer, también encarcelado (Dimitri Leonidas), esta es una pantomima que deben seguir hasta el final. El desdén que sienten por sus represores es notorio, pero también la convicción de que el sacrificio es una especie de trámite por cumplir.

El director se pone en evidencia como novato al ponerse creativo con el diseño gráfico para ilustrar la ola de interés mediático en el caso, o el pujante descontento popular manifestándose en las redes sociales, con gigantes “hashtags” cayendo del cielo. Alguien tendría que haberle dicho “no”. Las animaciones digitales son francamente superfluas. Afortunadamente, el corazón de la película reside en la interacción entre Bahari y su Javadi. Quizás al principio uno pueda resentir que nos quieran hacer pasar a un mexicano por iraní, pero Bernal se apropia del personaje y supera todos los reparos. Bodnia se erige como un adversario formidable, hasta que un giro de actitud en el prisionero revela lo patético de su condición. La banalidad de la maldad, en este contexto político, termina aflorando. De alguna manera, la historia real suple la consecuencia de la película. “Rosewater” se convierte en una sincera – casi ingenua – declaración de principios. Parece decirnos que en el mundo globalizado, la información nos hará libres. Sólo hay que dejar que los represores ejecuten los pasos de su danza macabra, antes de abandonar el escenario para irse al basurero de la historia.

La verdadera prueba de Stewart como director vendrá en un próximo filme, cuando le toque a él hacer todo el trabajo. Bien puede ser que suceda. En cuatro semanas, abandonará para siempre la silla de “The Daily Show”. Aún no anuncia planes para su futuro.   

 

* “Rosewater” está disponible en Netflix.com

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