Opinión

Autoperdonate que Dios te autoperdonará

Las amnistías autoconcedidas duran lo que dura el ejercicio del poder despótico de los amnistiados



“Autoayúdate que Dios te autoayudará” es el título de una colección de aforismos que Carlos Monsiváis publicó en forma de libro. El orteguismo dio a conocer su propia versión de la autoayuda, propuesta ayer para su trámite parlamentario: la ley de amnistía que distribuye un autoperdón para que Dios y el pueblo autoperdonen a los orteguistas. Y es que ni Dios ni el pueblo pueden negar un autoperdón, pero no por las razones que los redactores de la ley probablemente suponen –habernos incluido en su perdón universal y obligarnos a la reciprocidad-, sino porque el intento de decomisar el autoperdón a unos verdugos que blanden la guadaña y aferran el poder es una labor tan estéril como negarle el autoensalzamiento a un vanidoso que empuña un micrófono.

¿Tiene algo de extraño que quien se autoconcedió el derecho inconsulto de alquilar por un siglo parte del territorio de Nicaragua se otorgue ahora un perdón? Para nada. Pero sí es un hecho cargado de muchos significados, no todos favorables a los promotores de la amnistía. Veamos unos pocos.

La proclamación a grito en cuello de la ley tiene un valor táctico porque la palabra “aministía” goza de un encanto propio e irrecusable. Una vez echada a rodar, la fosforescente palabra “amnistía” entrará en los titulares de los principales medios de comunicación y será lo único que retendrán en su memoria de corto plazo la mayoría de los lectores y televidentes. Me atrevo a suponer que en los medios europeos sonará como música para un público despistado, un bolsón que no sólo incluye al ciudadano de a pie, sino a muchos más, incluso intelectuales influyentes que se dan aires de expertos. En Estados Unidos y en Europa predomina la memoria de corto plazo en el consumo de noticias sobre Latinoamérica. Y entre algunos intelectuales campea un larguísimo plazo donde ya no cabe novedad alguna desde los años 80. En ese grupo “amnistía”  evocará la inmediata de la posguerra. Como recurso táctico, hay ganancias netas para el orteguismo.

La ley en sí misma tiene también una finalidad estratégica. Busca pavimentar el futuro de impunidad. Pero ahí empiezan los problemas. En primer lugar porque no se busca amnistía, sino inmunidad a la justicia. En Estados Unidos el presidente puede conceder el perdón por un delito. Pero para ello tiene que ser cosa juzgada y el sujeto tiene que reconocer su culpa y pedir el perdón. Aquí el autoperdón proviene de una negación de la condición de victimarios –los villanos se presentan como parte ofendida-, de una imposibilidad de ser investigados y procesados y de un regodeo en su triunfo militar. ¿Para qué perdón, si no hay delitos reconocidos? Aquí es donde aparece una fisura del tamaño de un cráter en la estrategia: amnistía no pedida, acusación manifiesta. Autoperdonarse es admisión tácita de la culpa y –como diría Salarrué- de su truenisdedis y chillistripes ante las arenas movedizas de su futuro jurídico.

El segundo problema es que las amnistías autoconcedidas duran lo que dura el ejercicio del poder despótico de los amnistiados. Tras ese punto de inflexión, todo lo sólido se desvanece en el aire. La amnistía que se obsequiaron ARENA y el FMLN en El Salvador se sostuvo –y no siempre muy firme- mientras esos partidos fueron dominantes y lograron un acuerdo que a su vez estaba edificado sobre algo parecido a un empate militar. Ahora que esa bina fatal quiere reeditarla, se enfrenta a una fiera y digna resistencia. Aun así, la amnistía ha durado –sin asegurar impunidad total- más de 20 años.

En Nicaragua no hay condiciones para emular ese modelo. Aquí no hay empate militar ni acuerdos negociados. Tampoco hay una materia común que aministiar: los crímenes cometidos por dos grupos armados. Aquí sólo hay un grupo armado. Por eso no habrá por el momento una amnistía, aunque le pongan ese membrete, sino la imposición de la impunidad para unos y feroces castigos seudojudiciales y extrajudiciales para otros. En resumen, la amnistía –cuando funciona, siquiera por un tiempo- debe ser un obsequio mutuo, no un autorregalo.

De todos sus entresijos, el artículo 3 sobre la no repetición es el más tenebroso y el que le quita la careta bonachona y muestra los colmillos afilados de la ley: “Las personas beneficiadas por la presente ley deberán abstenerse de perpetrar nuevos hechos que incurran en conductas repetitivas generadoras de los delitos aquí contemplados. La inobservancia del principio de No Repetición trae como consecuencia la revocación del beneficio establecido por esta ley.”

Los delitos “aquí contemplados” se resumen en cinco palabras: intento de golpe de Estado. ¿Y cuáles son los hechos y conductas golpistas? Ahí está el detalle. Son hechos y conductas consideradas normales y conquistas básicas de los derechos civiles: participar en marchas, agitar una bandera patria, salir a la calle con un sombrero azul y blanco, ejercer el periodismo con honestidad, tomar fotografías de unos manifestantes, participar en el paro, defender a un hermano agredido y convocar a la desobediencia civil fiscal, entre muchas otras conductas cívicas o hechos inocuos. La ley de amnistía significa la ratificación legal de toda una nueva tipología de crímenes.

Los autoperdonados van, pues, a Dios rogando amnistías y con el mazo dando amenazas a las y los excarcelados. No creo que se conviertan en autocastigados. Tampoco que se autoengañen creyendo que nos engañaron. Saben que su juego está sobre la mesa y que sólo una posición de fuerza lo sostiene. ¿Por cuánto tiempo? Concepción Arenal, abogada y visitadora de prisiones española, escribió en el siglo XIX: “Todo poder cae a impulsos del mal que ha hecho. Cada falta que ha cometido se convierte, tarde o temprano, en un ariete que contribuye a derribarlo.” Autoderribate que todos te autoderribaremos.