Opinión

Balcells, la Mama Grande, rediviva

La historia de Balcells ratifica la importancia que jugó en la proyección de los narradores más connotados del boom



Aunque fue Carlos Barral, el primero en abrir las puertas de la fama a los padres dilectos del boom, no siempre adelantarse supone situarse en la cima. Carmen Balcells, la joven advenediza que dio los primeros pasos a la orilla de Barral, se convertiría muy pronto en la indiscutible reina y señora de los escritores latinoamericanos. Los que cambiaron el eje de gravedad de la novela mundial. Setentainueve años antes, Rubén Darío, con la publicación de Azul… (1888), había resituado el eje de la poesía en América. Cien años después del nacimiento de nuestro paisano inevitable, Gabriel García Márquez, publicó Cien años de soledad, (1967), parto prodigioso de lo que se conocería como el boom de la nueva narrativa latinoamericana. Balcells se convertiría su agente literario y en una simbiosis espléndida, autor y agente, remontaran las estrellas. La novela de Gabo hizo revirar la mirada hacia estas tierras del olvido. Latinoamérica volvía por sus fueros.

El líder cubano Fidel Castro, Gabriel García Márquez, y la agente literaria Carmen Balcells en La Habana. Circa 1980-1990s. Imagen cortesía de Harry Ransom Center.

Contrariando la regla, Balcells no tenía para algunos, la preparación necesaria para entrar en el mundo editorial, como le confesó sin remilgos a Xavi Ayén. Carecía de los atributos de los editores consagrados, tampoco tenía —según aducen los entendidos y entendidas— su conocimiento intelectual. Esto no impidió que convenciera a Gabo, dejara en sus manos la representación de sus obras. El origen de su fortuna como agente —no me refiero a pesos y centavos— está vinculada a Barral. Se metió en sociedad con Ivonne, la esposa de Carlos, atendiendo una sugerencia de este. Las dos mujeres fueron socias en la fundación de la agencia. Después del parto de sus gemelos, Ivonne abandonó la empresa aduciendo que no era rentable. Hay que decir en honor a la verdad que no lo era, que en aquellos momentos no lo era, yo me lo podía permitir —confiesa a Ayén— porque en casa entraba el sueldo de mi marido. Sus inicios fueron duros. Luego traería a su lado al resto de autores latinoamericanos.

Barral fue uno de los editores que abrió las puertas del boom. La ciudad y los perros, (1962), constituyó todo un acierto como novela inaugural. El peruano terminó de escribirla a los veinte cuatro años. Aunque —mérito indisputado— fue Cien años de soledad, quien encumbró en los altares, a la nueva novela latinoamericana. Balcells haría lo suyo. Sus logros los obtuvo a través de su agencia literaria, inició la redefinición de los contratos entre autores y editores. No más estipulaciones leoninas, reconoce Carlos Barral a Mario Vargas Llosa, en carta fechada el 3 de mayo de 1966. Lo confesó con la devolución los derechos de autor de La ciudad y los perros, ganadora del Premio Biblioteca Breve-Seix Barral. También declaró nulo el contrato que había suscrito con el peruano, por esta novela. Una etapa esplendorosa abría las puertas a los autores latinoamericanos. El vuelco que imprime Balcells a los contratos, resulta harto beneficioso para todos, incluso para ella.

El padre de José Manuel Lara Bosch —además de dispensar cariño a Balcells— había vaticinado a su hijo, que esa cabrona va enseñar a todos los agentes a ser igual y no nos dejarán vivir. La catalana había aprendido el oficio de otra manera. Lara Bosch confiesa que no le costó entenderla. Él había desembarcado con las nuevas normas ya instauradas. Incordiaba a los editores de vieja data. Le mal querían. A la pregunta sobre cómo había logrado imponerse, la respuesta de Balcells es contundente. Cuando tienes un autor como Gabriel García Márquez, puedes montar un partido político, instituir una religión u organizar una revolución. Yo opté —clama convencida— por esto último. Pero no se crea que fue fácil. La voltereta en el mundo editorial fue de ciento ochenta grados. Las animadversiones se dispararon. La advenediza caminaba con pie de plomo. Nada la amilanaba. Dispuso su ánimo para triunfar y lo consiguió. Desde siempre fue una ganadora.

El mote de Mama Grande lo debe a Vargas Llosa, una vez que ella hiciera números frente a sus ojos, para obtener su representación. Carlos Barral, su editor príncipe, no pudo hacer nada para que Vargas Llosa se quedara a su lado. Su insistencia no caló en el ánimo del peruano. En Barcelona —una de las cunas del boom— se produjo una reunión de las principales firmas editoriales. El propósito era boicotear a los autores de esta señora. Esperaban asestarle el golpe definitivo. En la mesa de conspiradores, solo uno de los presentes, José Manuel Lara, padre, se plantó en su defensa. Obnubilados por los éxitos de Balcells, lanzaron el tiro de gracia. Plantearon que nadie le comprara el próximo García Márquez. El viejo Lara tronó beligerante: ¿A ti, si te ofrecen a García Márquez no lo vas a comprar? Pues yo si argumentó. Sus palabras tuvieron efecto disuasivo. El cónclave se dio por concluido. Poco o nada podían hacer de aquí en adelante contra Balcells. Aunque nunca cejaron.

Vargas Llosa salió en su defensa: En el mundo editorial hubo un escándalo parecido al que conmueve a un gallinero en el que se ha metido el lobo feroz. Le dijeron traidora, materialista, pesetera, innoble, saboteadora del gay saber, literaturicida y mil lindezas más. Ella derramaba vivas lágrimas —refiriéndose a Balcells— pero no dio su brazo a torcer. En la misma línea de argumentación, García Márquez —dirigiéndose a Julio Cortázar— se lamenta de las enormes fortunas que ganan los editores con sus libros. Para Xavi Ayén, (Aquellos años del boom… RBA Libros, segunda edición, marzo de 2015), a Barral le aconteció lo mismo que al doctor Frankenstein. Su invento se le salió de las manos. A partir de entonces todo cambió. Surgía un nuevo liderazgo abanderado por Carmen Balcells. García Márquez define la personalidad de su agente: Muchos escritores la detestan por la ferocidad con que defiende los centavos de los escritores sobre todo de los jóvenes más necesitados

Manuel Vázquez Montalván, presagió que Balcells pasaría a la historia de la literatura universal. Todo debido a su empeño prometeico de robarles los autores a los editores, para constituirles la condición de escritores libres del mercado libre. José Manuel Lara Bosch —quejumbroso— tiene la convicción que algunos agentes literarios tienen demasiado poder en España. Se trata sin duda, de una situación anómala. Ayén está claro que el presidente del Grupo Planeta, se refería al volumen de facturación de la agencia Balcells, notablemente superior al de todas las competidoras sumadas, según datos del registro mercantil. Esther Tusquets, aun en su forma ambivalente de juzgarla, reconoce que Balcells era la única persona que sabía defender los intereses económicos de los autores. Algo inexistente hasta ese momento. Le dispensa el más grande elogio: Gracias a Balcells —advierte Tusquets— hoy los autores pueden vivir con dignidad. Dejaron ser presa del canibalismo de los editores.

La manera que Ayén alude los mitos, leyendas y realidades que giran alrededor de Balcells, la ubican —más allá de las bravatas y malos entendidos— en el panteón de los ilustres. Gonzalo García Barcha, el hijo de Gabo, reconoce que aunque el boom es también un fenómeno publicitario, desencadenado a raíz de la aparición de Cien años de soledad en 1967, advierte que Balcells tenía a todos estos autores antes que fueran del boom. Aunque no es tan cierto. Su mérito fue convertirse en agente —en España— cuando nadie en España ni en Europa, entendía la importancia de esta figura, aprecia Jordi Gracia. Para Jorge Herralde ella se encuentra con dos regalos: el fenómeno Gabo y un gran escritor, como es el primer Mario Vargas Llosa. Pone de su lado a los autores de Seix Barral, por lo que termina convirtiéndose —en palabras de Herralde— en la reina de la novela en español. Una reina a la que todos llegaron a festejar hasta su casa —en Santa Fe— en su ochenta cumpleaños.

Una cuestión halagadora para mí, que figura en la investigación emprendida durante diez años por Xavi Ayén, fue tener como epicentro la ciudad de sus amores: Barcelona. Nunca me cansaré de repetir la envidia especial que siento por todos los escritores, músicos, artistas y cineastas, que cantan a su ciudad de origen. ¿Cuánto debe Dublín a Joyce? ¿Cuánto New York a Talese? ¿Lima a Vargas Llosa? El primer y tercer capítulo de su libro (Premio Gaziel de Biografías y Memorias, 2013), gira alrededor de Barcelona. Su decisión obedece a que grandes del boom se establecieron en la ciudad condal. Detalla las decenas de escritores llegados de otras partes para vivir en su ciudad. Alude de manera especial a nuestro bardo mayor. Rubén en Barcelona, viviendo de sus escasos ingresos como colaborador de La Nación de Buenos Aires, junto a su compañera, la abulense Francisca Sánchez, y el hijo de ambos, Güicho. Convoca de nuevo ante nosotros, a todas las personas vinculadas al boom.

La historia de Balcells ratifica la importancia que jugó en la proyección de los narradores más connotados del boom. Su manera de atraerlos fue conquistarlos con sus cantos de sirena. Se hacía cargo de sus necesidades más urgentes y les tenía presente en todos los cumpleaños y navidades de su vida. En una ocasión le preguntó a Gabo, qué deseaba que le regalara. Tres mil dólares, respondió. Desde entonces —hasta siempre— todos los años, enviaba a Gabo tres mil dólares de regalo para el día de su cumpleaños. El tratamiento especial dispensado a Gabo y Vargas Llosa, se debía a que eran los autores más célebres,  representaban la principal fuentes de ingreso de su agencia. La brasileña Nélida Piñon, alababa su impaciencia. Impaciencia capaz de rectificar la ruta de la tierra, rechazar las imperfecciones que nos encierran, ahuyentar de entre sus autores, que son sus cómplices, a los fardos inútiles. Todos la amaban. Se transformó en una mujer indispensable en sus vidas.