Capítulo I: San Carlos del Río

La novela más amarga que ha vivido Nicaragua en sus 130 años de vida independiente, tuvo su comienzo un 21 de septiembre.

Pedro Joaquín Chamorro

En el pequeño aeropuerto de San Carlos, todo el mundo sabe cuándo es López el que va a tomar tierra, pues se dice que siempre lo hace en sentido contrario al que acostumbran los demás aviadores.

La verdad es que para estacionar el pesado aparato de dos motores lleno de pastores protestantes y algunos otros pasajeros que vienen del “interior”, a López solo le hacen falta 200 varas de terreno.

Cuando el sargento que me acompañaba y yo, bajamos en San Carlos, no era López el piloto, y por lo tanto el avión había quedado con la nariz enfilada a la desembocadura del río.

En la dura pista de hormigón mal apretujado, estaban tres personas: Collins, el muchacho de Corn Island que maneja el jeep del comando, un viejo imperturbable y un guardia con aspecto de retardo mental.

El sargento y yo tomamos asiento en el jeep, y pocos minutos después entramos en un pueblecito idéntico a los que sirven de escenario a las películas del Oeste. Allí frente a un sitio que recuerda los que asaltaban “Billy the Kid” y sus amigos, se detuvo el jeep.

Era el Comando.

—Busque cómo acomodarse dondequiera, proceda con entera libertad no me comprometa, preséntese tres veces al día.

Así dijo el comandante después que el sargento le entregó una serie de sobres “secretos” acerca de mi persona; y tengo que confesar que fue un modo, más que original, amable, de inaugurar los 40 meses de Confinamiento Mayor que me había impuesto como sentencia una corte militar de Nicaragua.

En San Carlos del Río la gente habla únicamente de pesca y cualquier muchacho puede sacar un “Gaspar” desde el corredor de su casa, o ver a míster Abraham pescar un tiburón para extraerle los hígados y enviarlos a Costa Rica metidos en un barril lleno de sal.

Sobre todo esto de los tiburones, dice míster Abraham (un negro con barbas blancas que usa pantalones cortos canos y se burla de la gente que habla inglés como los “americanos”), que estos peces de mar existen en las aguas dulces del Gran Lago de Nicaragua, porque remontan el desaguadero como lo hacen los salmones.

Verdad o mentira, lo cierto es que la única forma de probar la leyenda, sería tomar una serie de tiburones recién nacidos, ponerles una cadenita al pescuezo y esperar pacientemente que alguien prenda uno, en las aguas del lago.

La experiencia podía durar bien los 40 meses que las autoridades de Nicaragua quisieron forzarme a pasar en San Carlos del Río, pero yo decidí dejar a los tiburones en paz y dedicar mejor mi tiempo en contar la historia de la más miserable Corte Militar que ha existido en el país, (excepción hecha de otra que convocó hace 100 años William Walker en Granada, para fusilar al general Ponciano Corral) y a buscar la forma de huir de este pueblo, situado casi en la frontera con Costa Rica.

William Walker fue un hombre curioso que quiso implantar la esclavitud en Nicaragua y se enamoró precisamente del lago de agua dulce con tiburones, en cuya parte inferior queda San Carlos.

Dicen que usaba pantalones negros, vestía sobria levita de maestro de escuela, y que antes de morir, (porque murió fusilado) puso por todo comentario al pie de su sentencia de muerte: La Leyó, dice que la encuentra injusta y firma.

A San Carlos del Río llega un desvencijado barco llamado “General Somoza’” una vez a la semana, y dos veces aterriza el avión.

La única variante que puede esperarse, es el capricho de López: aterrizar al revés de como lo hace todo el mundo; y el arribo de barco que, cosa curiosa, lleva el nombre del Presidente cuya muerte a balazos en un Club de Obreros de León hizo que se organizara la Corte Militar a que me he referido.

La novela más amarga que ha vivido Nicaragua en sus 130 años de vida independiente, tuvo su comienzo un 21 de septiembre. Mi llegada a San Carlos del Río en el avión lleno de pastores protestantes y acompañado de un sargento de uniforme bien planchado y duro, ocurrió a fines de marzo.

Ni en diez años, ya no digamos en seis meses, podía yo olvidar lo ocurrido. Por eso, y porque estoy seguro de que ha dejado una profunda huella en la vida de todos los nicaragüenses, tengo que contarlo.