Confidencial

Capítulo III: En el “galillo”

El presidente tenía la obsesión de los atentados, y vivía constantemente diciendo que estaba al tanto de ciertos planes fraguados para suprimir su vida.

Pedro Joaquín Chamorro

Los demás presos del “galillo” contaban historias parecidas a la mía. Unas capturas más brutales que otras, y ni siquiera el más pequeño indicio de la causa.

Hacía un calor asfixiante, el aire no se podía respirar con facilidad, y la luz siempre encendida, apenas iluminaba una parte de la prisión, de modo que al fondo reinaba la oscuridad más completa.

Por unos pequeños hoyos que tenía la puerta exterior de madera, podíamos ver la covacha que habitaban los oficiales del destacamento, todos dedicados a descansar cómodamente en mecedoras, o jugar naipes durante el día.

Allí no se adivinaba nada.

El aislamiento tan absoluto, dio lugar a que juntos forzáramos la mente en busca de las más extrañas conjeturas.

¿Se habría vuelto loco alguien? ¿Se trataba de terminar de una vez con toda la actividad cívica de la oposición…? Pero… ¿y qué hacían entonces con nosotros los políticos, personas que no habían participado jamás en asuntos relativos a la política del país…?

La sucia comida que nos daban, llegaba en una apabullada pana de donde tomábamos con la mano arroz y frijoles, para ponerlos encima de una tortilla de maíz. Además de esto, la dieta incluía un “tibio” (maíz molido con agua) sin azúcar en la noche, y un tarro de leche aguada con asomos de café durante la mañana.

Al día siguiente de nuestra reclusión supimos dos cosas:

Oímos que el Comandante del lugar hablaba por teléfono con el de Granada para decirle que quedaban suspensos los juegos de béisbol, y que se había decretado el estado de sitio.

Las meditaciones, en la oscuridad, cedían el campo a las pláticas, y viceversa. Había unos camarotes de madera, pero faltaban las almohadas y la ropa. Algunos llegaron vestidos, y otros fueron sorprendidos en un fin de fiesta. Dos más: el doctor Enrique Lacayo Farfán y Don Carlos A. Montalván, levantados de sus respectivos lechos, tuvieron tiempo apenas de ponerse la ropa, y al primero de ellos, recién fracturado de una pierna, se le permitió llevar a la cárcel una muleta.

Por el hoyo de la puerta veíamos entrar y salir de una especie de plazuela, los automóviles nuestros, capturados durante la noche, usados por los oficiales del destacamento y por sus familias con el más grande de los descaros, y con una seguridad tan absoluta, que a uno le daba la impresión de que aquello era … para siempre.

Hay que hacer aquí una importante observación que ha de tenerse muy en cuenta al juzgar los últimos 20 años de la historia de Nicaragua, y es que la Guardia Nacional fue entrenada por la Infantería de Marina de los Estados Unidos, mientras esta última ocupaba militarmente el país, y que la marina lo entrenó siguiendo las mismas normas que rigen la vida de un Ejército de ocupación. Por eso es que cuando nuestro Ejército sale de sus cuarteles, aún para realizar una simple operación de policía, arrasa con todo lo que encuentra. Los decomisos de automóviles y demás objetos muebles de propiedad particular se llevan a cabo con la naturalidad más grande del mundo.

No hacen maniobras policíacas propiamente dichas, sino pequeñas guerras cada vez y cuando.

Unas veces devuelven lo requisado, otras lo arruinan, y en más de una ocasión desaparecen los objetos completamente. La consigna es: desde un anillo hasta un automóvil, aunque de vez en cuando hay hombres honrados que no ponen en práctica estos usos.

Dos indicios

En el asfixiante “galillo” pasaron más de 48 horas sin que las cosas variaran lo más mínimo. Cuatro o cinco cigarrillos que alguien logró escamotear al registro, desaparecieron durante el primer día, y, en la segunda noche, uno de los del grupo encontró la solución al asunto de la almohada, haciendo entre los dos pilares del camarote de madera unan pequeña “hamaca” donde descansar la cabeza. Era mejor que no tener nada, porque el hombre, acostumbrado desde niño a dormir con algo bajo la cabeza, no puede conciliar el sueño si se lo quitan.

El primer indicio de lo que pasaba vino cuando uno de nuestros observadores en el hoyito de la puerta, logró ver a un oficial leyendo el diario del Gobierno que decía en su titular más importante: “Atentado contra Somoza”.

El segundo fue la llegada de Reynaldo A. Téfel, en pijamas cortas, quien contó que en la sala de guardia del destacamento, lugar en donde había estado la misma noche en que recogieron a todos, oyó esta conversación:

­Está delicado, pero de buen humor.

­A veces se queja, pero siempre “chilea”.

La plática se refería al presidente, bien conocido en todo el país por su buen humor y su afición a contar “chiles”, generalmente subidos de tono.

Ambas noticias causaron en el “galillo” el consiguiente revuelo y el natural temor de que la represalia por lo sucedido se extendiera con más violencia sobre los nicaragüenses, y se desatara definitivamente sobre nuestras cabezas.

Esta última no era una posibilidad extraordinaria ni remota, ya que en más de una ocasión la familia del presidente, y él mismo, se habían manifestado sobre el caso, diciendo que no pasarían muchas horas sin que pereciera media población, el día que le tocaran un pelo de la cabeza al presidente.

De esto había testigos, y más aún, se citaba el caso de un caballero a quien el propio Anastasio Somoza Debayle enseñó, de lejos, la “lista” de todos los opositores que tendrían que pagar con su vida, si llegaba a verificarse un atentado contra la vida de su padre.

En el “galillo” se habló del asunto y se midieron las posibilidades del caso, porque en la historia había pasado algo parecido, y uno de los siete que ya éramos, lo recordó:

—Herodes —­dijo—­ cuando supo que iba a morir, mandó levantar una lista de sus enemigos con el curioso encargo de que los pasaran a cuchillo el día de su entierro.

Pensaba él que era un buen expediente para impedir que alguien se alegrara, y hacer el mismo tiempo que todos por parejo sufrieran su suerte.

—Pero, ese era Herodes.

—Sí, aquél era Herodes, y aquí hay una lista. ¿No lo sabías…?

—Eso dicen, pero lo más probable es que todo se concrete a una simple amenaza. Además, ¿por qué van a matar a los que no tienen nada que ver en el asunto…?

Entonces Reynaldo contó que el mayor Peralta había dicho a unos oficiales que alistaran la patrulla, porque esa misma noche iban a comenzar fusilamientos, y aunque el mayor Peralta no podía decir que alguno de nosotros tuviera algo que ver con un suceso del cual hasta ese momento estábamos teniendo noticias fragmentarias, era bien conocido en el país por haber llevado a cabo, dos años antes, la brutal represión de abril, en la cual fueron asesinadas más de cincuenta personas.

¿Y la lista…? ¿No era verdad acaso que miembros de la familia gobernante se habían referido a ella en más de una ocasión…? ¿No la sacaban de una gaveta del escritorio cada vez que algún opositor hablaba amigablemente con ellos para pedirles un favor? En esa ocasión prevenían al adversario:

—Nosotros sabemos que están conspirando, pero tengan la seguridad de que ninguno de ustedes camina dos pasos, el día que nos toquen un pelo de la cabeza.

Hay que advertir aquí, que el presidente tenía la obsesión de los atentados, y vivía constantemente diciendo que estaba al tanto de ciertos planes fraguados para suprimir su vida. Es más: muchas veces noticias acerca de atentados personales contra su sagrada persona fueron publicadas en el diario oficial; entre otras, una que la gente llamó con ironía “la conspiración infantil”, porque las esferas oficiales la atribuyeron a dos muchachos que no pasaban los veinte años de edad.

Los supuestos conspiradores (dos estudiantes que habían venido del exterior) fueron identificados por la policía cuando a uno de ellos, detenido por dificultades de tránsito, se le encontró una esclava de plata con una inscripción.

La inscripción repetía una frase célebre, muy conocida en México, atribuida a los niños héroes que murieron defendiendo a su patria en la guerra de Texas.

Fuera de estos naturales temores los primeros días de nuestra vida en el galillo de la Tercera Compañía, transcurrieron dentro del más absoluto aburrimiento.

Solo rompía la rutina la llegada puntual de la mala comida y las constantes voces de alarma que a partir de las primeras 24 horas se produjeron noche a noche, en un galerón vecino, lugar en que se alojaba la tropa del destacamento.

De vez en cuando algún centinela de la loma de Tiscapa llamaba por teléfono a la sala de guardia y se producía la consiguiente alarma. Otra vez, que se escapó un tiro, la movilización fue tan completa, que hasta nosotros mismos nos pusimos la ropa, dispuestos a ver en qué terminaba aquella posible batalla.

Salían y entraban camiones; los oficiales, aparentemente dormían, jugaban a las cartas en su covacha durante el día, pero de noche se dejaba sentir la inquietud y la movilización.

Fueron días turbios, pero rápidos, en que podíamos percibir el paso del tiempo, únicamente por los penetrantes toques de corneta del cuartel.

En la ciudad, sin embargo, y en otras cárceles, estaban ocurriendo ya las primeras cosas terribles.