Capítulo IV: Segundo interrogatorio

Todos ayudan a vestirse al que ha tenido la mala suerte de ocupar el turno: uno le pasa la camisa, otro los zapatos, alguien le obsequia el último cigarrillo, y no falta quien le advierta que lleve una toalla para el frío, o simplemente le abotone con cariño la camisa.

Pedro Joaquín Chamorro
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: Fragmento de dibujo al óleo, de PJCh

Todo el que ha estado preso en Nicaragua sabe que cuando los interrogatorios son de día, generalmente no hay mucho peligro de sufrir los brutales métodos que usan las autoridades.

La cosa cambia si pasadas las seis de la tarde se escucha frente a la celda del prisionero, el agudo tintinear de las llaves.

Como estas, de todo tamaño, forman un recio manojo, la música que producen acompaña con toda certidumbre a un cosquilleo molesto que se propaga desde el estómago hasta la garganta. En esas circunstancias no es en modo alguno el corazón el que salta, sino todas las entrañas las que se rebelan en un baile de contorsiones desagradables.

Cuando el “llavero” abre y llama, las conversaciones a media voz que suelen haber dentro, se apagan, y el sujeto que va al suplicio es objeto de un sinnúmero de atenciones de parte de sus compañeros.

El ritual parece ser siempre el mismo, a pesar de que los presos nunca hablan de él, ni hacen comentarios. Todos ayudan a vestirse al que ha tenido la mala suerte de ocupar el turno: uno le pasa la camisa, otro los zapatos, alguien le obsequia el último cigarrillo, y no falta quien le advierta que lleve una toalla para el frío, o simplemente le abotone con cariño la camisa.

En el otro lado, el impaciente bárbaro que debe conducirlo, mira con los ojos sombríos la escena y trata de impedir con voces bruscas groseras cada uno de los movimientos.

—¡Vamos, vamos, ligero! ¡Apúrese, hombre!

Y lo dice sonando sus llaves, como para ahuyentar la impresión que seguramente debe causarle la escena.

Por fin se cierra la puerta, y todos rezan. Siempre es exactamente lo mismo: como cuando lo visten a uno para la muerte, como cuando lo preparan para una ocasión solemne y dolorosa: solo que esta vez, los trapos son pocos, invariablemente sucios y siempre los mismos.

Yo he asistido a muchas escenas de esa naturaleza, siempre idénticas. Entre los que se quedan, se hace primero un silencio y después se comienza a hablar del ausente, ni más ni menos como se habla del muerto en una vela.

Mas tarde, todos se van durmiendo poco a poco, en un sueño superficial e intranquilo, hasta que al día siguiente la tristeza cede nuevamente su campo al humor.

La vida se rehace, porque ella siempre tiene dos polos que se complementan inexorablemente: el dolor y la alegría, la miseria y la felicidad. Si fuera de otro modo, el hombre no podría existir.

Cuatro o cinco días después de nuestra detención fui llamado; pero no de noche.

La luz del día hirió mis ojos vivamente y me permitió notar el gran contraste que presentaban mis vestidos con los de otras personas. Estaba asquerosamente sucio, como puede estarlo cualquiera que viva en un subterráneo, durmiendo sobre el piso, sin oportunidad de cambiar una sola de sus prendas.

Fui entregado al oficial Ruperto Hooker, quien me condujo en un jeep a las mismas oficinas de Seguridad que había visitado antes, y que están situadas en una dependencia del Palacio Presidencial. La cantidad de soldados marchando en todas las direcciones, los emplazamientos de ametralladoras y cañones de campaña, y el número increíble de oficiales armados, era impresionante en Tiscapa.

Hooker me llevó a un pequeño cuarto donde una ventana abierta daba paso al lindo paisaje de la Laguna.

­—¡Allí!— ­dijo señalándome un asiento. Y agregó: ­—Bueno, vamos a platicar. Tenemos tiempo de sobra.

Sentado él frente a una máquina de escribir y yo al otro lado de su escritorio, comenzó a hacer un minucioso examen de mi vida.

Su trabajo, verdadera rutina que quizá puede servir en un país donde nadie conoce a nadie, incluía mil detalles tontos, como son los de mi educación primaria, mis opiniones sobre el comunismo y los viajes que había realizado durante los últimos diez años. Todo fue tedioso y simplón.

Tuvo, sin embargo, dos aspectos que interesan a la relación de esta historia y se refieren, uno de ellos, al cargo principal que más tarde se me haría en un Consejo de Guerra, y el otro, a las ideas que el señor Hooker tiene sobre los medios de investigación de la policía nicaragüense.

En cuanto a lo primero, el graduado del F.B.I. norteamericano insistió en preguntarme por qué razón el diario La Prensa había publicado la noticia de que en León, antes de la llegada del presidente, se extremaron las medidas de seguridad.

Tengo que advertir que cuando el señor presidente iba a viajar a esa ciudad, con objeto de proclamarse candidato a la presidencia de la República para un nuevo período, la Oficina de Seguridad ordenó el cateo y ocupación de toda la manzana en que estaba la casa que iba a albergar al presidente. La medida produjo el cierre del Banco Nicaragüense; esto, como es de suponer, provocó el consiguiente interés de la prensa nacional y la protesta de los afectados. Entre otras cosas, La Prensa publicó una fotografía de la caja de hierro del banco, cuando era transportada a otro sitio, desalojada por el viaje del presidente.

—¿Por qué dijeron ustedes que Seguridad había extremado sus medidas…?

—Porque nunca habíamos visto que se cateara toda una manzana y se cerrara la sucursal de un banco.

—¿Usted no sabe que en los Estados Unidos hacen lo mismo?

—”No sabía, pero de todos modos, eso no había sucedido nunca aquí, y los diarios tienen la obligación de informar, especialmente sobre las cosas raras o excepcionales.

—De informar, eh… para venderse, ¿verdad…?

Y el teniente Hooker comenzó a destilar cierto veneno profesional que algunos policías dejan escapar cuando ven a un periodista. Suavemente, sin detenerse, como repitiendo algo que había oído comentar, habló de La Prensa y sus campañas “tendenciosas”, dijo que nosotros relajábamos la “moral” del pueblo, argumentó que criticábamos a ciertas oficinas sin saber qué hacíamos, y dijo, en el colmo de la audacia, que al doctor Diego Manuel Chamorro no lo había secuestrado nadie.

—¿Por qué afirmó usted que Seguridad había secuestrado a ese señor…?

—Porque cuando desapareció, el diputado Eduardo Conrado Vado preguntó por él al director de la Policía, quien se extrañó de saber que hubiera sido “secuestrado”, y luego fue hecha la misma pregunta al secretario de la Comandancia General, el cual le dijo que tampoco sabía nada.

—Ajáá. ¿Y eso es todo…?

—Si la policía no sabe, y la Comandancia tampoco, ¿qué otra cosa queda, sino Seguridad…?

Hooker hizo relucir sus grandes dientes y dijo con una certeza bastante problemática:

—Pero Seguridad nada tiene que ver con eso. Seguridad es una oficina para proteger a la gente, no para secuestrarla o hacerle daño; para protegerlo a usted mismo.

—Eso quisiéramos nosotros —contesté—, que no fuera la clase de protección que ahora nos están dando.

—No me extraña —replicó él— que a usted en otras ocasiones lleguen a golpearlo o maltratarlo por la forma en que contesta.

Y su sonrisa se hizo una mueca brusca. Luego, sobre el asunto de La Prensa y de sus publicaciones seguimos hablando largo rato, hasta que verdaderamente exasperado por el tema, y después de saber por su boca que el presidente se encontraba herido de varios balazos, dije a Hooker:

—¿Pero qué tiene que ver el periódico con todo esto?

Entonces él, esbozando un gesto que quiso ser malicioso, levantó una punta de la madeja de odio en que me estaban tratando de enredar desde ese momento, y me dijo:

—¿El periódico…? Tal vez su misión era ablandar el campo para que el trabajo del asesino fuera más fácil.

Mi sorpresa debe de haber sido muy grande, tan grande como fue la protesta que formulé, porque el mismo Ruperto Hooker terminó por disculparse:

—Yo no lo estoy incriminando a usted, simplemente comprenda que en nuestra profesión, el deber manda seguir todas las pistas, aun las que parezcan absurdas.

Quizá, pienso ahora yo, Ruperto Hooker recordó este principio de buen policía, muy propicio para desvanecer con elegancia sus insinuaciones, y lo digo porque inmediatamente tomó de nuevo posesión de su papel de científico graduado en el F.B.I., para advertirme:

—Lo que diga usted aquí, vamos a comprobarlo después en el polígrafo.

—Ya me pusieron esa “chochada”— le contesté, todavía violento.

— “¿Chochada?” —gritó enfurecido— ¿Por qué usa esa palabra? ¿Por qué se expresa así un hombre como usted…? ¿Le parece que esa palabra es digna de una persona culta…?

Y Ruperto Hooker, un muchacho moreno de la Costa Atlántica, se levantó de su silla en nombre de la buena educación, para hacerme el más resentido de los reclamos.

Su descompuesto rostro hubiera podido compararse al de unos de esos lores ingleses, que aceptan imperturbables la presencia de una persona sucia y con hambre frente a su escritorio, pero que no pueden, por la finura de su educación universitaria, escuchar sin sulfurarse una expresión del vulgo, como es la palabra “chochada”, castizamente nicaragüense.

Por algo el hombre había estudiado también en Scotland Yard. Después de las humildes explicaciones sobre mi mala educación, que Ruperto aceptó con misericordia, pero a regañadientes, me condujo otra vez al “galillo”.

Allí estaba mi comida fría, pero guardada con mucho cariño.

Mientras tomaba uno o dos bocados conté la historia de Ruperto, y caí en la cuenta de lo que pasaba.

De cualquier modo que fuera, “ellos” habían decidido enredarme en el asunto.