Capítulo IX: En el cuarto de costura

En ese lugar debía pasar yo los seis días más horribles de mi vida. Porque una cosa es contar que uno tuvo sed durante cuatro días, y otra cosa es sentir la sed durante apenas cinco horas

Pedro Joaquín Chamorro

El cuarto de costura de la Casa Presidencial de Managua se denomina de este modo, porque la llave que da acceso a él, tiene colgada una pequeña etiqueta de madera con esta leyenda: “Cuarto de Costura”. Pero en su interior no está la tradicional máquina de coser, ni la canasta de la abuela con ovillos de lana multicolores, ni hay tampoco el gato que pone su garrita felina sobre el tricolé como en los viejos cromos de 1910.

Probablemente las costureras domésticas del régimen se encerraron allí en otras épocas para diseñar los trajes de alguna primera dama, siguiendo las peripecias de la moda y acomodando las costuras a las exigencias de las recepciones oficiales.

Aquí, pensaba yo al entrar, y parece mentira que un hombre en estos trances pueda reflexionar en estas minucias, se habrá confeccionado el traje de su majestad Lilian Primera, cuando la megalomanía paternal del César, ofreció a los nicaragüenses el espectáculo de su hija Lilian —­Lilian Primera—­ conducida en una carroza que acompañaban los guardias nacionales vestidos de soldados romanos, para ir a recibir, allá en los primeros tiempos del gobierno de su padre, el óleo de una coronación que no por ser carnavalesca dejó de tener aspectos nacionales y simulacros de seriedad. Aquí tal vez confeccionaron el otro traje, el traje de su boda con Guillermo Sevilla, que haciendo el papel de príncipe consorte, la llevó hasta el trono arzobispal de Managua, para recibir la bendición nupcial en una boda a la cual asistieron representantes de todos los poderes, todas las industrias, todos los gremios, todas las actividades de la república. La pareja desfiló, terminada la ceremonia, bajo un túnel de sables y un bosque de banderas; en esos tiempos yo era un niño, y desde el Parque Central de Managua vi el espectáculo, deslumbrante y soberbio, grandioso; trajes de miles de córdobas, sables, condecoraciones, una corona de brillantes… y la libra de sal todavía valía un peso.

Era hora, en ese cuarto donde habían torturado a muchos antes que a mí, donde me iban a torturar… y sobre la mesa, donde quizá la diseñadora había extendido antes el velo de la novia, o los innumerables trajes de mujeres y niños de la familia, estaban los instrumentos, listos como en una mesa de operaciones.

Había un “polígrafo”, había una grabadora para registrar declaraciones y gritos; de las paredes colgaban reproducciones de pinturas clásicas, de esas reproducciones indispensables en las buenas barberías, y las que su abundancia quita todo mérito y belleza. En el centro una mesita de mármol, fina, bien torneada y esbelta, que me trajo a la memoria los tiempos idos del antecesor de Somoza, del doctor Juan Bautista Sacasa su tío, a quien había echado a patadas de la presidencia para arrojarlo a un exilio que lo llevó a la muerte.

¿Sería la mesa de la época de don Juan Bautista…?

Sobre ella estaba únicamente un aparato de hormar sombreros, viejo recuerdo de cuando el “Cuarto de Costura” servía para las labores ordinarias de la casa, o de cuando los presidentes tenían solo un sombrero, o dos, y necesitaban cuidarlos, repararlos en una función democrática y casera.

Había también un baño privado en el cual colgaba una toalla con las iniciales de la familia, abiertas por una S, serpenteante como un látigo, y en otro saloncito aledaño (porque todo era una especie de pequeño apartamento), un sofá estilo Luis XV, cuyos recamados de paño dorado sugerían por lo menos el resplandor de una corona ducal.

A través de las ventanas de vidrios delicados y opacos, hechas como para que el sol del trópico no hiriera demasiado la profundidad tranquila de las habitaciones, escuchaba yo con una indefinible sensación entremezclada de lejanía y desesperación, el tintineo de las vajillas al ser trasladadas de un lugar a otro, el tranquilo cerrar de una puerta, el “buenos días”, dicho sin preocupaciones,  la tosesita de quien se sienta a leer un diario o un libro; toda la sinfonía deliciosa y estimulante de la vida familiar.

Al otro lado de la ventana, la felicidad y la tranquilidad me hablaban… pero yo estaba de “este lado” de la ventana, en el “Cuarto de Costura”, y para mí no serían esos buenos días, sino la injuria inmerecida. La puerta que se cerraba tranquilamente al otro lado de la ventana estaba cerrada con sevicia; el traslado de la vajilla se traduciría en un acercarse de los hierros vientíficos, y la tosesita de satisfacción, en un hipo de agonía.

Había finalmente un piso de mosaicos rojos y blancos, sucio. Parados sobre el piso en una postura en que estamos acostumbrados a ver a los nazis de Hitler en las pinturas rusas, y a los bolcheviques rusos en las norteamericanas, estaban los tenientes Oscar Morales y Lázaro García … Lázaro, el que había colgado en abril de los testículos a Bayardo Ruiz, el mismo que lo había ahorcado en un árbol, para revivirlo después cuando el prisionero desfallecía por el ahogo… el mismo Lázaro, y atraillado a ellos, un sargento de apellido Lagos, el cual no perdió tiempo: a manera de preludio me dio un golpe en la espalda, al tiempo que cerraba fragorosamente la puerta detrás de mí.

En ese lugar debía pasar yo los seis días más horribles de mi vida. Porque una cosa es contar que uno tuvo sed durante cuatro días, y otra cosa es sentir la sed durante apenas cinco horas; yo, por ejemplo, tuve sed y cansancio durante cinco días, y si ahora me dijeran que me van a privar de agua durante cinco horas, yo no sabría adivinar dónde está la tortura.

Durante seis días los interrogatorios se harían interminables, los golpes menudearían en todas las partes de mi cuerpo ­—debo recordar especialmente los que me serían aplicados debajo de la faja—,­ oiría inauditas injurias, se me sometería a ejercicios físicos hasta un límite de agotamiento total, se me aplicarían contra los ojos focos luminosos de cienes de bujías que hacen estallar los sesos después de quemar las pupilas y la piel de la cara, y sobre todo … yo sería el muerto que no cierra los ojos, porque se me impondría la ausencia total de sueño. Párpados cargados que no ceden a la gravedad, músculos desfallecientes que debo mantener en vilo, ideación caótica que no debo dejar desintegrarse totalmente, para que la conciencia permanezca, patéticamente vigilante, al pie del hombre.

Porque la tortura que aplican los Somoza va desde lo primitivo que busca únicamente la venganza y el solaz sádico en el sufrimiento ajeno, hasta lo científico que tiene ribetes de siquiatría diabólica.

No es tanto el sufrimiento físico aplicado en escenas parecidas a las que han inventado los productores de películas, cuando el refinamiento, que destruye sin dejar huellas, que ablanda el espíritu y la mente hasta grados de irresistible frenesí, o de ausencia total de responsabilidad. Es un tratamiento igual a cualquier otro, que tiene su principal base en la continuidad del sufrimiento y del cansancio, de un agotador cansancio que debilita todas las facultades y hace que la memoria del hombre se desintegre, se aplasta totalmente.

Los sistemas ideados para lograr el objetivo son coordinados y tienen su base lógica en la formación paulatina de una convicción de que diga lo que dijere el paciente, jamás va a poder escapar del sufrimiento. A ella se agrega, como es natural, de vez en cuando, una pequeña puerta que se abre como posible camino de fuga, y que los “investigadores” presentan al torturado como su única salida: decir lo que ellos quieren que diga.

Sus mentes, bien dirigidas en cuanto a la construcción y planeamiento del sistema, adolecen sin embargo de un grave defecto: no deliberan acerca de la verdad de una declaración, sino que siguen los instintos del César omnipotente, que adivina de antemano lo que le conviene, y parece decir por toda explicación:

—Esto es así, y a mí nadie me puede convencer de lo contrario.

La base de todo está cimentada en una extraña jerarquía de terror: el que recibe la orden de investigar a la persona, teme a quien le ha dado la orden; la persona investigada, está sujeta a la coacción brutal del que investiga, y la verdad o la mentira se confunden en el criterio premeditado del hombre que ya ha dictado su sentencia, aún antes de oír al sentenciado.

Todo el engranaje del “Cuarto de Costura”, o de las innumerables cámaras de tormento en que se han desenvuelto estos dramas nicaragüenses, son idénticos, con la particularidad de que las ocasiones en donde la tortura brilla abiertamente como un ejercicio de la venganza primitiva, son las menos. Hay cierta racionalidad que la hace aparecer más brutal, aunque más fina, una especie de reconocimiento tácito de que moralmente es asquerosa e insoportable, pero científicamente deseable para los investigadores del régimen.

De los miembros de la dinastía, Luis y Anastasio, el primero de ellos es el más aferrado al último de estos puntos de vista, y el que se ha negado con más frecuencia al ejercicio personal del tormento, quizá porque es más racional que el otro, o porque vive más lógicamente el ambiente acomodaticio de la civilización materialista de nuestra época, que prescribe siempre un examen entre lo que es útil y lo que no es.

Anastasio llegó ese día frente a mí, cuando los dos verdugos y su can atraillado me habían hecho comprender que estaba en la culminación del drama. Vestía un kaki militar, el que según la feliz expresión de un amigo mío, le sentaba como su propia piel. Alto, bien parecido, arrogante, de ademanes resueltamente estudiados, su conjunto marcial parecía derrumbarse ante el espectáculo de su hipertrofiado tórax, cada día más desfigurado por una adiposis galopante. El cuello abierto que dejaba entrever una camisola de soldado y sus dos estrellas de coronel decayendo ostensiblemente sobre unos hombros inclinados por la obesidad. Cuando me vio dejó brillar sus dientes afilados para decirme:

­—¿Con que vos estás metido en esto también, verdad…?

El diálogo fue largo y violento. A mi incansable protesta apoyada en pruebas y hechos concretos, respondía él con gritos y ofensas de toda clase, en las cuales era coreado por los otros que presenciaban la escena. Sus ademanes eran pausados; bajaba a veces la voz para fingir un tono irónico que no guardaba proporción con los instantes de furia en que se despeñaba, hablando de todos los que habían pasado antes por sus manos:

­—Sí, ­—gritaba—­. Siempre dicen lo mismo, siempre aseguran que son inocentes, pero al final no tienen más remedio que confesar.

Iba y venía, se sentaba a horcajadas sobre la pequeña mesa de mármol en que yo adivinaba el derrumbe del presidente que había precedido a su padre, se echaba los brazos a la espalda, gesticulaba con los anteojos en las manos, y volvía luego a lo mismo:

­—Allí, allí, donde está vos parado, han pasado muchos jurándome por el “Jesucristo” que son inocentes, pero es mentira. ¡Todos son culpables!

“El Jesucristo”, decía, quizá porque su formación norteamericana lo llevaba a traducir textualmente del inglés, a pensar en otro idioma, o a equivocar los conceptos y oraciones del propio, sobre todo en los momentos de arrebato y de cólera.

Después se callaba largamente e intentaba miradas penetrantes, se iba acercando poco a poco hacia mí, y cortaba las palabras con pausas silábicas, como para remacharlas a su gusto. Así fue que del diálogo, fuimos pasando al monólogo. Llegó un momento en que solo él hablaba y acompañaba sus argumentos y mentiras con carcajadas estentóreas que resonaban en el “Cuarto de Costura” de la casa que habitaba su familia, del hogar de sus padres y de sus hijos.

Cuando se cansó del juego, comenzó el “tratamiento”. Primero me desnudaron totalmente y me pidieron que dejara la ropa en el suelo, para no manchar el mobiliario de la Casa Presidencial. Después me hicieron sentar en “cuclillas” con un cigarrillo encendido en la boca, hasta terminarlo, hasta mascarlo, hasta quemarme, hasta sentir un agudísimo dolor en las rodillas y caer al suelo por primera vez, para recibir una andanada de golpes, a puño abierto y a pie cerrado.

Me levantaba y volvía a caer para recibir otros golpes; me hacían girar a patadas sobre el suelo y me colocaban en nuevas posiciones para aumentar el sufrimiento. El sudor corría por mi cuerpo, un sudor espeso que daba la sensación de un manantial que tuviera su origen en mis propias entrañas, la boca seca y los ojos ardiendo, la respiración agitada y los músculos en un temblor convulso e incontrolable, duelen, duelen horriblemente y parece que se va a reventar. La primera experiencia es que los miembros se vuelven torpes, así efectivamente después de tres o cuatro horas de agudo dolor; luego, al cabo de un día o dos, se produce una extraña rebelión de todo el organismo, sujeto a la tensión constante, al esfuerzo sobrehumano y torturante para el cual no ha sido diseñado y los tendones, sobre todo de las piernas, se van agarrotando de una forma paulatina y gradual. Llega uno a ser como una especie de muñeco de trapo que necesita ayuda para caminar, y que al ordenar mentalmente hacer adelante con el pie izquierdo, por ejemplo, sienten millones de alfileres mordiendo la carne y ve con sorpresa que aquél no se mueve.

Lázaro y Morales se iban del cuarto y regresaban horas después. Se cansaban del espectáculo, o salían fuera a tomar un refresco, mientras el sargento que les hacía compañía quedaba dentro solo, como una fiera que redobla sus esfuerzos para obtener lo que sus amos no han podido conseguir.

Después, cuando por las delicadas ventanas de la Casa Presidencial se hacía la luz más tenue, volvían a la carga entrando siempre por la parte de atrás, despacio, casi sigilosamente, y llegaban hasta mí para decirme:

—Idiay… ¿todavía estás vos aquí? Decí lo que sabés, hombre, decilo…

Y en el segundo de descanso, en el brevísimo instante en que se abría y cerraba el diálogo, mi voz, como repitiendo el eco de alguien que cada vez se distanciaba más de mi propia persona, decía:

—Si yo no sé nada, hombre… te lo juro, ¡no sé nada!

Entonces, como una gran rueda excéntrica que tiene su momento y vuelve después a machacar áspera y rudamente, comenzaba la tortura haciéndome adoptar una posición distinta, y con un golpe nuevo. Y volvía el dolor, el interminable dolor.

¿Cómo definir el dolor…?  ¿Cómo narrar lo que se siente cuando las fibras de los músculos distendidas por obra de los torturadores, se ponen como un hilo de alambre que vibra en el último espasmo de su continuidad…?

¿Cómo decir lo que se siente cuando las rodillas, flexibles de naturaleza, se tornan al cabo de horas enteras de presión en articulaciones que dejan escapar el cuerpo sostenido en ellas y lo sueltan, por así decirlo, hasta permitir que caiga bruscamente contra el piso…?

¿Y el temor que se hace físicamente presente con la llegada de los sicarios ya impacientes…?

Cuando los rumores del cuarto anuncian esas visitas, una oleada de sangre sube desde los pies al cerebro. Primero siente uno los pasos por detrás, acercándose con suavidad, y en el silencio de la noche se oyen las preguntas y las respuestas de sus conversaciones apenas esbozadas. Uno mira al suelo y ve los mosaicos rojos y blancos del cuarto, después la mente se pierde en un vértigo tremendo, en un escalofrío que recorre todo el cuerpo…

¿Sería aquí…? ¿Sería aquí donde trajeron una noche, según cuenta el pueblo de Nicaragua, a Adolfo Báez Bone capturado en un sitio llamado Brasil Grande, herido, sediento, cansado, amarrado de pies y manos…?

¿Sería en este sitio, cuando lo estaban interrogando, que volvió la cabeza arrogante contra los Somoza y les lanzó sobre el pecho lo único que podía: la sangre que le corría en la cara, por la herida…?

Al menos eso ha contado. Y después se dijo que el hijo menor del Dictador tuvo que hacer un viaje al exterior porque todas las noches veía sangre sobre su camisa, y que cuando iba en el avión con sus familiares, pedía a gritos que le trajeran una camisa blanca, nueva, limpia.

Quién sabe si sería aquí, quién sabe si fue cierto lo de la sangre que Adolfo les lanzó en el último reto de su gallardía de hombre herido y derrotado, pero lo cierto es que Adolfo fue cogido prisionero, y lo habían matado. Y es cierto también que después quemaron su cadáver en una hacienda de café que se llama “La Chiva”, pero antes de matarlo, mataron delante de él a su hermano, y que cuando estaba preso y capturado le dijo a un guardia que no le quiso soltar un rato los cortantes mecates que herían sus muñecas:

­—Ve, Ñato, está bien que seas así, pero sabé una cosa… cuando me maten, te voy a salir…

¿Y Scott…?

Scott fue otro, un cardíaco a quien Tachito torturó para que dijera quiénes le ayudaron a fabricar una bomba que iban a poner en el camino de Somoza, y que se lanzó en contra de él cuando lo ofendía y lo insultaba; se lanzó amarrado y en la propia cámara de tormento, para ser muerto instantáneamente de un balazo… sí, lo mataron allí, y jamás pudo nadie recuperar su cuerpo. Como de costumbre, la Guardia comunicó que se había fugado. Y para confirmarlo, alguien puso desde Guatemala un cable que decía: “Llegué sano y salvo. Scott”, para ocultar su asesinato.

¿Y Rito Jiménez…?

No. El caso de Rito era distinto, porque todo el mundo sabía que lo habían matado en un pozo, asfixiado; que se había “quedado”, como dice la gente de los pacientes que mueren en la sala de operaciones cuando no resisten la anestesia… y después dijeron que Rito se fugó, al igual que Scott. Pero, ¿cómo se iba a fugar el pobre Rito…?

Los pasos suaves de los hombres que calzan suela de hule se acercan a espaldas de uno, sus miradas se sienten detrás del hombro. Allí están. ¿Qué irá a pasar…?

Los recuerdos abarrotan la mente, y el dolor aumenta, aumenta en todo el cuerpo. ¡Dios mío! ¿Cómo me puedo librar de esto…? La mística comienza con el recuerdo del Calvario y la mente trata de ordenar las cosas, de dominar el cuerpo ya casi vencido y exánime. ¿Rezar…? Sí, hay que rezar, rezar mucho, pedir al cielo un ángel que traiga la muerte y termine con lo interminable, con el dolor eterno y el cansancio congénito… pero cuando se cierran los ojos, uno ve barajas de naipes, ve automóviles, enormes lagunas de agua fresca, y camas inmensas, mullidas, suaves, viandas llenas de tomates sangrantes y frutas nutridas de jugos resurrectores.

Luego, en la lejanía de aquellos pasos que vienen acercándose cada vez más, se escucha el mismo eco:

—Idiay… ¿todavía estás vos aquí. .. ? Decí, hombre, decí algo…

—Pero si yo no sé nada, hombre… si yo no sé nada.

E inmediatamente, cambian los semblantes, y comienzan otra vez las órdenes: cuclillas, flexiones, brazos retorcidos, vueltas y vueltas interminables con la cabeza inclinada hacia el piso y un dedo puesto como índice sobre los ladrillos rojos que recuerdan la sangre, mareos, convulsiones, vómitos y dolor; horas enteras a un paso largo de la pared con la cabeza apoyada en esta, encorvado, sin agua, sin descanso, con una sensación bien perceptible de que la nuca se va a destrozar, y de que la cabeza se aplasta minuto a minuto contra el cemento duro.

Se sienten agudas punzadas en la espalda, los huesos de todo el esqueleto colocado en una posición que desvirtúa su diseño y que hace incidir el peso del organismo sobre la columna vertebral doblada, traquean y comienzan a dar manifestaciones de debilidad; como una gota de agua que va cayendo lentamente pero sin interrupción sobre una copa, el dolor va llenando todos los más recónditos lugares del organismo. Es un suplicio lento que si no se relaciona íntimamente con el tiempo, no es suplicio, porque cualquiera puede resistirlo sin molestias uno, dos, tres minutos, pero no sesenta, ciento veinte, o doscientos cuarenta minutos,

¿Podría alguien soportarlo seis horas sin desesperarse…? ¿Podrá un hombre vivirlo sin sufrir intensamente, un día o dos?

Una gota de agua puede perforar una roca y el suave roce de una pluma es capaz de desbastar una bola de plomo… es cuestión de tiempo.

Y el tiempo que pasa se hace eterno, porque en el “Cuarto de Costura”, cinco o seis días son como un año, o como un siglo, y esto es lo peor, es como si dijéramos el común denominador de la tortura, porque hay personas que pueden sufrir muchas clases de dolor físico sin desquiciarse, pero el hombre por su misma naturaleza de ser transitorio en el cuerpo, no soporta la eternidad, lo que no tiene fin. No es cuestión de valor ni de cobardía: es un asunto sicobiológico que solamente puede comprenderse viviendo en un lugar donde las horas no tienen sentido para acrecentar el sufrimiento; donde no existe mañana, ni tarde, ni noche; donde el dolor y la angustia no tienen casillas en el tiempo, porque éste se ha borrado para que existan el dolor y la angustia, a todas horas, entremezclándose, por así decirlo, con la comida o las diversiones de los mismos verdugos.

La mente se va vaciando, se va haciendo tan blanca como la pared que está enfrente de uno, y entonces ellos comienzan a escribir allí lo que quieren.

­—El General era muy bueno… tal vez no lo conociste, pero decime ahora francamente, ¿qué daño te hizo para que lo mataran como un perro…?

Y uno se siente inclinado a pensar que quizá ellos tengan razón que el hombre que ordenó la represión de la mina La India en que murieron cientos de campesinos, era bueno; que el que abrazó a César Augusto Sandino horas antes de mandar a fusilarlo, era bueno; que el que había mandado a quemar los cadáveres de Adolfo Báez Bone, de Pablo Leal, de Agustín Alfaro, de José María Tercero, era bueno … ¿por qué no iba a ser hombre bueno, como todos los demás, con hijos, con nietos, con preocupaciones familiares … ? ¿Es que no se oía desde el “Cuarto de Costura” el trajinar de las vajillas, la tosesita tranquila del que comienza a leer el periódico del día, o la voz fuerte de alguno de los hombres de la familia, pidiendo una taza de café a Pablito, un mesero que sirve el bar de la Casa Presidencial contiguo al “Cuarto de Costura”?

La misma promiscuidad de aquellas escenas, separando lo terrible de lo familiar por el delicado vidrio de una ventana, era un argumento. Porque ya cuando la mente se ha tornado incolora, desteñida, solo hay cabida en ella para captar esas escenas tan comunes en la casa de cualquier familia. Sí, ¿por qué no iba a ser bueno el General…?

Los trajes recién planchados de Anastasio Somoza Debayle pasaban en manos de los “valets” cerca del “Cuarto de Costura”; las estrellas de coronel bien pulidas y puestas ya sobre la camisa, sobre la piel kaki del hijo menor de la Dinastía, que dirigía la tragedia con maestría y despreocupación; él llegaba únicamente en los momentos culminantes, en los instantes en que su presencia era requerida porque el termómetro que medía el doblegamiento de la persona sujeta a la tortura, daba la medida.

En el cuarto entraban y salían, casi en puntillas, personas que hacían otras diligencias, “equipos de torturadores que tenían a su cargo a diferentes personas, siempre bajo la vigilancia estricta y máxima, del hijo menor de la Dinastía.

Un día, o noche, (da lo mismo) llevaron al doctor Enoc Aguado; allí, ese caballero de 74 años de edad, hombre de una lucha política auténtica y libre, que había sido vicepresidente de la república y presidente de la Corte Suprema de Justicia, pasó muchas horas de pie frente a la pared blanca que en ocasiones pasadas recogió los alegres comentarios de las costureras que preparaban bodas o fiestas palaciegas.

Desde el sitio en que yo estaba, con la frente aplastada contra la pared, lleno de recuerdos, escuché el diálogo:

­—Ahora vas a ver, viejo asesino ­—dijo el sargento.

­—No, hombre ­—respondió el preso—­, no le digás así a una persona honrada.

Y las frases del anciano se perdieron en el ruido brutal y característico del forcejeo en que suena como chatarra innoble toda la indumentaria militar; golpes metálicos de yataganes chocando contra las paredes, e injurias cada vez más subidas de tono.

El doctor Aguado había sido candidato a la presidencia de la república allá por los años de 1948; ganó las elecciones a la redonda contra el candidato puesto por Somoza, pero el tribunal Electoral invirtió las cifras, y el Dictador se burló de todo el pueblo. Recuerdo muy bien que esa vez, y el día mismo de las elecciones, Somoza, al ver la inmensa cantidad de gente que apoyaba a su rival y que le silbaba mientras él recorría los cantones electorales de Managua en un automóvil blindado, sacó las manos por la ventanilla del carro, cerró los puños e hizo un par de higas, la “guatusa” como dicen en Nicaragua, la innoble guatusa producida por un presidente dispuesto a burlar a su pueblo, como burlaba en los juegos de azar efectuados en la plaza de San Marcos, a los amigos de su juventud.

Aguado perdió la presidencia, pero no la dignidad.

Por eso fue que cuando, llevado en el torbellino de las torturas de la Casa Presidencial ante un foco que deslumbró sus ojos, y enfrentando al hijo del hombre que le había arrebatado el poder ganado en los comicios, tuvo una contestación digna de los viejos romanos.

—Te voy a mandar a matar —­le dijo Tachito.

—No dudo que podás hacerlo, porque para ustedes eso es muy fácil, pero te va a costar mucho justificar mi muerte.

Después de varios días en el “Cuarto de Costura”, me condujeron a un pequeño baño donde estaba instalado el loco eléctrico. Allí, sentado en una banqueta de madera y rodeado siempre de paredes estrechas, pasé veinticuatro horas frente a una potente luz colocada a escasos diez centímetros de los ojos; es una luz quemante, caliente y blanca como el sol.

Comienza uno por sentir dolor en los ojos; luego este se pasa a la cabeza, y después desaparece para dar lugar a una especie de fiebre, que sube desde los pies e invade plácidamente todo el cuerpo.

Los interrogatorios continúan por medio de oficiales del Ejército que se turnan una hora cada uno, y se presentan al sujeto que está en “tratamiento” de diversos modos. Unos son violentos, otros indiferentes, y hay también los “amigos” que tratan de ayudar en la desgracia, y que repugnan de esa clase de “investigación”.

Estos últimos son los más peligrosos, porque aunque parezca mentira, el que está padeciendo la luz y ha padecido antes los sistemas, se encuentra casi con la mente desquiciada y puede en algún momento sentir hasta la necesidad de seguir los consejos de su nuevo amigo.

El tiempo se hace eterno y el ablandamiento de la persona llega a un extremo tal que no puede coordinar sus ideas; el sentimiento de culpabilidad, que los especialistas graduados en institutos criminológicos logran inducir en el sujeto que está bajo el tratamiento es tal, que éste se siente malvado y sin fuerzas para protestar. Llega un momento en que todos los raciocinios que le hagan parecen tener validez lógica y ser aceptables; además hay un gran argumento:

—Hombre, salí de una vez de esto, decí lo que nosotros ya sabemos, y después arreglas las cosas en el camino. ¿No vez que de aquí no puede salir nadie sin decir algo…?

Cuando en el interior de aquella víctima, que ya no es nadie, se produce la debacle y comienza a inventar mentiras para salvarse, hace una inevitable aparición el coronel Somoza Debayle, esta vez sonriente y comprensivo como el niño que llega a verificar un importante hallazgo de juguetes.

Entonces es que dice él en el lenguaje del hampa, que uno ha comenzado… a “cooperar”.