Capítulo V: Testigo presencial

Su testimonio, de primera mano, fue escuchado por todos sin que un murmullo rompiera el silencio de la habitación oscura en que estábamos (…) pudo ver a un muchacho revólver en mano disparando contra el Presidente.

Pedro Joaquín Chamorro
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: Fragmento de dibujo al óleo, de PJCh

A las 6 de la mañana del sábado 29 de septiembre, nos despertamos en el “galillo” con un nuevo huésped.

El hombre entró llevando un valijín en la mano y fue a situarse al fondo de la bóveda, en el último camarote. Iba vestido con ropa limpia y suficiente, que contrastaba en general con la escasa y sucia que nos gastábamos los demás.

En esas circunstancias no hay presentaciones, y cuando la persona no es perfectamente bien conocida de todos, tampoco existen los saludos efusivos.

Por esa razón, que puede llamarse de buena costumbre en las cárceles, no fue sino hasta un rato después que comenzó la plática.

El huésped se llamaba Rafael Corrales Rojas; había sido llevado a declarar voluntariamente por pertenecer al partido del Gobierno, y poco a poco, simplemente porque era testigo presencial del atentado y conocía personalmente a quien lo llevó a cabo, había pasado, de colaborador, a sospechoso.

El hombre se acercó a la luz mirando para todos lados, observando el semblante de los que estábamos en el “galillo”. Luego con voz casi imperceptible y con el terror dibujado en el rostro dijo:

­Estaba allá arriba de la Loma, casi como huésped. Me llevaban comida del Casino Militar y me interrogaban a cada momento porque yo estuve presente en el momento justo en que balearon al General, pero hoy en la mañanita oí que llamaban por teléfono y el coronel González contestaba: ¿Cómo…? ¿Está agonizando…? Después de estas palabras el coronel corrió, llamó a otras personas, y cuchichearon entre ellos. ¡Entonces me trasladaron a este lugar! Qué horrible que es esto, ¿verdad?

La voz del hombre se entrecortaba de vez en cuando y nosotros la escuchábamos en suspenso. Cuando refirió la frase que oyó decir en el teléfono, hubo más de una interrupción, pero instantánea, porque inmediatamente todos, como electrizados por el mismo deseo de saber lo que ocurría, dejamos que terminara.

Después vinieron las preguntas:

—¿Cómo fue que dijo…? ¿Quién estaba agonizando…? ¿Cómo había sido el atentado…?

Corrales Rojas repitió la escena que acababa de presenciar en una de las dependencias de Seguridad, y contó después lo que había visto en León. Su testimonio, de primera mano, fue escuchado por todos sin que un murmullo rompiera el silencio de la habitación oscura en que estábamos; su figura alta y delgada, medio recostada contra una de las paredes del “galillo”, susurraba despacio las frases que nos iban llenando de temor.

Contó que la noche del atentado contra Somoza él se hallaba de pie junto al presidente, quien examinaba un número del diario El Cronista que le mostraba en el momento mismo de producirse los disparos. Tanto Somoza como su señora hablaban a Corrales con agradecimiento por la publicaciones del diario, cuando escucharon, según dijo él, algo así como unos triquitraques, y al volverse él al centro de la sala en que bailaba la concurrencia, pudo ver a un muchacho revólver en mano disparando contra el Presidente.

Somoza estaba de frente, sentado; Corrales Rojas de espaldas al muchacho y frente a Somoza.

Al sentir los primeros impactos Somoza dijo:

—¡BRUTO! ¡IMBÉCIL!— y después se recostó en la silla lanzando un ¡ay! de dolor.

Corrales Rojas vio después cómo la gente se levantaba despavorida, y las ametralladoras de los guardaespaldas de Somoza vomitaban fuego contra el muchacho cuyo cuerpo se sacudía en sucesivas vibraciones, hasta caer finalmente al suelo manchando la mitad de la sala con su sangre. Entonces Corrales lo reconoció y dijo:

—¡Ay Dios mío! Si es el poeta López.

Después palpó el pecho de Somoza para comprobar si estaba herido, creyendo que las balas no habían dado en el blanco, hasta que lo notó inmensamente pálido y desmayado sobre el asiento del banquete que presidía. Corrales ayudó a trasportarlo fuera del recinto, hasta el automóvil que lo condujo al Hospital de León.

—Fue horrible —decía Corrales—. El coronel González se acercó al cadáver de López, haciéndole saltar los ojos a balazos; le apuntó dos veces, y disparó en cada ojo, a medio metro de distancia.

Corrales conocía a López Pérez porque frecuentemente este publicaba trabajos literarios en los periódicos de León. Pocos días antes de consumar su atentado contra Somoza, Rigoberto había llevado un artículo a El Cronista, dedicado a un anciano maestro de escuela, el que le enseñaba las primeras letras.

Corrales dijo que él había sido siempre un incondicional amigo de los Somoza, y sobre todo, de la familia Debayle, a la que pertenece la esposa del presidente.

Nosotros sabíamos esto perfectamente bien y, desde luego, no podíamos explicarnos cómo era que Corrales llegaba a hacernos compañía.

Pero allí estaba, y debía aceptar la realidad. Y se lamentaba, comentando el trato que le daban durante los interrogatorios y las absurdas sospechas de que lo hacían víctima, después de haberles servido durante toda su vida.

Efectivamente, Corrales Rojas decía la verdad. Contando a la sazón con unos treinta y seis años, y Somoza veinte y dos de ejercer la dictadura, el trémulo periodista leonés había pasado más de la mitad de su existencia al servicio de los Somoza. En medio de todas estas congojas quería hacer constar que no le habían torturado. Hasta ese momento, porque después le rompieron una costilla.

No podía decir lo mismo un amigo suyo, llamado Zelayita, y a quien había visto apenas hacia unos días en las salas de tortura de la Casa Presidencial.

—Zelayita no se puede ni levantar—decía—. Lo tienen como loco, está como idiota…

Y cuando volvimos a preguntarle sobre lo que le habían hecho a él, refería que lo interrogaban incansable, larga y continuamente sobre la misma cosa, porque los policías “científicos” del país sostenían, que estando junto al presidente enseñándole un periódico en el momento del atentado, tenía que ser culpable. Sí culpable, porque con el periódico estaba acomodando el cuerpo del Presidente y distrayendo su atención, para que fuera fácil blanco de la pistola de Rigoberto López, sin tornar en cuenta que, por la posición misma en que se hallaba Corrales, su cuerpo estorbaba más bien la visión de quien disparaba.

Esa misma cosa hizo ver Corrales Rojas a Anastasio Somoza Debayle durante un interrogatorio. Y recalcó que el hecho de haber estado junto a su padre en el momento del atentado, había sido una defensa para el presidente, a pesar de su destino inevitable.

La contestación de Somoza Debayle fue característica:

­—¿Y de qué te quejás, pues? … ¿No estás contento de haber colaborado con nosotros?

La frase cesárea y tremenda no podía pasar inadvertida ni a un incondicional, porque la amistad tiene sus límites, su decoro, y no llega, por lo menos en la concepción de una mente de nuestra época, al servilismo esclavizante de gozar con el sufrimiento, cuando este es causado por razón del César.

—Esa misma noche ­continuó Corrales— toda la gente somocista que asistió a la fiesta del Club Obrero donde tiraron al presidente, fue echada a la calle, con las manos sobre la cabeza, encañonada por la guardia presidencial.

Las escoltas del herido pusieron a la concurrencia en fila y la hicieron caminar hasta el parque.

Allí, hombres y mujeres, todos somocistas, pasaron largas horas de espera, inmóviles ante la amenaza de los soldados armados de fusiles y ametralladoras; y al salir el sol, se encontraban todavía en la calle.

­Vea, amigo era horrible. Algunas mujeres se orinaron…. y toda la calle quedó llena de malos olores…

Después, la narración seguía llena de interjecciones que demostraban el terror del testigo; nosotros mismos estábamos asustados, porque si a Corrales, que era amigo incondicional de los Somoza, le había pasado eso, ¿qué podía esperar a los adversarios de siempre?…

El caso de Zelayita, el que decía Corrales que estaba ya como loco, era peor. A ese pobre muchacho le entregaron un día cierto sobre, para que a su vez lo diera a otra persona de Nicaragua, advirtiéndole que provenía de un exilado. Zelayita se lo llevó a Corrales porque tenía miedo de hacer él mismo la denuncia.

Sucede que en Nicaragua, cuando un hombre conoce algo que puede tener que ver con la Policía, se calla o se esconde, porque no solo los culpables, sino también los testigos van a la cárcel. Zelayita, que sabía muy bien eso, quiso ampararse en la amistad que Corrales tenía con los Somoza, y le entregó el sobre.

Pero Corrales, que también conocía los métodos, prefirió ir directamente al tronco y no pasar por las peligrosas ramas. Habló a Somoza de la carta, y Somoza le dijo que comunicara la noticia al coronel Silva y al teniente Malespín.

Ninguno de ellos hizo caso a Corrales, y la carta, aunque parezca increíble, no fue abierta. Cuando balearon a Somoza, alguien se acordó, y entonces insistieron en culpar a Zelayita y a Corrales porque no la habían entregado.

Ironías del destino, o enredos de las intrigas palaciegas que ocurren cuando hay un hombre omnipotente. Porque también Corrales, el día que mataron a Somoza señaló durante la reunión de la Convención Liberal, efectuada en León, a Rigoberto López Pérez, diciendo a Óscar Sevilla Sacasa, hermano del yerno del dictador:

­Ese hombre que está allí sentado, no es amigo.

Y Óscar Sevilla Sacasa (volviendo a ver para otro lado), contesto:

­—Ajá…

Todo esto lo repitió Corrales en la investigación, y nos lo contó el día mismo en que Somoza agonizaba. Se encontraba asustado, y el terror afilaba más su rostro delgado y suave que se apagó cuando la conversación, mantenida casi únicamente por él, terminó con este párrafo:

—Medio León está preso: jóvenes, viejos, somocistas, opositores… todos; y el hombre está agonizando, porque yo lo he oído. Si ese hombre se muere, nos matan a todos, a toditos.

Eran las seis de la mañana… cuando el desayuno entró el 29 de septiembre al “galillo” de la Tercera Compañía.