Confidencial

Capítulo VI: Cuando él murió

Se nos hacía difícil creer que el atentado hubiera llegado a tener consecuencias tan graves. ¿Cómo podía estar agonizando el presidente, mientras los oficiales del destacamento asistían al cine todos los días, o jugaban interminables partidas de naipe?

Pedro Joaquín Chamorro

Plutarco Anduray entró al “galillo” con sorpresa. Lo habían traído en tren de Chinandega y luego a pie por todas las calles de Managua, hasta llegar a la propia loma de Tiscapa. Nunca había visitado antes la fortaleza, y el aparato militar que se encontraba en ella tenía por fuerza que parecerle extraordinario. En Chinandega también había muchos presos, pero el comandante del lugar solo recibió orden de enviar a Plutarco.

¿Por qué sería? Y luego contaba su tránsito por la población, escoltado por una guardia que le impidió tornar un taxi.

—¿Viste algo raro….?

—No, nada. Solo una bandera a media asta, pero eso puede indicar cualquier cosa, porque si “el hombre” hubiera muerto, estoy seguro de que la población se vería agitada; algo pesado se sentiría en el ambiente, y allí no hay indicios extraordinarios.

9 a.m.

El tiempo comenzó a pasar a cuentagotas. Los nueve del “galillo” íbamos de un lugar a otro dentro de la más terrible tensión, tratando a toda costa de percibir una señal, un indicio que nos confirmara la noticia, que los dos nuevos huéspedes habían apenas esbozado.

Se nos hacía difícil creer que el atentado hubiera llegado a tener consecuencias tan graves. ¿Cómo podía estar agonizando el presidente, mientras los oficiales del destacamento asistían al cine todos los días, o jugaban interminables partidas de naipe? La noticia traída por los recién llegados chocaba contra la natural creencia de todos nosotros; contra la lógica más elemental que habíamos adquirido a través de toda nuestra vida. No podían las cosas ser tan simples; era imposible que aquellos hombres sirvientes inmediatos de los Somoza, no sufrieran la natural impresión de un suceso con perfiles tan graves. ¿Por qué pasaban todo el día oyendo música en el radio, durmiendo, o entretenidos durante la noche en ver películas?

Las 10 a.m.

A media mañana el capitán Pablo Rivas entró a la celda y llamó al doctor Enrique Lacayo Farfán:

Doctor: ¿dónde está su automóvil?..

—No sé, capitán. Debe estar reparándose en algún garaje.

—Entonces, doctor, me va a firmar una orden para que lo entreguen.

Inmediatamente vinieron el papel y el lápiz. Después la orden seca, dictada por el oficial y la firma del médico, puesta allí con tristeza, pero sin asombro, porque a pesar de que un automóvil valía 35,000 córdobas el modo de arrebatarlo era bien sencillo.

El doctor había recibido el vehículo como obsequio de su numerosa clientela, se lo regalaron porque tomado preso en 1954 y sometido a un Consejo de Guerra por los llamados sucesos de abril, el Gobierno le quitó dos carros que tenía, en la misma forma simple y brusca de ahora.

Bien llevada la cuenta, los automóviles perdidos eran cuatro. Los dos de 1954; otro que le obsequiaron y que se destruyó en un accidente mientras el doctor iba a un mitin político, y el cuarto que le dieron para reponer el último.

Mientras Pablo esperaba satisfecho por su orden, le preguntamos:

—Capitán, ¿parece que a ustedes les gusta el cine?

—Si —contestó con un guiño—. Les damos a los muchachos películas de esas que usted sabe, para viejitos —y sonrió con malicia.

Con eso quería decir que la costumbre de dar películas pornográficas en los cuarteles de la Guardia Nacional, no se había interrumpido, ni durante esos días de duelo.

Porque la Guardia Nacional de Nicaragua, acuartelada a veces durante semanas enteras, esperando las reacciones populares que los tiranos saben calibrar en la medida de sus propios excesos, necesitaba diversión. Y para nadie es un secreto que esta se alternaba frecuentemente entre películas instructivas de cómo sofocar rebeliones, simples cintas de distracción honesta, y películas pornográficas. Nosotros habíamos hecho la pregunta extrañados de que el cine, aún después del atentado a Somoza, siguiera funcionando, y la contestación de Pablo aumentó nuestra duda principal:

­¿Sería posible que el presidente hubiera muerto…?

Todos callamos, y un segundo antes de que la puerta se cerrara, logramos de nuestros visitantes un cigarrillo.

—¡Un cigarrillo a cambio casi de un automóvil! ¿Qué te parece…?

—Ladrones —comenté yo.

Y todos nos sentamos en los camarotes a fumar.

Las 11 a.m.

A las once de la mañana, el mayor Francisco Büchinsting fue visto desde nuestro observatorio con una cinta negra cosida a manera de brazalete, pero la polémica entre los que no podíamos rendirnos a la idea de que la muerte del presidente sucediera sin despertar mayor sensación en el cuartel, y quienes pensaban que las noticias obtenidas eran suficientes para estimar que ya había fallecido, volvió a comenzar.

­Büchinsting anda de luto.

­Sí, pero solo él.

­Es cierto, y si fuera por el “hombre” más cintas negras.

­Tal vez sí.

A las doce, que llegó el almuerzo, fueron vistas dos cintas negras más. Después una tercera, y luego una cuarta, pero en el cuartel no se sentía movimiento alguno, ni expectación, ni pasos apresurados, ni preparativos de ninguna especie. Nada que hubiera hecho representar la tremenda transformación que acababa de experimentar la historia de Nicaragua.

Las 2 a.m.

La tarde transcurrió, dramática y tremenda, la ansiedad en que estábamos nosotros aumentaba y disminuía a medida que nuevos indicios daban fuerza, o desbarataban los argumentos de que el presidente estuviera muerto.

Por una rara casualidad, la comida fue mejor ese día, y en los ecos lejanos de una radio que usaban los guardias, pudimos saber que el hijo mayor del Presidente, había sido proclamado presidente, por el Congreso.

­¿Qué significaba eso…?

La mayoría pensó que estando el presidente herido en un hospital de Panamá, lo natural era designar a alguien para que ocupara su lugar provisionalmente, y como era lógico en la organización dinástica de la dictadura nicaragüense, ese alguien solo podía ser el hijo mayor del presidente.

Pero muerto no podía estar, porque seguían las risas entre los oficiales, y a las partidas de naipes se había agregado ahora una reñida competencia de ping­pong… Imposible, no podía estar muerto.

Las 6 p.m.

A las seis de la tarde casi todos los soldados y oficiales tenían su brazalete negro, y a las siete, después de la cena, se sentaron juntos en rueda y comenzaron a hojear los periódicos. La tesis promuerte iba ganando terreno.

Al fin, de lejos supimos la verdad: Aquellos titulares enormes, la palabra “Duelo” y los retratos del mandatario, vistos en los diarios que leían los oficiales a través de una minúscula hendija en la puerta de madera que cerraba nuestro “galillo”, eran ya una completa evidencia.

Pablo Rivas llegó un rato después y dijo:

­¿En cuánto tiempo podrían leer ustedes un periódico…?

En diez minutos, capitán.

—Tornen pues este —y alargó un número de La Prensa con el rótulo fuerte que decía: EL PRESIDENTE SOMOZA HA MUERTO. Y agregó luego, siempre con su habitual ambigüedad:

—No tengan nada que temer.

La notificación había sido clara, y como tal la entendimos nosotros. Es muy posible que Pablo Rivas no hubiera tenido acceso a la camarilla que decidió no matar a nadie a raíz de la muerte del presidente, pero nada extraño era que conociera esa decisión, porque una de las características de Pablo Rivas había sido precisamente cumplir misiones como la que significativamente nos revelaban sus palabras: “No tengan nada que temer”. La frase nos pareció extraordinaria y alivió momentáneamente la tensión. Porque cuando los llamados sucesos de la Mina la India, en el año 1947, Pablito dejó decenas de muertos en la llamada Cuesta del Coyol, y cuando los sucesos de abril de 1954, si bien es cierto que no tuvo oportunidad de “combatir” contra los prisioneros desarmados que se entregaron voluntariamente al Gobierno sin haber disparado un tiro, para ser luego asesinados, desempeñó más de una misión “extraordinaria”.

En el “galillo” se hizo memoria del hecho, y yo recordé la noche de 1955 en que murió don Ramón, en las cárceles de La Aviación.

Pablito era el comandante, y hasta ese momento solo lo habíamos visto matar a garrotazos a una perra parida con siete cachorros. Inyectados los ojos de sangre, enfurecido como un loco, Pablito corría por los amplios corredores de la prisión persiguiendo al pobre animal que chillaba lastimeramente, sin decidirse a dejar a sus críos, para salvar la vida. El mango de una escoba, accionado unas veces por Pablito y otras por un sujeto que le servía de ayudante, cayó sobre la perra hasta dejarla exánime, y luego sobre los cachorros, que aún no habían abierto los ojos.

¿El motivo?…

Jamás logramos averiguarlo y, por otra parte, todos estuvimos claros de que no existía. Porque así como Pablito tenía momentos de gran urbanidad comportándose superficialmente como un caballero, de vez en cuando se enfurecía y no podía calmarse hasta ejercer la violencia, ya fuera maltratando a un hombre o asesinando a una perra parida, con todo y sus siete cachorros.

Ese día, como su ayudante no actuara con la debida energía, tratando, por omisiones bien visibles de salvar a la perra, Pablo le dijo:

—Hijueputa: si fuera un hombre, no te hubiera dado tanto asco darle el garrotazo.

El asunto de don Ramón fue distinto.

Pablo ordenó primero que se hiciera un silencio absoluto en toda la cárcel y que los presos ocuparan sus camarotes. Los vigilantes se pasearon por los corredores más precavidos que nunca, mientras don Ramón, un sujeto cuya identidad nadie ha podido averiguar todavía, era sacado de su celda y colocado en otra, contigua al portón de la sala de guardia.

Antes de esto, ya habíamos nosotros obtenido el primer indicio, porque un chavalo, de los tantos que viven allí guardando prisión por vagancia, pasó junto a la celda que ocupábamos y dijo:

—¡Papa, Papa, hoy se van a volar a don Ramón!

“Papa” era el nombre con que designaba a cualquiera de los de nuestra celda, evidentemente mucho mayores que él.

Más o menos a las nueve de la noche, vimos salir al preso amordazado con un pañuelo, y al día siguiente todo el penal sabía hasta el sitio donde lo fueron a enterrar. Lo mataron con un tubo de cañería, a golpes.

Es más, en una semana hubo que remendar la cosa, porque el tufo del muerto entraba en todas partes, y como los sumideros eran nuevos, nadie podía creer que el mal olor procediera de ellos.

La explicación de los guardianes fue simple: los zopilotes habían desenterrado las tripas de una gallina… Y enviaron nuevamente a enterrarlas.

Por eso fue que cuando Pablito Rivas dijo en el “galillo”, la frase tan inesperada que he transcrito, todos nos sentimos obligados a otorgarle el beneficio de la duda, cuando no a tomarla en un sentido estrictamente contrario, por venir de quien venía.

No pudimos conciliar el sueño y esperamos vestidos hasta la madrugada, envueltos en una madeja de conversaciones o silenciosos recuerdos llenos de ternura, mientras escuchábamos el repique de múltiples telefonemas y el constante salir de patrullas en jeeps y camiones.

Cuando el sol comenzó a dejarse entrever por las hendijas de nuestra puerta, estábamos agitados, pero tranquilos.

Entonces pensamos que la oportunidad de hacer la esperada masacre, había pasado, por lo menos de momento, y alguien dijo:

­Trataremos, pues, de dormir, porque de día ellos nunca matan.

Forma muy subjetiva y optimista de contemplar nuestra situación.