Capítulo X: En el jardín de los leones

Andaba el león y andaba también el hombre. Hombre y bestia en celdas contiguas en la misma jaula, dividida únicamente por delgados barrotes, hermanados ambos, la inteligencia y el instinto, en un cuadro indescriptible, tras el mismo cerrojo.

Pedro Joaquín Chamorro

La Casa Presidencial de Managua está situada sobre una loma elevada que domina toda la ciudad. Su altura a varios centenares de pies sobre el nivel del mar, hace que el clima, sobre todo en la mañana, sea bastante fresco y ventoso, principalmente en los sitios descubiertos, carentes de construcción.

Los detenidos que estaban sometidos a interrogatorios y torturas en el “Cuarto de Costura”, lograban de vez en cuando salir al pasadizo del garaje, las más de las veces para dar lugar al examen urgente de algún recién llegado o para desalojar el sitio, donde los torturadores tenían también frecuentes conferencias.

Debido a una de estas razones, un día amanecí yo sentado nuevamente en el mencionado pasadizo, que ya conocía por haber estado allí toda la noche de mi primer interrogatorio.

Cuando me llevaron a ese sitio todavía era oscuro, pero gradualmente las sombras de la madrugada se fueron disipando. Mis ojos comenzaron a distinguir, primero, los contornos exuberantes de un florido jardín, y luego, las figuras encapotadas de los custodios de la Casa Presidencial, paseándose lentamente entre los pequeños arbustos, con sus ametralladoras terciadas a la espalda. Caminaban como quien no quiere pisar el suelo, iban de un lado a otro y se ocultaban tras el pequeño boscaje, identificándose a veces con silbidos, o haciendo al encontrarse breves comentarios que apenas llegaban hasta donde yo me hallaba sentado. Había algunos entre ellos que producían, haciendo chasquear la lengua con el velo del paladar, una nota breve y musical. Posiblemente ponían en práctica una forma de comunicarse o ensayaban un juego. El chasquido se hacía una cadena, dilatándose sobre el jardín en una grata telegrafía que me sirvió durante breves instantes de inocente pasatiempo.

Era un jardín hermoso. Un jardín como cualquier otro, en cuyo centro había una piscina de agua cristalina y fondo celeste; vergel florido, rodeado de alta cerca y lleno de toda clase de plantas, cuidadas con esmero y delicadeza. El césped era mullido, verde, brillante, y en la mañana en que yo lo descubrí, aparecía cuajado de gotitas de rocío.

Con la madrugada fresca y ventosa iban surgiendo poco a poco murmullos de toda clase: primero gorjeos de pájaros, después el cariñoso ronroneo de los palomos machos, luego el estridente chillido de un mapache…

Yo evocaba algo de ese jardín, pero era un recuerdo muy fraccionado, pues se asociaba a un anuncio aparecido en el diario de los Somoza, y en el cual se ofrecía una gratificación a quien diera noticia del paradero de unas lapas (guacamayas) azules que Getulio Vargas, dictador y Presidente de Brasil, había regalado a la familia gobernante. Nada más… pero aquella mañana de octubre comencé notas que de formaban la sinfonía producida por las aves que ordinariamente pueblan los jardines de las casas elegantes; notas que desentonaban dentro del cuadro de aquel vergel lleno de rosas y de pequeños arbustos recortados por la mano conocedora de un buen jardinero, porque la tranquilidad de la mañana y el paso silencioso de los guardias era interrumpido por descompasados rugidos.

Sí. Rugidos. Y la fatigosa imaginación del hombre que ha pasado días enteros sin dormir, con el cuerpo adolorido y el alma empequeñecida por tantos esfuerzos y humillaciones, comenzaba otra vez a funcionar rápida, velozmente. ¿Será posible…?

Por entre las hojas de los arbustos abiertos al viento fresco que azota Tiscapa en la mañana, me llegó la primera noticia. Puedo recordar el despertar que tuve como el que imaginan quienes hacen esos cuentos delicados en que juegan papel importante los encantamientos, como el que presiente el niño cuando en las noches de aquellos torrenciales aguaceros nicaragüenses, pasados en una finca durante las vacaciones, se va a la cama pensando en el jardín de “La Bella y la Bestia”. Porque aquel lugar donde mis fatigados ojos estaban despertando a la luz después de varios días de insomnio en la oscuridad, era un jardín zoológico en donde había hombres encerrados en jaulas junto con fieras.

Dos leones africanos que regalara a Nicaragua el Presidente Castillo Armas, de Guatemala, una pantera negra con el cuerpo lustroso y delicado caminado con el ritmo afelpado de una serpiente; tigrillos, avispados mapaches que corrían dando vueltas alrededor de los troncos bien cuidados en un nervioso forcejeo por zafarse la cadena que los aprisionaba; guardatinajas y guatusas en pequeños reductos, escondiendo afanosamente la comida en hoyitos bien cubiertos, para84no dejar rastro de ninguna clase, y también, como un contraste que sí rimaba con las flores y el césped bien cuidados, pájaros y palomas arrullando, gorjeando, llenando el aire de romance y de canción.

A través de los barrotes de la jaula más lejana al sitio en que me habían colocado bajo la custodia de un soldado, vi un par de zapatos blancos caminando entremezclados con las zarpas enormes de un león. Pezuñas y pies movíanse de un lado a otro pausada y rítmicamente.

Andaba el león y andaba también el hombre. Hombre y bestia en celdas contiguas, en la misma jaula, dividida únicamente por delgados barrotes, hermanados ambos, la inteligencia y el instinto, en un cuadro indescriptible, tras el mismo cerrojo.

Sí, había un hombre con el león, y cada vez que yo me frotaba los ojos para constatar si no se trataba de una violenta alucinación, lo veía con más claridad, pálido, sucio, barbudo, cubierto con los restos de una pijama que debió haber sido verde, y calzado con unos zapatos blancos de hule.

Después, cuando ya el sol tomó posesión de todos los rincones del jardín, fui descubriendo a los otros hombres. Sentí en el alma la aguda sensación de encontrarme frente a un espectáculo que en mi imaginación ya había sido superado por el tiempo transcurrido entre el florecimiento de los coliseos romanos y el siglo de progreso que vivimos.

Lo que yo estaba viendo ahora, era como abrir nuevamente una página de la historia antigua, corno vivirla en una experiencia arrebatadora, como retornar de pronto por arte de la alquimia sicológica, a una civilización superada por el mundo y empastada ya en los anaqueles polvorientos de una biblioteca.

Además del hombre que acompañaba al león, había otros dos, metidos en la jaula de la pantera, dos más en el corredor en que me hallaba yo, y otros al fondo del jardín, inmóviles como estatuas blancas, como seres momificados por la escasez de alimentación y por la abundancia del sufrimiento.

Estaba yo en el jardín zoológico privado de la familia Somoza; era parte de la nueva familia de la familia Somoza, que vivía allí, junto con ella, en una promiscuidad de dolor e intereses vitales increíble; revuelta con sus criados, con sus guardias, con sus leones y sus panteras: unos buscando el poder y la venganza, otros la paga por sus servicios, y los últimos, animales y presos, buscando por instinto, o por inteligencia el modo de subsistir, simplemente.

El trato era igual, las jaulas habían sido hechas con varillas de construcción y tenían cada una varios compartimentos, planeados con el objeto de meter animales de diversas especies, sin que tuvieran problemas entre sí. Por eso fue que cumplieron su cometido cabalmente durante los meses de octubre y noviembre, y pudieron alojar a un hombre junto con un león o en la peligrosa vecindad de una pantera.

Había, además, pasando la piscina y el césped, dos pequeños baños que la familia usaba, según versión de los guardias, cuando se daban grandes festivales o recepciones. Ellos explicaban que los había construido el General, y en ausencia del recién muerto, eran usados como celdas adicionales para los prisioneros que no cabían en las jaulas.

Los leones y demás animales comían carne fresca y abundante: los prisioneros arroz y frijoles; los prisioneros eran sacados dos veces al día al inodoro vecino, y tenían a su disposición una paja de agua que había en el jardín; los leones hacían sus necesidades fisiológicas en las jaulas y eran bañados regularmente todos los días con una manguera que el jardinero, a quien decían “Juaritos”, conectaba con la paja.

Allí estuvieron con los leones Ausberto Narváez, Julio Velázquez, Clemente Guido, Edwin Castro, y en los baños (por lo menos en mi tiempo), el doctor Enrique Lacayo Farfán, Abelardo Baldizón Arauz, Hernán Robleto hijo, Horacio Ruiz, y otros más. Decenas de hombres pasaron ratos, días y hasta meses, hermanados con leones, panteras y tigrillos, en el jardín mismo de estos modernos Borgia, quienes a la hora de salir a la calle precedidos del inmenso tren de guerra que invariablemente los custodia, pasaban frente a las jaulas sin inmutarse, pálidos, inalcanzables, sumidos en una indefinible frialdad en la que se adivinaba el goce de la venganza y el orgullo monstruoso de sentirse fuertes.

Frente a las jaulas de los animales solían caminar el actual Presidente de la Dinastía, Luis Somoza, y su hermano Anastasio, con sus esposas, sus familiares y sus hijos. Desde el fondo del jardín en don­ de estuve recluido, en el baño más cercano a la jaula de los leones, vi salir de la escalinata lateral del palacio de Tiscapa a toda la familia extraordinaria, y vi entrar más de una vez a sus inocentes niños, llevando sus muñecas y sus juguetes casi frente a la jaula donde el hombre vivía junto a la fiera. En más de una ocasión, pequeños visitantes, hijos de la servidumbre del palacio, pasaban frente a nosotros reflejando en sus caritas infantiles una mezcla de pena y de sorpresa causada por el espectáculo.

Ministros de Estado, oficiales del Ejército, embajadores como el yerno de Somoza, Guillermo Sevilla Sacasa, o caballeros como el embajador Thomas E. Whelan, platicaban en el salón que da al oeste de la Casa Presidencial, frente a los leones y a los hombres sucios, barbudos y semidesnudos, que vivían allá en el suelo de tierra de las jaulas, sin más cobija que un saco de bramante, mientras los causantes de una venganza que se ejercía contra culpables e inocentes en una forma medieval, regresaba de los oficios religiosos en donde se oraba por el descanso del alma de Somoza, y pasaban frente al espectáculo que describo, con los libros de misa en la mano.

Y los leones también cumplían su misión de terror.

Fue así como a un muchacho de nombre Pablo Dubón, a quien quisieron utilizar como testigo para condenar al doctor Enrique Lacayo Farfán, lo llevaron una vez al jardín y le abrieron la puerta principal de la jaula, la auténtica puerta que no daba al compartimento contiguo, sino al propio en que estaban los animales. Y cuando el hombre electrizado de pavor gritó y dijo estar dispuesto a declarar cualquier cosa para no entrar como los cristianos al Coliseo, los esbirros cerraron la puerta y llamaron al coronel Somoza, que dijo:

­Entonces vení, pues. Me vas a desenmascarar a tu tío.

Debo advertir que entre el doctor Enrique Lacayo Farfán y Pablo Dubón existe un parentesco, y que el último, estudiante de medicina, había visitado al primero seis meses antes del atentado a Somoza, con el objeto de pedirle una recomendación que hiciera posible sus estudios en la república de El Salvador.

En esa ocasión, al despedirse Dubón del doctor Lacayo, se ofreció para llevar cualquier razón de este a los exilados nicaragüenses que se encontraban en aquella República. El médico le observó, entonces, simplemente, como lo pudo haber hecho cualquier nicaragüense bajo esta dictadura:

­Deciles que aquí no se puede hacer nada contra el régimen y que tal vez ellos puedan hacer algo. ­Observación abstracta, como se ve, quizás hasta subconsciente.

Fue una frase tan simple y tan general, que al regreso de Dubón de El Salvador, efectuado como un mes antes del atentado contra Somoza, ni siquiera se refirió a la encomienda, cuando visitó al doctor para hablarle nuevamente de sus asuntos profesionales. Tampoco el doctor Lacayo Farfán le reclamó nada. Ambos lo habían olvidado.

Pero el doctor Lacayo Farfán era un hombre señalado por los Somoza, entre otras cosas, porque su gran popularidad lo había colocado como un digno y peligroso candidato a la presidencia de la República, en caso que se efectuaran elecciones libres. Era un médico muy querido en todo el país, un verdadero mártir que había sufrido dos años de cárcel y que cuando se verificó el atentado, tenía únicamente tres meses de gozar de libertad.

Anastasio Somoza Debayle encontró suficiente pie en la breve frase arrancada a Dubón para tejer una maraña de complicidades y hacerla constar en el proceso, con la ayuda de los leones de su jardín.

Dubón fue poco a poco colaborando en la tergiversación de la verdad. Su terror creciente fue desfigurando las frases, desde la expresión simple y clara de los que había oído, hasta una tremenda acusación concreta que hundió al médico.

El mismo proceso relata la historia, resumida textualmente, en las siguientes preguntas y respuestas:

Pregunta hecha a Dubón, No. 6.­ ¿Le dio a usted algún encargo el doctor Lacayo Farfán para que lo llevara a El Salvador…?

Respuesta.­ El me dijo que no llevara ningún papel porque era expuesto, pero que hablara con los exiliados y que procurara comunicarme con Joaquín Cortés, para lo cual me dio una contraseña para que tuviera confianza en mí. La contraseña era: que se acuerde de la noche en que estuvimos entrenando donde Faustino Arellano. Con solo eso, él va a tener confianza en vos. Después me dijo que otro con quien podía hablar era con Noel Bermúdez, y si mal no recuerdo, me recomendó decir a Adolfo Alfaro que aquí no se puede hacer absolutamente nada, que todo depende de ellos, del exterior, lo que ellos puedan hacer en cualquier forma. Me recomendó también que no trajera a mi regreso ningún papel, ni ninguna cosa que me fuera a comprometer, y que sólo hablara con los ya mencionados, pero que tuviera cuidado con los exiliados no reconocidos, sobre todo que hablara con Joaquín Cortés y con los que él me indicó, que con esos podía hablar. Era un intercambio de ideas entre los exiliados y nosotros; todo eso fue antes de irme, antes del 7 de marzo, y se los dije hasta a los varios días de haber llegado, cuando me instalé y comencé a conocer gentes alli.

Pregunta No. 11.­ ¿Con qué persona se comunicó usted después de su regreso a El Salvador…?

Respuesta.­ Al único que visité fue al doctor Lacayo Farfán.

Pregunta No. 12.­ ¿Quiere decir que le comunicó al doctor Lacayo Farfán…?

Respuesta.­ No le comuniqué absolutamente nada de lo relacionado con El Salvador, sino todo lo concerniente con mis estudios de anestesia. Me estuvo preguntando sobre los métodos que aprendí y que si iba a trabajar en el Hospital.

Pregunta No. 15.­ ¿Cómo se explica usted que habiendo llevado una razón del doctor Lacayo Farfán para Joaquín Cortés, no le haya el doctor Lacayo Farfán preguntado sobre si dio la razón al señor Joaquín Cortés…?

Respuesta.­ Es lógico, pero resulta que no era propiamente una razón la que mandaba, sino que le dijera a Cortés que hablara con algunos exiliados. Ahora, como Cortés no me dijera ninguna razón concreta, no n1e interesó es­ to ya en absoluto, por lo cual nunca hablé con el doctor Lacayo Farfán del asunto.

Hasta allí no habían entrado los leones.

Hasta ese momento el sufrimiento del detenido únicamente lo había impulsado a exagerar un poco la verdad, a inflar la noticia de la razón del médico a San Salvador, pero sin comprometerlo directa mente.

Después de cincuenta y tres preguntas más y ya cuando Anastasio Somoza Debayle había formulado las exigencias que le convenían, cegado por el odio hacia un hombre público que podía obstaculizar la herencia del poder que legara su padre, Dubón dijo:

Pregunta No. 59.- Explique con más detalle la recomendación que le dio Lacayo Farfán para el ex teniente Joaquín Cortés en El Salvador…

Respuesta.- Pues dijo que como ya aquí no se podía conseguir nada, la única esperanza era que viniera de los exiliados, ya sea un grupo o un atentado como el del 4 de abril, o bien que mandaran a una persona para acabar con la vida del señor Presidente…

Pregunta No. 60.­ ¿Confirma el testigo en su contestación anterior, que Lacayo Farfán le dijo “o bien mandar a una persona de El Salvador, para que viniera a acabar con la vida del señor Presidente…?

Respuesta> Sí señor, lo confirmo, eso me dijo.

La confesión estaba completa, pero como todas las cosas que son falsas, sus contrasentidos habían quedado asentados junto con ella.

¿Cómo podía explicarse ese cambio repentino y violento en el lapso que separa cincuenta y tres preguntas…?

Solo imaginándose la escena de un hombre arrancado del hogar para ser llevado luego de cruentas torturas hasta la imagen más moderna del coliseo romano: el jardín zoológico de la familia Somoza.

Allí, en ese lugar bien cuidado por los jardineros, las mañanas eran plácidas y tranquilas: llegaba una camioneta con la leche de Casa Presidencial. Por una puerta lateral contigua al “Cuarto de Costura”, entraba a veces una buena provisión de hielo, los trajes de la familia eran conducidos hasta los salones desde el sitio de la servidumbre, y la jefa de la cocina pasaba en una camioneta azul acompañada de un sargento. Todo era normal mientras los dueños de la casa terrible no daban señales de vida.

A mediodía comenzaban las visitas de los políticos que hacían espera en el salón abierto que da al Oeste, y desde donde se domina Managua. Llegaba Mr. Gvain, un técnico norteamericano que trabaja para el Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, llegaban diputados, ministros y embajadores todos callados y tranquilos.

En la tarde, se notaban los primero síntomas de que el “trabajo” iba a dar comienzo, y de las seis en adelante, cuando los clarines del cuartel dejaban ir sus notas para indicar que se arriaban el pabellón, se encendían todas las luces y comenzaba a vivir uno más cerca de los Somoza.

Sí, más cerca, porque entonces se abrían las jaulas, se desperezaban los goznes de las puertas de los baños, salían los prisioneros y se escuchaban los ecos de los interrogatorios brutales y las carcajadas de los vigilantes y esbirros.

Todos los días, todos los días, hasta las dos o tres de la mañana.

Vivir allí fue una experiencia tan terrible, que cuando todos los que habíamos conocido el lugar éramos llevados meses después a la Sala de Audiencias del Consejo de Guerra que nos juzgaba y pasábamos en camiones frente a la entrada del jardín de los leones, rezábamos.

Sentía uno como si el camión pudiera detenerse, como si alguien lo pudiera arrebatar del asiento para meterlo otra vez a la jaula, o al baño, para vivir una nueva temporada en la intimidad de los Somoza.

Recuerdo que Ausberto Narváez, después de un mes de estar allí, me dijo:

­¿Sabés, Pedro? En la jaula mía había un tigre, y dicen los guardias que murió del hedor que producían los leones.

Y era cierto, como también es que un hombre puede morirse del mal olor que produce el alma de quienes ponen a sus semejantes en un nivel inferior al de los animales.