Confidencial

Capítulo XII: La primera vez

La primera vez que fui llevado a la Corte de Investigaciones referí la verdad; pero jamás pensé que la verdad fuera a perjudicarme.

Pedro Joaquín Chamorro

La primera vez que fui llevado a la Corte de Investigaciones referí la verdad; pero jamás pensé que la verdad fuera a perjudicarme. Al contrario: creí, además, que diciéndola, mi testimonio se tomaría como era natural a favor de mi amigo Francisco Frixione, ligado a mi “caso” por una conversación intrascendente tenida como seis meses antes del atentado a Somoza.

Más aún, él había hablado lo mismo con otras personas y los Somoza establecieron a tal punto la inocencia de éstas, que las pusieron en libertad (si bien es cierto, luego de torturas crueles), unos tres meses después de la muerte del presidente. Era notoria, pues, la discriminación ejercida contra mí.

La parte que podemos llamar “física” de una Corte de Investigación militar en Nicaragua está montada en un aparato que se mueve rápidamente al impulso de los Somoza. Esta vez la Corte sesionaba en la casa de uno de ellos. Los teléfonos, instalados apresuradamente sobre la mesa en que comían con sus hijos estaban en comunicación constante con las dependencias del palacio presidencial, y los detenidos eran llevados hasta la Corte, después de que su tratamiento había obtenido el “visto bueno” de él.

Yo estaba en un baño del jardín de los leones cuando me llevaron a la Corte la primera vez. Me subieron a un jeep militar que rodó hasta la residencia de La Curva, palacio aledaño a la Presidencial, donde se levantaba el proceso “legal” por la muerte de Somoza, y también, necesario es decirlo, por cualquier otro cuento que tuviera ribetes subversivos.

Allí, frente a cinco militares entre los cuales estaba Pablito Rivas ocupando dignamente su papel de juez, comenzaron a interrogarme sobre el caso hasta que se aburrieron de hacerlo, sin sacar otra cosa que la verdad. Esta era:

Que hacía seis meses el doctor Frixione me había contado, que despidió de su casa a un sujeto que llegó a decirle que en El Salvador se planeaba un movimiento revolucionario en contra del Gobierno.

Las preguntas de la Corte, hechas aparentemente sin coacción de ninguna clase, pero teniendo como fondo el horrible recuerdo de las torturas recién sufridas y las amenazas para el futuro, fueron resbalando poco a poco sobre mi mente, en ese momento clara y firme.

Las secretarias escribían:

—¿Sabía usted que se llevaría a cabo un atentado contra la vida del señor presidente…?

—No señor.

—¿Le dijo a usted el doctor Frixione que en El Salvador se fraguaba un movimiento revolucionario contra el Gobierno de Nicaragua…?

—Sí señor.

—¿Sabe usted que los movimientos subversivos están penados por nuestra legislación … ?

—Sí, sé que están penados.

—Habiendo tenido usted conocimiento de que se planeaba un movimiento subversivo en contra del Gobierno de Nicaragua y sabiendo que estos movimientos están penados por nuestra legislación, ¿quiere usted decirme por qué no denunció el hecho ante las autoridades competentes…?

—En primer lugar porque las denuncias no están en mi modo de ser, y en segundo lugar, porque no existía algo concreto, de modo que decir lo que tan ligeramente me habían referido, hubiera sido nada más ocasionar daños y hacer confusión.

—¿Cree usted que un mandato de la ley contempla la posibilidad de su no observancia, considerando la manera de ser de las personas…?

—Cuando hay una razón moral superior, sí.

—¿Tenía usted alguna razón moral superior para no denunciar el hecho, el cual usted conocía…?

—La delación es inmoral.

El planteamiento de la tesis era claro: Por un lado estaba el cono­cimiento fragmentario de un hecho que no implicaba delito alguno, porque equivalía a conocer la declaración de un hombre que había rechazado una propuesta subversiva. Por otro lado, la estructuración de un régimen en cuyo Código Penal se establece el instituto de la delación. Solo había un camino que escoger, y el cual por una casualidad, era precisamente el de la verdad.

Pero la Corte se impacientó, porque sus miembros no habían llegado seguramente a ese lugar para escuchar lecciones de moral, sino a tejer de algún modo la red que debía de llevar a la cárcel a los enemigos del régimen. La confesión que estaba escuchando no servía para ese efecto.

Allí fue cuando el cesarismo de los Somoza, siempre llenos de ambiciones y complicaciones internacionales, se volcó sobre algo que tanto daño debía hacerles posteriormente.

Se trató de complicar en la muerte de Somoza a la Sociedad Interamericana de Prensa; se intentó hacer aparecer al periodista norteamericano Jules Dubois implicado en el asunto; de hacer creer que el atentado y el fallecimiento del que se decía gran demócrata de América, íntimo amigo de Franklin D. Roosevelt y paladín anticomunista del hemisferio, había sido una conspiración más que nicaragüense.

Recuerdo muy bien que fue el mayor Francisco Medal, gordo, soplado por la comida y la buena vida sedentaria, quien se repantigó sobre el sillón colocado a la derecha del presidente del Tribunal, para preguntarme:

—¿Sabía usted que el señor periodista Jules Dubois llegaría a Managua procedente del Sur, antes de las 24 horas después del atentado de la persona del señor presidente de la República…?

—No señor.

—Usted dice en su declaración que había venido una persona de El Salvador para hacer contactos necesarios para un movimiento subversivo contra el Gobierno; diga usted si en alguna forma avisó al periodista Dubois que este movimiento iba a suceder, en vista de que el periodista Dubois llegó a Nicaragua antes de 24 horas después del atentado, y que a continuación de su llegada el periodista Dubois hizo todas las gestiones posibles pidiendo su libertad…?

—No señor.

Y las preguntas continuaron adelante sobre Jules Dubois:

Que si yo le debía dinero, que si era cierto que se había entrevistado con Hernán Robleto hijo, que si yo sabía (como si la incomunicación con que estaba no fuera absoluta) que en mi casa le habían entregado a Dubois un cheque, etcétera, etcétera.

Definitivamente la Corte no podía encontrar nada que me acusara. Los argumentos del fiscal y las preguntas de los jueces, entre los cuales estaba sentado el hombre a quien había visto yo una vez matar una perra parida a garrotazos, se fueron haciendo menos intensos.

Todo había salido mal, y por eso era necesario el otro expediente… un intento más en el “Cuarto de Costura”.

Cuando la Corte dio por terminado el interrogatorio, se me informó textualmente que tenía “el privilegio de ampliar mi declaración”.

Un discutible y diabólico privilegio que significaba el refinamiento de la crueldad, y la última extracción de todos los recursos del ser humano, para llevarlo definitivamente a la condena.

Privilegio de ampliar su declaración. Así decía la fórmula de enjuiciamiento militar, herencia también de la ocupación efectuada en Nicaragua por la Infantería de Marina de los Estados Unidos, que dejó su código, pero no la estructura moral del pueblo norteamericano en donde se aplica.

Yo ya había estado en el “Cuarto de Costura”. Los interrogatorios a que me habían sometido no estaban ausentes de tortura: la crueldad de los Somoza había dejado huellas fehacientes en mi cuerpo y en mi espíritu, pero ante el Tribunal, todo el acervo de educación que lleva el hombre dentro del alma, me sirvió para mantener el espíritu alto y limpio.

No había confesado nada, porque no sabía nada. ¿Pero qué pretendían ahora notificándome que tenía el privilegio de ampliar mi declaración….?

La tarde era soleada y sobre el Lago de Managua se pintaban hermosos celajes de colores. Tomé mi camino, y regresé al jardín de la Casa Presidencial cuando justamente daba la hora en que el espíritu de los Somoza se dispone al trabajo, al fatigoso trabajo de hacer sufrir a los hombres que viven prisioneros en su propia casa de habitación.