Capítulo XIV: Humillación y vida

“No podemos justificar los atentados como medio de sucesión en el poder, pero es bueno que los tiranos de América vayan sabiendo que con sus métodos corren el riesgo de morir alguna vez a balazos”.
Galo Plaza Lazo, expresidende de Ecuador, en La Estrella de Panamá

Pedro Joaquín Chamorro

Dos o tres veces hice antesala en la Corte, instalada en una edificación de concreto, pintada de plomo, que llaman en Nicaragua La Curva, o la Residencia.

En esos días la casa se hallaba desocupada porque la esposa de Anastasio Somoza Debayle vivía en Nueva York y él ocupaba, junto con el resto de la familia, las dependencias del palacio de Tiscapa.

La Corte, compuesta por cinco militares entre los cuales había gente que jamás deseó hallarse en el compromiso de integrarla, y serviles que gozaron estrujando las leyes y persiguiendo a personas de cuya inocencia estaban bien convencidos, tenía la misión de hacer una especie de sumario con las declaraciones de los presos, para decretar, después de una audiencia pública, quiénes estaban “implicados” en el atentado que terminó con la vida de Somoza.

Este procedimiento, mal copiado del mismo que usaba por los años 1933 la Infantería de Marina de los Estados Unidos, nunca ha sido aprobado por el Congreso de Nicaragua y, por tanto, no es ley de la República. Pero los Somoza lo aplican a sus enemigos civiles y militares, indistintamente.

El Tribunal trabajaba día y noche, y sus métodos siempre variaron de acuerdo con las necesidades y las circunstancias. Sus miembros usaban los automóviles de los prisioneros cuyas causas estaban conociendo, se enteraban de las declaraciones obtenidas por la Oficina de Seguridad en el “Cuarto de Costura” de la Casa Presidencial, y las tenían sobre la mesa para irse ayudando en los interrogatorios. Cuando estos documentos fallaban por alguna razón, la Corte pedía auxilio, y como entre ella y Anastasio Somoza Debayle había tales comunicaciones que la última no podía disponer nada sin que aquél lo aceptara, el auxilio siempre llegaba en el momento oportuno.

La Corte amenazaba a los campesinos humildes con la pena de muerte (que no existe en Nicaragua), lo cual constituía un verdadero chantaje por el terror, y sus miembros, tomando a veces posturas de caballeros, pretendían dar lecciones de urbanidad a los famélicos reos, o decían campanudos discursos aludiendo a que allí se declaraba siempre sin coacción. Más aún: pedían a veces que se les explicara con entera confianza si el prisionero había sido torturado o no, y experimentaban extrañeza que les dijeran que sí, prometiendo remediar el caso.

Los que cayeron en el lamentable error de creer esas palabras, tuvieron una buena sorpresa, porque al salir de la Corte se encontraban con el que los había torturado para oír de sus labios:

­—¡Ajá! ¿Con que contaste, verdad…? Tonto; ahora vas a ver lo que te pasa.

Y cuando el hombre (después de una nueva sesión) regresaba a la Corte, y esta volvía a advertirle que declarara sin temor, libremente, ya tenía más remedio que levantar un falso testimonio: la falsedad que los Somoza buscaban para complicar al mayor número de gente posible en la muerte de su padre.

En el salón de abajo en el palacio de La Curva, esperaban a veces los prisioneros largas horas, mientras arriba el tribunal, sentado en la mesa de la familia, interrogaba a alguno, o deliberaba.

Después de la espera, venía el doliente desfile, porque para ir a presentarse ante la Corte, había que subir una empinada escalera, desde cuya parte más alta iban llamando, uno por uno, a los que estaban citados a comparecer.

Allí se veían todos los días caras macilentas y cuerpos delgados arrastrándose sobre las gradas bien lustrosas y limpias, subiendo en cuatro pies, o conducidos por los mismos guardianes que contemplaban apesarados la imposibilidad en que estaba de dar un paso. Ausberto Narváez subió así, a gatas; Enoc Aguado, el viejo expresidente, fue ayudado a escalar la ignominiosa altura de la Corte; Alonso Castellón descalzo, sucio, sin camisa, pero arrogante; y otros, muchos más, que venían de todas las cárceles de Managua y procedían de todos los lugares de la República, hacían antesala sentados en el suelo, pasándose suave, cariñosamente, la colilla de algún cigarrillo, o saludando con los ojos a los más enfermos y arruinados.

Con los ojos digo, porque los celosos centinelas impedían toda clase de conversación, y aún las señas más simples despertaban inmediatamente la reacción del sicario, encargado de mantener la incomunicación para facilitar así la labor investigadora de la Junta.

Durante los meses de octubre y noviembre, todas las capas sociales de Nicaragua fueron afectadas por este sistema inhumano y degradante. Profesionales distinguidos, industriales, agricultores, gente de figuración política y social en el país, campesinos y obreros, todos fueron humillados de este modo frente a la elegante sala de la Corte, en donde los oficiales sonrientes, limpios, gordos, recostados en las sillas del comedor de la familia gobernante, cambiaban en presencia del espectáculo miradas de lástima o de ironía, según fueran ellas de los tímidos que se veían compelidos a tomar parte en un drama que les repugnaba, o de los malvados que gozaban sádicamente viendo sufrir a los prisioneros.

Cuando los interrogatorios duraban más tiempo que el tasado, suspendían la sesión y pasaban a comer en un saloncito vecino al principal, mientras los reos eran bajados a un sótano adonde les llevaban pequeñas raciones de comida envueltas en periódicos viejos, teniendo cuidado de que estos no tuvieran noticias del país.

En esos sótanos y en el entreacto de estas degradantes sesiones, leí un día las declaraciones del expresidente Galo Plaza Lazo. Se trataba, si mal no recuerdo, de “La Estrella de Panamá”. Decía él: “No podemos justificar los atentados como medio de sucesión en el poder, pero es bueno que los tiranos de América vayan sabiendo que con sus métodos corren el riesgo de morir alguna vez a balazos”.

Y era verdad.

Como era cierto también que el culpable de aquella muerte, para juzgar la cual habían instalado un tribunal, no era otro más que el muerto mismo.

No era otro que el propio Somoza, junto con sus hijos y sus guardias, que habían perseguido durante tantos años la hacienda y la vida de sus conciudadanos.

Las frases del expresidente sudamericano llegaron hasta la antesala del tribunal en que yo estaba, como a plantear el otro extremo de la discusión en el juicio:

“Los tiranos corren el riesgo de morir a balazos”…

¿Por qué? Porque personifican la injusticia, porque asesinan y torturan a los hombres, porque rebajan la dignidad de las personas hasta una condición ínfima, y entonces llega el momento en que todo, aún lo mismo que han destruido, conspira contra ellos, y ya no pueden salvarse. Así, parodiando a Séneca, puede decirse: El tirano no muere, se mata.

Para llegar a la Corte había un ritual que se practicaba por lo menos con quienes estábamos en las celdas de la Casa Presidencial. Era de un “fachadismo” lúgubre. Consistía en llevarnos a la barbería del Primer Batallón, donde éramos rasurados con brutalidad y nos cortaban el pelo pasando una navaja de afeitar por las sienes; todo en medio de soldados que proferían continuamente insultos, llamándonos asesinos y haciendo toda clase de burlas.

Estas escenas fueron comunes y corrientes durante toda la primera parte del juicio, y a veces llegaron a constituir verdaderos casos de crueldad y humillación dignos de ser mencionados.

Recuerdo bien lo ocurrido con Edwin Castro Rodríguez, a quien después de habérsele quitado absolutamente todas sus ropas masculinas, le pusieron un vestido de mujer y lo llevaron así, a pie hasta la barbería del cuartel.

Su camino fue doloroso: durante todo el recorrido que comenzó en la misma Casa Presidencial fue insultado en la forma más soez, y lo hicieron objeto de toda clase de burlas de carácter pornográfico. Caminó en medio de las carcajadas y los golpes de las escoltas de los Somoza, vestido de mujer pero muy bien levantado su espíritu de hombre. El jolgorio fue largo y cansado, pero su ánimo se elevó altivamente sobre el espíritu ruin y bajo de sus verdugos, hasta que al fin había logrado hacer una estampa tal, que ni siquiera cabía para ella lástima.

Tuvieron que cambiar de táctica y lo enviaron ya revestido de una dignidad que él mismo se había ganado, a las audiencias de una corte que actuó durante todo ese tiempo en secreto, sin permitir acceso a los abogados, ni aporte alguno de indicaciones. Era un juego que tenía una sola cara, y cuyos detalles más íntimos revisaba todos los días cuidadosamente el hijo menor de la Dinastía, para ir componiéndolo a su sabor y antojo.

Sin embargo, ir a la Corte representaba un gran alivio, porque era lo mismo que salir a la luz, que entrar al mundo de los vivos.

La experiencia en este sentido no podía ser menos cruel, porque en el año 1954, cuando ocurrieron los llamados “Sucesos de Abril” y el Gobierno tomó centenares de prisioneros, los que no fueron a la Corte perecieron ametrallados en los cafetales de Diriamba, o torturados en las cárceles de Managua.

Recuerdo el caso de Juan Ruiz, cuyo nombre, como una extraña excepción de esta macabra regla, apareció en los primeros expedientes de la Corte Militar de ese entonces, en una hoja que decía:

Un nuevo testigo fue llamado por el fiscal a quien, habiéndole tomado la promesa de ley en forma legal, e informado de lo que se trata de investigar, declara:

­Diga su nombre, edad, profesión y domicilio.

­—Juan Ruiz Traña, agricultor, de Carazo…

­Y la hoja decía después en una anotación puesta por el fiscal en el registro, que se había interrumpido la declaración para continuarla en la próxima audiencia.

Esta “próxima audiencia” de Juan Ruiz debía ser con la muerte, porque Juan Ruiz murió después asesinado. Su cadáver fue quemado en los cafetales de Carazo, junto con los de Adolfo Báez Bone, Pablo Leal, José María Tercero y 50 o 60 nicaragüenses más. De todos ellos, en honor a la verdad, Juan Ruiz fue el único que dejó la huella de su nombre en el proceso, como para contrariar la macabra experiencia de que en Nicaragua, una vez que los prisioneros de los Somoza son llevados ante una Corte Militar, ya han salvado la vida.

Pero toda regla tiene sus excepciones, y el caso de Juan Ruíz era precisamente eso: una excepción.

Por eso, cuando en las tardes coloreadas del mes de octubre salía uno por el salón principal de la residencia de La Curva, y regresaba al sótano o celda que le habían destinado, luego de haber asistido a una sesión de la Corte Militar, se sentía aliviado.

Al menos ¡estaban haciendo proceso!

De la misma celda en que ahora me estaban ubicando, salí yo en 1954 para recorrer descalzo sobre el pavimento que hervía a los ardores del mes de mayo, el trecho que va desde esas cárceles hasta el Palacio de los Somoza. Esa vez pasé enfrente de ellos vestido de presidiario, con un traje a rayas hecho con tela fabricada en el telar de la familia y vendida por ella al Gobierno. Esposado, descalzo, sucio y con los pies sangrantes.

Pero, ¿qué iba a decir yo…? Me hinqué en el suelo y di gracias, gracias inmensas a Dios por haberme arrebatado de la vida animal que llevaba en la casa misma de los Somoza; gracias porque entre vivir en el jardín de su propio hogar y estar en un calabozo, pero a 500 metros de ellos, absolutamente encerrado, con una ventana de 20 pulgadas que dejaba entrar en la mañana un rayo de luz y que a las cuatro de la tarde se opacaba, había una diferencia indescriptible.

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