Confidencial

Capítulo XIX: La audiencia

Mi madre no lloró ni mi esposa tampoco. Si, ellas, si acaso tenían que llorar, ya lo habrían hecho en sus casas, pero nunca en la casa de los Somoza.

Pedro Joaquín Chamorro

Dice la Biblia que cuando José estaba preso por las intrigas de la mujer de Putifar en las cárceles del Faraón, y este decidió llevarlo a su presencia para que le interpretara el sueño de las siete vacas flacas y las siete gordas, lo rasuraron, le cortaron los cabellos, le pusieron vestiduras limpias y luego lo sacaron de la prisión para conducirlo al palacio del soberano.

Esta tradición de los antiguos gobernantes de Egipto ha sido adoptada con gran acuciosidad por la familia Somoza. Por eso es que nadie concibe en las cárceles de Nicaragua una afeitada sin consecuencias; malas o buenas, ellas llegan invariablemente, y cambian la vida del prisionero una vez que la mal asentada navaja del barbero ha hecho su noble papel.

Barbas y cabellos largos y revueltos, en el suelo del patio de tierra en que funciona la barbería, caras afiladas que vuelven a identificarse, ya sin una indumentaria que durante semanas se ha hecho habitual, cuerpos delgados y vapuleados que desfilan al baño y hacen luego su reaparición con vestidos tan holgados, tan grandes que dan la sensación de ser ajenos.

Diez, quince, veinte, hasta treinta libras menos, y la voz suave de un oficial, alegre también de saber que las cosas van mejorando…

–¿Usted no tiene ropa limpia…?

–No, qué voy a tener…

Entonces piden por teléfono a la casa del detenido y hacen que la familia se movilice y corra con un paquete en que van pantalones, camisas, toallas, jabón y cigarrillos… Al fin, cigarrillos…

Luego el fiscal, que va notificando de celda en celda para advertir que los defensores han aceptado el cargo y que la audiencia deberá verificarse al día siguiente. Una audiencia pública, ya con ribetes de legalidad y de incidencia judicial civilizada, porque hasta ese momento la Corte ha sido un tribunal de investigación secreto, tenebroso mejor dicho.

¿Irán a cambiar las cosas…?

Afuera está preparado el escenario que se ha decorado para representar la primera parte del drama. Ya nadie está en el jardín de los leones, hay comida, ropa, medicina, baño y barbería. El fiscal ha buscado por toda Managua a un grupo de valientes abogados que quieran hacerse cargo de la defensa de veinte y tantos presos. Cerca de diez han dicho que sí, y entre ellos van a repartirse el doloroso trabajo de luchar contra el poder de una familia que, en su papel de parte ofendida, ha nombrado a los jueces, ha dado validez al procedimiento, ha organizado todas las minucias que lleva consigo la sustanciación de un juicio, y ha arreglado, además, aún antes de la primera audiencia, su propia sentencia.

Nos sacaron a las nueve de la mañana para ser trasladados en grupos de cinco a la residencia de La Curva. La camioneta que nos conducía iba casi sin escolta, el militar que hacía de “presbote” (denominación que se da en Nicaragua al oficial encargado de la custodia de presos sometidos a tribunales militares) fue amable. Era necesario.

Recuerdo que la luz del sol, la primera en muchos meses, me dio en la cara con una intensidad comparable a la que se experimenta cuando uno es fotografiado de noche. Fue un fogonazo lejano y persistente, que comenzó a dispararse cuando ya dentro de la camioneta me recosté en los mullidos asientos de cuero. La sensación del tacto con un objeto común de la civilización es inolvidable; el sentir que uno se hunde sobre un colchón de resortes es como descubrir algo nuevo, como recordar lo que se experimenta al viajar por primera vez en un avión: un vértigo indefinible.

El camino se hizo cortísimo, corrimos encima de una ola de viento frenético que nos echó casi sin darnos cuenta frente a la soberbia residencia de los Somoza, en cuyas puertas, aguardando nuestra llegada, vimos a un grupo de gente vestida de colores: azul, rojo, amarillo, verde, verde amarillo, rojo, azul. Bajamos y anduvimos tambaleantes unos pasos hacia la puerta principal, llegando como a la orilla de todas esas figuras, sin darnos cuenta de quiénes eran.

Yo miraba a uno y otro lado. Estaba como deslumbrado por el sol y por la variedad de trajes. Oía que pronunciaban nombres conocidos, distinguía siluetas y buscaba, siempre ajeno a todo ese panorama de la vida ordinaria que había olvidado, uniformes, siempre uniformes como para estar seguro de no equivocarse y saber defender lo que aún me quedaba por defender.

Pero seguimos andando y entramos en el torbellino mismo de los colores pues teníamos que pasar por la puerta. Estábamos ya a dos metros, a un metro… los nombres propios de nosotros salían del grupo cada vez con más fuerza, casi como a gritos, como en un sueño extraño en que los interlocutores hablaran con megáfonos.

A medio metro de distancia, me di cuenta.

Estaba mi madre, estaba mi esposa y estaba mi primo. Me veían de cerca, pero increíblemente lejos, sus miradas semejaban una sorpresa que armonizaba perfectamente bien con la mía. Eran caras dignas y altivas, pero repletas de un cariño inexpresable. Habían dejado el dolor lejos, en el altar de la Virgen de la casa, lleno de veladoras, y llegaban allí desafiando todo para ver de cerca la injusticia y conocer otra vez la verdad que ya sabían.

El grupo se abrió en dos a la pasada de nosotros, y estallaron las lágrimas y los abrazos de medio camino, apenas contenidos por los apenados guardias de la escolta, que no por ser sirvientes de los Somoza eran insensibles.

Mi madre no lloró y mi esposa tampoco.

La primera de ellas había visto a mi padre, perseguido durante 10 años por los Somoza, dejar todas sus pertenencias en Nicaragua y salir huyendo al extranjero. Muchas noches presenció cómo lo arrancaban de su lecho para llevarlo a la prisión, o cómo llegaban a la oficina de su periódico para notificarle el cierre, que equivalía a quitarle la subsistencia diaria. Por causa de esas persecuciones, ya en el destierro, mi madre había llegado a pasar tales necesidades que una vez se empleó de costurera en una fábrica de Nueva York.

Mi esposa había presenciado dos veces cómo me capturaban con las manos en alto, con ametralladoras, rifles, y pistolas; había pasado un año entero llevándome la comida a las cárceles de La Aviación, y haciendo antesalas en juicios civiles y consejos de guerra pasados, en medio del innoble bullicio que había comenzado en la misma mesa de comedor de la familia dinástica.

Después del breve encuentro seguimos adelante por una escalera que en los días dolorosos se había visto atestada de presos que no podían andar, y llegamos hasta el salón donde siempre estuvo instalada la corte; pero esta vez el decorado era diferente, más digno, más de acuerdo con la solemnidad de la ocasión.

La mesa de comedor de la familia de Anastasio Somoza Debayle había desaparecido, para dar lugar a una sucesión de mesitas metálicas cubiertas con carpetas verdes; y frente a ellas, filas enteras de silletas de hierro alineadas con pequeños escritorios, en donde debíamos sentarnos los detenidos con nuestros respectivos defensores.

Parecía como si la Corte hubiera recuperado su dignidad un poco al cambiar de escenario, como si al desaparecer la sombra de las pertenencias íntimas de la familia, hubiera más cabida para una justicia que presumía estar basada en las atribuciones del Estado y no en el impulso vengativo de un interés privado.

Fue un respiro que hinchó por un momento las venas de nuestras esperanzas y que llevó a nuestras almas el ánimo para esperar un desenlace que no estuviera de acuerdo con el terror que veníamos viendo.

Rato después de estar allí se nos permitió hablar con las familias. Entraron todas las personas que habían esperado en la puerta de la casa de los Somoza, llevándonos el aliento de nuestros hogares y la alegría de saber que no estábamos abandonados.

Tuvimos por un momento (único momento durante todo el curso del juicio que se iniciaba, porque después las cosas iban a cambiar radicalmente), una sensación inmensa de alivio.

Recuerdo muy bien cómo mi abogado defensor, doctor Manuel Morales Cruz, me dijo desde el instante del primer abrazo:

­No te aflijás, porque no estás solo.

Y efectivamente, ninguno de nosotros lo estaba, porque en todos los sectores del país se sabía perfectamente bien lo ocurrido particularmente a cada preso; conocían las torturas aplicadas, las atroces torturas de donde habían brotado las mentiras que complicaban el juicio, y el tratamiento brutal que había invertido la posición de los Somoza, pasándolos una vez más de ofendidos con la muerte de su padre, en ofensores de la dignidad humana.

Durante esta audiencia supe que en los primeros días habían caído a la cárcel más de 3.000 personas; que en el departamento de Chontales la represión somocista había asesinado a Ramón Orozco y a Bonifacio Miranda, ahogándolos, atados de pies y manos, dentro de un pozo abandonado, y que por gestiones del Gobierno de los Estados Unidos, en cuyas fuerzas armadas militaba el hijo de este último, entregaron después de una serie de incidentes los cadáveres amarrados todavía y presentando todas las señales de inenarrables torturas.

Supe también que la fuerza pública había arrebatado los teletipos de La Prensa, y que el diario había sido clausurado durante la primera semana que siguió al atentado; que diez miembros del personal del periódico estaban presos, y que mi madre había asumido la dirección junto a mi primo Luis Cardenal, lanzando una edición que a pesar de la censura fue ampliamente aceptada por el público.

Allí me contaron que la Sociedad Internacional de Prensa no había quitado el dedo de mi caso, y que en los primeros momentos la venganza de los Somoza por poco inclina el platillo de la balanza en que habían puesto su decisión de fusilar sin juicio a un buen número de opositores.

Era la lista, la lista de Herodes que nosotros habíamos comentado el día de la muerte del dictador, y que no fue puesta en práctica debido a la intervención de personas prominentes, que algún día podrán dar testimonio de esta verdad.

Supe de todos los presos, de las flagelaciones que hacían en las cárceles del país, y de incontables casos de tortura. Supe del aislamiento en que la República se había mantenido durante algún tiempo. También yo conté mi parte, y lo mismo hicieron los demás.

Los minutos transcurrieron en una tertulia íntima que la Corte permitió generosamente, hasta el momento de iniciarse la audiencia con una discusión de la cual se sacó en claro que solo la Corte conocía el texto de las declaraciones de los detenidos.

Los abogados no sabían por qué se nos acusaba. Nuestras familias se estaban enterando de los cargos que los Somoza levantaban contra nosotros, y nosotros mismos, fuera de lo que recordábamos haber dicho, no teníamos siquiera noción de los que habían declarado los otros compañeros.

Muchos, juntos desde hacía meses en la misma cárcel, pero incomunicados, nos estábamos saludando hasta ese momento y averiguando con sorpresa quiénes eran los otros “indiciados” en el proceso.

Y eso era un juicio legal… un juicio en el cual, según la propaganda del diario particular de los Somoza, se había procedido con estricto apego a las leyes y con una “serenidad” que obligaba a rendir pleitesía a los dos hijos ofendidos por la muerte de su padre.

El caso se subsanó con una decisión de la Corte que prescribía hacer copias de todo el proceso y entregarlas a los defensores. La audiencia concluyó cuando el presidente del tribunal, mayor Carlos Zepeda, dejó caer suavemente su mano sobre el timbre que había figurado en la mesa del comedor de los Somoza; y después de que familiares y abogados abandonaron la sala, fuimos conducidos nuevamente a la prisión.

El primer acto del drama con nuevo decorado había sido el encuentro doloroso y sentimental de veintidós hombres con el mundo que habían dejado inesperadamente hacía unos meses.

Durante el resto del proceso no se volvería a repetir un acto humanitario semejante.