Capítulo XV: El Primer Batallón

Un acto de sabotaje incluiría la muerte de sus enemigos políticos allí prisioneros. A esto podría llamársele la matemática de la maldad.

Pedro Joaquín Chamorro

El poder de los Somoza radica en un hecho simple: toda la organización de su imperio está centralizada no solo desde el punto de vista humano en la familia Somoza, sino desde el punto de vista físico, en la ciudadela armada que habitan los Somoza.

Su residencia reúne todos los factores de mando que pueden concurrir en un país sometido a la fuerza. Dentro de una circunferencia de 500 metros que se trazase imaginariamente tomando como centro la cama del que ocupa la cabeza de la Dinastía, están: una compañía blindada con tanques Sherman de 45 toneladas; los únicos emplazamientos de artillería que tiene el país; un batallón de infantería, armados con las últimas exigencias de la necesidad militar; una compañía que patrulla las calles de Managua cuando hay efervescencia; el centro de todas las redes de comunicación telefónica y radiográfica del Ejército de la República; los principales almacenes de abastos de este, las oficinas de investigación y seguridad y todos los arsenales de armas y efectivos, manejados con una sola llave maestra.

Sobre sus propios cuartos tienen los tiranuelos cañones antiaéreos, y en la cocina de la casa (valga la expresión), duermen no menos de 60 soldados escogidos, todos armados de carabinas y listos a movilizarse como escolta personal, mandados directamente por los oficiales más íntimamente ligados a la familia.

El poder que todo eso representa puede concebirse fácilmente, si se toma en consideración la situación geográfica de esa ciudadela, toda construida sobre una loma que domina la ciudad, y si se agrega que desde cualquier ventana de la Casa Presidencial, con unos anteojos de larga vista y un teléfono, se pueden registrar los más mínimos movimientos de la servidumbre armada, que forma el engranaje.

Allí también, fuera de los lugares que ya he mencionado, existen cárceles para presos políticos y militares, ubicadas como una medida de seguridad, encima de los sótanos en que se guardan los explosivos. Así, un acto de sabotaje incluiría la muerte de sus enemigos políticos allí prisioneros. A esto podría llamársele la matemática de la maldad.

Son celdas estrechas que miden dos varas de ancho por cuatro de largo, alineadas todas frente a un pequeño pasillo y colocadas como un panal bien construido, bajo un mismo techo, cuyas tejas de zinc se mueven estruendosamente al ser movidas por el viento de la noche.

Las paredes son firmes, las puertas de hierro bien tapiadas con tablas de madera, y en la salida principal que comunica con el exterior una nueva pared, una reja más, y un centinela.

Después de cumplir con el privilegio que tuve de ampliar mi última declaración, fui enviado desde el jardín de los leones a este sitio, que en el argot de la loma de Tiscapa se llama “El Primer Batallón”.

Me subieron a las siete de la noche a un jeep, acompañado de un teniente del Ejército que me entregó medio minuto después en la sala de guardia del lugar. Por la pequeña carretera que bordea la loma, se veía Managua llena de luces de colores, extensa, hermosa, despertando del calor sofocante del día a la brisa inesperada y fría que sopla desde el lago, cuando el sol muere en el horizonte.

­—Hace frío ­—dije yo.

­—Después va a hacer más —­dijo el teniente.

Y bajamos para entrar en un laberinto de pasillos, precedidos del tintineo de las llaves de la cárcel, hasta pasar una puerta y otra, para llegar a la celda que me habían destinado.

Yo ya conocía el lugar, porque había estado allí cuando los sucesos de abril de 1954. Esa vez, desde la celda misma en que me encontraba ahora, oí cómo los investigadores de entonces, torturaban a Roberto Chamorro haciéndole tragar cantimploras de agua y rompiéndole los dientes con ellas, cuando intentaba desesperadamente cerrar la boca.

Tito Chamorro, acusado junto con Humberto Chamorro de haber introducido las armas para la rebelión de abril en una lancha que cruzó el Lago de Nicaragua desembarcándolas cerca de Managua, resistió una de las más despiadadas investigaciones que han hecho los Somoza. Los torturaron personalmente Teodoro Picado (hijo del expresidente de Costa Rica, y, como Tachito, graduado en West Point), un capitán de apellido Prado y otros oficiales. Lo recluyeron después durante más de dos años en la cárcel, la mayor parte del tiempo duramente incomunicado. El día que lo pusieron preso, fue llevado donde el mismo Somoza, quien enterado de su participación en la rebelión y del viaje prodigioso que había hecho con Humberto, su primo, llevando hasta la propia capital de la República 200 rifles y 60 ametralladoras, le dijo paternalmente:

­—No te preocupes hijo, yo te voy a ayudar.

La ayuda está descrita. Él y Humberto, a quien también había yo visto en el Primer Batallón el año 1954, padecieron todo lo que un hombre puede soportar sin morir, y el último de ellos estuvo casi al borde de perder la vida, a causa de las torturas, en el Hospital Militar de Managua; después, cuando salió del país con el consentimiento del mismo Somoza, su diagnóstico quedó en la clínica Oshner de Nueva Orleans, revelando fríamente toda la historia ocurrida. Costillas quebradas, contusiones que habían dejado profundas huellas, anemia, abscesos de pus en las más recónditas partes del organismo, y un desequilibrio nervioso y permanente. Los autores de toda esta debacle, que los médicos apenas pudieron remediar con el tiempo, se llaman José Alegret y Oscar Morales.

Allí había estado también el doctor Rafael Gutiérrez a quien los dos últimos citados casi quemaron vivo con un contacto eléctrico. También le rompieron las costillas y lo dejaron tirado días enteros sobre el piso frío de una celda, deformado a golpes y sangrando de todas partes del cuerpo.

Eran decenas de hombres, anónimos y conocidos, los que se venían de pronto a mi mente en un desfile interminable de recuerdos dolorosos.

¿Y los asesinados…?

Por ese lugar pasaron también José María Tercero y Rafael Choiseul Praslin, a quienes yo había visto sobre la carretera de Casa Colorada, presos y conducidos por el teniente Carlos Malespín, quien me dijo al descubrir mi presencia a la orilla del camino:

­—Pedro, ve qué noticia para “La Prensa”: ¡Aquí llevo preso a Praslin y a Chema Tercero!

Eso sucedía el 4 de abril de 1954, a las tres de la tarde. A las cuatro, Tercero y Praslin habían entrado a las cárceles del Primer Batallón, y el 6 en la mañana el diario particular de los Somoza anunció su muerte en un “combate”.

Fue un boletín lleno de dignidad y escrito con toda la jerga de los asuntos militares, que concluía diciendo, después de dar cuenta de imaginarias operaciones de limpieza contra unos forajidos aparecidos en las regiones de Carazo, que después de un combate habían perecido sobre el campo el excapitán José María Tercero, y el teniente Choiseul Praslin. Pero yo podía testificar que habían sido tornados prisioneros y luego asesinados.

De la misma celda en que ahora me están ubicando, salí yo en 1954 para recorrer descalzo sobre el pavimento que hervía a los ardores solares del mes de mayo, el trecho que va desde esas cárceles hasta el palacio de los Somoza. Esa vez pasé enfrente de ellos vestido de presidiario, con un traje de rayas hecho con tela fabricada en el telar de la familia y vendida por ella al Gobierno. Esposado, descalzo, sucio y con los pies sangrantes.

Me llevaron ante el juez, y este, luego de quitarme las esposas y de ordenar que me devolvieran los zapatos, comenzó a escribir el acta de mi declaración con las sacramentales frases… Pedro Joaquín Chamorro, abogado, periodista, casado, mayor de edad, libre de halagos y amenazas… declara, etcétera, etcétera.

Ahora se repetía la historia, aunque el desarrollo y parte de los protagonistas habían cambiado.

Revisé mi propia celda y esperé. Puse el rostro en el suelo y sentí el hálito frío del viento de Tiscapa penetrando como un puñalito por debajo de la puerta.

Tosí, hice un ruido arrastrando la pequeña cama de hierro que había en el lugar, la deliciosa y bendita cama con que tanto había soñado. Pero nadie contestaba.

Solo un rato después escuché, como que viniera de un lugar remoto y lejano, un carraspeo continuo y artificial. Entonces dije primero suavemente y elevando cada vez más la voz:

­—¿Quién? ¿Quién? ¿Quién más…?

Volvieron a hacer ruido al otro lado. Esta vez tosieron más fuerte y distinguí claramente una voz que decía:

­—Es Pedro, hombre.

Al otro lado, donde probablemente había más de uno, me identificaban.

­—Sí ­—dije yo—­, ¿quién, quién más está aquí. .. ?

Fue mi primer contacto con los otros. Fue la primera vez que volví a hablar con amigos, con gente que no estaba tratando de hundirme con el eco de mi propia voz. Y así, a pesar del aislamiento, de los recuerdos que el lugar me traía y de toda la tragedia que vivíamos los habitantes de aquella casa, sentí una inmensa alegría.

La misma voz siguió diciendo:

­—Aquí están Gabriel Urcuyo, Pancho Frixione, el doctor Aguado, Emilio Borge, Castro, y Juan Munguía… pero no hablés duro y cuando querrás decir algo, pegate a la puerta.

Pero, ¿qué iba a decir yo…? Me hinqué en el suelo y di gracias, gracias inmensas a Dios por haberme arrebatado de la vida animal que llevaba en la casa misma de los Somoza; gracias porque entre vivir en el jardín de su propio hogar y estar en un calabozo, pero a 500 metros de ellos, absolutamente encerrado, con una ventana de 20 pulgadas, que dejaba entrar en la mañana un rayo de luz y que a las cuatro de la tarde se opacaba, había una diferencia indescriptible.

Me eché sobre la cama. Y dormí. Eso hice.