Capítulo XVIII: El periodista

Los Somoza siempre recibían bien a los periodistas extranjeros hasta el punto que luego estos confesaban siempre alegremente que la familia gobernante de Nicaragua era simpática y amable. Pero con los periodistas del país, las prácticas eran muy distintas.

Pedro Joaquín Chamorro

Una noche las llaves del oficial que estaba de turno sonaron en la puerta de la cárcel del Primer Batallón y la soledad en que estábamos se hizo más profunda. Abrieron la puerta y llamaron:

–Edwin Castro y Enoc Aguado…

En las pequeñas celdas donde cada uno de ellos estaba individualmente alojado, chirriaron los goznes. Pudimos oír la voz del oficial:

Vístase lo mejor que pueda. Va al Palacio.

Y así fue. Al doctor Aguado le entregaron un saco ajado y sucio, le dieron sus anteojos que le habían quitado tiempo atrás, le permitieron una corbata que estaba arrinconada quién sabe en qué lugar de la sala de guardia donde archivan las pertenencias de los presos, y lo dejaron ir al baño… formidable comodidad que se estila cuando por alguna razón va uno a salir de la celda, aunque sea para hablar con los omnipotentes señores cuya mente no permite a veces la presencia de un hombre con vestiduras ausentes de una dignidad superficial.

Se los llevaron fuera, preparados para alguna cosa que nosotros no podíamos identificar con una sesión de tortura, porque cuando se trata de estas, no hay tantos requisitos como el de la corbata y el saco.

¿Para qué van a ponerle a un hombre saco si se trata de torturarlo…?

Se fueron a las ocho de la noche y regresaron a las once o doce, para narrarnos una escena que a pesar de ser indescriptible en sí misma, describe todo el engranaje de esas tiranías como la de Nicaragua, siempre disfrazadas con el manto de la democracia, siempre simuladoras, todo el tiempo deseosas de propiciar un engaño, y a la vez, todo el tiempo también, encontrando quién acepte la mentira.

Porque las dos personas que salieron del Primer Batallón y Ausberto Narváez, que estaba en el jardín y metido en la jaula con los leones, fueron esa noche a entrevistarse con un periodista. Se trataba de un reportero enviado a Nicaragua por un prestigiado periódico de Costa Rica. La entrevista tuvo por escenario uno de los salones de la Casa Presidencial de Managua, y por testigos a los oficiales del Ejército Óscar Morales y Lázaro García.

Allí, frente a los mismos que habían torturado a tanta gente durante la última temporada de terror, y que incluso los había torturado a ellos mismos, aquel representante de la prensa digna de América inició la conversación:

­-Sabe… ­-comenzó ingenuamente el periodista-­. Nosotros queremos la verdad. ¿Lo han torturado a usted…?

­-No.

­-Nuestro interés es de ser justos, decir cuál es la situación de ustedes como detenidos. ¿Cómo los han tratado a ustedes?

­-Muy bien.

El diálogo era cortante. Los hombres llevados hasta el salón de la Casa Presidencial estaban pálidos y no habían comido esa noche lo suficiente. El periodista estaba rozagante y alegre… ¿Habría cenado en El Terraza…? ¿Habría tomado antes algún jaibol en compañía de los caballeros del régimen que estaban propiciando la entrevista, para demostrarle que el juicio por comenzar sería legal y justo…?

Los Somoza siempre habían sido así con los periodistas extranjeros, los recibían bien, les daban fiestas, los llevaban a lugares de buen tono, eran finos y caballeros con ellos hasta el punto de que luego, cuando partían, confesaban siempre alegremente que la familia gobernante de Nicaragua era simpática y amable.

El viejo Somoza, sobre todo. Hablaba adrede un inglés áspero y poco edificante; decía chistes picantes y contaba anécdotas simpáticas, muy apropiadas para repetirse en un bar… y tenían el bar siempre abierto, y gente que llevaba a los visitantes a todas partes, y les impedía (con algunas excepciones desde luego) recordar después la verdad, o al menos ser imparciales. Porque el trato fino de Somoza los tenía que volver tan parciales, que se iban con la idea de que él era simpático y todos los demás nicaragüenses, pobres diablos, que no entendían el buen humor democrático de su presidente. Había pasado con muchos: desde Time, de inconfundible estilo, hasta esas revistas comerciales que reciben dinero para hacer publicaciones de propaganda pagadas por las juntas de turismo, y en donde todo se concreta a decir que el dictador latinoamericano de turno ha hecho carreteras, hoteles, y ha permitido la llegada de líneas de aviación, con la ayuda de las cuales el viajero se traslada en pocas horas desde Nueva York o Washington al país que paga por la propaganda.

Pero con los periodistas del país, las prácticas eran muy distintas, porque para ellos Somoza había inventado (y ello da una buena idea de su brutal humor), esta fórmula irresistible: para los amigos plata y para los enemigos plomo.

A balazos había sido agredido Juan Ramón Avilés en cumplimiento de esta feroz consigna; y el que realizó la misión de represalia porque Juan Ramón había estado atacando a Somoza con motivo de su primer golpe de Estado, fue un tal sargento Chavarría, quien una vez salido de la Guardia, hizo llegar su confesión escrita hasta el propio periodista Avilés.

Era también así como las empresas periodísticas de Somoza gozaban de prerrogativas, mientras las de sus enemigos eran perseguidas a muerte; él guardaba su papel en los edificios públicos como el Estadio Nacional, impedía por medio de sus amigos que los reporteros de los otros diarios capitalinos obtuvieran noticias en fuentes oficiales antes que su propia empresa, pagaba a sus empleados con planillas sacadas de los ministerios, ordenaba viajes al exterior (incluso para cubrir eventos deportivos internacionales) por medio de las oficinas públicas, utilizaba talleres de la Nación para reparar sus maquinarias, obligaba al pago de suscripciones o avisos en beneficio propio a las dependencias gubernamentales; y, por otra parte, encarcelaba, ponía trabas, amenazaba, daba palos y exilaba a quienes atacaban sus sistemas de gobierno.

Por eso salió del país mi padre, dueño y director de La Prensa, en el año de 1944; por eso salieron Alejandro Cuadra, Hernán Robleto, Antonio López, Gustavo Adolfo Ortega, Gonzalo Rivas Novoa, Adán Selva y otros más.

A Manolo Cuadra lo envió primero a Corn lsland, una islita situada a varias millas del litoral Atlántico, lo sacó después a pie por la frontera de Honduras, y con el mismo pasaporte lo mandó a Costa Rica más tarde. Todas las veces, 24 horas luego de haber publicado un artículo, recordaba Manolo, como dando a entender que se había tratado siempre de una decisión tiránica tomada instantes después de la lectura de sus artículos.

Somoza no perdía tiempo en esta clase de negocios, y su crueldad iba siempre hermanada con un sentido del humor, que lucía burlesco y picante, sobre el destino de sus enemigos.

Cuando Gonzalo Rivas Novoa dijo en un periódico que en Nicaragua ya no se podía trabajar sin el consentimiento de los Somoza, y que el único camino de la gente honrada era la mendicidad, el tirano decidió que lo recluyeran a la fuerza en el Asilo de Mendigos. Inmediatamente de ese atentado, don Horacio Espinosa, un patricio nicaragüense de canas respetables y valor cívico a toda prueba, declaró en un diario que Nicaragua gobernada por Somoza era una patria de locos; el Dictador, herido en su amor propio, ordenó a la policía llevarlo detenido a un Asilo para enfermos mentales.

Sus reacciones eran las de un megalómano enfermo y humorista procaz dedicado a burlarse de la gente, como cuando no quería aplicar la última pena, o hacer como él decía, que alguien “se pudriera en la cárcel”. Así fue como se atrevió a escribir poemas en prosa sobre cierta leyenda indígena, y cambió el nombre de la Isla de los Pájaros, en el lago de Managua, por el de “Isla del Amor”. Porque él unos meses del año era cafetalero, otro ganadero, después agricultor, más tarde porta, luego marino mercante y por último salinero.

Sus periódicos describían diariamente el auge increíble de sus industrias, y el beneficio que con ellas hacía a Nicaragua; lo fotografiaban empujando las ruedas de un jeep atascado en el lodo cuando viajaba con la mitad del Ejército a “reincorporar la Costa Atlántica”, zona casi desconectada del Pacífico de Nicaragua, y destacaban sus hechos con títulos increíbles y sugestivos, que gritaban los voceadores de Managua: “SOMOZA CONQUISTA LA MANIGUA”, “SOMOZA HACE FRENTE A LA MONTAÑA”…

Y… ¡ay de los periodistas que se burlaran de sus actos de heroísmo, o que pusieran en duda sus hazañas homéricas, porque iban al exilio, o a la cárcel!

Por más de una de estas proezas del presidente, tratadas con un poco de humor atrevido y solapado por parte de los diarios de oposición, sufrieron estos persecuciones, suspensiones o censuras.

Así suprimió o censuró a La Prensa, a Flecha o a La Noticia y una vez impulsado por el frenesí de quien todo lo puede, mandó echar cadenas a una prensa en que se editaba un diario de provincia, dirigido por el general Carlos Castro Wassmer, padre precisamente de Edwin Castro Rodríguez, uno de los tres llevados a la presencia del periodista de Costa Rica para asistir a la entrevista cuya narración hago en este capítulo.

Su fábrica de hilados y tejidos, que además de hacer mantas y driles para el comercio fabricaba telas para los uniformes del Ejército y para los vestidos de los presidiarios, demandó una vez a La Prensa por la suma de 100,000 córdobas. Los jueces sustanciaban juicios de toda clase contra los periódicos, y los trenes del Estado retardaban los envíos de los paquetes que contenían diarios de la oposición destinados a otras ciudades.

Cuando los Somoza enviaban al exilio a un periodista, los detectives caían sobre la víctima en la noche, le vendaban los ojos, lo subían a un vehículo militar y lo dejaban en la frontera descalzo y solo, con órdenes de caminar hacia la montaña o morir ametrallado si intentaba un regreso. Al saber que necesitaba anteojos para ver, se los quitaban y al que pedía por sus condiciones alguna medicina, se la negaban brutalmente.

Fue así como apareció dos veces Manolo Cuadra casi desnudo en los pueblecitos hondureños y costarricenses, o como llegaron Alejandro Cuadra, Toño López y Aquiles Centeno a La Cruz de Costa Rica.

Una excepción fue Gonzalo Rivas Novoa, porque un día de tantos, aburrido el Director de sus sátiras, correspondió a ellas satíricamente enviándolo a Panamá a bordo de un avión comercial, descalzo y en pijamas.

Era una lucha sin cuartel, brutal, primitiva…

La conversación en la Casa Presidencial entre el periodista de Costa Rica y los presos Enoc Aguado, Edwin Castro Rodríguez y Ausberto Narváez, fue también (valga la comparación) sin cuartel y primitiva.

–¿En qué cárcel están ustedes…? -preguntó el periodista.

–En el Primer Batallón –dijo Castro.

–¿Y usted? –preguntó al otro.

–También –dijo el doctor Aguado.

–¿Y usted…?

La última pregunta dirigida al prisionero que aún permanecía callado no obtuvo respuesta en el primer momento, porque los torturadores cambiaron miradas entre sí. Ausberto Narváez estaba todavía en el jardín de los leones, dormía en una jaula y se cubría durante todas las noches que hace más frías el viento de Tiscapa con unos sacos de arpillera. De allí lo habían sacado momentos antes para llevarlo a presencia del periodista… ¿Qué podía contestar…?

Sus ojos temerosos y expectantes se volvieron a los sicarios que asistían a la entrevista sostenida entre un hombre libre y unos pobres amenazados, y entonces repitió él mismo la pregunta que había hecho el periodista.

–¿Cómo se llama… esa… cárcel…?

–El Primer Batallón también… –dijo el teniente Oscar Morales imperativamente y miró con dureza al prisionero que repitió avergonzado y triste:

–El Primer Batallón… pues.

Luego vinieron los flashes y las otras preguntas que se fueron contestando con la misma degradante naturalidad, hasta que los presos, después de haber dado cuenta del buen trato a que estaban sometidos, terminaron su papel y fueron llevados a su alojamiento.

Había habido una entrevista más de prensa. En Nicaragua, y a pesar de la muerte de Somoza, seguía funcionando la democracia