Capítulo XVII: Los demás

A Somoza lo mataron porque él había matado. ¿No es esto lógico y suficiente…? Alguien tenía que hacer eso, medirlo con la misma vara con que había medido a tantos, y él lo sabía muy bien

Pedro Joaquín Chamorro

De todos los que nos encontrábamos esta vez en la cárcel del Primer Batallón, los más conocidos para mí eran Francisco Frixione y Gabriel Urcuyo Gallegos. El primero de ellos estaba ligado íntimamente a mi caso por la investigación que se me había seguido en los últimos interrogatorios.

Pancho, como acostumbramos llamarlo familiarmente, luchaba contra los Somoza desde muy joven, y su vida, llena de episodios duros, abarcaba toda la historia de la Dictadura, interponiéndose entre ella y la ley como intolerable y molesto estorbo.

Había comenzado su odisea desde los días de universitario, pronunciando discursos en las plazas públicas, actitud por la cual conocía todas las cárceles de la República a partir del año 1944. Ahora, era una vez más mi triste compañero de celda, bajo el pretexto de que, habiendo tenido conocimiento, en forma involuntaria y en circunstancias que él consideró resultarían inoperantes, de un proyecto de rebelión, no había dado conocimiento al Gobierno.

Sucedió que seis meses antes del atentado contra Somoza, un joven que dijo llamarse Rigoberto López Pérez, llegó a su casa en demanda de colaboración para un complot que se gestaba en El Salvador. El asunto aparecía expuesto tan simplistamente y las consecuencias que de él podrían derivarse amenazaban tal gravedad, que Frixione rehusó seguir escuchando al extraño embajador:

—Yo no me meto en esas cosas ­—le dijo­. Y remató su actitud agregando esta observación categórica:

­—Andate de mi casa y no quiero que volvás aquí.

La dictadura de Somoza usaba de tan variados subterfugios para arrestar a sus enemigos, que aquél bien podría ser un provocador.

¿Por qué, pues, debía de hacerle caso? ¿Por qué iba a atender las sugestiones de un desconocido que se presentaba así, de golpe, sin una carta de recomendación, sin un punto de referencia en cuanto a su filiación de opositor al régimen…?

Pero en la tenebrosa mente de Tachito Somoza, esas razones lógicas no tienen cabida ni sentido. El hecho de que Rigoberto López Pérez hubiera hablado con Frixione, era suficiente para someterlo a prisión, investigarlo, torturarlo con los suplicios del “Cuarto de Costura”, y meterlo en el pozo. En fin, para sacarle mentiras por medio de la asfixia.

A pesar de todo, Frixione nunca aceptó estar conectado con la muerte de Somoza. Se mantuvo siempre firme en sus declaraciones originales y aunque contó que alguien que dijo llamarse Rigoberto López Pérez lo había visitado para hablarle de una revolución, jamás mencionó un atentado. Su dicho fue además corroborado por innumerables testigos.

Pero los Somoza le conocían bien; conocían su potencial revolucionario y preferían hacerlo escarmentar de una vez sus pasadas rebeldías. La garra dinástica se había cerrado sobre él y ya no se abriría sin dejar huella: era necesario que Frixione resultara culpable.

Este rencor negro estaba ilustrado por algunos antecedentes… En ocasión de regresar Pancho una vez de Europa, la dictadura lo había hecho entrar a la cárcel desde el avión mismo que lo reintegraba al país. Seis meses de ausencia, un sombrero tirolés, regalos para su familia, un abrigo, y en la misma puerta donde dice: “Entrance”, en inglés, y “Entrada” en español, allí donde los turistas presentan sus pasaportes y los nicaragüenses sus complicadas y siempre peligrosas visas… la policía.

Frixione pudo conseguir su libertad solo después de duro forcejeo legalista, y su salida coincidió con el juzgamiento de varios sobrevivientes de los sucesos de abril (1954), que aparecían acusados de rebelión.

Como abogado, el puesto de Frixione fue al lado de sus amigos. Yo estaba dentro del grupo acusado y se me ha hecho inolvidable el discurso con que defendió a su cliente, después del cual, se le abrieron otra vez las puertas de la cárcel.

“No me explico ­—dijo Pancho­ levantado sobre la tribuna—­ cuál es el significado y la esencia de este juicio, porque aquí están juzgando a unos hombres de quienes se dice que intentaban llevar a cabo una revolución, y algunos de los cuales en un pequeño encuentro dieron muerte a dos guardias nacionales.

Sin embargo, he asistido en este proceso a declaraciones que demuestran que muchos otros nicaragüenses fueron capturados vivos durante esos mismos sucesos y ahora no aparecen por ningún lado:

¿Qué se hicieron: Amado Soler, Edgar Gutiérrez, Pablo Leal, Adolfo Báez, Agustín Alfaro, Carlos Ulises Gómez, Juan Ruiz, Humberto Ruiz, Luis Báez Bone, Rafael Choiseul Praslin, José María Tercero, Luis F. Gabuardi, Juan Martínez Reyes, Ernesto Peralta, Optaciano Morazán, Francisco Madrigal, Manrique Umaña, Francisco Caldera y Pedro José Reyes …?

“¿No es cierto acaso que quienes los mataron sin defensa ni juicio son más merecedores de un proceso por su muerte que quienes trataron de hacer junto con ellos una revolución que ni siquiera llegó a estallar…?”

El Consejo de Guerra recibió la andanada con una frialdad enorme, pero con inmenso respeto. La sala del tribunal, sumida en profundo silencio, y el Presidente del Consejo, que era el coronel Lizandro Delgadillo (preso después por los mismos Somoza y destituido de su cargo por una deslealtad imaginaria), tocó apenas como jugando con ella, la bolita del timbre… se diría que dudaba entre imponer o no silencio al abogado, mientras los otros cuatro militares se recostaban duramente sobre sus asientos y volvían sus miradas hacia la lejanía. Pero Somoza estaba también oyendo. A través de un teléfono había estado pendiente de todas las incidencias del juicio y cuando terminó la sesión y los abogados tomaron sus cartapacios, ordenó el arresto de Frixione. Entre su reciente salida de los calabozos y su reingreso, solo transcurrieron unas pocas semanas. Así procedía la justicia somocista.

A las seis de la tarde del mismo día, el defensor y su defendido, doctor Rafael Gutiérrez, ocuparon celdas contiguas en la cárcel de La Aviación.

Por esa época, ­primeros meses de 1955,­ fui testigo de un crimen por omisión, cometido por el comandante de la cárcel, Pablito Rivas, el mismo que en la Corte Militar que conoció del atentado contra Somoza, ocupó con toda idoneidad el papel de juez. Este crimen por omisión, un verdadero asesinato, descubre la criminal indiferencia del sistema somocista por la vida humana.

Cierto mediodía, cuando el bochorno impone sobre las celdas su silencio absoluto, comenzó a salir del calabozo No. 8 un quejido penetrante, prolongado; eran ayes desesperados que llegaban hasta los corredores, hasta el patio, hasta la oficina misma de Pablito. Entre quejido y quejido, un hombre pedía asistencia médica, pedía una inyección, una pastilla, cualquier cosa. Pedía la muerte misma. Imploraba a Dios, repetía con la voz cada vez más destruida por el sufrimiento, que se iba a morir, que se estaba muriendo, que le llamaran un médico inmediatamente. Y, efectivamente, un médico llegó… veinticuatro horas más tarde. Pero era el médico forense.

Porque pasó el tiempo sin que Pablito hiciera lo que debía. A la tarde, los gritos del prisionero seguían sosteniendo su dramática tesis de auxilio. De una celda se le hizo llegar un poco de bicarbonato. De otra, le llegó carbón en polvo. Un limón entró por la celda del hombre enfermo, tirado con admirable precisión desde un calabozo lejano. Maravillas del béisbol aplicado a nuestra vida penitenciaria.

Toda la farmacopea que la solidaridad improvisa se había concentrado allí en una demostración tan patética como inútil. Aquel limón lo había lanzado un ratero, el bicarbonato lo había facilitado un homicida…

Y sin embargo, había en esas cárceles un botiquín, y había un enfermero permanente, y había médico y había ambulancia a la orden y teléfono para llamarlos.

Pablito Rivas no quiso hacerlo… ¿Para qué? … Ya entrada la noche, cuando la ordenanza impuso silencio, los centenares de presos callaron y solo el enfermo siguió gritando. Sobre ese silencio impresionante, su gemido parecía más gemido, hasta que llegó el momento en que la voz enmudeció para siempre. La ausencia de sus gritos sumió a las galerías en una afonía tal, como si a todo el presidio le hubieran cercenado la laringe.

Entonces una voz gritó con toda gallardía:

­—¡ASESINOS!

Solo al amanecer, los guardias hicieron sacar el cadáver para llevarlo, no a la Morgue, sino a la celda del doctor Frixione. Y allí estuvo durante unas horas más el cuerpo rígido del desventurado, sacrificado a la bárbara indiferencia del sistema somocista. Allí estuvo inflamándose lentamente, hasta la llegada del médico forense que testificó su muerte librando al doctor Frixione de una espantosa pesadilla. Muerte natural a lo que era, sencillamente, un asesinato por omisión.

Pero había su parte de verdad. En Nicaragua el asesinato resulta tan natural…

Frixione había pasado por otras escenas peores durante la vida del Dictador. Muchos años antes, unos maleantes al servicio del régimen lo habían secuestrado porque en su carácter de juez local notificó un embargo al coronel Hernández Fornos, quien fue (ya está muerto ahora) importante funcionario de la dictadura.

El juez Frixione llegó a cumplir su cometido que tenía relación con una deuda privada cobrada al militar, y este por toda respuesta ordenó a varios sicarios que lo sacaran de su casa y lo llevaran a la fortaleza del Coyotepe, donde estuvo varios días sometido a torturas sin fin, a fusilamientos simulados y a golpes de tanta gravedad que le dejaron varios huesos del cuerpo rotos, incluso la nariz. La señal de ese atropello la conserva todavía.

Otro viejo amigo mío detenido en el Primer Batallón era Gabriel Urcuyo Gallegos, abogado egresado como yo de la Universidad Nacional Autónoma de México, y primo hermano de la esposa del actual presidente de la Dinastía, Luis Somoza Debayle. Este providencial parentesco evitó que lo torturaran; pero no las continuas amenazas de muerte y el trato de la más brutal cárcel que ha conocido Nicaragua.

¿Su culpa…?

La culpa radicaba en haber hablado con el infatigable Rigoberto López Pérez, que le preguntó durante una visita a la ciudad de Rivas en el mes de mayo de 1956 si por su finca (cercana a la frontera con Costa Rica), se podían introducir armas a Nicaragua. Gabriel Urcuyo contestó que no existía tal posibilidad.

Pero había hablado con López Pérez, y aunque nadie lo acusaba con otra prueba que no fuera la simple plática, eso fue suficiente para animar a la familia Somoza a llevarlo a un juicio como el que estaba montando.

Además de Frixione y Urcuyo, recluyeron en el Primer Batallón a muchos otros, que fueron absueltos o puestos en libertad después de haber sido sometidos a toda clase de investigaciones a base de técnicas extranjeras y artefactos de construcción casera, en la forma más atropellada que se pueda imaginar.

Al final, las sentencias de la mayor parte de los indiciados no bajaron de los cinco años de prisión. Unos por haber oído decir que se planeaba un atentado a Somoza, otros por haber aceptado tomar parte en un proyectado motín que debía estallar en León, aunque sin saber que se atentaría contra la vida del Presidente, y otros, los menos, por haber escuchado de López Pérez lo que se proponía hacer él solo, y personalmente.

Había implicados absolutamente inocentes como el doctor Enrique Lacayo Farfán; persona que cuando se les dijo del atentado, no creyeron, como el estudiante Tomás Borge y los doctores Emilio Borge y Alonso Castellón, y otros que a pesar de haber sostenido conversaciones sobre el tema, nunca llegaron a dar colaboración, como Cornelio Silva y Ausberto Narváez.

Había personas como el doctor Enoc Aguado (condenado a 9 años de presidio), cuya participación se redujo a escuchar lo que decía su ahijado Edwin Castro Rodríguez de un viaje a El Salvador, donde supo que se planeaba algo contra Somoza.

Y frente a eso, siempre como una antítesis vital y permanente, el hecho de que todas las declaraciones que implicaban a los reos, habían sido sacadas a la fuerza, con lujo de perversión y sevicia, con una brutalidad que vista después, a la distancia, hacía dudar a los mismos interrogadores sobre qué sería verdad y qué sería mentira.

En el juicio mismo, cuando el proceso se abrió al público durante el Consejo de Guerra, se vinieron abajo varias versiones y se desmintieron algunas declaraciones. Todos los acusados, con excepción de dos que huyeron el mismo día de los hechos, demostraron haber sido capturados mientras dormían, ajenos totalmente al suceso del cual, en el peor de los casos, no tenían participación de ninguna especie por la diferencia que existe entre lo que es “oír decir”, y “saber”, o tener conocimientos logrados a base de deducciones e hipótesis humanas sobre algo que “puede ocurrir”, y estar cierto de que va a “verificarse”.

Frente a esos hombres que habían sido víctimas de errores de investigación y ensañamientos policíacos, estaban los verdaderos asesinos de Somoza, que durante toda su vida construyeron el cadalso en que había de morir el Dictador.

Estaban: Óscar Morales torturando gente, Lázaro García ahorcando prisioneros, Agustín Peralta fusilando hombres desarmados, Pablito Rivas electrizando presos con magnetos de avión y matando sujetos inermes con tubos de cañería. Silva Reyes metiendo en un saco de cal a Honorio Narváez, muchacho de 15 años de edad. Estaban los que habían consumado la masacre de la mina La India, en donde dejaron sobre una carretera y expuestos a las aves de rapiña decenas de cadáveres de hombres, y también los que construían sus grandes propiedades con dinero robado y extendían sus fincas haciendo pasar simplemente las cercas piratas por sobre las pequeñas heredades de los campesinos nicaragüenses.

Somoza había sido su imagen y su ejemplo. Su Maestro. El maestro que ordenaba exhibir películas pornográficas en los cuarteles aledaños al palacio presidencial y que destruía las leyes eliminando presidentes y permitiendo que los funcionarios se enriquecieran, aunque no con el mismo ritmo que él.

Cuando un ingeniero, muchacho pobre e hijo de digna familia, logró en un puesto público tanto dinero que pudo construir una casa de 500,000 córdobas en seis meses de “trabajo”, Somoza, invitado a la inauguración de la residencia situada a la salida misma de Managua, le dijo:

­—Ve, hijo: cuando se come gallina, hay que esconder las plumas y no venir a echarlas a media carretera.

¿No era acaso un maestro…?

A Somoza lo mataron porque él había matado. ¿No es esto lógico y suficiente…? Alguien tenía que hacer eso, medirlo con la misma vara con que había medido a tantos, y él lo sabía muy bien porque un mes antes de su muerte, dijo en un discurso pronunciado en la ciudad de Granada, haciendo referencia a su nueva candidatura:

—Estoy con las botas puestas, y solo me las quito en la Casa Presidencial, o en el cementerio…

¿De qué se extrañaban, pues, sus angelicales sicarios…?

Del proceso mismo se desprende que Rigoberto López lo buscó en Managua, en Panamá, en los corrales de San Jacinto, hacienda histórica nicaragüense donde en septiembre de 1856 se libró una batalla contra los filibusteros de William Walker, que Nicaragua conmemoró en el mismo mes de 1956 en que murió Somoza, y que por fin lo acorraló en León. Constaba que el mismo día que logró dar finalidad a sus propósitos, horas antes, había estado cerca de él buscándolo incansablemente en la gran convención del Partido Liberal Nacionalista que lo eligió candidato.

López Pérez era un muchacho totalmente desvinculado de los que habían luchado contra Somoza; era un hombre nuevo que vivía en El Salvador y que no se dedicaba a actividades políticas del viejo estilo. Un escritor que pensó hacer lo que hizo, blindado dentro de su magnífica soledad, impulsado por algo que llevaba dentro, él solo. Para echarlo fuera no tuvo necesidad de pedir ayuda ni colaboración. Los hechos mismos demuestran que esa es la verdad.

El porqué de su muerte y el porqué de la muerte de Somoza, quedan explicados en una anécdota que se guarda del mismo día en que ocurrieron ambos hechos.

Por las calles empedradas y viejas de aquella ciudad vestida de gala con la llegada del presidente, desfilaban como de costumbre en esa clase de fiestas “cívicas” nicaragüenses multitud de borrachos.

Allí el abstemio López Pérez, al observar el espectáculo mientras se encontraba sentado en las bancas de un parque, dijo:

—-Poco tiempo le queda a ese bandido para seguir envenenando a nuestro pueblo.

Porque uno de los renglones principales de las rentas públicas de Nicaragua durante el gobierno de los Somoza, radica en el expendio del alcohol, y además de la gestión pública administrativa que ha efectuado la Dinastía en este asunto, explota en lo privado el negocio, controlando las principales destilerías y fabricando la mayor parte del alcohol de caña que se consume.

López Pérez había vivido la tragedia de su pueblo sometido a una explotación degradante de esa naturaleza, y, como es natural y lógico pensar también, conocía todos los múltiples aspectos del gobierno inmoral que no daba cuartel a vidas y hacienda.

Una idea de su decisión y de la forma en que había madurado sus propósitos puede hallarse en los párrafos siguientes tomados de una carta suya, escrita a su madre antes de partir de El Salvador, en su irrenunciable búsqueda de Somoza.

Aunque usted nunca lo ha sabido, yo siempre he andado tomando parte en todo lo que se refiere a atacar el régimen funesto de nuestra patria, y en vista de que todos los esfuerzos han sido inútiles para tratar de que Nicaragua vuelva a ser (o sea por primera vez) una patria libre, sin afrentas y sin manchas, he decidido aunque mis compañeros no querían aceptarlo, tratar de ser yo el que inicie el principio del fin de esta tiranía.

Si Dios quiere que perezca en mi intento, no quiero que se culpe a nadie absolutamente, pues todo ha sido decisión mía.