Capítulo XX: La eficacia diabólica

Los Somoza saben que hay una tortura efectiva y otra ornamental; que un golpe descargado en la cara, por ejemplo, duele tanto como el aplicado en el estómago, Y mientras el primero deja una huella visible por algunos días, los rastros del segundo quedan en la profundidad de las vísceras.

Pedro Joaquín Chamorro

Ya he descrito cómo el método de investigación de los Somoza es una mezcla de elementos científicos importados, con viejas prácticas medievales, porque como en los antiguos castillos, las habitaciones privadas de la familia sirven de cámaras de tormento.

Pero hay algo más, una determinación que complementa la eficacia diabólica del sistema, basada en el conocimiento de que se puede torturar a un hombre y hacerle sentir la mayor cantidad de dolor posible sin dejar en su persona huellas de ninguna clase. Las efusiones de sangre, las cicatrices evidentes a la vista y la lesión epidérmica, por así decirlo, están generalmente proscriptas, porque son elementos que pueden obstaculizar los resultados favorables de un juicio, volver dudosas, sin necesidad de un examen profundo, las declaraciones de un acusado confeso.

Los Somoza saben que hay una tortura efectiva y otra ornamental; que un golpe descargado en la cara, por ejemplo, duele tanto como el aplicado en el estómago, Y mientras el primero deja una huella visible por algunos días, los rastros del segundo quedan en la profundidad de las vísceras.

¿Cuál de los dos será más efectivo para obtener una confesión falsa…? Los sicarios somocistas recurren desde hace algún tiempo al tipo de tortura que logra un máximo de sufrimiento sin dejar huellas aparentes sobre la anatomía del individuo, han descubierto el papel determinante de los nervios deshechos sobre la voluntad del prisionero, y el poder receptivo de una mente ablandada por la falta de sueño, para aceptar cualquier fórmula de culpabilidad. Saben que el dolor físico no depende ni cuantitativa ni cualitativamente del instrumento que lo provoca, porque a veces resulta más dolorosa la presión de una mano aplicada sobre un músculo neurálgico, que el espectacular puñetazo dado sobre la caja del cuerpo.

Esta evolución de la tortura visible por la tortura que no deja huellas, tiene su origen en las brutales represiones de abril de 1954. En esta época los Somoza tuvieron que retrasar cerca de siete meses el Consejo de Guerra que debía juzgar a los sobrevivientes de aquellas matanzas porque estos sobrevivientes conservaban huellas bien evidentes del tratamiento… y el retraso del juicio provocaba la continua agitación política. Cicatrices que no habían cerrado completamente, costillas que no habían sanado, dientes que tuvieron que ser repuestos tras paciente labor de un odontólogo del Ejército, personas que evidentemente denunciarían sin hablar las torturas, y que no podían ser llevadas en esas condiciones a una sala de justicia donde la entrada para periodistas nacionales y extranjeros era libre.

Fue para los Somoza una magnífica experiencia porque después, en 1956, lograron con fines idénticos todo cuanto se habían propuesto, pero sin retrasos elocuentes ni incidentes molestos.

Esta vez los hombres que comparecieron ante el tribunal, aunque pálidos y delgados, tenían sus dientes completos, indemnes sus costillas, y no presentaban cicatrices de ninguna especie… pero habían sufrido lo mismo; eran la obra del “Cuarto de Costura”.

Porque los músculos “tetanizados” que conocen los científicos, debido a un esfuerzo sobrehumano que provoca dolores inaguantables, o las articulaciones descoyuntadas por un doloroso tratamiento a base de posiciones imposibles, sólo hubieran podido mostrar sus huellas, mediante la disección de los músculos y tendones afectados.

El estar por ejemplo inclinada la parte superior del cuerpo, formando con el tronco un ángulo de 45 grados, al mismo tiempo que se obliga a poner a la víctima la frente apoyada contra la pared durante dos horas enteras, no solamente produce un dolor que llega hasta el desmayo, sino que distiende músculos, traumatiza huesos del cráneo y de la columna vertebral, altera prácticamente el esqueleto y deja, por la presión producida mediante el peso de la mitad del cuerpo sobre el cerebro, una sensación total de ausencia, un caos en la personalidad muy difícil de describir.

El permanecer en cuclas ­”culiche” llaman a esto los militares­ es decir, haciendo gravitar todo el peso del organismo sobre las rodillas y músculos de las piernas por tiempo indefinido, causa la llamada “tetanización” con dolores parecidos a los que se obtenían (más rápidamente por cierto) en el famoso “potro” usado en la antigüedad, especie de rueda gigantesca que al ir girando descoyunta las articulaciones y estira brutalmente los músculos.

Es el mismo principio, solo que los antiguos no intentaban ocultar la existencia del “potro”, porque sus nociones de ética eran más rudimentarias.

Los torturadores de hoy han evolucionado hacia una manera de hacer sufrir lo mismo sin que alguien pueda acusarlos de tener en sus cárceles o en sus casas un instrumento como el descrito. En otras palabras, tales métodos modernos para la “extracción” del sufrimiento tienen como todo lo nacido en nuestro siglo una simplicidad que disfraza y confunde, al mismo tiempo que solo deja rastros significativos para un especialista y con los cuales bien se puede engañar a la generalidad de la gente.

Es la diferencia de siglo que existe entre el anteojo de marco (ya casi se puede decir antiguo) y el lente de contacto; ambos cumplen con el mismo cometido, pero uno se ve, y el otro no. Es la distancia que ha puesto la ciencia entre la cosa brusca que se palpa y lo que casi no se ve, pero que existe con la misma realidad y desempeña el mismo fin de lo visible; así, la aguja hipodérmica de acero, visible y fría, ha sido sustituida por el método moderno que permite introducir en el cuerpo el líquido impulsado a presión, sin que la jeringa que lo lleva esté adornada del acero perforante.

La tortura también ha avanzado, y el progreso del régimen de los Somoza en Nicaragua se puede medir por la sustitución consciente que han hecho de un método anticuado que dejaba huellas visibles, por uno moderno que produciendo las mismas unidades de dolor físico que el antiguo, coloca a las víctimas en la difícil situación de tener que dar una explicación prolija de lo ocurrido, para justificar su propia caída. Hasta allí llegó la eficacia diabólica de la investigación somocista: haber descubierto una especie de trágico judo, que aplicado sin límite de tiempo y en cámara lenta, es tan destructor del cuerpo humano como poco espectacular.

Los hombres que trabajan en el laboratorio de los Somoza saben que cuando introducen a un cliente dentro del “pozo” para que sufra la desesperación de la asfixia, o cuando le descoyuntan brazos y piernas en los suplicios del “Cuarto de Costura” no quedan huellas visibles del sufrimiento.

Además, los tratamientos de esta clase van siempre acompañados del debilitamiento sicológico del paciente, circunstancia que no puede medirse en modo alguno.

¿Qué termómetro hay para señalar hasta dónde llegó el sufrimiento de los que vivieron durante meses en la jaula de los leones…? ¿Quién puede decir lo que sufre un hombre, solitario en un oscuro sótano, amenazado e insultado, mientras el recuerdo de una legión de asesinados ronda el silencio de la noche…? ¿Y las penas que degradan la dignidad del ser humano…? ¿La desnudez, el hambre, el mal trato…?

¿Y el pensar que uno es menos que un animal, y que su vida o existencia futura depende de la voluntad de una familia llena de odio y deseosa de tomar venganza de sus enemigos…?

Yo llegué a concretar mis ideas acerca de la totalidad del sistema investigatorio de los Somoza cuando pude comunicarme con mi familia y conté lo que me había pasado.

Ese mismo día fui sacado de mi celda en calzoncillos y urgido por la voz de un oficial que gritaba:

­Vamos, ligero, ligero, ¡vos! ­señalando hacia mí.

Salí frente al bello escenario de la loma de Tiscapa. Casi en la oscuridad tropecé con la silueta de Lázaro García… ¡Lázaro! El que había colgado de los testículos a Bayardo Ruiz, el ayudante de Anastasio Somoza Debayle, el hombre que acosaba durante las interminables horas de tortura a la mayor parte de los prisioneros. Alto, atlético, blanco, siempre con anteojos negros. Su gordura lo hacía aparecer más viejo, aunque no tenía más de 35 años. Es primo segundo de los hijos del Dictador por la línea materna, y este tenue y borroso parentesco él procuró mantenerlo siempre vibrante con lealtad de sicario.

Lázaro gritó:

–¿A quién le dijiste vos que te habían torturado?

Respiré profusamente y junté las manos al cuerpo tembloroso. Recordé las escenas pasadas en compañía de mi madre, de mi esposa, de mi primo, de mi abogado que me había dicho: “No estás solo”, y gritando también contesté resueltamente:

–A mi abogado.

–¿Y qué le dijiste…? –replicó Lázaro instantáneamente, mientras su cuerpo se encogía en la noche como dispuesto a saltar sobre la presa.

–Lo que vos me hiciste –contesté.

Entones vi con sorpresa que Lázaro, el del borroso parentesco con los Somoza, no saltaba sobre mí, sino que se retiraba despacio dando pasos cortos y lentos. Parecía estar asustado, reflexionar sobre mi contestación que él no esperaba y darse cuenta de que algo fallaba en el sistema.

–Esto que está estás haciendo es grave –me dijo simplemente. Y cuando yo le repetí que era verdad, su figura corpulenta se deshizo, se desvaneció de mi presencia y se fue sin replicar una palabra.

Salí de mi asombro cuando el oficial de guardia que me acompañaba ordenó mi vuelta a las celdas, y comencé a darme cuenta cabal de lo que había sucedido, cuando la puerta de hierro tapiada de madera se cerró nuevamente.

El sistema cuidadoso de no dejar huellas físicas visibles había sido observado puntualmente, pero el proceso estaba dando comienzo y tanto mi entrevista con la familia como la última con Lázaro, delataban en mí la intención de explicar lo ocurrido.

¿Cómo podían ellos evitarlo…?

Más tarde supe que esa misma noche Anastasio Somoza Debayle movilizó a sus agentes para encontrar a un familiar mío con objeto de entrevistarse con él y discutir sobre “mi caso”. Primero negó que me hubieran torturado. Después, ante el acopio de datos expuestos por mi familia, admitió que era así, pero no tanto, y luego hizo un análisis de lo que para él significaba la tortura, como dando a entender que esto consiste únicamente en arrancar lenguas, quemar ojos o meter finas agujas al rojo vivo debajo de las uñas.

Sin quererlo, descubrió los axiomas en que se basa el método diabólico de investigación que usan sus esbirros, provocar todo el dolor posible sin dejar huella, de modo que el sufrimiento mismo no pueda ser una prueba favorable al detenido, un testimonio documental escrito en su cuerpo.

Somoza Debayle pidió, además indignamente que yo no relatara a la audiencia la verdad de lo ocurrido, y como se lo negaron, despidió desabridamente a su visitante, diciéndole que también él estaba en peligro.

Más tarde envió a decir a mi abogado:

–“Que sepa si va a hablar de torturas, que luego sabrá cómo son”.