Confidencial

Capítulo XXI: El doctor Lacayo Farfán

La tumba es oscura, caliente y hedionda; su única puerta da a un patio de tierra. Dos meses estuvo allí el Dr. Enrique Lacayo Farfán.

Pedro Joaquín Chamorro

En la audiencia pública pude hablar por primera vez, desde que nos separaron en el “galillo” de la Tercerda Compañía, con el doctor Enrique Lacayo Farfán. Me cogió de las manos, trémulo y excitado como para transmitirme su emoción y mirándome a través de sus ojos enrojecidos, suplicó:

–­¡Pedro, jurámelo, por favor! Si salís libre de aquí, no permitás nunca que mi hijo varón viva en Nicaragua.

Enrique Lacayo Farfán tenía entonces cerca de 50 años; era uno de los profesionales (y lo seguirá siendo) más respetados de Nicaragua, y la gente lo quería con ese cariño pegajoso de que se hace objeto al médico de provincia, no porque él fuera eso, sino porque Nicaragua es precisamente una provincia.

Había seguido cursos de especialización en el Hospital Santo Tomás de Panamá y después en Chicago. Tenía una extensa clientela y su desinterés por la gente de escasos recursos económicos lo hizo encontrar un buen lugar en el corazón de esta.

Su pelo se había vuelto canoso por el sufrimiento, y sus rasgos, desencajados por las torturas y privaciones, daban a su fisonomía una impresión de gravedad que guardaba penosa armonía con sus ademanes siempre pausados.

Cuando me hizo aquella patética y sorprendente súplica, sentí que la misma me colocaba a la orilla de un profundo abismo.

­¿Qué le podía haber pasado para hacer una recomendación de esta especie…?

–¡Hermano, hermanito … fue horrible!– ­me explicó.

Las lágrimas de sus ojos hicieron saltar las mías. La convulsión de todo su organismo contagió mis manos, y un intenso calor nos envolvió a los dos, unidos en un abrazo. ¿Qué le había pasado…?

Su historia intensa y espantosa resumía, desde la aplicación sistemática y constante de todas las torturas por el largo término de un mes, hasta el increíble sadismo de haber sido alojado durante dos meses más en una celda del tamaño de una tumba. Había comenzado con una frase dicha de soslayo en el salón principal de la Casa Presidencial por un hijo ilegítimo de Somoza, José, para concluir confinado y solo en el estrecho local a que me refiero.

La frase fue:

­¡Allí va el futuro Presidente … ! ­y se produjo cuando llevaban a Enrique con una muleta que usaba a consecuencia de la fractura del fémur en un accidente de automóvil, a declarar ante Anastasio Somoza Debayle. Quien la dijo estaba reflejando el temor que todos los miembros de la familia dinástica tenían a un hombre cuyo único capital político estribaba en la honradez a toda prueba y en una popularidad bien ganada con el trabajo y el sacrificio: era lo opuesto a la Dinastía, el hombre-­símbolo que con una sola actitud podía ser factor importante en la destrucción de los tiranos; y por eso, porque las Dinastías están pendientes de los posibles sucesores advenedizos, había que deshacerlo, que desintegrarlo.

¿Qué mejor ocasión para lograr este objetivo que la muerte de Somoza…? ¿Cuándo iba a presentárseles la oportunidad de encontrar un motivo más grande que ese…?

Lo metieron en el “Cuarto de Costura”, y así comenzó su batalla contra la Oficina de Seguridad, contra el guardaespaldas personal de Somoza, el norteamericano Van Winkle, contra los altos jefes del Ejército que lo interrogaban muchas veces, y desde luego contra el mismo Anastasio Somoza Debayle. Lámparas incandescentes, el pozo asfixiante, esposas, constantes golpes, pláticas interminables con los sicarios que pasaban de la pose cariñosa y sentimental a la brutal y primitiva: falta de comida, falta de sueño y por último … la tumba.

Yo conocí esta tumba durante solo 24 horas. Es una celda a la cual los genízaros del destacamento del Primer Batallón llaman “La Chiquita”. Está ubicada debajo del comienzo de una escalera de concreto y de tal modo construida, que la persona sepultada en su seno solo puede permanecer acostada. Es triangular, de modo que los pies del prisionero (estando un hombre en posición horizontal) tocan el cielo raso de la parte extrema que va subiendo hasta la altura de la cabecera, desde donde se puede alcanzar el mismo cielo raso con solo levantar un poco los brazos. La tumba es oscura, caliente y hedionda; su única puerta da a un patio de tierra. Se abre solamente tres veces al día, durante el tiempo suficiente para hacer llegar al prisionero la comida.

Dos meses estuvo él allí, y otros tantos permanecieron el doctor Alonso Castellón y Cornelio Silva Argüello, quienes ocuparon una celda gemela, idéntica. Dos meses sin luz, sin aire, sin el reflejo siquiera del sol. Sesenta días interminables que lo pusieron más demacrado y lo volvieron más enfermo, hasta el punto de provocar lágrimas en los ojos de los compañeros que de vez en cuando lo veían pasar de lejos a la sala de guardia, donde le daban pastillas de namuron para dormir.

Pero eso no fue nada, porque entre “la tumba”, cuyo aspecto recordaba los sepulcros judíos a que aluden los pintores bíblicos en las escenas de Lázaro Resurrecto, y la elegante residencia de los Somoza, donde Enrique fue huésped en un baño por más de mes y medio, hay todavía diferencia.

Lacayo Farfán, más que nadie, vivió esa intimidad de Anastasio Somoza Debayle, sobre la cual he hablado en capítulos pasados. Desde el baño podía oír sus conversaciones, recibía sus visitas, y entre tortura y tortura se le presentaba a veces con extraños síntomas de arrepentimiento por todo lo que había ordenado hacerle.

Los visitaba, no a interrogarlo, sino a dejarle un saludo; le contaba cosas suyas; le obsequiaba un cigarrillo o se iba de pronto sin despedirse, para enviar luego a sus sicarios a que le impidiesen fumar y tornaran a torturarlo.

Cuando lo metieron al pozo y Enrique se rindió al fin largos tormentos, diciendo una cosa falsa, lo llevaron a su presencia totalmente inflamado y goteando de los cabellos el agua innoble que minutos antes había estado a punto de asfixiarlo. Allí, frente a las lágrimas coléricas del hombre torturado, impotente y deshecho, Anastasio Somoza Debayle, erguido sobre los brillantes mosaicos de su palacio, cerró la sonrisa artificial que siempre abre su rostro y, cogiendo a Enrique de las manos, lloró también y le dijo:

–Quique, voy a ordenar que ya no te sigan haciendo eso. Y no te voy a inculpar más por la muerte de mi padre.

A Enrique nadie le decía “Quique”, y nadie pudo probarle tampoco en el juicio que siguió después conexión alguna con la muerte de Somoza; pero a pesar del apelativo cariñoso y de las lágrimas del jefe del Ejército de Nicaragua después de terminada esta entrevista, lo volvieron a torturar, y durante el proceso lo encasillaron con saña y perversión en el lugar de los “cómplices”, por el delito de asesinato en la persona del presidente.

Anastasio Somoza Debayle llegaba al baño de su casa, donde guardaba al prisionero. Unas veces ceñudo y frío, dejaba escapar con naturalidad las frases crueles de su genio ordinario: amenazaba, gritaba y ordenaba nuevas sesiones de tortura. Otras veces se presentaba humilde y sencillo como un muchacho de colegio, y decía al preso:

–Quique, platiquemos un rato, yo no te malquiero.

Desdoblaba su personalidad, despeñándola un día en los síntomas bien definidos de la soberbia y de la ira, se presentaba con toda su aureola de hombre poderoso e invencible, hablando más con frenético placer que con naturalidad, de matar y de ordenar torturas, o llegaba abatido y triste, en un digno papel de hijo ofendido, o de huérfano desgraciado.

Cuando adivinaba que alguien, moralmente sano, estaba dudando de su propia formación ética, se volvía moralista; pero sin sospecha que su interlocutor, así fuera el más humillado prisionero, ponía en cuarentena sus arrestos de hombre, representaba todas las escenas del heroísmo.

Enrique lo vio más que nadie, pero todos lo conocimos en alguno de esos extraños síntomas que fuimos luego complementando en pláticas recíprocas hasta llegar a formar el cuadro general de su personalidad.

De los días de abril de 1954 recuerdo una frase suya que revela el aspecto negro de esta, y de una fiesta en que me tocó estar con él hace ya muchos años, otra que le sirve de antítesis.

En abril, cuando las fuerzas de represión del Ejército estaban todavía fusilando gente en los cafetales de Diriamba, un nicaragüense anónimo que se hallaba en “capilla”, preso en el cuartel de las Cuatro Esquinas, vio al coronel Somoza Debayle entrar al sitio. Lo oyó dirigirse frenético al jefe del destacamento que era el mayor Agustín Peralta, para preguntarle señalando a los presos:

–¿Y esos… qué hacen allí todavía…?

–Consulté y me dijeron que ya no más ­–dijo el mayor.

Entonces el hijo del tirano que gobernaba Nicaragua, se levantó sobre los talones, agarrotó las manos con furia y gritó como poseído de un espasmo de locura:

–¿Por qué, por qué? Si ya dijo mi papá, ¿para qué andás consultando?

Se trataba de la pena de muerte, de una pena que no existe en los códigos del país, pero que se aplica con la naturalidad más grande, no únicamente a los “delincuentes” políticos, sino a los prisioneros llamados comunes. De una pena que ha poblado de cadáveres los campos aledaños al Fortín de Acosasca de León, en donde ciudadanos humildes, unos acusados de haber levantado las manos contra la autoridad y otros, quizá efectivamente convictos de haber efectuado un robo, son pasados por las armas sin más trámite que la orden presidencial dictada por teléfono al comandante del lugar.

Ya había dicho “su papá” que los mataran… ¿para qué volver a consultar…?

La otra frase que recuerdo de él y que sirve de antítesis, como digo, a la parte negra de su personalidad, fue, más que una frase, una confesión formulada cuando él y yo todavía nos dirigíamos la palabra.

–Acabo de venir de los Estados Unidos –­dijo­–. ¡Qué bendición es allá la democracia, la paz y la libertad…!

Después de perdida la batalla, el doctor Enrique Lacayo Farfán tuvo que decir lo que pretendían los Somoza: que el coronel Lizandro Delgadillo, jefe de la plaza de León, ciudad donde Rigoberto López Pérez dio de balazos al presidente, había aceptado una proposición revolucionaria de parte del doctor Lacayo Farfán.

Más concretamente: que Lacayo Farfán había preguntado a Delgadillo si participaría en un movimiento revolucionario contra el Gobierno, y que el militar le contestó: “Si es una cosa seria, sí”.

El doctor Lacayo Farfán rindió esa declaración que después desmintió; pero volvió al tormento… y tornó entonces a dar la misma declaración. Este afirmar y negar se repitió infinidad de veces y sus extremos oscilando como un péndulo entre la verdad y la mentira, se fueron alejando en el tiempo cada vez más, porque llegó un momento en que los restos de aquel hombre que había luchado heroicamente durante varios meses, ya no podían rectificar la mentira, sino solo aceptarla.

Entonces llevaron al médico ante el militar a quien acusaban con su testimonio, y se produjo un dramático careo entre dos antagonistas, pero víctimas del mismo sistema: uno opositor; el otro somocista.

Delgadillo había sido presidente del Consejo de Guerra que juzgara a Lacayo Farfán en el año de 1954; Lacayo Farfán había sido condenado en ese año por Delgadillo y cuatro jueces militares más, a una pena de 32 meses de destierro. Delgadillo había vivido al amparo del régimen de Somoza toda su vida; Lacayo Farfán siempre en la oposición a la dictadura. El militar sabía bien que las investigaciones ordenadas por la familia Somoza se hacían a base de torturas; Lacayo Farfán había sufrido esas torturas…

El coronel representaba toda la era de los Somoza, sometida ahora a una aguda crisis por la muerte violenta de quien le servía de cabeza; el médico representaba todo lo contrario: la lucha diaria y constante de la gente decente y limpia contra el régimen de latrocinios y asesinatos. Entre uno y otro había un abismo, un abismo que fue salvado por la fuerza de los que mandaban, dispuestos a hermanar en un mismo sufrimiento, aun lo que fuera más contradictorio, con el objeto de colmar sus deseos de primitiva venganza.

En el expediente de la Corte, está el careo.

P.- Doctor Enrique Lacayo Farfán, dígame usted si conoce a la persona aquí presente que le señalo…

R.- Sí señor, coronel Lizandro Delgadillo.

P.- Coronel Lizandro Delgadillo, dígame si conoce a la persona aquí presente que le señalo.

R.- Sí señor, doctor Enrique Lacayo Farfán.

P.- Coronel Lizandro Delgadillo, diga usted si entre los días 10 y 13 de julio en el Hospital General de esta ciudad, con el doctor Lacayo Farfán habló de un movimiento subversivo en contra del gobierno de Nicaragua…

R.­ No señor, el doctor Lacayo Farfán ni siquiera jamás se ha atrevido a hablarme de política, mucho menos de movimientos subversivos; si él lo dice, es a sabiendas de que está mintiendo, y lo emplazo a que me pruebe su aseveración.

P.- Doctor Lacayo Farfán, diga usted si después de hablarle al coronel Delgadillo de un movimiento subversivo contra el gobierno de Nicaragua, le dijo Delgadillo a usted que si el movimiento subversivo contra el gobierno triunfaba contaría con su colaboración…!

R. Sí señor.

Los Somoza estaban ganando la partida. Su ánimo de venganza no solo se extendía hasta las personas de oposición al régimen y a los posibles peligros para la sucesión dinástica, como el doctor Lacayo Farfán. También querían hundir a Delgadillo simplemente porque era el jefe de la Plaza de León, el sitio donde balearon a su padre. Debía este de pagar un posible descuido; tenía que comparecer a juicio, y era indispensable encontrar pruebas en contra suya. Estas se buscaron afanosamente durante la investigación, como lo demuestra el proceso, en donde casi no hay una página en que no figuren preguntas acerca de Delgadillo.

Por fin encontraron la gran coincidencia, el formidable hallazgo que les permitía juntar en una sola cosa a dos hombres que eran un estorbo para ellos… ¿Por qué no hundirlos juntos…? Y juntos los hundieron.

Pero la vida tiene también sus juegos engañosos aun para los tiranos, que siempre piensan tenerlo todo y a la postre ven deshacerse con el viento los castillos de naipes que construyen.

Porque la historia no terminó allí, sino que continuó adelante por otros caminos hasta demostrar con base en esas coincidencias que destruyen los crímenes perfectos la inocencia de los dos inculpados.

Fue una circunstancia curiosa de dolor y muerte la que sirvió para establecer el verdadero contenido de la plática habida entre el doctor Lacayo Farfán y Delgadillo, tergiversada por los Somoza con el propósito premeditado de hacer aparecer a dos hombres como conspiradores.

Porque médico y militar habían hablado, efectivamente, pero lo habían hecho en público, en los instantes mismos en que el doctor se encontraba atendiendo a una niñita moribunda en el Hospital General de Managua, y el militar entraba en ese mismo centro de salud con un hijito suyo, en los últimos estertores de la agonía.

La niña se llamaba Maritza Solórzano, y su tragedia, ligada por arte de la Providencia al hombre que atendió sus últimos momentos, sirvió para establecer la verdad de la plática. El doctor Lacayo Farfán le había atendido un día y una noche completos. La niña murió al día siguiente a las tres de la tarde, un 13 de junio, y a la hora en que el médico se retiraba del Hospital, desconsolado por el desenlace que le afectaba también como íntimo amigo de los papás de Maritza, se encontró en las puertas de la sala de operaciones con el coronel Delgadillo que llevaba a su hijo de 15 meses de edad moribundo y con una máscara de oxígeno.

Lacayo Farfán se acercó a saludarlo compadecido de su tragedia y lleno de dolor por el desenlace fatal ocurrido a la enfermita amiga de su familia; se olvidó de que Delgadillo lo había juzgado y condenado una vez, sentado en la presidencia de un Consejo de Guerra; hizo a un lado los dos años de prisión que por culpa de esa sentencia había padecido, y lo saludó preguntando por el niño.

El militar correspondió agradecido al saludo y todos los médicos presentes testificaron después cómo había ocurrido la famosa entrevista… ¿Quién iba a hablar de revoluciones frente al cadáver de una niña, y del cuerpecito agonizante del hijo de quien tenía que dar contestación al movimiento subversivo?

Solo la mente siniestra de los Somoza, ausente de toda clase de sentimientos profundos, como el de la muerte (cuando no les toca a ellos), pudo aprovechar esa plática trágica para intentar hundir en una sola intriga a dos hombres totalmente distintos: el que les había servido lealmente durante 20 años y el que lealmente también los había adversado durante el mismo lapso. La crisis sicológica sufrida por el doctor Enrique Lacayo Farfán después del careo con el coronel Delgadillo lo puso al borde de la locura, porque hay que imaginar lo que significa para un hombre cuyo único capital es la honradez, verse forzado por el sufrimiento y el terror a la mentira como único camino para salvar la existencia.

Después, cuando los Somoza no tuvieron más remedio que sacarlo a luz y terminó el aislamiento a que lo tenían sometido por temor de que rectificara, como tantas veces lo había intentado, Lacayo Farfán dio muestras de la viva honradez de su alma y de la angustia que le provocaba la situación. En las mesas mismas del salón en que se reunía el Consejo de Guerra, escribió en mi presencia una carta al arzobispo de Managua, monseñor Alejandro González y Robleto, cuyo texto reconstruido en lo fundamental a la memoria, decía:

“Monseñor:

Sirva la presente para declarar ante usted como si fuera en la presencia misma de Dios, a quien llevo en mi corazón, que todo lo que yo he dicho acerca del coronel Lizandro Delgadillo en el juicio que se me sigue, es falso. Le ruego utilizar esta carta una vez que yo haya sido sentenciado, porque no quiero que vayan a decir después que la hice así, para favorecer a mi persona. Hoy nos permitieron un sacerdote para que nos confesara y diera la comunión: a él y a Cristo les he dicho lo mismo. Soy inocente de todo lo que me acusa”.

Enrique hizo la carta, logró enviarla al arzobispo y lloró luego amargamente. Frente a su postura de hombre cristiano y honrado se levantaba la imagen de los Somoza, destruyendo hasta lo más caro que tiene el hombre, no la vida ni la hacienda, sino el honor mismo.

La venganza de esa familia, a pesar de todas las demostraciones hechas en el caso del médico, fue tan implacable, que su condena no bajó de los 9 años de prisión, pero, eso sí, le dejaron la satisfacción de ver cómo se salvaba el militar, a quien nunca pudieron hacer siquiera un proceso.

A Enrique lo acusaron también con testimonio falso, proporcionado por un muchacho llamado Pablo Dubón, al cual me referí en el capítulo del jardín de los leones. Su caso, desde un principio, estaba sentenciado, y la razón podía encontrarse sin escarbar mucho, en la frase pronunciada por el hijo ilegítimo de Somoza, José, quien al ver pasar al médico rumbo al “Cuarto de Costura” en los comienzos de la investigación, había dicho, como ya lo he referido:

­¡Allí va… el futuro presidente… !