Capítulo XXV: Frente a la muerte

Desde su más remota infancia, Edwin Castro Rodríguez había sentido en su familia la persecución de la dictadura. No había en su cara pánico ni cólera… el muchacho cayó al suelo jadeante y con los ojos altos, lleno de una dignidad y un valor que se traslucían con expresión natural en las facciones de su rostro.

Pedro Joaquín Chamorro
Foto: Portada del diario La Noticia, del 19 de mayo de 1960, reportando la ejecución de Edwin Castro Rodríguez, Ausberto Nárvaez y Cornelio Silva Argüello, en los patios de la cárcel La Aviación.

De la cárcel al Campo de Marte nos llevaban todos los días divididos en dos grupos. Uno viajaba en un camión del Ejército cubierto con una capota de lona que se levantaba con el viento, y otro era introducido en el asfixiante “chischil”, que rodaba por la carretera haciendo rechinar toda su carrocería.

Cuando las audiencias terminaban, se desalojaba la sala en que estaba la “chusma”, un rato después nos sacaban al patio del cuartel para subir, ya de regreso, a los vehículos.

A veces esperábamos bastante tiempo solos, sentados en las sillas de metal, frente a nuestras mesitas verdes, mientras los soldados cubrían las puertas de entrada al salón y el capitán preboste llamaba por teléfono a los choferes que tenían a su cargo el convoy.

Así estábamos una noche, sumidos en nuestras preocupaciones y pensamientos, comiendo algún cariñoso “sandwich” enviado por la familia y hablando del curso del juicio, cuando en una de las puertas de la sala se escucharon varios ruidosos golpes. El soldado que guardaba la entrada terció perezosamente su fusil cruzándolo sobre el pecho, y se acercó despacio a la puerta. Pero esta se abrió de pronto con sus dos hojas agitadas por un frenético impulso, como los marcos de una débil ventana, cediendo ante la fuerza de un viento huracanado. Por la puerta entró un hombre alto, fuerte, de pelo canoso y con dos brillantes estrellas de mayor del Ejército sobre una chaqueta limpia y bien planchada; detrás de él, otro, vestido de kaki y camisa blanca. Caminaron por una de las orillas de la sala mirando a los presos con ojos vidriosos y ausentes; se deslizaron, por así decirlo, rozando las paredes cadenciosamente, con el semblante pálido del que busca un encuentro.

Los escoltas se mantuvieron inmóviles, y mientras los murmullos de las pláticas de los presos se cortaban, sonaron los pasos de los dos hombres acercándose al centro de la sala. De pronto, el primero de ellos hizo un movimiento brusco de la mano hacia el tahalí reluciente de su pistola, y al mismo tiempo que accionaba el arma para montarla, produciendo un chasquido metálico y mortal en toda la sala, gritó:

—¡Te mato…! ¡Ahora sí te mato…!

Pero nadie se movió. Las facciones suaves de un muchacho que estaba sentado delante de él y a quien iba dirigida la determinante amenaza, no dejaron entrever un solo signo de temor. Incorporó la cabeza poco a poco, levantó los ojos con la tranquilidad de quien espera la muerte desde hace tiempo, y miró al militar como abstraído.

El mayor del Ejército se llamaba Luis Ocón. El muchacho que estaba frente a él, sentado en una sala de justicia que bien pudo servirle de original patíbulo, era Edwin Castro Rodríguez. El militar estaba ebrio y el muchacho tenía varios meses de privaciones y sufrimientos; uno era alto, blanco, entrecano y había servido muchos años de ayudante personal a Somoza; el otro era bajo, recio, y desde su más remota infancia había sentido en su familia la persecución de la dictadura.

El mayor levantó el arma y apuntó recto, el silencio en que estaba la sala se hizo más profundo y mientras todos decían alguna callada oración, la voz de un hombre sentado junto al muchacho, murmuró:

—Pero mayor, ¿qué le pasa…?

Entonces el militar, como volviendo en sí, por un instante, con la mirada extraviada por el alcohol y la mano en que sostenía la automática tambaleante y sin firmeza, dijo:

—No doctor, si no es con usted, doctor…

Y alejando sus ojos del doctor Enrique Lacayo Farfán, se volvió como un frenético y loco hacia Castro. Levantó la pistola y comenzó a sacudirla sobre la cabeza del muchacho con furia y con odio; cayó el arma una y otra vez dejando en su rítmico martilleo regueros de sangre, y obligando a la víctima a buscar protección entre las sillas de la sala; no corría, sino esquivaba los golpes.

No había en su cara pánico ni cólera; era la expresión de un hombre acorralado que trata de hacer su defensa sin exponerse a un peligro mayor, sin provocar al que, armado frente a él y en presencia de toda una guarnición que conoce las insignias de su uniforme, golpea impunemente sin decidirse todavía a matar.

Cuando el muchacho cayó al suelo jadeante y con los ojos altos, lleno de una dignidad y un valor que se traslucían con expresión natural en las facciones de su rostro, el militar se volvió a su ayudante y volvió a gritar:

­—¡Mi máquina, pásame mi máquina…!

Y forcejeó con su compañero un instante largo, medio minuto, quince segundos tal vez, queriéndole arrancar el instrumento y explicando que con él nos iba a “barrer” a todos. Gritaba desaforadamente, como poseído de un espasmo cruel y vengativo, mencionando nombres propios de los demás que estábamos en la sala:

­—Pedro Joaquín… Ausberto … Calderón … Pásame mi máquina, dámela, que voy a barrerlos…

La ametralladora era reluciente y nueva, en su culata tenía una placa brillante de metal con una inscripción, y por su vientre asomaba como diente mortal el magazine repleto de balas. La cogían, uno del calibre y el otro del centro, en el momento en que entró a la sala de audiencias de la Corte Militar el teniente Gabuardi, capitán preboste, que respondía por la seguridad de los presos.

Hubo dos o tres palabras entre ellos y el mayor Ocón, ayudante del difunto dictador, hijo adoptivo de él, según declaraba, y miembro del batallón presidencial, se fue por la puerta del Campo de Marte rumbo a las cárceles de La Aviación, a reclamar más presos para su venganza. Allí, en los amplios corredores del establecimiento penal, y antes de que el comandante del sitio pudiera intervenir y desarmarlo, cogió a garrotazos al preso político José María Avilés, dejándole exánime y sangrante sobre los ladrillos.

Castro no se quejó, y los demás desalojamos la sala siempre en dos grupos; uno en el “chischil” y otro en el camión del Ejército, más silenciosos y tristes que nunca.

Al día siguiente, cuando la Corte abrió nuevamente sus sesiones y el abogado de Castro preguntó al tribunal por qué no lo habían llevado a la sala, el fiscal militar, teniente Agustín Torres Lazo, se levantó de su asiento para decir con una solemnidad hueca y en tono desafiante:

—El acusado Edwin Castro Rodríguez, no puede comparecer a esta Corte por prescripción médica.