Capítulo XXVII: Batalla por la verdad

Los crímenes nunca son perfectos y siempre existen hombres que a pesar de sentir su cuerpo pereciendo en el dolor, levantan el espíritu para dar testimonio de la verdad, aún sobre las brasas de la tortura.

Pedro Joaquín Chamorro

Horacio Ruiz Solís se llama el muchacho. Es mayor de edad, casado, del domicilio de Managua y jefe de redacción del diario “La Prensa”.

Entre él y yo, más que un vínculo de trabajo existe amistad, ahondada por mi admiración al hombre que se ha cultivado solo, lejos de colegios y universidades, hijo auténtico de su propio esfuerzo, luchando siempre contra el aplastante medio somocista que ha negado la cultura al pobre.

El solo aprendió lenguas extranjeras, y sin ayuda de nadie llegó a perfeccionar su estilo de periodista limpio y sencillo, sentimental pero sereno. Apoyado en su incansable trabajo, formó un hogar y un porvenir.

No había universidades en Managua, porque Somoza suprimió la única desde el año 1944, cuando se levantó erguida y viril para denunciarlo como tirano y oponerse a su reelección; no había escuelas nocturnas porque el Gobierno, temeroso de la cultura del pueblo, siempre puso trabas para su fundación; pero el muchacho compraba libros, preguntaba, indagaba por todas partes, y fue haciendo su propia cultura y logrando una educación bien formada.

¿Por qué tenían los Somoza que meterse con él…?

Lo cogieron de su casa la noche misma del atentado; lo encerraron en la cárcel por una buena cantidad de días, los torturaron como a tantos otros, lo deshicieron, y por último lo obligaron a firmar una declaración de la cual se podía deducir perjuicio para un amigo suyo.

El amigo era yo, el director del diario en que Horacio trabajaba como jefe de redacción, su compañero de tertulias y consultas, el padrino de su hijita. Exprimieron el cerebro de Horacio en una horrorosa operación de alquimia psicológica y física dentro del “Cuarto de Costura” de la Casa Presidencial, hasta hacerlo caer como el de tantos en la inconsciencia y la locura. Pero los crímenes nunca son perfectos y siempre dejan una huella abierta, una puerta pequeña pero segura por donde salta la verdad denunciante y firme, como una espada vengadora.

Después de hacer decir a Horacio que yo había recibido la visita de Ausberto Narváez (quien supo del atentado diez días antes de consumarse) lo pusieron en libertad estrujado y triste. Pero entonces él contó lo ocurrido; narró los sufrimientos padecidos en el “Cuarto de Costura” y encontró con la ayuda de personas amigas la evidencia documental de que su dicho extraído a la fuerza jamás podía ser cierto.

Esa evidencia constaba en un número de “La Prensa”, en el cual se refería la visita de Ausberto muchos meses antes del atentado.

¿Qué podían hacer los Somoza ante esa circunstancia…?

La justicia normal rectifica, el hombre decente que busca la verdad acepta el error, el juez que no pierde de vista la sagrada misión que tiene de esclarecer las cosas, concluye su investigación. Pero los que habían prostituido la justicia hasta el punto de hacerla instrumento de su propia venganza personal, y que estrujaban la dignidad del hombre con tal de no aceptar la comisión de un error, no podía dejar las cosas así.

Horacio volvió a la cárcel, donde fue conminado severamente a que mantuviera lo dicho por la fuerza la primera vez, aun a pesar de que la verdad constaba en un testimonio escrito, apoyado en el cual había ahora una valiente rectificación. Volvió a las celdas de “La Aviación” solitario y triste, y comenzó a padecer nuevamente la fuerza brutal de los tiranos, encaminada a violentar su conciencia y a empequeñecer su alma grande de hombre luchador por una existencia digna.

La batalla por la verdad fue larga y dura, pero tuvo su desenlace cuando Horacio, llamado nuevamente al juicio por mi abogado defensor, fue presentado por quienes lo encarcelaron para acallar su conciencia.

Llegó una noche a la sala de audiencia de la Corte Militar, de cuerpo pequeño y delgado, con el semblante pálido. Se sentó fijando los ojos en la mesa que servía para declarar a los testigos, y asió con manos trémulas el micrófono que estaba trasladando sus palabras hasta donde se hallaba Anastasio Somoza Debayle.

Habló pausadamente, mientras las ventanas de la sala de justicia dejaban asomar los rostros de Óscar Morales y Lázaro García, rostros agrios y duros de los torturadores que llegaban como una extraña cita, a ver también el desenlace de su criminal trabajo:

Horacio dijo:

­Es verdad que yo declaré antes eso que consta en el expediente; pero estaba enfermo y nervioso… los continuos días de angustia y de padecimientos trastornaron mi mente, yo dije efectivamente que el doctor Chamorro había recibido la visita de Narváez en los diez días anteriores al atentado, pero eso no es cierto, y puedo probarlo. Con los números del diario “La Prensa” se demuestra la verdad de lo ocurrido y se esclarece mi equivocación debida a los nervios, a mis condiciones físicas debilitadas…

El muchacho batallaba duramente contra el sudor y contra las agudas miradas de los acusadores; no podía decir que lo habían torturado, porque allí estaban los torturadores; no podía descubrir la intimidad y el horror de los padecimientos que lo llevaron a su primitiva declaración, porque ellos significaba hundirse él mismo y hundir a los otros; escogió con un valor digno de toso encomio el único camino que podía escoger. Acusarse él mismo, para salvarse y salvar a los demás; hablar de la natural debilidad de su cuerpo para establecer la inmensa fortaleza de su alma. Fue un discurso enorme y sereno que casi levantó de sus asientos a todos los presentes y que no fue obstaculizado una sola vez por la chusma que presenciaba la audiencia.

No pudieron contra él, porque sabía bien lo que se estaba jugando al decir la verdad; y la dijo de tal modo, que no provocó ira, sino la admiración de quienes lo habían destruido.

­Hace tiempo ­siguió Horacio­ que esperaba esta oportunidad, porque la situación a que me había inducido el estado de nervios en que estuve, me tenía todavía más nervioso y enfermo.

Sus ojos bajos y tristes permanecieron todo el tiempo clavados en la mesa; sus manos siempre asidas al micrófono y su cuerpo inclinado hacia delante; cuando terminó, triunfante de quienes pretendieron torcer a la fuerza el camino honesto de su vida, un suspiro de alivio y satisfacción se levantó de su pecho cansado, de muchacho luchador, de hombre que busca desde niño la vida digna en las fuentes del propio esfuerzo; y volvió a la cárcel…

Anastasio Somoza Debayle comentó con sus íntimos después de oír la escena, transmitida hasta los salones de su palacio:

­Ahora va a podrirse en la cárcel, por perjurio…

¿Qué otra cosa podía decir…? ¿Qué otra interpretación de una acción buena, noble y valiente podía dar este hombre que pasó una vez 12 horas completas enterrando un alfiler torturante en las espaldas de Julio García…?

La justicia somocista tenía que funcionar bajo el signo de ese criterio, porque era una justicia vengadora, avasallante y podrida. ¿No sabía todo el mundo que por obra de las cortes civiles nicaragüenses bajo el régimen de Somoza salían de la cárcel los asesinos, a veces sin juicio…?

Cortes al mejor postor, magistrados que fallaban (como los de la ciudad de Masaya), a favor de quien les pagara más dinero. Jueces como el doctor Manuel Escobar, en ese mismo tribunal de apelaciones, que pedía a los clientes dinero o ayuda en especie como whisky para “facilitar” su trabajo. ¿No era acaso ese sistema de constante prevaricato y de perjurio el que prevalecía en todos los órdenes de la vida judicial somocista…?

¿Por qué no iba a llamar Anastasio Somoza Debayle “perjuro” a un hombre honrado que estaba deshaciendo las intrigas, nacidas en la sala de torturas de su palacio…?

Perjuro le llamó, pero el muchacho salvó su dignidad y su espíritu diciendo la verdad que los esbirros de la familia Somoza querían a todo trance tergiversar para hundir en su venganza a los inocentes.

Hubo también otro que a mí me tocó de cerca. Se llamaba Clemente Guido: era estudiante de medicina y se le obligó a decir que yo estaba al tanto del atentado contra el general Somoza.

En el expediente constaba su declaración:

P.—¿Quién le comunicó a usted en la república de El Salvador, que se llevaría a cabo un atentado contra la persona del señor Presidente de la República de Nicaragua…?

R.— Me lo comunicó Augusto Miranda Montes en presencia de un señor propietario del salón Gamboa.

P.— ¿Con qué objeto le comunicó a usted el señor Miranda Montes que se llevaría a cabo el atentado…?

R.— Lo que él quería es que yo fuera una especie de correo y que trajera instrucciones para los jefes de oposición; quería que fuera una especie de notificador.

P.— ¿Comunicó usted esta información al doctor Pedro Joaquín Chamorro…?

R.— Sí señor.

P.— Diga qué le contestó el doctor Pedro Joaquín Chamorro.

R.— Expresó el doctor Chamorro que hicieran lo que quisieran, que él cooperaría, y que se iba a poner en contacto con ellos.

Durante el tiempo en que Clemente Guido rindió esta declaración, estuvo conviviendo en una de las jaulas del jardín de los leones con una pantera. Una pantera negra cogida en las montañas nicaragüenses que llamó una vez la atención de los fotógrafos de la revista “Life”, quienes la fotografiaron todavía pequeña, jugando en la puerta de su jaula con Somoza.

Guido estuvo allí varias semanas en compañía de Julio Velázquez, y al cabo de un tiempo fue puesto en libertad condicional, bajo requerimiento de ir nuevamente a tribunal si era llamado, a repetir lo que había dicho a la fuerza.

Pero no lo hizo.

Pudo más su hombría de muchacho joven y con carácter, que la presión ejercida por quienes lo obligaron a mentir en una declaración que complicaba a muchas personas, al general Emiliano Chamorro, a Pablo Antonio Cuadra, a Hernán Robleto Zelaya, cuyo único delito era ser hijo del periodista nicaragüense exilado Hernán Robleto.

Guido fue citado nuevamente al tribunal por nosotros; ocupó la silla de los testigos y contestó rápidamente sin que los acusadores tuvieran tiempo siquiera para analizar lo sucedido.

­¿Conoce usted ­le preguntó mi abogado defensor­ al doctor Pedro Joaquín Chamorro…?

­Sí ­dijo él con voz fuerte­ lo conozco bien.

Y entonces, mientras los fiscales sonreían dando a entender que habían ganado la batalla, seguro de que la mentira sería mantenida, el muchacho agregó mirando a todos los acusados:

­Lo conozco porque lo he visto retratado en los periódicos, pero jamás en mi vida he hablado con él.

­Es suficiente ­cortó secamente mi abogado y la sala quedó sumida por un instante en ese silencio de expectación que causa lo imprevisto, porque los Somoza habían hilvanado su madeja y esta volvía a romperse.

El fiscal militar encendió un cigarrillo. Entre él y sus compañeros hubo una rápida consulta, revisaron el expediente, hicieron notas, y volvieron a preguntar al muchacho, pero este contestó inflexible:

—Ya dije que nunca en mi vida he hablado con él.

El presidente de la Corte tocó el timbre y notificó al testigo que podía retirarse.

La historia de las declaraciones arrancadas con tortura y de las mentiras con que se había tejido un juicio entero para colmar una venganza, contaba con un nuevo capítulo demostrativo.

Los crímenes nunca son perfectos y siempre existen hombres que a pesar de sentir su cuerpo pereciendo en el dolor, levantan el espíritu para dar testimonio de la verdad, aún sobre las brasas de la tortura.