Confidencial

Capítulo XXVIII: Los delincuentes

En la Navidad de 1957, frente a la injusticia de una represión causada por el espíritu de venganza, estábamos alejados de esas escenas porque vivíamos en el vientre mismo del poder somocista.

Pedro Joaquín Chamorro

La Corte terminó sus labores un día en que los jueces llegaron vestidos de gala y la “chusma” pagada para insultar a los acusados llenó con más entusiasmo que nunca la sala de audiencia.

El fiscal militar levantó su voz hueca y llena de falsa solemnidad en nombre de la verdad, de Cristo y de la justicia; los detenidos hicimos declaraciones públicas en nuestro favor interrumpidos por resonantes gritos y los abogados concluyeron sus discursos, valientes, trémulos y desafiantes.

A uno de ellos, el doctor Salvador Buitrago Aja, le dieron una pedrada en la cabeza y una puñalada en la espalda; a otro, el doctor Enrique Cerda, un golpe en un hombro; se multiplicaron los gritos, se aumentaron los centinelas y cerca de las doce de la noche el presidente del tribunal, solemne y fríamente, hizo funcionar su timbre para declarar cerrada la audiencia y concluida la primera parte del juicio.

Conforme a los reglamentos del Ejército de Nicaragua, el veredicto de la Corte no debería ser notificado, simplemente después de esos remedos de proceso, pasan días y hasta meses enteros sin que los acusados sepan nada, sumidos en la incomunicación más completa. Cuando los verdaderos jueces (que son los Somoza) han dispuesto qué van a hacer con los acusados, instalan el nuevo escenario, nombran un Consejo de Guerra y envían al fiscal militar a hacer las notificaciones del caso.

Por eso fue que después de concluidas las labores de la Corte Militar de investigación, los presos retomamos al silencio de nuestras celdas.

Allí nos llegó la Navidad.

La Navidad amarga, del que recuerda sin ver. Debe de ser la Navidad del preso incomunicado como la del hombre que ha perdido la vista. Oscura, callada, esperando siempre los regalos que no llegan y recordando el pasado. Oyendo villancicos imaginarios, sintiendo el olor de las iglesias pobladas de gente, y esperando la ropa nueva para gozar ese raro deleite del tacto, con lo que se estrena.

Era mi segunda Navidad en la cárcel y advertí a los compañeros más novatos:

—Cualquier día pueden dejar entrar algo que venga de la casa, menos hoy…

—¿Por qué…?

—Porque así son ellos, simplemente.

Y efectivamente sucedió de ese modo. Nuestras familias enviaron regalos, mandaron canastas humildes o ricas con pavos y dulces, quisieron romper las puertas de la cárcel con frutas navideñas, con tarjetas y adornos; pero no llegó nada.

Para ese tiempo los guardianes se habían humanizado hasta el extremo de permitirnos algunas horas fuera de la incomunicación normal que el régimen ordenado por los Somoza prescribía, y como veían nuestra angustia natural en espera de algo, llegaban a vernos y a darnos esperanzas:

—Tal vez más tarde, muchachos, esperen un ratito más…

Pero no llegó nada porque en las oficinas de la Comandancia General que está situada en el propio palacio de Tiscapa, los altos oficiales detuvieron todo; lo botaron o se lo comieron… Fue un robo cruel y vergonzoso.

Yo recordaba mi otra Navidad en la cárcel; en otro establecimiento penal más humano y más alejado también del palacio presidencial, que se llama “La Aviación”.

Allí sí habíamos comido pavo el año de 1954, y tuvimos también una pequeña fiesta a la que se asomaron algunos delincuentes comunes.

Maximón, se llamaba uno; el Chompipe, decían a otro; Zoropeta… “chavalos” vagos que vivían presos y que pasaban frente a nuestras celdas reclamando en nombre de la amistad que da la desgracia algún sobrón de lo que nos enviaban de nuestras casas.

Zoropeta era ratero, y el 24 de diciembre en la noche de Navidad lo llamó hasta la puerta de nuestra celda el doctor Emilio Álvarez Montalván para decirle:

—Zoropeta, ¿por qué robas…? ¿No te das cuenta que es mejor trabajar…? Si te hubieras portado bien, estarías en tu casa…

—¡Ah doctor este… —le contestó Zoropeta—. ¿Cuándo voy a ganar lo que puedo “alzarme” si me llevo un cajón de cigarrillos…?

Esa vez estábamos presos por los acontecimientos de abril, fecha en que pasaron muchas cosas, entre otras el descubrimiento hecho por Somoza de un archivo privado y secreto que tema en su poder el expresidente de Nicaragua Don Adolfo Díaz.

Allí se encontró un expediente en que Somoza era enjuiciado por falsificación de monedas allá por los años de 1925, cuando gobernaba el país don Diego Manuel Chamorro. Junto con él, los detectives del Dictador hallaron otros documentos que sirvieron a este para publicar un libro que se llama Recuerdo de un pasado que siempre es de actualidad… pero desde luego, omitieron el expediente levantado por falsificación de monedas.

Él historiaba un juicio corto y rápido. Se le “echó tierra”, como dicen en Nicaragua, porque el Presidente de la República quiso hacer un favor al padre de Somoza, don Anastasio, un hombre honrado y bueno, y a la familia Debayle, con quien estaba emparentado por matrimonio del Dictador. Había declaraciones y pruebas, la falsificación de monedas era evidente; pero en la sociedad de aquella época tenía más valor el respeto al nombre de los amigos y a la dignidad de una familia entera, que la urgencia de castigar a uno de sus miembros. Por eso se salvó Somoza… y desde allí arrancó su historia; su larguísima historia de constructor de capitales a costillas del bienestar y la propiedad ajenos. Su amistad con los delincuentes, a quienes trató más de una vez como compañeros, o al menos como eficientes colaboradores de sus empresas.

El mismo Maximón, y también el Chompipe, a quienes nosotros conocimos en la cárcel durante la temporada de 1954—1955, cayeron en esta línea. Porque esa vez, y poco después de pasada la Navidad, cuando Somoza decidió invadir Costa Rica, Maximón y el Chompipe fueron a la guerra como expedicionarios de las fuerzas “libertadoras costarricenses”, organizadas por los Somoza en los cuarteles del Coyotepe.

En las cárceles de “La Aviación” se hizo la recluta. Nosotros vimos salir de allí verdaderos contingentes de maleantes, mucho de ellos condenados por un jurado y otros por decisión de la Comandancia General; les daban un pantalón kaki, unos cuantos pesos y los montaban en los camiones del Ejército de Nicaragua para ir a combatir en “El Amo” y “Santa Rosa” a las órdenes de Teodoro Picado hijo, compañero de Anastasio Somoza Debayle en la academia militar de West Point, Estados Unidos.

Allí murió el Chompipe en una escena que nos contó, ya de regreso, otro delincuente a quien llamaban Pasitos…

­Manos arriba le dije yo por broma, te tiro… y se me fue el dedo. La bala dio en el estómago del Chompipe, y a Pasitos le hicieron un Consejo de Guerra sumario, después del cual volvió a su medio natural… la cárcel.

El ambiente de Somoza durante su primera juventud, fue agitado y difícil. Jugaba “taba” en el parque San Marcos, era gallero y bebedor, después del caso de la falsificación de monedas juró llorando corregirse para obtener el perdón, y lo obtuvo, pero no se corrigió nunca.

Ya en la Presidencia mantenía, como una manifestación de su múltiple dominio tiránico sobre el país, abierto los casinos de juegos prohibidos. Con una parte del producto ilegal que se obtenía de ellos pagaba a los oficiales de su ejército más fieles; y con otra engrosaba su propia bolsa; era en el fondo un hombre incansable de alegrías y placeres, los cuales barajaba en una personalidad graciosa, para hacer una imagen perfecta de ese viejo y atrofiado caudillaje criollo americano. Jugaba, reía, y bebía, dejaba jugar, beber y reír, y su personalidad alegre y simuladora se servía de todos los vicios para gobernar, aplicando las reglas del juego a los negocios y el poder.

Se enteraba de todos los pormenores de esta pequeña banca del azar y sabía cuántas ruletas o mesas de dados explotaban sus subordinados en los más remotos pueblos del país.

Las cárceles mismas, cuando no eran las situadas en el propio palacio presidencial (sagrados recintos de su poder manejados con el llavero de su bolsa), eran una fuente inmisericorde de explotación.

En “La Aviación”, por ejemplo, el comandante Pablo Rivas ordenaba todos los sábados una patrulla que llamaba cínicamente de “los nacatamales” (como diciendo que le producía la comida) y hacía prender con ella a varias decenas de ciudadanos que transitaban por los alrededores, para arrancarles el dinero que tenían encima.

Los ponían a todos en una celda que se preparaba con anticipación, calabozo al cual llamábamos nosotros “La Alcancía”, porque iba recogiendo desde las primeras horas de la tarde del sábado hasta las últimas del domingo, a los que pagaban en ella, con dinero o en especie (ropa y zapatos), lo que el comandante exigía para dejarlos en libertad.

Pablo Rivas era como Zoropeta, el pequeño delincuente que prefería robar un cajón de cigarrillos a trabajar, y Somoza era un aliado constante y un ejemplo eterno de esta clase de abusos.

¿Es que acaso no abusaba él también…?

¿No compraba propiedades a la fuerza…? ¿No había organizado las grandes compañías como el monopolio del cemento con la “ayuda” del Estado…?

Cuando a él le gustaba una finca, sus abogados llegaban en solicitud de venta ante el dueño, y si este se oponía, le advertían claramente que de un modo u otro tenía que cederla. Al arzobispo de Managua le compró un diamante que una generosa dama había donado a la Iglesia; y le pagó después una suma menor que la pactada; en 1944 adquirió en una operación fabulosa los bienes de la firma alemana Julio Balhcke, intervenida por el Estado con motivo de la guerra mundial.

Fue muy simple:

Llegó el coronel Camilo González con una valija llena de billetes y un soldado armado de ametralladora a “pujar” al juzgado. Nadie dio más de lo que quiso dar el general… y las fincas, extensos cafetales, grandes porciones de tierras aledañas a Managua y potreros magníficos para ganado, pasaron a sus manos por una cantidad irrisoria de dinero.

Somoza corría atrás de las monedas con ese afán febril del jugador empedernido; pero jugaba siempre con las cartas marcadas y no permitía que alguien se le adelantara.

Al final de sus días no había una sola actividad mercantil de Nicaragua que no estuviera dominada por su capital; periódicos, emisoras, café, ganado, cemento, oro, plata, petróleo, compañías de aviación, marina mercante, establecimientos comerciales, edificios, casas residenciales, caña de azúcar, importaciones y exportaciones, bancos, acciones, etc. Su enorme capital obraba siempre como un monstruoso punto de apoyo para su tiranía, producía alcohol, permitía los juegos prohibidos, recibía participaciones ilícitas por dejar existir los monopolios, era el único exportador de ganado, el cual compraba a los productores del país a bordo, y vendía a los importadores extranjeros a bordo también; las empresas del Estado pagaban sus planillas de fincas y no entraba la renta debida a sus innumerables entradas, a la tesorería de la nación. Además de eso, tenía sueldos por concepto de presidente, de jefe director del Ejército, de gerente general del ferrocarril, y de un sinnúmero de puestos más.

Era aficionado también a los caballos de carrera, y para lucir los colores de su cuadra de pura sangre importados, mandó construir un hipódromo en las costas del lago de Managua.

El asunto fue fácil: la Junta de Asistencia Social declaró que el hipódromo era un gran negocio y sufragó su edificación con los dineros de todos los indigentes de Nicaragua.

Al cabo de dos años una crecida violenta del lago arrasó las construcciones y terminó con el hipódromo que siempre dio pérdidas, pero que sirvió de lujo y alegría durante los últimos años de su vida.

Los delincuentes que fueron a la guerra con Costa Rica salían en manadas de “La Aviación”, gritando con alegría que iban a “cargarse” allende la frontera, la movilización de la cárcel fue tan completa, que después de ausentarse “el Ejército”, quedó sumida en el silencio.

Eran los hijos del régimen mismo de Somoza los que iban a defender sus intereses en una de las operaciones más vergonzosas, pero más lógicas de la historia de Nicaragua.

Allí, en las cárceles donde los presos políticos estábamos sometidos a un régimen mucho más duro que esos mismos delincuentes comunes, vecinos nuestros pero con más libertad de acción, se escucharon con verdadero entusiasmo los gritos que en las calles de Managua apenas podía producir la dictadura:

—¡Viva Somoooooozaaaaaa…!

De ese modo gritaba durante los primeros meses del año de 1955 la parte nicaragüense del “Ejército Libertador de Costa Rica” y no podía gritar de otro, porque iba efectivamente a la defensa del ideal somocista, que es la delincuencia organizada y apoyada en la fuerza militar.

Testigos de ello fueron varias decenas de presos políticos, entre los cuales se cuentan personas de verdadero relieve en Nicaragua, médicos especialistas, abogados, agricultores bien conocidos y hombres humildes y honestos del pueblo.

En la Navidad de 1957, frente a la injusticia de una represión causada por el espíritu de venganza, estábamos alejados de esas escenas porque vivíamos en el vientre mismo del poder somocista; en la agitación de los instrumentos militares, que aunados con ese espíritu caótico y arbitrario capaz de reclutar criminales para una empresa, nos presentaba ante el pueblo por la fuerza bruta de las armas como criminales.

Era la consecuencia natural del sistema, o mejor dicho su paradójica formación, que había invertido la tabla de valores morales de la vida espiritual del país, para volver negro lo blanco, y viceversa.

La Navidad y los días que siguieron hasta la nueva notificación del fiscal, en que se anunció la integración del Consejo de Guerra, fueron iguales a los días de un ciego. Sin luz y sin horizontes.

Una mañana nos llamaron para enfrentarnos nuevamente al sol del patio. Allí el fiscal militar nos leyó un extenso documento en que resultábamos todos los presentes remitidos a un Consejo de Guerra que nos iba a juzgar por los delitos de asesinato en la persona del presidente Somoza, rebelión contra el Gobierno de la República y atentado contra la autoridad.

—¿Y las pruebas, de qué sirvieron las pruebas…? —preguntamos.

El fiscal levantó los hombros despectivamente y dijo: —Ustedes comprenden que esta no es cosa mía.

Publicamos un nuevo capítulo cada día.
Lea mañana – Capítulo XXIX: “Realito” juez