Confidencial

Capítulo XXX: Grandes y pequeños dramas

Rigoberto López Pérez sabía que iba a morir; tejió su drama solo y fue solo hasta el final. Sin embargo, no lo hizo por interés, por lucro, no por exhibicionismo.

Pedro Joaquín Chamorro

Las dilatadas pero escasas sesiones dieron lugar para hacer recuerdos y comentarios sobre los grandes y pequeños dramas que el país había vivido a través de los Consejos de Guerra organizados por Somoza.

Durante su largo Gobierno, muchas veces los civiles fueron llevados a esos tribunales, sustraídos de su fuero común y enjuiciados bajo el ojo alerta del Dictador, quien ni siquiera abría las páginas del Código Penal para buscar una pena adecuada.

­A este j… ­decía­ le voy a poner dos años…

Y sus expertos en leyes militares corrían a todos los rincones en que yacen los pretextos olvidados, para encontrar el modo de dictar la sentencia, más o menos disfrazada de legal. Un caso fue el de los sobrevivientes de una rebelión en la mina La India, que comparecieron a juicio y casi sin pruebas resultaron condenados por el tribunal.

A uno de ellos, Julio Aguilar, lo asesinó un sargento después del proceso y cuando ya había salido libre mediante una “generosa” amnistía otorgada por Somoza. Era hermano de un amigo mío que se llama Domingo y a quien naturalmente llevaban a la cárcel cada vez que ocurría algo en Nicaragua.

­—Siempre estás vos metido en estas cosas —­le decía Anastasio Somoza Debayle—­ no tenés composición…

­—Lo que pasa es que ustedes siempre me meten ­—contestaba Domingo.

Caía, pero siempre se levantaba. Cuando abril, le cerraron un negocio que tenía en el mercado principal de Managua, y lo soltaron después de dos años de prisión, pobre y lleno de deudas; en septiembre volvió a caer preso y únicamente sufrió el torbellino de la venganza somocista por cuatro o cinco meses. Había tenido otro hermano, menor que Julio, muerto después de una dura prisión sin ningún motivo.

—Era un chavalito —decía Domingo—, se lo llevaron a mi mamá después de tenerlo en la cárcel y al día siguiente de llegar a la casa murió… por eso mi mamá no quiere que sus nietos se llamen como nosotros: no quiere más Domingos ni más Julios… ¡pobrecita…!

Los que no se lucieron

En el curso del proceso se esclareció la verdad en lo relativo a dos personajes que durante los primeros días aparecieron ante la opinión somocista como verdaderos “héroes”, lanzándose sobre Rigoberto López Pérez para arrebatarle el revólver con que disparaba contra Somoza. Se llaman ellos Camilo González Cervantes, íntimo amigo del Dictador y compañero suyo desde la infancia, y Arnoldo Ramírez Eva, director de la oficina de “Construcciones Nacionales”.

Los testimonios identificaron al teniente Pedro Gutiérrez como el primero que había disparado con un revólver sobre Rigoberto López Pérez, y a González como uno de tantos que tiró sobre el cadáver del hombre ya muerto.

A Ramírez Eva no lo vio nadie, al menos hasta después que hubo pasado todo. El drama de ambos fue inmenso porque en la escuela del servilismo somocista, haber hecho algo por salvar la vida del Dictador era como vivir eternamente en el corazón de quienes le sucedieron.

Un drama ridículo y pequeño, pero intenso.

La bolsa y la estrella

Somoza decía que él tenía muy buena estrella, hasta que se le opacó. Cuando sus escasos partidarios quisieron saludarlo en el teatro de León que servía de escenario a la convención política que lo eligió candidato para un período más, el día del atentado, sus sabuesos impidieron que la gente se acercara, porque vieron a algunos campesinos armados de revólveres, él se opuso diciendo que no los molestaran.

Se sentía seguro el día mismo en que la muerte lo rondaba de cerca, fría y certera. Más tarde sobre el piso del salón de baile en que vivió su último drama, se hallaron también multitud de revólveres revueltos con toda clase de utensilios. Carteras de señoras, zapatos de  baile, pañuelos, etc., y los campesinos temerosos que habían llegado a escuchar de sus labios la “enorme plataforma”, dejaron sus pertenencias en la calle… por denuncia que hizo la familia Saravia ­dice un testigo­ se halló en la puerta de su casa una bolsa vieja de mecate que contenía jocotes, un traje sucio, una botella vacía y un revólver de quebrar 38 W.S.

Una pequeña tragedia campesina… Todos los avíos usados en el viaje desde la parcela de tierra cultivada, hasta la ciudad del atentado, en una esquina… botados.

El otro extremo

Rigoberto López Pérez sabía que iba a morir; tejió su drama solo y fue solo hasta el final. Sin embargo, no lo hizo por interés, por lucro, no por exhibicionismo. Antes de tomar una decisión creyó cerciorarse de que con la muerte de Somoza las cosas iban a cambiar fundamentalmente en su tierra, y esperó una rebelión militar, que solo existía en su imaginación exaltada y grande.

También tomó una póliza de seguros para que beneficiara a su madre y para cubrir los estudios de una niñita, sobrina suya, a quien protegía en El Salvador. No se entrevistó con líderes políticos conocidos, no buscó más que a Somoza. Y antes de hacerlo selló su vida con el último detalle de sus aficiones: fue a Masaya a presenciar un partido de béisbol.

Los que no delataron

Los que no delataron se llaman Emilio Borge González, Alonso Castellón, Benjamín Robelo y Tomás Borge Martínez; los dos primeros son abogados de gran prestigio en Nicaragua, el segundo comerciante y el último estudiante de leyes.

A ellos les contaron que se planeaba un atentado contra Somoza, pero no hicieron caso, porque les pareció imposible. Eran hombres destacados en la oposición y no tuvieron la menor participación en los hechos que precedieron a la muerte de Somoza, simplemente oyeron decir que un sujeto a quien no conocían atentaría contra la vida del presidente y no prestaron crédito alguno a las palabras de quien se los dijo.

Para comprender este drama inmenso que tuvo su culminación en una condena de cinco años de cárcel, hay que hacer la advertencia de que en toda Nicaragua se decía siempre de Somoza:

—¡Algún día lo van a matar!

Ellos no solamente rechazaron la idea baja de hacer una delación, sino que no pudieron hacerla. ¿Qué iban a delatar? ¿Cómo iban a decir a la autoridad que estaba a punto de ocurrir un atentado contra Somoza, si apenas lo sabían de oídas y no tenían de los hechos la más remota certeza?

Sus declaraciones, abultadas por la tortura y enredadas en la confusión de un juicio que seguía los lineamientos claros de la venganza, nunca tendrían en un tribunal honesto y competente valor de ninguna clase.

—Desde hace dos mil años —dijo Emilio Borge González— se asomaba a las puertas de la historia la estampa execrable del árbol en que ahorcó el traidor Judas Iscariote. ¿Cómo se puede pretender en un juicio sustanciado en nuestra época, el establecimiento del Instituto de la Delación…? Y en el caso de que se nos exigiera esa inmoral actitud y que hubiéramos estados dispuestos a adoptarla… ¿qué íbamos a delatar nosotros…?

Los condenaron por encubridores. Solo en raras legislaciones, como la nicaragüense, es encubridor el que “teniendo conocimiento de que puede cometerse un delito, no avisa a la autoridad”.

Drama de la ley y drama del hombre que vive aplastado por una tiranía, en donde además de experimentar por la fuerza la sustracción del fuero natural de los tribunales comunes, cambiados por un juicio militar, se le exige delatar hasta lo que no le consta.

Meses después del juicio, el heredero del dictador fallecido, dio una amnistía para los reos de delitos políticos. Ella no benefició a estos cuatro hombres, quienes al momento de ser juzgados fueron encasillados en la denominación de rebeldes políticos y llevados a un tribunal militar para salir condenados por un delito que a la hora de la amnistía debía clasificarse como común.

Ausberto

Ausberto Narváez se llama.

Lo invitaron a participar en el atentado y oyó la propuesta. Le pidieron que al momento de verificarse el hecho se colocara cerca, en un automóvil, y diera una señal con el objeto de que los demás apagaran las luces de la ciudad, causando confusión.

No hizo nada más que huir del lugar, pero lo clasificaron como coautor y lo condenaron a 15 años de prisión.

Ausberto decía:

­—Al menos estoy satisfecho porque si hubiera aceptado el encargo, hubiera muerto mucha gente…

Tenía tres años de casado, acababa de ver morir a su hermano en un accidente de automóvil, su esposa llevaba al Consejo de Guerra los dos niñitos de su matrimonio, y él comentaba:

­¿Por qué habremos nacido en este país…?

Abrió las balas

Anastasio Somoza Debayle lo golpeó personalmente y mandó que le cruzaran las espaldas a chilillazos, porque confesó, después de estar en el pozo, que había abierto con una broca de un 16, finos hoyitos a las balas con que mataron a su padre. Se llama Juan Calderón, y su familia sufrió un indescriptible asalto de los oficiales de la Guardia Nacional, en León.

Es mecánico, hombre sencillo y humilde.

Si sabía o no para quién estaban destinadas las balas con los hoyitos abiertos, es un misterio, pero los oficiales que asaltaron su hogar sí sabían lo que estaban haciendo. Su drama debe tener el último desenlace en el corazón mismo de la justicia de Dios.

Enoc Aguado

Somoza le había arrebatado el poder birlándole unas elecciones que ganó como candidato de los partidos Conservador y Liberal en 1948. Era destacado político de oposición y había ocupado muchos cargos importantes en gobierno anteriores… Casi no veía y lo obligaban a sacar ya de 74 años de edad una lata de excrementos hasta los inodoros de la prisión.

­—Yo he sido maestro ­—decía—­; si al menos me dejaran dar clases aquí en la cárcel, podría pasarme en ella el resto de mis escasos días.

Y cuando comprendía que jamás iban a permitir los dueños del país que tuviera un poco de descanso en su ancianidad, volvía los ojos a los demás y suspiraba tranquilo:

­—No va a ser mucho tiempo. Yo me voy a morir aquí y eso va a ayudarles a ustedes.

Los diplomáticos

La represión somocista no perdonó a nadie; pequeños dramas se tejieron alrededor de hombres públicos con inmunidad parlamentaria y aun de diplomáticos extranjeros, si bien es cierto que vinculados por razones especiales a la vida nicaragüense.

A don Aniceto Esquivel hijo, agregado comercial de la Embajada de Costa Rica y hermano del canciller de esa República, lo sorprendieron en una lancha que navegaba sobre el río San Juan la noche del atentado.

Las ametralladoras de la Guardia Nacional funcionaron en toda la extensión vecina, donde el Dictador tenía una finca, y por tanto un resguardo militar; perseguían con sus miras bien afinadas la estela blanca que dejaba el bote, hasta que perforaron su popa.

El diplomático fue a la cárcel, donde estuvo recluido varios días, al cabo de los cuales le dieron 48 horas para salir del territorio nacional.

Cosa curiosa: los demás presos compañeros del señor Esquivel vieron con extrañeza cómo un oficial del Ejército llegó hasta su celda del Campo de Marte con un voluminoso escrito, a notificarle que había sido declarado “non grato” por el Gobierno de Nicaragua.

No habían sido suficientes las ráfagas de ametralladora; había que poner al caso un punto final protocolario y diplomático… y el protocolo de las dictaduras se extiende hasta las cárceles.

La niña de Tito

Este drama era viejo.

Databa de los días de abril del 54, época en que le coronel Roberto Martínez era, como en septiembre del 57, uno de los oficiales que comandaba las fuerzas acuarteladas en el Campo de Marte, en virtud de lo cual las esposas de los presos tenían que recurrir siempre a él para recabar autorización, cuando deseaban llevar comida a sus deudos, o conseguir una visita.

La niña se llamaba Claudia y era hija de Tito Chamorro, quien sufría condena de 19 años, impuesta por un Consejo de Guerra somocista.

Cuando la niña de seis años y su madre llegaron a ver al preso, el coronel del Ejército que debía sus galones a la amistad con Somoza, puso toda clase de pretextos para no conceder la visita; y llevando su actitud insolente y grosera para la madre hasta el extremo, dio a la niña una pelota de hule con una inscripción que decía: “¡Viva Somoza!”. Pero la niña supo de qué se trataba y tiró el juguete diciéndole:

­—No quiero a Somoza, porque es malo.

Entonces el militar, encendido por el respeto que los serviles del Ejército sentían por el Dictador, contestó a la criatura:

­—No. El malo es tu papá—. Y continuó iracundo, en una serie de denuestos que hicieron a la madre salir del sitio llorando.

Tragedias grandes y pequeñas, dramas intensos en todos los órdenes de la vida, desfilaban en el recuerdo de los nicaragüenses mientras se reunía el Consejo de Guerra erigido en tribunal vengador de la muerte de Somoza.

Viudas afligidas, familias enteras con el corazón desolado, contemplaban la realidad de una tiranía de 20 años disfrazada con el manto de la democracia y esparciendo a los cuatro vientos la gran mentira de que el gobierno de Somoza había llevado la paz a Nicaragua.

­¡”El Pacificador”! ­le decían…

Pero el pueblo entero sabía por experiencia propia lo cierto que resultaba aquella frase magistral, puesta por Quevedo en boca de Marco Bruto: “La tiranía no es más que una guerra civil triunfante”.

¡Eso era precisamente la tiranía de Somoza!