Capítulo XXXII: Transición a la dinastía

Se complementaban los dos, Luis y Anastasio Somoza Debayle, en el sistema y el apellido del padre. Anastasio presenciaba los dramas terribles de la tortura y la muerte y Luis Anastasio daba las corteses explicaciones a los familiares de muertos y torturados.

Pedro Joaquín Chamorro

Luis Somoza Debayle nombró a tres altos militares como sus delegados para que revisaran el proceso.

Nos llevaron ante ellos sólo para oír el fallo que iba desde 15 años de prisión para unos, hasta 40 meses de confinamiento mayor para Francisco Frixione y para mí; pero pasaron varias semanas antes que la sentencia, que implicaba en el último de los casos la libertad en algún remoto pueblo de Nicaragua, se cumpliera.

Un día, ya cuando la censura de prensa se había levantado y los diarios de oposición pudieron protestar por nuestras condiciones en la cárcel, nos cambiaron al establecimiento del penal de “La Aviación”, recluyéndonos por fin a todos juntos en la misma celda.

De allí salimos Frixione y yo por caminos diferentes, cada uno al lugar de su confinamiento: él a Santo Tomás, pueblecito frío del norte de Chontales, y yo a San Carlos, antigua población nicaragüense ubicada en las márgenes del río Desaguadero del Gran Lago. Del lago de los tiburones de agua dulce.

San Carlos estaba poblado de retratos de Luis Somoza. El país entero comenzaba en el mes de marzo de 1957 a despertar a la entronización de la Dinastía de los Somoza, afirmada con la muerte el gobernante padre y con la pacífica sucesión recaída en el hijo mayor de la familia.

¿Cómo había sido la transición…?

Días después del entierro Somoza, la convención del Partido Liberal Nacionalista acordó volver a reunirse para designar un nuevo candidato, en vista del fallecimiento del escogido; se tomaron las medidas pertinentes del caso, se enviaron contingentes de la fuerza pública de la misma ciudad de León, que había sido sede del atentado y de la convención anterior, y los principales elementos del Ejército plegados por entero a la voluntad de los Somoza, en cuya casa vivían, insinuaron por mandato de Anastasio Somoza Debayle que no aceptarían otro candidato más que Luis. Lo dijeron en los corrillos oficiales que reunían a los convencionistas y éstos fueron a la ciudad de León en un tren que los esperó nada más el tiempo suficiente para decidir democráticamente que el único candidato aceptable era precisamente… Luis.

Los partidos Conservador y Liberal Independiente se abstuvieron, pero un grupo de disidentes organizó un nuevo partido político de “oposición” y fue a las elecciones presentando como candidato a un rico propietario de Matagalpa cuya principal propaganda (mezcla de broma y seriedad), fue que en caso de salir electo a la presidencia no se iba a reelegir.

El estado de sitio se levantó la noche antes de los comicios y nadie concurrió a las urnas a depositar su voto. Luis Anastasio fue electo presidente y su hermano Anastasio recibió las estrellas de general de brigada; las fotografías del nuevo presidente comenzaron a figurar profusamente en Nicaragua y se anunció al pueblo que había obtenido una fabulosa suma de votos, en tanto que el candidato contrario llegó nada más a la tercera parte del cómputo total.

Nicaragua seguía caminando por el surco profundo y duro que había trazado el viejo dictador fallecido; la represión de los primeros momentos hizo imposible la más pequeña protesta, el más minúsculo estorbo, y todo se consumó en calma. En los diarios que llegaban al lugar del confinamiento, yo iba viendo poco a poco el desenlace natural del drama monárquico en toda su rusticidad republicana. Primero la memoria del dictador fallecido ocupaba todos los ángulos de la prensa oficial; coronas depositadas en su tumba, manifestaciones de duelo que muchos meses después de su entierro seguían vivas y ardientes, artículos diarios recordando sus principales anécdotas, y panegíricos que trataban a todas luces de hacer pensar al pueblo que su espíritu de mando no había fallecido.

Después los herederos ocuparon el primer lugar de la publicidad y se comenzó a aceptar con una delicadeza sutil y bien delineada, que las cosas debían cambiar; que el nuevo reinado iba a ser diferente y que poco a poco lo errores pasados se enmendarían con amplitud.

Era la transición, la traducción natural para la mente occidental y democrática que no había perdido en su totalidad el pueblo nicaragüense, a pesar de los 20 años últimos de opresión y tiranía, de la antigua sentencia monárquica: ¡El rey ha muerto… viva el rey…!

La propaganda hacía hincapié en que el nuevo rey era distinto del “rey muerto”, y con la ascensión al generalato del hijo menor de Somoza, se comenzó a sustituir una figura muerta por otra viva en el mismo nombre. “El General”, seguían diciendo familiarmente los fámulos guardias nacionales que durante tantos años habían estado dispuestos a obedecer a la consigna de ese nombre. “Somoza”… gritaba simplemente el diario oficial de la familia, sin distinguir al principio en la pura conjunción del apellido, si se trataba de Luis Anastasio, de Anastasio simplemente, o del dictador fallecido. Fue una experiencia apasionante y extraña en el campo cambiante siempre de la concepción americana del poder; el mismo nombre, el mismo mito, el mismo gobierno… pero con personas distintas que sustituían la naturaleza humana muerta de un cadáver por los cuerpos vivos de dos hombres, herederos, en todo el sentido de la palabra, de su poder y de su nombre.

La propaganda de fuera contrastaba abiertamente con la verdad de dentro. Para el hombre de la calle, amordazado duramente por el sistema somocista, que estaba propalando a los cuatro vientos la posibilidad de una situación distinta, y que desconocía los primeros pasos de crueldad e injusticia andados por los dos herederos del poder, las palabras de la prensa oficial eran halagüeñas; pero para el hombre que venía de “adentro”, de la cima misma del poder, del nido en que se incubaban las persecuciones y se tendían los cálculos, la cosa tenía que ser diferente.

Es curiosa la transición del poder en un sentido absoluto y monárquico, cuando el pueblo de un país ha sido educado en la posibilidad democrática durante siglos enteros. Nicaragua vivió esa experiencia con base en varios factores que bien podían servir para un estudio analítico del fenómeno dinástico, representado solamente dos veces en América: durante la época de López en Paraguay y con los Somoza de Nicaragua.

Primero y mientras amordazaban totalmente las fuentes de información pública que no nacieron del propio centro del poder, hicieron ver que aún después de la muerte, el hombre fuerte permanecía vivo; luego fueron trasladando poco a poco su nombre llevado en andas del ritual sagrado de la dictadura a los hijos, que heredaron desde el inmenso capital personal del padre (que era apenas natural en nuestra concepción occidental de la testamentería), hasta las costumbres, dichos, uniformes y tratamientos del mismo.

Cuando la herencia apareció consolidada y firme, se echó al “rey muerto” por la borda del olvido y los hijos, bebiendo champaña en recepciones oficiales y rodeados de un fausto todavía más reluciente que el de la corte anterior, aparecieron ante los ojos del pueblo como una innovación, como algo distinto que podía ser una promesa para el pueblo.

No fue un fenómeno buscado adrede por ellos mismos, ni por sus consejeros: fue una natural consecuencia de las leyes de la herencia humana, llevada adelante por obra de la necesidad en que estaban de seguir mandando para salvar todo lo que tenían. Fue un reconocimiento tácito y profundo de que la tiranía paternal era la peor propaganda para el nuevo gobierno; los Somoza de hoy pensaron desde el primer momento que debían desvincularse en su presentación al pueblo del Somoza del pasado, pero íntimamente no podían dejar de seguir siendo iguales a Somoza. Lo copiaron en crueldad y en métodos, calcaron sus represiones para hacer con motivo de su muerte otra que les asegurara el mando, pero se hicieron aparecer ante la opinión pública como una cosa distinta de su padre, aunque identificada con este en el rito exterior de su gobierno. De allí la explicación de las dos cabezas sobre el “trono nicaragüense” y la leyenda bien difundida por cierto en el mundo norteamericano de que don Luis Anastasio, heredero del otro que llevaba su segundo nombre, merece llamarse con cierto respeto monárquico y explicativo de su posición, Luis “El Bueno”.

La personalidad del padre era bien definida. Hombre jovial, pero cruel; duro luchador sin escrúpulos por una existencia que comenzó con las balas y terminó con ellas, constructor de un imperio que se articulaba en la corrupción y en la modalidad nicaragüense del superficialismo; carácter emotivo y dúctil que apretaba y encogía el hilo con que ataba indefectiblemente a sus enemigos, dando y quitando, dejando vivir o matando, según las circunstancias. Su estampa venía en la historia del país de “saltos de mata”, desde un antecesor lejano que poco tiempo después de la independencia apareció por los campos nicaragüenses asaltando caminos y asolando poblaciones. Se llamaba Bernabé y le apodaban “Siete Pañuelos”, usaba lanza, era alto y blanco, cantaba, bailaba bien y era aficionado a las juergas y serenatas corno el mismo Somoza; su fuerza se medía en las páginas de la historia patria por una anécdota: una vez ensartó a una mujer con su lanza y la levantó en el aire con una mano.

Su fin estuvo de acuerdo con su carrera, lejana a la presidencia que consiguió su descendiente, pero cercana de todas sus marrullerías y maldades: murió ahorcado por la justicia en una plaza pública, y cuando Somoza llegó al poder, hizo cambiar su historia reeditando la obra de don José Dolores Gámez, que lo presentaba como un feroz bandolero, y sustituyendo los episodios que demostraban este carácter, por otros en que se lo describía como un valiente y discutido guerrillero.

La personalidad de los hijos del Dictador se bifurcó decididamente, pero no porque fueran guiados en ese destino por impulsos de carácter incontrolable, sino porque la fuerza mayor de una herencia dinástica lo dispuso así desde el comienzo de su educación. Uno fue a West Point y el otro comenzó a estudiar ingeniería en Luisiana; uno fue jefe del Ejército y el otro personaje civil del Gobierno, ocupando la presidencia del Congreso de la República. Después, a la muerte del padre, ambos se repartieron el trabajo que había hecho aquél en una sola persona. Enterraron al viejo dictador y dividieron sus aptitudes para seguir la misma política, pero delineada en dos personas distintas: uno se dedicó al mando violento y cruel, el otro asumió los apelativos de generoso, comprensivo, inteligente, bondadoso, franco, etc. Que la prensa oficial daba a su padre.

Bizarro general, generoso presidente civil. Arrojado militar, prudente magistrado, progresista ingeniero, aguerrido jefe del Ejército. El binomio resultó de la unidad del padre, que en vida fue siempre para la propaganda y la prensa del Gobierno, bizarro y generoso, arrojado y prudente, progresista y aguerrido… todo al mismo tiempo.

En San Carlos del Río, a donde llegué después de haber estado tantos meses en la oscuridad absoluta de la cárcel, comencé a desentrañar el significado de la Dinastía como una herencia unitaria que se traslada a un apellido completo y no a una persona en particular.

–Luis es distinto– ­decían los más serviles somocistas, cuando alguien criticaba al fallecido dictador.

Y en el peor de los casos, si la crítica al sistema abarcaba también al nuevo gobierno, no tenían empacho en asegurar, como justificación a una tesis que era hija de su servilismo, o de su miedo:

–Eso es cuestión de Tachito… si dejara gobernar solo a Luis…

El mito de las dos cabezas reinantes, herederas ambas de la unidad que había prevalecido en vida del padre y ungidas con el rito del mismo nombre, demostraba simplemente que alguna lógica tuvo el mundo antiguo para gobernarse por medio de la monarquía. Era una cosa repugnante, algo que únicamente podía deducirse por la degradación de un sector del pueblo, sometido a la corrupción de sus instituciones por el término de una generación completa, pero que estaba indicando al mismo tiempo cómo después de una dictadura, la historia tiene lógicamente que experimentar un cruel retroceso.

¿No eran acaso responsables de lo mismo Luis Anastasio y Anastasio? ¿No vivían en la misma casa donde se torturaba a los prisioneros? ¿No paseaban su vista todos los días por el jardín de los leones del palacio de su padre…? ¿No dejaban a sus hijos correr por las estancias donde los presos, barbones y sucios, esperaban la sentencia de la familia…? Uno era presidente y el otro jefe del Ejército, pero ambos eran también hermanos; y lo habían sido con la misma intimidad de la sangre toda la vida, viviendo en el mismo palacio bajo las enseñanzas del mismo padre. ¿Acaso no fue precisamente Luis Anastasio quien justificó en el Congreso Nacional la muerte de todos los rebeldes de abril, asesinados por las fuerzas que mandaban su padre y su hermano, en los cafetales de Diriamba, diciendo que habían muerto en combate con patrullas de la Guardia Nacional…?

Su hermano los mataba y él daba las excusas. Anastasio presenciaba los dramas terribles de la tortura y la muerte y Luis Anastasio daba las corteses explicaciones a los familiares de muertos y torturados.

Se complementaban los dos en el sistema y el apellido del padre, y entre ellos no había más diferencia que la dictada por las circunstancias y necesidades del oficio respectivo.

Decididamente, Luis Anastasio merecía llamarse Luis “El Cortés” con más propiedad que Luis “El Bueno”, y ello resultaba un título suficientemente dinástico para dar carácter a su posición de heredero principal de la presidencia.

En la transición a la Dinastía, que aparecía refulgente y firme meses después del entierro de Somoza y su nombre, efectuado por los hermanos, habían jugado papel importante muchas circunstancias: la prensa de oposición padeció una censura atroz, sufriendo hasta la ocupación de sus oficinas por parte de oficiales del Ejército, allegados a las esferas principales del poder; los mandos de las fuerzas principales de la Guardia Nacional fueron celosamente entregados a los íntimos de la casa gobernante; oficiales destacados por sus años de servicio y por haber permanecido guardando un equilibrio decente dentro de la dictadura del viejo Somoza, fueron retirados, hechos a un lado, sacados de sus puestos o enviados a la cárcel.

Para comprender esto hay que recordar algo que ya dije al principio, y es que el poder combativo del Ejército de Nicaragua está circunscrito a la Loma de Tiscapa, residencia de la familia, que puede, aun por mano del más pequeño de sus miembros, desatar un poder de fuego incontrastable sobre el armamento de la mejor organizada guarnición del país.

Los jefes de la oposición permanecieron en la cárcel hasta la víspera misma de las elecciones, y el país entero, adormecido y acobardado por las represiones brutales que tuvieron lugar, despertó únicamente cuando ya el fenómeno había pasado su punto crítico; cuando el rey muerto había sido definitivamente sustituido por el rey vivo.

San Carlos del Río San Juan quedaba a 20 minutos en bote de motor de Los Chiles, poblado costarricense que había padecido por lo menos en dos ocasiones las invasiones somocistas. Los habitantes del puerto recordaban haber escuchado en el año de 1955 las detonaciones producidas por las bombas de los aviones F­51 que el Ggobierno de Estados Unidos vendió a Costa Rica para defenderse.

El planeamiento de la invasión, fracasada en término de una se mana, a pesar de contar con cerca de 1,000 hombres entrenados durante seis meses y armados hasta los dientes por el dictador nicaragüense, había corrido a cargo de Anastasio Somoza Debayle y de su compañero de West Point, Teodoro Picado hijo. Los dos jóvenes militares estudiaron sobre el mapa las posibilidades de una invasión relámpago que entrara por la frontera Sur y llevara sus fuerzas blindadas hasta la propia capital del país vecino, mientras un destacamento de tropas “anfibias” invadía el poblado de Los Chiles.

Sobre el mapa todo resultó perfecto; pero después, cuando el pueblo costarricense se levantó como un solo hombre para repeler a los agresores y centenares de muchachos de toda condición social se enfrentaron a los dos grandes técnicos militares centroamericanos, Teodoro huyó y Anastasio Somoza Debayle tuvo una espantosa crisis de nervios.

Por San Carlos, en donde yo descubrí, ya libre de la oscuridad de la cárcel, el implantamiento del régimen dinástico que ahora gobierna mi Patria, pasaron de vuelta las tropas derrotadas dejando una tela de silencio y de sangre.

Sus pequeñas calles empedradas, que datan de los primeros tiempos de la Colonia, cuando los españoles construyeron en sus vecindades fuertes y establecimientos militares para contener a los piratas, presenciaron la entrada de estos nuevos filibusteros derrotados por la decisión inquebrantable de un pueblo cuyo sentido republicano y democrático de la vida le impide aceptar imposiciones.

La misma noche que llegué allí, un muchacho estudiante de un colegio de la Costa Atlántica, y que pasaba vacaciones en el pueblo, me pidió que escribiera algo en su pequeño diario.

Le puse simplemente:

“En San Carlos del Río, puerto de entrada a Nicaragua, y de salida a la libertad”.

Yo estaba dispuesto a irme.