Capítulo XXXIII – De noche y en el río

Anastasio Somoza Debayle había dicho a un amigo mío que el objeto de ponerme en el pueblo de San Carlos era precisamente el de tentarme a que probara una fuga: —Que se vaya —dijo—­, para que le llueva plomo…

Pedro Joaquín Chamorro

Era un Sábado Santo a las seis y media de la tarde.

Mi esposa Violeta había llegado a San Carlos para hacerme compañía. Nos encontrábamos sentados en la pequeña acera del hotelito del pueblo, esperando el paso de un hombre, señal indicativa de que podíamos salir esa noche.

Al otro lado de la calle quedaba la administración de Aduanas, a cuyo cargo se encontraba un capitán de la Guardia Nacional con varios soldados que rondaban las 24 horas del día.

Desde cualquier ángulo del edificio se podían vigilar perfectamente bien nuestros movimientos, y todos nuestros pasos en el pequeño pueblo eran controlados con sencillez y sin aparatos de ninguna especie.

Pasadas las seis y media, llegaron el capitán y un amigo suyo, quienes me invitaron a tornar whisky de una botella que pidieron a la administración del hotel y colocaron en una mesita frente a nosotros, siempre sobre la pequeña acera que daba a la calle.

Yo no bebí.

Mi esposa Violeta se había puesto debajo de las faldas unos pantalones gruesos para el viaje y tenía sobre ellas un libro sobre misa y un rosario.

­ —Dentro de un momento nos vamos ­ —dijo—­. Vamos a los oficios religiosos y a la procesión.

Los instantes pasaron rápidamente mientras la conversación del capitán y su amigo sonaba a mis oídos distante y extraña.

Yo estaba intensamente nervioso. Mi esposa no.

Teníamos seis años de casados, en los cuales ella había experimentado en mi persona una vida extraña a toda su educación apacible y ordenada. Prisiones, Consejos de Guerra, demandas en los tribunales de justicia, polémicas candentes, incidentes personales, abandonos forzados y engañosos como un día de abril del 54 en que la dejé en nuestra quinta de Casa Colorada con una niñita de dos meses de nacida. De allí tuvo que salir hasta Managua en la camioneta de un amigo, dando, en los puestos militares que resguardaban la carretera un nombre distinto; esa vez estuvo aislada varios días, al punto que recibió como “damnificada” de la guerra que desataron los So­moza contra nosotros, la visita de un grupo de esposas de empleados de la embajada norteamericana con una caja de botellas de leche para sus niños.

Había sentido el abandono de muchos de nuestros amigos acobardados y el sufrimiento de las viudas de varios compañeros que en vida visitaban mi casa y a quienes ella conocía y quería tanto como yo; había sufrido humillaciones de toda clase cuando llegaba a las cárceles a dejarme los alimentos, o a implorar una visita de escasos minutos. Se arriesgó a pasar durante meses enteros en su automóvil las entradas de la loma de Tiscapa, para llevar hasta las dependencias de la Oficina de Seguridad una canasta con alimentos que algunas veces me entregaban y otras saqueaban los soldados de esa dependencias, para decirle al otro día que ‘enviara más comida, o mejor ropa, muchas veces le dijeron en el lenguaje cuartelario y grosero que usan los esbirros más adictos a los Somoza, cuando enseñaba un telegrama o una orden permitiéndole la entrada a las cárceles.

­ —¡Ah…! Chamorro… viene a ver a ese asesino…

Y ella callaba, tranquila y confiada en una fe cristiana, respaldada por el cariño que sentía hacia su esposo, confirmado en la seguridad absoluta de que era inocente y de que luchaba por una causa justa y grande; escribía cartas públicas en los periódicos, pedía entrevistas con los personajes del régimen, asistía (a pesar de mis instrucciones en contra) a todas las audiencias de los Consejos de Guerra y permanecía impasible en el sol, situada detrás de una pequeña ventana, escuchando los insultos que profería la chusma pagada por los Somoza y mendigando dignamente un poco de caballerosidad de los oficiales del Ejército que se especializaban en humillar a las señoras.

Nuestro último hijo nació, mientras yo pasaba un año preso, en la casa de mi madre, sujeto a una condena ilegal dictada por los Somoza; fue sola al hospital y cuando regresó con su criatura enferma y hubo que llevar a ésta nuevamente a la sala de operaciones, quiso también asistir, a pesar de las indicaciones contrarias de los médicos.

Esa vez Somoza, enterado del asunto, permitió que yo saliera de mi encierro, y fui al hospital a presenciar la salvación de un niño, hijo de mi amor por una excepcional muchacha nicaragüense que, sin haber sido educada en el camino estoico de a lucha por la dignidad humana, supo adoptarlo en un ámbito integral de sufrimiento y de valor.

El Sábado Santo de 1957 en San Carlos, yo estaba intensamente nervioso, pero mi esposa no.

Eran las siete de la noche aproximadamente, cuando el hombre que debía pasar frente al hotel se vislumbró en la oscuridad, con el sombrero bien calado. Esa era la seña.

El capitán y el amigo bebieron el último trago de la botella de whisky y mientras nosotros nos levantábamos advirtiendo que tornaríamos a vernos al día siguiente en la mañana, para estar presentes en una celebración que debía efectuarse en el pueblo, calculábamos que creyendo las autoridades y todo el mundo que íbamos a la procesión y luego a los oficios religiosos, nuestra ausencia no se notaría hasta la media mañana del domingo.

En San Carlos apagaban las luces del alumbrado a las 11 de la noche, y después de esa hora, el pueblo apacible y desconectado de todo el resto del país en los días de Semana Santa, no ofrecía campo propicio a ninguna investigación. Todo estaba en llegar hasta el bote que nos esperaba y poder avanzar dentro de él las primeras quinientas varas.

Anastasio Somoza Debayle había dicho a un amigo mío que el objeto de ponerme en el pueblo de San Carlos era precisamente el de tentarme a que probara una fuga:

­ —Que se vaya —dijo —­, para que le llueva plomo…

La advertencia no era única. También en el “Cuarto de Costura” de su casa de habitación hizo hincapié en el odio que le causaba mi persona, al decirme violentamente: “Si salís de aquí, podés tener la seguridad de que no das tres pasos fuera de la cárcel”.

Pero tampoco podía yo quedarme, y por eso en aquella noche emocionante del Sábado Santo tomé a mi mujer del brazo y bordeando el camino de la iglesia nos dirigimos hasta las bodegas del ferrocarril, donde atracaba en los días hábiles de las semanas ordinarias el barco “General Somoza”; pasamos las calles del pueblo, repletas de gente con trajes de domingo, caminamos por un pequeño puente de madera y nos encontramos frente a una mole de tablas y un extenso muelle lleno de barriles vacíos de gasolina.

La noche anterior llegamos hasta allí, siempre en busca de la oportunidad para irnos, pero esa vez no encontramos al botero que debía de hacernos compañía, porque él equivocó la cita y nos esperó en un lugar distinto.

El Sábado Santo a las siete de la noche no había salido la luna. Las orillas oscuras y extensas del río San Juan se dibujaban apenas, y cuando llegamos al extremo del muelle como lejano y perdido, Violeta distinguió la silueta de un bote con un hombre a bordo.

­ —Allí está ­—me dijo— y yo le grité la consigna que tenía para él, porque ni siquiera lo conocía.

­—Callados… —­dijo el campesino—­. Vamos a un mundo libre. ¡Sin miedo…!

Y el chapoteo del bote se escuchó empujado suavemente por la pala de su canalete. Habíamos estado a punto de quedarnos, porque en el camino nos encontrarnos con muchas personas conocidas del pueblo, incluso con un sargento de la Guardia Nacional, pero ella dijo cuando le expresé mis dudas:

­Ahora tenernos que irnos.

Y caímos rato después del incidente en el bote pequeño y celoso, pero desafiante y firme, cuando las luces encendidas del pueblo nos estaban diciendo todavía de cerca que este vivía con intensidad el comienzo de la noche.

La noche fue larga.

Primero la diminuta embarcación en donde escasamente cabíamos los tres, se deslizó suavemente como una sombra larga y afilada por la orilla llena de pastizales y plantas acuáticas; luego el rítmico golpe del remo, legítimo canalete nicaragüense lo fue impulsando con más brío en el silencio de la noche, roto apenas por el croar de las ranas y el lejano sonido armónico y cansado de los motores eléctricos del pueblo. Detrás se veían las luces de éste y sus desvencijados pero lindos muelles, bien recortados, rectos y silenciosos, sobre el río.

San Carlos se fue haciendo pequeño y el río se volvió inmenso y oscuro. Detrás, cuando volvíamos de vez en cuando la mirada aguzando los ojos para descubrir si alguien nos perseguía, veíamos únicamente una sombra de luz sobre el cielo; como una gran bóveda brillante que guardaba el recuerdo de toda la tragedia vivida durante tantos meses; adelante, sombras; enormes y monstruosas sombras que se acercaban a nosotros para ir tomando contornos bellos y definidos; árboles gigantescos, extensiones de tierra baja o de camalotes, como una línea interminable que daba al río más anchura y tamaño.

El río es bello. Lo descubrieron los españoles cuando navegando afanosamente por el Gran Lago de Nicaragua (Mar Dulce, le llamaron), trataban de encontrar una salida al Océano Atlántico; fue la primera gran ruta interoceánica y siguió durante toda la historia de Nicaragua sufriendo el rastrilleo del paso que padecen los caminos fáciles, marcados entre mundos diferentes.

La Compañía de Tránsito, inaugurada a mediados del siglo pasado por una concesión que el Gobierno de Nicaragua cedió al comodoro Vanderbilt, lo habilitó como un pequeño Mississippi donde los buques impulsados con ruedas llevaban pasajeros desde Greytown (ahora San Juan del Norte) en el Atlántico, hasta el puerto lacustre de La Virgen. Allí tomaban mulas para llegar a San Juan del Sur, en el Pacífico, y dirigirse a California, en busca de oro.

Esa era la ruta del Tránsito de Nueva York a San Francisco, pasando por las anchurosas aguas dulces del Río San Juan donde tantos tropiezos y eslabones había tenido la historia de Nicaragua.

Allí radicó su poder William Walker y esa fue su última arteria de comunicación y abastecimiento. Cuando los soldados costarricenses la cortaron en 1856 apoderándose de los vapores del río, y los nicaragüenses sitiaron la capital del filibustero que era Granada, este se vio perdido y huyó a Rivas, para ser derrotado sin compasión ni remedio.

Le faltó la sangre para su empresa esclavizante, representada por innumerables aventureros que pasaban sobre el río, siempre armados de revólveres y rifles de cartucho contra nuestros fusiles de chispa.

Mi mujer y yo íbamos ahora en una noche oscura de Sábado Santo sobre la senda recorrida en tantas acciones bélicas y libertadoras por los soldados de nuestra patria centroamericana.

Yo tomé un canalete del bote y ella comenzó a rezar; bregamos primero corriente abajo durante cerca de tres horas, angustiados siempre por la idea de que si notaban nuestra ausencia del pueblo, nos podrían alcanzar en breves minutos con los botes que disponía en San Carlos la Guardia Nacional, uno de ellos capaz de correr 30 millas por hora, equipado con un motor marino de 90 caballos.

Nuestro botero, cuya figura borrosa adivinábamos apenas en la oscuridad, llevaba la embarcación siempre por las orillas, explicando con seguridad de baquiano:

­Si oímos el motor, nos “aventamos” a los pastizales. Allí nadie nos encuentra.

Pasaban los minutos y las horas; las sombras de los árboles parecían arrancadas de un panorama imposible que únicamente cobraba vida real cuando el botecito se acercaba a ella, hiriendo lentamente el vidrio verdoso oscuro de las aguas, cuya apacible tranquilidad daba siempre la sensación de que no pasábamos del mismo sitio. Cambiábamos de lugar, el remero a la izquierda y yo a la derecha, yo a la derecha y él a la izquierda; hacíamos la operación luego de advertirnos mutuamente el momento oportuno, porque la embarcación era tan pequeña que un movimiento brusco podía echarnos a los tres al agua.

Al cabo de las primeras tres horas, nuestro guía anunció que estábamos en la entrada de un afluente del San Juan que se llama “Medio Queso”; casi frente a ella dejamos una propiedad de los Somoza (las tienen en todas partes del país), de la cual salieron perdidos en la lejanía los ladridos agudos de un perro… Tomamos precauciones, la embarcación se desvió ostensiblemente hacia la orilla contraria y los remos impulsados por el temor y la necesidad de salir adelante con más rapidez, hirieron el agua con vigor para darle una velocidad más de acuerdo con el peligro.

Pero no pasó nada.

El “Medio Queso” es mucho más pequeño que el San Juan. Su topografía nocturna distinta y los árboles, grandes en las orillas, habían dejado el campo a interminables extensiones de bajura plana y húmeda; semejaba un camino brillante y recto, un gran canal que en la noche parecía abierto por la mano del hombre, sin complicaciones ni curvas excesivas, obedeciendo el trazo de la inteligencia que suprime los obstáculos, pero oloroso a monte virgen y exuberante. El tránsito por él era mucho más fatigoso porque navegábamos ahora contra la corriente y sobre la línea de nuestro esquife saltaba con una frecuencia alarmante, asustados por el ruido de los remos, multitud de “gaspares”, despertados de su profundo sueño acuático.

El “gaspar” es un pez raro cuya cabeza semeja la de un lagarto y cuyo cuerpo redondo, lustroso como un bolillo y sin escamas, flota suavemente en la superficie de los ríos deslizándose en una operación que parece el disfrute de una siesta nocturna.

Cuando el bote, urgido con suavidad por los remos chocaba inesperadamente con uno de estos animales, la sorpresa del encuentro daba motivo a un salto repentino y violento, que levantaba surtidores de agua encima de nosotros. En la hora y media que duró la travesía sobre el “Medio Queso”, fueron tantos estos incidentes, que al final de ella los tres estábamos empapados. Fuera de esto y de la continua preocupación que íbamos dejando cada vez más lejos, nuestro viaje, realizado en un silencio casi absoluto, fue adornado únicamente con los ruidos de la montaña, el rumor del rosario y el susurrar del agua que se escurría en la pala de los canaletes, vibrando siempre suave y acompasadamente.

Pero tuvimos un momento de intensa angustia.

Fue cuando pasamos por una finca en donde se nos había advertido que de vez en cuando colocaban números de la Guardia Nacional, con objeto de estorbar el tránsito de contrabandos, cuyo paso natural había sido muchas veces el río “Medio Queso”. Al llegar allí, especie de guardarraya que divide las fronteras de Costa Rica y Nicaragua, nuestro guía alineó más su bote sobre la orilla contraria y remó con gran precaución para que ni siquiera el chocar del canalete con el agua pudiera delatarnos; pasamos frente a una casa situada en una loma, vimos de lejos varias pequeñas embarcaciones como la nuestra, corrales de ganado, alambradas de púas, lavaderos de piedra; todo en silencioso abandono. Remamos cien o doscientos metros más y cuando ya nos disponíamos a pensar con tranquilidad que estábamos a salvo, un foco luminoso hirió las entrañas de la noche, buscando en las riberas negras del río.

—¡Reme ligero! —me dijo el botero, y agregó: —¿tiene revólver?

—No.

Su canalete hendió las aguas con pasmosa velocidad; sus brazos y los míos se unieron en un esfuerzo supremo para alargar la distancia y su pecho de hombre noble que se estaba arriesgando únicamente por la convicción profunda de sus ideales, gritó en la noche cálida donde apenas comenzaba a dibujarse el resplandor de la luna menguante:

—No nos pueden alcanzar, y si nos alcanzan, nos vamos a defender con los remos.

Fueron cinco o diez minutos de angustia, durante los cuales toda la energía del cuerpo y del alma se desprendió sobre los remos lucios y gastados; minutos en el silencio mantenido hasta ese momento como una indispensable consigna, estaba roto y a un lado; instantes en que nosotros solo veíamos adelante, mientras los ojos agudos y sin expresión del campesino que nos conducía escrutaban la maleza para averiguar en cualquier momento donde está el mejor puerto de escapada.

Por fin se apagó la luz y tomamos agua del río, en un huacal; nadie nos seguía… En la oscuridad menos profunda de la noche, comenzó a abrirse una hendidura brillante y hermosa, al fondo y en la misma dirección de la proa de nuestra pequeña embarcación.

—Allá son Los Chiles, Costa Rica— musitó el hombre con calma.

Y entonces seguimos conversando de otras cosas, ya fuera de toda tensión nerviosa; nos dijo quién era, nos contó la historia de su familia, que había emigrado de Granada por “las circunstancias del Gobierno” como decía él; dio su aporte campesino y honesto a la filosofía del enjuiciamiento de la dictadura, recordó las gabelas que imponían los pequeños comandantes de la Guardia somocista en los poblados remotos, cómo mataban a los humildes sin que nadie se diera cuenta, los robos de tierra, los engaños continuos, la explotación del pobre por quienes gobernaban únicamente para enriquecerse.

El boté entro por un pequeño canal de metro y medio de ancho, lleno de troncos y maleza, que flotaban en el agua empozada, casi pútrida. Él rió y dijo:

—Aquí ya no nos pueden seguir porque se les quiebra la propela.

Por el canal anduvimos unos minutos, hasta que la embarcación encalló en una rada de lodo; amarramos el bote mientras fumábamos un cigarrillo, iniciamos el camino a pie, cortando por la montaña desde el sitio que se llama “Los Robles”, hasta el pueblo de Los Chiles. Era un camino bueno y firme, situado en medio de propiedades alambradas y por el cual, sin riesgo de ninguna especie, llegamos hasta la entrada del poblado costarricense en donde nos despedimos de él, que emprendía, cinco horas después de haber salido con nosotros de San Carlos, su regreso a Nicaragua.

Cuando se iba, y Violeta, mi mujer, quiso saber dónde estábamos hubo un corto diálogo que marco para nosotros definitivamente la diferencia entre el régimen de terror de los Somoza y el que gobernaba democráticamente a Costa Rica.

—¿Qué es esto…?— preguntó ella.

—El aeropuerto, señora— contestó él.

—Entonces apague esa lámpara, señor. ¿No ve que pueden tirarnos…?

—Señora—, dijo él riendo—, aquí no tiran a nadie…