Confidencial

Capítulo XXXIV: Al otro lado del río

Nicaragua quedaba atrás, envuelta en su tragedia dinástica, la herencia desgraciada de un hombre que había mantenido su puño de hierro cerrado contra las libertades y abierto como garra para apoderarse de todas las riquezas del país, subsistía después de su muerte.

Pedro Joaquín Chamorro

Al otro lado del río, en Los Chiles, dormimos Violeta y yo en la casa del jefe del resguardo fiscal costarricense, adonde nos fuimos a presentar. Nos recostamos en el suelo de tablas y pasamos encerrados en una habitación desde la una de la mañana del Sábado Santo hasta las tres de la tarde del domingo.

En San Carlos se dieron cuenta de nuestra huida a las nueve de la mañana, y desde ese momento comenzaron a llegar a Los Chiles en nuestra búsqueda varios miembros de la Guardia Nacional de Nicaragua vestidos de civiles. Estuvieron frente a la puerta del escondite y los pudimos identificar por las hendijas que formaban los tablones mal ensamblados de la casa del jefe de resguardo; los vimos a un metro de distancia, indagando, buscando una pista… pero en el pueblo nadie sabía de nosotros.

A las tres de la tarde, un avión DC­3, contratado por amigos nuestros en San José de Costa Rica, bajó en el pequeño campo de aviación de Los Chiles, y salimos del cuarto directamente hasta él seguidos a unas cincuenta varas de distancia por el jefe del resguardo.

Había un numeroso grupo de gente. Chiquillos, hombres y mujeres del pueblo se aglomeraron alrededor del aparato, extrañados de que aterrizara allí, en domingo y en plena Semana Santa. Cuando comenzaron a salir de su asombro, nosotros pasamos en medio del grupo y abordamos la nave; frente a la portezuela estaba, pálido, de mirada hosca y lejana, un sargento de la Guardia Nacional llegado esa misma mañana con objeto de investigar nuestro paradero. No se atrevió, sin embargo, a articular palabra.

Ya en la nave alguien de tierra se acercó a pedir papeles que nos identificaran, pero el piloto, consciente de su misión, por toda respuesta entró a la cabina y encendió los motores del aeroplano.

El que pedía los papeles se bajó, y mientras el poderoso avión temblaba en el paroxismo de su potencia, detenido únicamente por los frenos de tierra, corrieron hasta su portezuela Ernesto Solórzano Thompson y los demás que habían llegado a recogernos y nos buscaban infructuosamente en el pueblo.

Juntos volamos en pocos minutos hasta San José de Costa Rica. Allí, inmediatamente después, se nos otorgó el asilo.

Nicaragua quedaba atrás, envuelta en su tragedia dinástica, la herencia desgraciada de un hombre que había mantenido su puño de hierro cerrado contra las libertades y abierto como garra para apoderarse de todas las riquezas del país, subsistía después de su muerte. La oscilante regla política latinoamericana, que va frecuentemente de la libertad al despotismo y viceversa, no se había cumplido en Nicaragua.

Nuestro país salió de la democracia a fines del siglo pasado, cuando los regímenes patriarcales derrocados por el general José Santos Zelaya, que se hizo llamar “Reformador”, fueron sustituidos por una dictadura castrense que dilató 17 años. Después hubo una nueva revolución y un período caracterizado por etapas de libertad y de anarquía, hasta que caímos en el torbellino incontrastable de la política, en ese entonces interventora de los Estados Unidos, y nuestro pueblo fue hollado por una bota militar férrea que no obedecía a intenciones espirituales de reconstrucción, sino a la teoría del mando duro, del poder inconvertible para afirmar la paz.

La paz… ¿qué paz había sido esa…?

Había sido la paz de la inconformidad en los hogares humildes, la paz del silencio, impuesto sin réplicas de ninguna clase, cimentada probablemente en el deseo de crear una fuerza contra la cual no valieran las protestas ni las revoluciones.

Después cambió la política norteamericana, pero el daño estaba hecho. Ejércitos fuertes y hombres fuertes educados en la escuela del mandato ilimitado, como Trujillo y Somoza (ambos hijos del mismo sistema) ocuparon los sitiales en que impartían justicia los procónsules de la nueva Roma, y actuaron como ellos. Recibieron el apoyo incondicional de sus primitivos tutores, les permitieron desvirtuar la esencia misma de la democracia y los vitales valores morales del mundo occidental cristiano; les dieron armas, dinero, simpatía, ayuda material y moral. Los políticos de Washington fueron creando alrededor de ellos una extraordinaria fama de amistad y comprensión que les permitió entronizarse definitivamente hasta el punto de llegar al desenlace del drama con una familia bien crecida y educada en el cauce dinástico.

Los políticos de Estados Unidos se equivocaron… pero eso no tiene nada de particular. Lo interesante y cruel en el caso de Nicaragua es que todavía no han rectificado, o que la rectificación pretendida es una nueva equivocación, quizá más grave que la primera. Porque su política interventora, que prohijó durante la década del 30 hijastros como Somoza y Trujillo, ha seguido una de no intervención llevada al extremo de prestar el apoyo incondicional a quienes estableció en el poder la política interventora… y eso es intervenir.

Intervienen haciéndose de la vista gorda en todas las depredaciones que sus herederos llevan a cabo; intervienen aceptando a esos hombres cuya moralidad es ampliamente conocida en toda América, como sus mejores amigos, o sus más respetables socios en los negocios del continente; intervienen menospreciando la lucha de los ciudadanos que se levantan contra ellos amparados en la creencia que a todos los pueblos americanos debe ser simpática: una lucha por el verdadero establecimiento de la democracia en el continente. Dejan en sus manos llenas de sangre, mentiras y desprestigio la bandera de una democracia que necesita hombres puros y sinceros, en su legítima y grandiosa lucha contra el comunismo.

Y con eso no ganan amigos, sino que los pierden; no solucionan problemas, sino que los difieren.

La consolidación de una Dinastía en América, es un fenómeno que hiere profundamente la figura histórica de nuestro continente. Es cierto que los primeros culpables de haberlo permitido somos los nicaragüenses, pero en abono de nosotros hay que decir que las páginas de nuestra historia contemporánea rebasan de lucha y de heroísmo.

Los Somoza son un fenómeno original y extraño, un caso arrancado de las épocas pasadas, como su jardín de los leones y los tormentos que se aplican en su propia casa de habitación, pero frente a ellos ha habido y habrá siempre un grito lejano y eterno de rebeldía.

Un grito americano que se escucha en todos los lugares que sirven de escenario actual a los viejos versos de Rubén Darío:

Cristo va por las calles flaco y enclenque,
Barrabás tiene esclavos y charreteras,
y las tierras del Cuzco, Chibcha y Palenque,
han visto engalanadas a las panteras.

Estimados lectores, hemos publicado un capítulo nuevo cada día, desde 8 de enero. Gracias por acompañarnos en esta lectura de Estirpe Sangrienta: Los Somoza, de Pedro Joaquín Chamorro. Los invitamos mañana a leer el último capítulo: La lucha del futuro