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Carlos Alvarado intentará un “gobierno nacional”

Carlos Alvarado, candidato presidencial del Partido Acción Ciudadana, saluda a sus simpatizantes tras votar hoy. Foto: EFE

Carlos Alvarado, presidente electo de Costa Rica, asumirá su mandato el ocho de mayo con la presión de impulsar desde el primer día reformas económicas para enfrentar el déficit fiscal, modernizar la infraestructura del país, y fortalecer el renombrado estado de bienestar que ha diferenciado a esa nación del resto de sus vecinos centroamericanos.

Alberto Cortés Ramos, politólogo de la Universidad de Costa Rica, advierte que no habrá “luna de miel” de parte del electorado con su nuevo presidente, que le exigirá el cumplimiento de sus promesas, a pesar de que Alvarado ha significado un alivio para cientos de miles de votantes –principalmente jóvenes– que temían una deriva fundamentalista de ganar la segunda vuelta de las elecciones presidenciales el candidato evangélico Fabricio Alvarado, en un país que se ha forjado fama internacional por su apertura, libertad y respeto a los derechos humanos.

El presidente electo por el Partido Acción Ciudadana (PAC) gobernará en minoría parlamentaria con 10 de 57 diputados en la Asamblea Legislativa, pero con la necesidad de fortalecer las alianzas que negoció durante su campaña, que le garantizaron el triunfo electoral. En la mira está el tradicional Partido Liberación Nacional, dividido en su estructura durante el proceso electoral, pero con fuerza suficiente en el Parlamento para bloquear o dar vía libre a las propuestas que lleguen desde el Ejecutivo.

El politólogo de la UCR adelanta que Alvarado impulsará una forma de gobierno abierta al diálogo.  El nuevo mandatario, de 38 años, desarrollará un estilo de gobernar de tipo “gerencial”, en busca de resultados que le permitan mantener la aprobación del electorado y las alianzas necesarias para sostener la estabilidad política en un país que hasta hace dos semanas era una olla de presión a punto de estallar.

“Carlos Alvarado va a intentar construir un primer gobierno nacional, una agenda nacional amplia, que incluya a otros partidos políticos”, explica Cortés, también director por Costa Rica ante del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE).

Ese Gobierno de unidad nacional es básico para enfrentar el primer gran reto del nuevo mandatario: llevar a buen puerto una reforma fiscal para disminuir el déficit fiscal que desangra y entorpece la economía de Costa Rica. El país cerró 2017 con el déficit fiscal más alto de las últimas tres décadas, que el año pasado significó el 6,2% del Producto Interno Bruto del país, según datos del Ministerio de Hacienda costarricense, lo que representa más de tres mil 533 millones de dólares, es decir, una cifra similar a la de la cooperación petrolera de Venezuela a Nicaragua durante el mandato del presidente Daniel Ortega.

Helio Fallas, ministro de Hacienda, reconoció el pasado enero que el gasto excesivo, un menor incremento en los ingresos tributarios y una “una legislación hacendaria obsoleta” contribuyeron al aumento del déficit, que mantiene alarmados a economistas del país. El mismo funcionario aseguró que es necesaria una nueva Ley de Impuesto y la reforma fiscal, que debe ser discutida por la legislatura saliente y refrendada por la nueva Asamblea Legislativa, en la que el PAC tiene minoría.

“Carlos Alvarado no puede posponer la reforma fiscal, el país no puede esperar más”, asegura Alberto Cortés, quien participó en el programa Esta Noche. El politólogo afirma que Alvarado ya ha planteado una reforma del Estado para hacerlo más eficiente, sin que esto represente el desmontaje de la Administración pública tica.

“Hay experiencia acumulada”, continúa el analista, sobre el segundo gobierno del Partido de Acción Ciudadana (PAC). “Carlos Alvarado es el resultado de un proceso de aprendizaje que se evidencia en el crecimiento de la gestión pública durante el Gobierno del presidente Luis Guillermo Solís. El mismo Alvarado formó parte de la Administración pública y ese aprendizaje indica que va haber una mejora en el desempeño”.

Alvarado recibe el legado del presidente Solís, que deja el Gobierno sin cumplir las expectativas de los votantes que le dieron un gran apoyo hace cuatro años, cuando veían en él a un hombre capaz de reformar y modernizar Costa Rica, terminando con el bipartidismo de los partidos tradicionales. Además, el presidente saliente se va bajo la sombra del escándalo conocido como el “cementazo”, una operación de tráfico de influencias para favorecer a un empresario en la importación de cemento chino. Por este escándalo de corrupción la Asamblea Legislativa destituyó esta semana al magistrado de la Costa Suprema de Justicia, Celso Gamboa, amigo del empresario importador de cemento chino, Juan Carlos Bolaños. Sin embargo, Cortés destaca que las instituciones de Costa Rica están actuando para investigar y procesar a los responsables e impedir que el caso quede en la impunidad.

A favor del nuevo presidente juega el hartazgo de los votantes jóvenes hacia la política tradicional, el despertar político de toda una generación que se movilizó para evitar el triunfo de un movimiento conservador, fundamentalista en lo religioso y que para muchos representaba una amenaza para la libertad y los derechos humanos en Costa Rica; una nueva generación que se proyecta en un presidente joven –amante del rock, periodista y carismático– y que puede inyectar un nuevo dinamismo a la política en este país.

La política exterior y las relaciones con Nicaragua tuvieron un bajo perfil en las recientes elecciones costarricenses, aunque Carlos Alvarado hizo planteamientos específicos sobre el papel que juegan los migrantes nicaragüenses y sus derechos en Costa Rica. El analista Cortés espera que, una vez concluido el diferendo de límites territoriales en La Haya, las relaciones con Nicaragua serán “de cooperación entre países vecinos”, pero esta política se definirá una vez que Alvarado asuma el cargo y nombre a su canciller. Durante su mandato, Luis Guillermo Solís mantuvo una política exterior que, en entrevista con CONFIDENCIAL, definió como “fría, pero respetuosa”. Está por verse cuál será la política del nuevo presidente.