Opinión

Celebro la rebeldía de mis compatriotas

Gioconda Belli

Uno se pregunta si es que la semilla de la tiranía y la intolerancia no puede ser erradicada.



Decir simplemente “gracias” a PEN Alemania por este premio se me hace insuficiente.

A veces las palabras que existen en nuestros vocabularios se quedan cortas para expresar los sentimientos que albergamos. Y es que este premio se me otorga en un momento muy especial de mi vida y de la vida de mi país. Me gusta decir que soy una mujer que vive una prolongada juventud, pero lo cierto es que pronto tendré 70 años. O sea que, como creo nos pasa a todos los que arribamos a esos puertos cronológicos, uno realiza que el paisaje más ancho quedó atrás. Sin que esto signifique renunciar a los buenos paisajes del futuro, uno siente cierta nostalgia por el pasado. Uno se pregunta si ha vivido “la vida virtuosa” que la humanidad ha tratado de definir desde el tiempo de los griegos. Y hay eventos más allá de nosotros mismos que ponen esa pregunta en primer plano.

¿Cómo no preguntarme ahora, por ejemplo, si valió la pena entregar mi juventud y buena parte de mi vida a una revolución que juzgué como lo más hermoso que me había tocado vivir? Los acontecimientos que se han dado en Nicaragua desde este pasado 18 de abril, cuando una protesta ciudadana fue reprimida violentamente, no cesan de asombrarnos con su horror. Hemos visto a uno de aquellos que lideró la victoria de la Revolución Sandinista en 1979, convertirse en un tirano. Ser testigo del furor de un gobernante que, en defensa de su poder, ordena matar sin compasión a 500 o más nicaragüenses en sólo seis meses, ver cómo el gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo, encarcela jóvenes, acusa a cientos de personas de terroristas por el delito de marchar y protestar, ver una policía de la cual por largo tiempo nos enorgullecimos, convertida en acompañante de una fuerza paramilitar lanzada contra la población, con licencia para matar, detener y torturar fuera de toda ley; ver que se atropellan nuestros derechos constitucionales, que se castiga a los médicos por atender heridos opuestos al régimen, que se nos prohíbe el derecho de reunión y de manifestación, que se golpea y persigue a los periodistas, que se limita nuestra libertad de expresión y que miles de jóvenes deben salir al exilio, no sólo es motivo de dolor sino de pavoroso cuestionamiento. Uno se pregunta si es que la semilla de la tiranía y la intolerancia no puede ser erradicada, si es que la humanidad está condenada a vivir ciclos de repetida violencia, si es que de nada sirven las muertes generosas de tantos que han creído que un mundo mejor es posible.

Pero no me resigno al pesimismo. ¿Qué sería de nosotros si no creyéramos? ¿Qué habría pasado con todos esos que Hermann Kesten ayudó a poner a salvo si él no hubiese hecho su parte? ¿Cómo estaríamos si Nelson Mandela se hubiese deprimido y claudicado en la cárcel? Me consuelo pensando que, a pesar de este presente, no fue en vano que mi generación luchase por sus convicciones. La historia nos enseña que nunca han faltado los hombres y mujeres que nos salvan de la desesperanza; que, así como hay monstruos que asesinan, nunca faltan quienes luchen por la libertad y la decencia. Me libro del derrotismo afirmando que son nuestras expectativas de ver resultados en nuestras cortas existencias lo que conspira en nuestra psiquis y con frecuencia nos hace perder la tenacidad y la fe. Por eso, en vez de pensar en lo trágico que es ver Nicaragua sumida en esta represión, prefiero celebrar la rebeldía de mis compatriotas, pensar que es herencia de la revolución un pueblo que no tolera más dictaduras. Prefiero pensar que me será dado, con suerte y si dejo de fumar, ver otra revolución que repetirá en vez de aniquilar mi tenaz juventud.  Siempre repito una reflexión que me hice leyendo un ensayo del poeta inglés Percy Shelley sobre su desilusión tras la Revolución Francesa. Tantas ilusiones, decía, para que llegara el Terror, el Imperio. Efectivamente, pasaron cien años desde 1789 hasta que se instaló la República verdaderamente en Francia, pero Shelley no llegó a verlo. No tuvo suficiente tiempo.

Estamos viviendo una época difícil para la humanidad. Lo viejo se resiste a morir e insiste en regresar. Es angustiante ver el populismo triunfar en el Brasil, la xenofobia y los anti-valores lograr votos en Europa, pero este es el peor momento para perder el impulso de cambio y deprimirse. Además de confiar en el futuro, debemos trabajar incansablemente contra esas fuerzas, inspirar a la juventud, no pasarle nuestro escepticismo o nuestra oscura visión del presente.

Recurriendo a ese espíritu optimista, además de denunciar los atropellos a periodistas, en PEN Nicaragua hemos seguido trabajando, organizando foros sobre periodismo y arte en tiempos de crisis; debates sobre la autonomía de la Costa Atlántica. El dos de noviembre organizamos un homenaje a los periodistas asesinados en la región. Hemos tratado, sobre todo, de abrir espacios donde no sentirnos solos, donde darnos fuerzas mutuamente y no dejarnos vencer por la feroz represión que sufrimos cada día. Debo decir que PEN Nicaragua cuenta con un equipo infatigable y guerrero que, desde Nicaragua, me acompaña en recibir este premio.

Mis vínculos con Alemania datan de los años 80 y se los debo, principalmente, a ese extraordinario personaje que tanto quiero, Hermann Schulz. Cuando era editor de Peter Hammer Verlag, él dio a conocer mi poesía y mi novela “La Mujer Habitada” al público alemán. Debo agradecer también a Lutz Kliche, que supo y sigue sabiendo traducir mis novelas y poemas con su lado femenino y también su lado nicaragüense. Atesoro la amistad de Lutz y su compromiso con la literatura centroamericana. Agradezco también a Viola Gabor, con quien he viajado incontables kilómetros por estas tierras hermosas, en conciertos y lecturas con el Grupo Sal. Ella me hizo amar el alemán que suena tan bello  por su manera de decirlo y me ha enseñado mucho sobre el noble corazón de este país.

A PEN Alemania doy mi homenaje por ser refugio de escritores, por este premio Hermann Kesten que me honra, por personas maravillosas como Regula Venske, Joseph Haslinger, Carlos Collado y Nina George, a quienes he tenido el placer de conocer, y a todos los que he conocido en estos días. Mil gracias y que sigamos cabalgando como Quijotes con la pluma en ristre.

Terminaré ahora de la mejor manera que sé, leyendo poesía con Viola Gabor.

*Discurso de Gioconda Belli al recibir el premio Herman Kesten,  en Frankfurt, Alemania, 15 de noviembre 2018.