Opinion

El Che, mito y realidad

A cincuenta años de su asesinato, el mito se expande y su presencia se torna perdurable, ¡hoy igual que ayer!

“Tanto sus enemigos como sus amigos
lo admiraron y le reconocieron atributos
de héroe, de un hombre que vivió
y murió por sus principios.”

Jon Lee Anderson

Más allá de las discusiones —siempre necesarias— la trayectoria revolucionaria de Ernesto Guevara de la Serna, mejor conocido por todos nosotros como el Che, se adentra en el mito y a la vez, constituye una realidad. Su desprendimiento absoluto, el deseo de forjar un mundo nuevo, más justo y humano, continúa formando parte sustantiva del ideario político contemporáneo. Los últimos veinte años han demostrado que la repartición de los panes, sigue siendo cada vez más desigual. Los pueblos del mundo celebran su paso a la inmortalidad. Asesinado en una escuelita de Higueras, el 8 de octubre de 1967, su ejemplaridad convoca a quienes todavía no han dejado que sus utopías se eclipsen. La deriva de las revoluciones armadas no ha mellado el mito. Un modelo a seguir entre los jóvenes del mundo.

El pequeño condotiero del siglo veinte, siempre pregonó con el ejemplo, rehuyó de la charlatanería y las frases huecas. En el ajuste de la prédica con la práctica, la moral revolucionaria del Che, constituye el pivote central. No dejó que la disonancia acampara a su orilla. La armonía fue su forma de vida. Una norma de conducta. No dejó espacio a la duda. Menos a las suspicacias. Vivió de acuerdo a sus principios. Su severidad provenía de lo más hondo de su ser. Jamás admitió recibir en casa, más de lo que le correspondía en su tarjeta. Nunca se planteó actuar de otra manera. No estaba en su ánimo entrar en contradicción con los referentes a los que había ajustado su vida. Un igualitarismo exagerado, aducen los insulsos. Saben que jamás podrían estar a la altura de estos mandatos.

En un mundo donde campeaba —y campea— la ignominia, las dictaduras se ensañaban con sus pueblos, para la United Fruit Company —la inefable Mamita Yunai— su geofagia era la gula, su desmesura; los militares daban golpes de Estado, los salarios no cubrían (ni cubren) las necesidades del hambriento, el enriquecimiento ilícito como pauta de conducta, con sistemas electorales corruptos, la marinería estadounidense tumbaba e imponía gobiernos, la economía extractivista impuesta como una exigencia incuestionable, los encarcelamientos y Estados de Sitio, para contener la repulsa ciudadana; la carencia de hospitales y altísimos índices de analfabetismo, fueron determinantes en la formación revolucionaria del Che. En este cúmulo de contradicciones encontró inspiración.

Cuando muchísimos de los detractores del Che, hacen abstracción de las condiciones imperantes en aquel entonces, asumen una conducta grotesca. Perversa. Instalan la mentira para disminuir su legado. Creen que la desmemoria histórica —pregonada con afán misionero— caló tanto, como para permitir la instalación de la falsedad y el oprobio. Son las circunstancias las que dictan las formas de lucha. No a la inversa. No fue por simple gratuidad que el Che escogió el camino de las armas. ¡Siempre estuvo claro contra quiénes luchaba! A finales de los cincuenta del siglo pasado, los pueblos de Asia, África y América Latina, iniciaron los procesos de liberación nacional. Algunos países todavía eran —y siguen siendo en pleno siglo veintiuno— colonias europeas y estadounidenses.

Sus andanzas por distintos países de América Latina, fueron clave para pulsar la situación que vivían. Lo ocurrido en Guatemala fue determinante para que el Che revalidase sus posiciones revolucionarias. El golpe de Estado en 1954, bajo los auspicios de la Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA), contra el presidente Jacobo Arbenz Guzmán —electo democráticamente— sirvió como catalizador de su conciencia. Los sabotajes realizados por expertos entrenados en Estados Unidos y la presencia de tropas anfibias de asalto estadounidense, dejaron al desnudo la participación descarada de ese país. Durante su estancia en Guatemala, entabló amistad con la familia del dariano egregio, Edelberto Torres Espinosa. ¿Cómo pedirle entonces qué tomase una actitud distinta ante hechos consumados?

Sus adversarios nunca se han preguntado, cuánto de sus luchas fueron esenciales para que el imperio modificase su proceder. Dos ejemplos bastan para percatarnos del fuerte impacto que tuvieron, partiendo de los cambios emprendidos por la revolución cubana. El presidente John F. Kennedy, creyó urgente modificar las relaciones de su país con el resto del planeta. Los Cuerpos de Paz (1961), fueron la respuesta para contraponerlos a las realizaciones iniciadas por los barbudos en Cuba. La creación de la Alianza para el Progreso, aprobada en Punta del Este Uruguay, en agosto de 1961, por la Organización de Estados Americanos (OEA), fue otra respuesta. Como delegado del gobierno cubano, el Che develó la falacia. Trataban de mediatizar las revoluciones en el mundo. Un punto innegociable en su agenda.

A cincuenta años de su asesinato, el mito se expande y su presencia se torna perdurable, ¡hoy igual que ayer! Mientras sus enemigos tuercen la realidad de los hechos, vale la pena considerar lo expuesto por uno de sus biógrafos, Paco Ignacio Taibo II, en relación a los esfuerzos emprendidos por estos, con el propósito de desarraigar su ejemplo. Con sentido del tiempo —crucial en política— el mexicano afirmó: “… juzgar a alguien con las medidas de otro tiempo… es como juzgar a Ricardo Corazón de León con las medidas de un juez de Toluca contemporáneo”. No hay manera de equivocarse. Otro de sus biógrafos, Jon Lee Arderson, es más concluyente: “La muerte del Che ayudó con creces a la causa de las revoluciones americanas”. ¡Todo lo contrario de lo que piensan sus sepultureros! ¡El Che vive!

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