Opinión

Cien años de soledad

Cada vez que deseo llenarme de júbilo, leo Cien años de soledad. Sigo las huellas de los escritores que infundieron a Gabo el soplo mágico y su estilo



La edición conmemorativa de los cuarenta años de Cien años de soledad (CAS), realizada por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española (2007), con diversos estudios consagratorios, incluido el árbol genealógico de los Buendía, la bibliografía utilizada y un glosario final que da cuenta del sentido concreto que tienen en la novela términos y alocuciones comunes, animan y facilitan la lectura de una obra que para muchos sigue siendo uno de los partos emblemáticos de la literatura mundial. Cuando la leí por primera vez quedé perplejo y en estado de alucinación. El único extravío fue al adentrarme en la jungla de los Buendía. La novela que en verdad me hizo la vida imposible, fue La ciudad y los perros (1963). Su estructura sintáctica, los saltos en el uso de los tiempos verbales, el encabalgamiento de los diálogos entre distintos personajes, volvían intrincada su lectura. Me libró de futuros tropiezos. Con La Casa Verde (1965) y Conversación en la Catedral (1969), me fue muy bien. CAS es cristalina como el agua pura. Con García Márquez no tuve impedimentos. La lectura me llevó un fin de semana con las pausas de rigor.

Escrita en México y publicada por vez primera por la editorial Sudamericana, el empujón recibido por Luis Harss, animó a Paco Porrúa publicarla. El catalán Xavi Ayén, trata de explicar los detalles novelescos de su escritura: Costaba deslindar la mitología añadida en cada uno de los niveles temporales y personales del relato. Terminada de imprimir el 30 de mayo de 1967, llegó a las librerías el 5 de junio. Porrúa editó 8 mil ejemplares, rompió con toda una tradición, editaba a un escritor que por vez primera lo hacía en Sudamericana. No leyó ni siquiera una sola línea. Se atuvo a su premonición. A finales de junio se habían agotado las ventas de CAS, en las librerías de México, Colombia y Argentina. Durante el primer año vendió 25 ejemplares. A partir de 1968 fueron 100 mil anuales, cifra jamás alcanzada en la literatura latinoamericana. Carmen Balcells contabilizaba para 1996, la cifra de más de 30 millones de ejemplares vendidos. La osadía de Ayén (Aquellos años del boom García Márquez, Vargas Llosa y el grupo de amigos que lo cambiaron todo, RBA, Barcelona, 2015), resulta refrescante. Desbroza mucha maleza para corregir los datos.

Ese mismo año de 2007, Juan Gustavo Cobo Borda, publicó su compilación sobre El arte de leer a García Márquez, (Editorial Norma). Los veintitrés ensayos provienen de autores ingleses, sudafricanos, estadounidenses, nicaragüenses y colombianos. Todos se ubican en el universo literario de Gabo. Su variedad interdisciplinaria, constituye un recorrido y una puesta en escena de la mayoría de sus libros, cuyo denominador es la relación que guardan entre sí, sin ruptura el uno con el otro, como reconoce el argentino Noé Jitrik. El  ensayo de J. M. Coetzee, sobre Memoria de mis putas tristes, (2004), lo salva de los anatemas de las feministas. No todos exaltan al portento. El inglés Anthony Burgess afirma haber leído una versión traducida de Crónica de una muerte anunciada (1981), eso no le inhibe de enjuiciar severamente la calidad de su escritura y señalar las reservas que tiene sobre la sinceridad de los críticos, al momento de analizar obras que han obtenido el veredicto unánime de las lumbreras que otorgan el Nobel en Estocolmo. Burgess se muestra abiertamente sincero. Piensa que se trata de una novela menor. Demasiados aspavientos, arguye.

Por el mismo carril transitan Fernando Vallejo y Francesco Varanini, quienes están convencidos que CAS es una novela atorrante (Vallejo) y para Veranini, la exageración y la inclusión constante del yo en sus ensayos, constituyen un abuso inexcusable de parte de Gabo. Aprecia que su estilo —lo define como nobelmarquiano— se muestra como una máquina retórica codificada, fácil de montar y desmontar, asesinos turbados por la locura, océanos de piedra y brumas, magos de la luz, infiernos originarios, pacientes cazadores de mariposas invisibles, llegadas improbables como la lluvia, colores febriles, indias de ojos oscuros, callejuelas polvorientas y un etcétera interminable. Se atreve a decir que Gabo no sabe escribir. Uno más en la lista de gabofóbicos. Más que un intento por acercarse a la obra de Gabo, las arremetidas poseen el sabor indubitable de tratar de demoler a un autor consagrado. Tienen la intención de llamar la atención de los lectores. Se hermanan en su pretensión de ganar fama y fortuna a costa de enfilar sus baterías contra un escritor de la estirpe de Gabo. Salieron en busca de notoriedad. ¿La obtendrían?

El deleite que me produjo la primera ocasión que abrí sus páginas, adquiere nuevos matices en esta nueva lectura, conmemorativa de sus cincuenta años. Gustavo Gullón, atinó al decir que en CAS, Gabo volvía al olvidado arte de narrar. ¿Se equivocaría Vargas Llosa al escribir García Márquez: historia de un deicidio (1971)? Irrumpe su análisis como un poseso. Uno de los estudios más acabados sobre el estilo literario de Gabo. Dichosamente el peruano levantó el veto que pesaba sobre la publicación de esta obra. Los jóvenes escritores y aprendices a críticos, podrán leer el texto y enterarse de la forma que el peruano desmenuza CAS. Exalta sus virtudes. El mismo Vargas Llosa —al escribir la introducción de Don Quijote de la mancha (2015), edición conmemorativa de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española— sugiere que la respuesta que dio Cervantes, sobre quién debía contar la historia de El Quijote, fue para su época lo que, para la nuestra, fueron Ulises de Joyce, En busca del tiempo perdido de Proust, o en el ámbito de la literatura hispanoamericana Cien Años de Soledad de García Márquez o Rayuela de Cortázar. ¿Qué tal?

Las diferentes críticas que he leído en torno a CAS, no han contaminado mi lectura. Algunas han sido refrescantes. Me sumerjo en las páginas de CAS, para sentir placer, dejándome arrastrar por la corriente impetuosa de sus aguas, las alucinaciones de José Arcadio, el destino fatal de Mauricio Babilonia, muerto como un vulgar ladrón de gallinas; las treinta y dos guerras pérdidas por el coronel Aureliano Buendía y las decenas de hijos que dejó desparramados; la belleza trágica de Remedios, la bella, las confusiones recurrentes sobre los gemelos, Aureliano Segundo y José Arcadio Segundo, muertos en el mismo instante y cuyas identidades fueron enredadas al momento de ser enterrados; la amargura de Amaranta, consagrada a su vejez, obviando el amor que sentía por Pietro Crespi, el matriarcado de Úrsula, los amores enrevesados de la familia Buendía, la multiplicación de los panes de la Petra Cotes, las cartas de Fernanda y su alegría inusitada, el día que su hijo le escribió contándole que había visto al Papa. Lecturas de puro placer. Tanto desparpajo me alegra la vida. Una novela que emociona y cuyas locuras embriagan.

Desanduve otra vez las vicisitudes del coronel Aureliano Buendía, ese Quijote contemporáneo —nuevo arquetipo— dispuesto a librar batallas a campo abierto, aunque siempre pierda, las tribulaciones amorosas de la familia Buendía, principio del fin de su linaje. Úrsula quiso prevenir el desastre. Advirtió a José Arcadio, que si engendraban un hijo, corría el riesgo que naciera con cola de cerdo. Nada de eso pasó. José Arcadio, Amaranta y Aureliano nacieron sanos, sin indicios de la catástrofe que se avecinaba. Los amoríos entre los Buendía no nos hacen perder de vista, que CAS es una novela sobre las bananeras. Se inscribe dentro de la misma corriente de Mamita Yunai (1941) del costarricense Carlos Luis Fallas, Bananos (1942) del nicaragüense Emilio Quintana o Week-end en Guatemala (1956) de Miguel Ángel Asturias, publicada después del golpe perpetrado contra Arbenz por la CIA, bajo patrocinio de la United Fruit Company. El brujo de Aracataca sazonó muy bien la historia. La sancochó a fuego lento. Macondo cayó en desgracia por darle a probar un banano a Mister Brown. Con la bananera llegó La hojarasca (1955).

Volví a regodearme, al evocar los nexos de Gabo con nuestro paisano inevitable, conjunto de similitudes que Dasso Saldívar —biógrafo de Gabo— saca a flote en su Viaje a la semilla (1997). Once años antes que Gerald Martín escribiera la suya (García Márquez Una vida, (2008), Saldívar puso ante mis ojos las coincidencias entre Gabo y Darío. Los dos criados fuera del círculo paterno. El primero por sus abuelos y el segundo por el coronel Rodríguez Madregil y la Mama Bernarda, los dos muertos de miedo, creyendo en aparecidos, sudando a mares, viendo alucinaciones, los dos educados en su infancia por jesuitas, el primero proclamando en voz alta sus deudas con Darío, influencia de la que no pudieron librarse los más connotados escritores del boom. Vargas Llosa se adelantó a todos. Su tesis de licenciatura en la Universidad San Marcos de Lima, fue un estudio sobre nuestro bardo mayor: Bases para la interpretación de Rubén Darío (2001), cuya lectura debo a la generosidad de Marcela Pérez Silva. Sin ella me hubiera sido imposible leer un libro necesario para conocer la trayectoria de Darío y una obra iniciática de Vargas Llosa.

Cada vez que deseo llenarme de júbilo, leo Cien años de soledad. Sigo las huellas de los escritores que infundieron a Gabo el soplo mágico y su estilo peculiar. El homenaje a sus amigos Álvaro, Alfonso y Germán y las citas de La muerte de Artemio Cruz (1962) y Rayuela (1963), más que merecidas. Introduce a Mercedes y sus dos hijos por la puerta grande. Si están dispuestos a leer o releer por vez primera CAS, sugiero que lo hagan en la edición de la Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. Los estudios tienen la cualidad de sortear los análisis embarazosos de algunos críticos, que en vez de abrirte el apetito, terminan cerrándote el estómago. Aunque su lectura no requiere de estudios previos. Una de las virtudes de CAS, es que no necesita de mediación alguna. Una grandeza. Para los que se sientan perdidos en la intrincada maraña de los Buendía, el árbol genealógico fue incluido precisamente, para que no pasen el martirio que experimenté, cuando leí CAS por vez primera, metido en mi cuarto en la calle Palo Solo. ¡Apúrense! ¡Empínensela cuanto antes! ¡Me agradecerán la borrachera! ¡Es contagiosa!