Un científico premio “Nobel del agua”

Pedro Álvarez no tenía chimbombas, él –a diferencia del resto de niños que se divertían en la calle lanzándose globos llenos de agua– para jugar sólo consiguió un pañuelo de lino de su abuelo. Se le ocurrió atrapar el agua con el trozo de tela y tirarlo como los demás lo hacían con los globos. El líquido, para su sorpresa, atravesaba el pañuelo y él sin saberlo –a los 5 años– filtró el agua que salía del grifo. Hoy no lo hace con lino, sino con nanotecnología.

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Profesor Titular de la Cátedra George R. Brown de la Universidad de Rice y director del Centro Nacional de Nanotecnología para Purificar Agua (NEWT), desde 1991 hasta 2015 Álvarez ha recibido al menos 30 reconocimientos por sus investigaciones en la aplicación de la ciencia para la limpieza de recursos hídricos, entre ellos el Premio Clarke para la Investigación Sobresaliente en Agua, Ciencia y Tecnología. Ese es conocido como el Premio Nobel del agua, en Estados Unidos.

Nacido en Masaya en 1958, Pedro José (Peché) Alvarez es doctor en Ingeniería Ambiental y un docente galardonado por su “excelencia en la enseñanza”. Sus aportes sobre las implicaciones ambientales del uso de nanotecnología son las más citadas en trabajos documentales y han sido destacadas por medios como The New York Times, Forbes y The Houston Chronicle.

Álvarez es un trotamundos que ve Casablanca cada dos años. Amante del rock clásico: no debate entre los Beatles o los Rolling Stones. De Nicaragua extraña el cielo claro sin rascacielos, la gente, la picardía y el chicharrón con yuca.

“Tuve una niñez muy feliz”

Pedro Álvarez ha pasado gran parte de su vida viajando. Su padre, un ingeniero ejecutivo de la compañía petrolera Shell, debía saltar de un país a otro constantemente, y Pedro, iba con él. Así conoció varios colegios y fue muchas veces “el nuevo” del salón.

Hay una escuela argentina que recuerda de sus periplos. A finales de los años 60 y principios de los 70, estuvo en el colegio El Salvador, cuyo rector era el jesuita Jorge Mario Bergoglio. “Tuve el honor, la chiripa, que me tocó de rector el Papa (Francisco)”, cuenta Álvarez. Bergoglio era “futbolero” y “muy ameno”, recuerda.

Para sus últimos dos años de secundaria, regresó a Nicaragua. Se bachilleró a los 16 y “esa movedera de país incidió bastante en mi personalidad, me volví una persona bastante adaptable a diferentes circunstancias”, admite.

Luego se mudó a Montreal, Canadá. Allí se graduó como Ingeniero Civil en McGill University. En ese país coincidió con otros nicaragüenses, hasta que el frío le empujó a irse. Los paisajes idílicos y cálidos de California lo atrajeron, sumado a un empleo que consiguió como ingeniero ambiental.

Álvarez al principio se inclinó por los números, las estructuras y la física, pero poco a poco reconoció que le apasionaban más la química y la biología. En Canadá dejó inconclusa una maestría en estructuras hidráulicas. Todo por evaluar los potenciales impactos ambientales asociados con el despliegue de misiles de largo alcance. Su trabajo era proteger el agua de actividades asociadas con la construcción y operación  de este proyecto. Lo hizo durante cuatro años hasta que sintió que se estaba estancando, “Quería retos intelectuales más fuertes”, subraya. Motivado por su esposa, Adela Solórzano, metió todo lo que tenían en un carro Honda y se fueron para Michigan.

Estudiaría una maestría y un doctorado en Ingeniería Ambiental en la Universidad de Michigan en Ann Arbor. Ahí rompió dos marcas: Graduarse con un doctorado en tiempo récord y salir con las notas más altas hasta entonces.

Ambos títulos le tomarían entre seis y siete años, él lo hizo en tres años y medio. El nacimiento de sus dos hijas y el abandono de su consejero lo obligaron a apurarse. “Cuando te vienen chavalos ese es un estímulo que no tenés idea, es como que te puyen, eso te despierta”, dice riendo.

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El Dr. Pedro J Alvarez con su esposa Adela (segunda de izquierda a derecha) y sus hijas Cecilia Margarita, Maria Fernanda, y Emilia Agustina. // Foto: Pedro Álvarez // Cortesía

Mientras estudiaba, publicaba artículos científicos, jugaba futbol (es delantero y fanático del River Plate), y trabajaba dentro y fuera de la universidad para conseguir dinero. Daba clases, ayudaba a corregir exámenes y hacía consultorías.

Cuando terminó pudo escoger adónde ir como profesor. En Iowa había posibles mentores. Ahí decidió irse. Para entonces tenía 32 años.

“El secreto, creo yo, del éxito de una persona, es poder alinear su pasión con su vocación”, confiesa.

En Iowa sus trabajos eran jonrones. Lo invitaban a dar conferencias en distintas universidades de Europa, Asia. Trabajaba desarrollando mecanismos para limpiar sitios contaminados con desechos peligrosos usando la biorremediación, que es el “empleo de microorganismos para la recuperación del medio ambiente o para el tratamiento de materiales”. Ha escrito dos libros sobre eso. Uno de ellos es el único en español sobre el tema.

Fue pionero en ese campo y eso lo hizo más fácil, asegura. Era profesor titular y tomaba más riesgos. Proyectos que tenían altas probabilidades de salir mal, pero que si funcionan serían un éxito. Comenzó a colaborar con otros docentes, a unos los había conocido jugando futbol. Así se hizo profesor honorario en Brasil y en China. Cuando su papá, que vivía en Nicaragua, se enfermó de cáncer él tomó la decisión de mudarse a Houston y aceptar la propuesta que le hacía Rice University. Eso pasó hace 12 años.

En esa época, Rice “era el epicentro de la nanotecnología y cuando aprendí de qué se trataba esto y le vi su potencial para revolucionar muchas industrias, incluyendo la industria del agua yo dije en este barco es que me tengo que montar”. Para entonces, la nanotecnología se usaba principalmente en la industria electrónica, o en la medicina, explica Álvarez, “a mí se me ocurrió que lo podíamos usar para limpiar el agua también”.

De ciencia y economía

“Yo me desvivo y me derrito por Nicaragua, ya sea en alegría o en dolor, porque es mi patria, nunca lo dejó de ser, por más que haya vivido en diferentes lugares, nunca dejé de pensar en Nicaragua, de querer Nicaragua”, asevera.

Cortesía Jeff Fitlow Rice University (1)

En Rice dirige a un grupo de ingenieros de Sin Fronteras que construyen puentes para atravesar quebradas o edifican cualquier otro proyecto de utilidad en territorio nicaragüense. Son equipos que llegan en distintas etapas del año y que le dan “una excusa profesional para estar yendo a Nicaragua, los apoyo a ellos y también tengo un vínculo muy fuerte con la Academia de Ciencias”, explica.

Él es uno de los científicos nicas dispersos por el mundo que la Academia de Ciencias de Nicaragua ha reunido y con quienes teje redes de colaboración para la capacitación y desarrollo de sus pares nacionales, de las investigaciones locales y de las futuras lumbreras de la ciencia. Álvarez cree que la economía está basada en conocimientos. En educación. Su objetivo es promoverla como un instrumento de bienestar, para mejorar las condiciones sociales. “Hoy en día que la economía es cada vez más global y se abren otros mercados para ser competitivo, uno tiene que darle más valor agregado a los productos, y la ciencia y la tecnología lo dan y por eso le tengo fe en la Academia de Ciencias de Nicaragua”, asevera.

El pequeño ejército

Aunque da clases tres veces a la semana y atiende consultas de los estudiantes, hoy está más dedicado a dirigir el Centro Nacional de Nanotecnología para Purificar Agua (NEWT). Este centro ha atraído desde la NASA y Unicef, hasta industrias petroleras y gobiernos que buscan ayuda para reciclar y reusar sus aguas servidas.

Cortesía Jeff Fitlow Rice University

“Tratamos de desarrollar actores pequeñitos que permitan purificar el agua en lugares remotos como zonas rurales, y que permitan usar fuentes de agua que sean no convencionales, como el mar”, explica.

La idea es multiplicar, compartir conocimientos. Él cree en la responsabilidad de llevar agua limpia a sitios paupérrimos, o de mostrar que este recurso puede ser también un instrumento de desarrollo. “No solamente es lo correcto moralmente, sino que es algo que te puede traer dividendos y que puede generar recursos económicos importantes para crear trabajos, para exportar tecnologías”, recalca.

En el agua la nanotecnología funciona como una guerra microscópica, selectiva y sin químicos, en la que agentes diminutos remueven minuciosamente del líquido contaminantes como el arsénico. Para lograrlo intervienen imanes y fuerzas magnéticas. Lo hacen también con luz solar. Con ella encienden partículas foto térmicas para desalinizar el agua. Desarrollan a los guerreros enanos en los laboratorios y se asocian con industrias para reproducirlos en masa.

“Para tener influencia en la industria del agua, que tiene 800 mil millones de dólares al año, para poder cambiar e impactar ese monstruo tenés que trabajar con compañías grandes en una manera colaborativa”, apunta. Ellos dirigen, mientras las industrias ven una oportunidad de hacer dinero y le pagan al centro 25 mil dólares al año para saber adónde van sus investigaciones. Quieren colaborar y perfeccionar los proyectos que nacen en el laboratorio. Unos que un día espera poder compartir con Nicaragua.

“Todavía tengo la capacidad de asombro de ese niño, de ver algo completamente nuevo y abrir la boca, todavía tengo esa hambre de experimentar, de descubrir cosas nuevas, de abrir esa paja que nunca se ha abierto antes, de ver qué sale y analizarlo”, dice.

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