Opinión

Clemente para siempre

Evocar y recordar cómo era Clemente, en tiempos aciagos, constituye un acto mínimo de justicia



sigues actuando como si fueras
el jugador más áspero y hostil de todo el beisbol,
a partir del día que se retiró Ted Williams

Jimmy Canonn

¿Cómo no admirar la rebeldía de Roberto Clemente? ¿Cómo no sentirse orgulloso de sus desplantes a favor de los jugadores latinos en grandes ligas? ¿Cómo no comprender su ira e inconformidad? No podemos abstraernos del momento histórico en que le correspondió jugar. La discriminación en la sociedad norteamericana era cuestión de todos los días. Todavía subsiste. Los negros eran vejados, considerados seres de tercera o cuarta. Eran los años donde todavía se les trataba como animales. En muchas ciudades no se les permitía sentarse adelante en los buses. El gesto de Rosa Park fue emblemático. Simbólico. Se negó a ceder su asiento a un blanco en Montgomery, Alabama, el 1 de diciembre de 1955. Su destino fue la cárcel. Ocho meses antes, Claudette Colvin, había sido arrestada por asumir una actitud similar.

En la liga mayor del beisbol rentado, los negros se abrieron paso a punta de batazos. Clemente no tuvo la condescendencia de Jackie Robinson. Su temperamento no le permitía hacer concesiones. Tropezó con el muro del racismo. Nunca se dejó avasallar. Las recurrentes protestas que realizaba se debieron a su permanente rechazo a la discriminación. Impuso su majestuosidad. Desde el principio lo trataron mal. Debido a sus altos quilates hizo voltear la mirada hacia su persona. Luchó por abrir espacio a los negros. Siempre se mostró orgulloso de su ascendencia. Clemente recibió lecciones de parte Willie Mays. Su otrora rival. Oyó sus consejos. Ponte agresivo. No dejes que los lanzadores te intimiden, le indicó Mays. El pregón cayó en tierra fértil. Al boricua ni siquiera Don Drysdale pudo intimidarle. Era valiente. Tenía garra.

Al cumplirse 45 años de su paso definitivo a la inmortalidad, Edgar Tijerino decidió sumarse a los homenajes que se le tributaran en Puerto Rico, Pittsburg, Alemania y seguramente en las grandes ligas. En Nicaragua su recuerdo es imperecedero. Entró por la puerta grande al panteón de los ilustres. Son los pueblos los que crean los mitos. Engrandecen las hazañas de sus ídolos no por simple gratuidad. Los encumbran a las alturas después de pasar por la criba cada uno de sus logros. Tijerino encontró el título adecuado —Clemente, héroe eterno, (Managua, noviembre 2017), para hacer un repaso de su grandeza humana y deportiva. Elogia su desprendimiento y altruismo. Su entrega como ser humano. En un doble movimiento, el cronista registra la vida del astro puertorriqueño. No contento, también ejerce el oficio de compilador. 

En el tributo a Clemente, Tijerino muestra una de sus facetas más persistentes. Su inclinación por decir lo que piensa, a sabiendas que entrará en contradicción ante la manifestación de sus opiniones. La controversia ha sido consustancial a la trayectoria fructífera de Edgar. No se trata de un hecho reciente. Menos de una manifestación aislada. Desde que se inició en el periodismo deportivo —hace cuarenta y ocho años— se ha plantado frente a los demás. No rehúye al debate. Más bien lo promueve. Se desplaza sobre la pista como avezado contrincante. Clemente, héroe eterno, me hizo retroceder en el tiempo. A los inicios de los setenta. En los bajos de la entrada principal del Estadio Nacional —después de los juegos— se trenzaba largos ratos con la fanaticada. Asentaba con aplomo sus puntos de vista. Una actitud indeclinable.

Tijerino alcanzó su consagración de forma temprana, en solo el despertar de su vocación de cronista. El mundial de beisbol amateur celebrado en Nicaragua en 1972, le permitió entrar en contacto con periodistas de distintos países del planeta. Adquirió la convicción de que estaba al mismo nivel de lo más graneado del periodismo mundial. Sus lecturas empezaban a fructificar. Estaba obsesionado por trascender en un ambiente donde los cronistas deportivos de mayor peso, habían sido antes que todo, escritores. Sus textos más apetecidos venían de afuera. Su mirada no se circunscribía al ámbito local. Hubiese sido un error. Se hubiera enclaustrado. Tijerino apareció en el momento que el periodismo se sacudía su vena bohemia. Los deportes demandaban uno, dos, tres, cuatro pasos adelante. Edgar marcó el inicio.

Me provoca alegría que Edgar haya incluido —entre los diferentes ensayos y crónicas que aparecen en Clemente, héroe discreto— unos fragmentos del libro Clemente, escrito por David Maraniss, editor asociado del Washington Post. El estadounidense hace eco a las crónicas de Tijerino, escritas a raíz del mundial del 72. Empezaba a saltar fronteras. Al comparar los textos que aparecieron el día siguiente de la inauguración —Novedades, de la familia Somoza y La Prensa, el periódico de oposición de Pedro Joaquín Chamorro, como él mismo destaca— Maraniss capta de manera clara la personalidad de Tijerino. Novedades calificó el lanzamiento de Anastasio Somoza Debayle hacia el home play de formidable. Tijerino, un pequeño y osado cronista deportivo… apuntó en cambio: obviamente fue una bola mala. ¡Ya ven! Así es Edgar.

Maraniss subraya —para suerte de Somoza—que Clemente no abanicó la pelota. Le gustaba batear lo que otros llamaban bolas malas. Alrededor del tema, Tijerino incluye lo que sobre el particular argumentaba Clemente. Se trata de uno de sus aspectos más polémicos. Una discusión boba. Siempre sostuvo que él bateaba lo que consideraba bolas buenas y otros malas. Si las bateaba, ¿cómo llamarles? Para mí lo más sensible abordado por Maraniss, está vinculado con la audacia de Edgar. Atenido a sus propios demonios, juzgó que un tiro realizado desde el jardín derecho por el toletero cubano, Armando Capiró, hubiese hecho sonrojar a Clemente. Incluso se atrevió a sugerir un duelo de brazos entre ambos peloteros. El boricua se sintió herido. Ofendido mandó a llamar a Tijerino al dogout. ¡Le interpeló!

Le espetó de frente, ¿Por qué diablos comparas mi brazo con el de Capiró? Yo tiro desde la esquina del jardín derecho en el gigantesco estadio de los Piratas para sacar out a un corredor en tercera, o con Pete Rose deslizándose intentando de anotar una carrera. No hay comparación. Tienes que ser más cuidadoso. Tijerino admitió que Clemente tenía la razón. No obstante —fiel a sí mismo— persistió. En la derrota propinada a Puerto Rico por el lanzador dominicano Roberto Rodríguez, Edgar sostuvo que esa noche Rodríguez estaba en plan de ponchar al mismísimo Clemente. Un nuevo reclamo. Yo le bateo a Rodríguez a mano limpia… Tijerino le había pasado dos bolas malas sin que este las bateara. Su relación no se fracturó. No hay manera. A Edgar gusta instalarse en el borde del precipicio. Es su manera de ser.

Para disipar dudas y limar asperezas, Edgar incorpora en Clemente, héroe eterno, el texto de Rob Neyer, de ESPN. Con cifras en mano, Neyer apunta que Clemente es el número 1. Puso outs a 266 corredores en base. Nadie cercano. Aaron, quien jugó aproximadamente el mismo número de juegos en el outfielder, terminó con 65 detrás de Clemente. En las grandes ligas muchos siguen sosteniendo que el mejor brazo ha sido el del boricua. Con un añadido. Bill Birdon, quien jugó con Clemente durante 10 años, afirmó: “Su brazo era poderoso, pero también mortalmente exacto. Nadie corría cuando él tenía la pelota y cuando lo hacían era por ignorancia, no por conocimiento. Los que normalmente lo hacían —explica Neyer— eran jóvenes o estaban entrando a la liga. El resto no se atrevía hacerlo cuando tenía la pelota en la mano”. Poseía un brazo temible.

Creo que uno de los retratos mejor acabados de Clemente, se debe a Jimmy Cannon. Su inclusión resulta determinante para hacernos una idea de quién era este hombre extraordinario. En una carta abierta publicada por King Features, en 1971, lo define incómodo, solitario y solidario. Ajeno a toda pretensión. La prosperidad no te ha hecho complaciente y la fama te exaspera… Eres generoso en una civilización llena de codicia. Ganado el campeonato, sugirió que el dinero que dejan los anuncios de distribuyera por igual. Algunos jugadores pensaron que sacarían más si negociaban por su cuenta y entonces tú renunciaste al cargo. Clemente era su representante. Coherente hasta la temeridad, no comulgaba ni comulgó nunca con las exclusiones ni la discriminación. Decidió apartarse para no entrar en contradicción con sus principios. Así era el boricua.

Evocar y recordar cómo era Clemente, en tiempos aciagos, constituye un acto mínimo de justicia. Al seguir el itinerario de su vida fecunda, Edgar exalta su total renuncia a las poses de diva o altisonantes. Después de convivir por unos días con los nicaragüenses —en el mes de diciembre de 1972— la simpatía que generó entre nosotros y el calor recibido fueron determinantes para que asumiera todos los riesgos que implicaba socorrer a los más necesitados. El país no salía del asombro y Managua padecía el horror provocado por el sismo del 23 de diciembre. Desafiando presagios, abordó el DC 7 que alquiló para estar presente en la hora fatal. Nada ni nadie lo hizo desistir de montarse en el avión. En esos momentos, cuando todos escabullen el cuerpo, Clemente viajó y entregó su vida por Nicaragua. ¡No puede haber olvido!