Opinion

¿Cómo detener la espiral?

"No hay escrúpulos en las arbitrariedades cometidas en el ejercicio de la libertad de expresión".

1. Los abusos no tienen límites.

La velocidad con que se intensifica la perversión en los usos de las redes sociales pasma la imaginación. El ingreso masivo en el ámbito informativo de personas ajenas al periodismo —una aspiración en la búsqueda de la democratización de la palabra— genera preocupación. Sin atenerse a ninguna norma, violando principios éticos y sin importarles las consecuencias derivadas por los abusos cometidos, prosiguen su carrera infame. ¿Cuánto tiempo se necesitará para que frenen este viaje en picada? ¿De qué manera atajar los abusos? ¿A qué instancias recurrir ante el vacío jurídico? No hay escrúpulos en las arbitrariedades cometidas en el ejercicio de la libertad de expresión. El libertinaje propiciado por las redes ha devenido en una escatología sin frenos.

La fervorosa bienvenida a las primeras Tecnologías de la Información y Comunicación (TICs), se debió a que por primera vez los receptores conseguían ejercer el derecho a la palabra. Sin filtros y sin el juego de intereses de los dueños de medios tradicionales de información. Los receptores aparecían en un pie de igualdad, en relación a quienes venían fijando históricamente las reglas en el ámbito de la información y comunicación. El sueño de que cada personara gestionara su propia voz, empezaba a convertirse en realidad. Pronto no requerirían de intermediaciones. Cada quien podría hacer uso del derecho inveterado de emitir opiniones y hacer sus planteamientos sin tener que esperar la venia de los propietarios de medios.

Las promesas de un mañana, donde nada ni nadie interfiriera en el uso de la palabra, habían llegado. El vuelco más revelador —desde el punto de vista democrático— fue que la ecuación —a cada ciudadano un voto— adquiría nuevas resonancias. Las TICs inauguraban una nueva etapa en los procesos de información y comunicación. Cada ciudadano podía expresarse directamente. Todavía no se tenía plena conciencia de la significación de esta nueva conquista. Era tanta la alegría, que la apoteosis vivida encubría los padecimientos del presente. Nadie suponía —algunos tal vez tuvieron la lucidez que no tuvo la inmensa mayoría— ni imaginaba los sinsabores que traería consigo la utilización desmedida de las redes. Hoy el panorama es otro.

2. Nada es igual.

Arrebatarles la hegemonía a los medios implicaba acceder al reino incontaminado de la palabra. Los receptores no tendrían que rogar ni hacer cola —pidiendo espacio— para poder compartir sus preocupaciones, sin las restricciones impuestas a temas de primerísima importancia en la agenda ciudadana. Los barones de la prensa dejarían de regodearse con sus impertinencias. El momento de la emancipación de la palabra había llegado. La abundancia informativa tocaba puertas. Estábamos invitados a sentarnos en la mesa para disfrutar sus manjares. El derecho a réplica —muchas veces saboteado— pasaba a ser una realidad tangible. No solo eso. El disentimiento podría expresarse sin temor a que los dueños de medio se resintieran. Nada era igual.

Lo gratificante era que apenas estábamos en el despertar de la nueva alborada. El desarrollo exponencial venía a ser una de las características más importantes de la era tecnológica. Las nuevas generaciones de dispositivos y programas digitales se vienen sucediendo unos a otros a un ritmo que provoca vértigo. La situación hacía vislumbrar lo que vendría después. El futuro tecnológico deparaba un estallido de cambios que supondría mayores cuotas de participación para la ciudadanía. La innovación y el perfeccionamiento tecnológico implicaban un mejor posicionamiento y un sinnúmero de oportunidades jamás vista por los receptores. La revolución tecnológica se desbordaba generosa a favor de quienes habían sido eternamente postergados.

Mientras celebrábamos las mudanzas informativas —en la otra orilla— los dueños de los medios tradicionales —prensa, especialmente— empezaban a resentir los cambios. Se asomaban a los abismos. Cómo ha ocurrido a través del tiempo, en las contradicciones entre propietarios y lectores, el acento viajaba en direcciones opuestas. A los dueños de medios interesaba —y continúa interesando— idear un modelo de negocios que evite la caída en picada que están experimentando. A los lectores poco importaba (he importa) la crisis terminal que viven los medios impresos. Cada quien ha venido enfatizando sus propios intereses. Muy pocos fijaron su atención en las consecuencias reales de estas transformaciones. Un olvido caro.

3. La concentración cada día es mayor.

Mientras la mayoría de los usuarios —y lectores— se regocijaban ante los beneficios recibidos por el despliegue esplendoroso de las redes, lo ocurrido resultaba sumamente oneroso. Nunca como ahora en la historia de la humanidad, el proceso de concentración mediática resulta más agudo y obsceno. Incontrolable. Cada día es menor el número de propietarios de los grandes mastodontes mediáticos. Las pocas advertencias fueron desoídas. Entre menor sea el número de actores económicos y tecnológicos que posibiliten la utilización de las plataformas virtuales, mayores son los riesgos que corren los usuarios. Estamos frente a nuevos procesos de monopolización de la palabra. Los riesgos para la libertad de expresión son mayores.

Para volver más entendibles mis palabras, voy a recurrir a una regla fecunda del método de investigación sociológica: un sistema social se analiza a través de sus tendencias más desarrolladas. Para conocer al hombre no necesito estudiar al mono. Estados Unidos es el país dominante en el desarrollo tecnológico. Desde la década de los noventa del siglo pasado, la Suprema Corte de ese país advirtió a través de una sentencia —debido a los procesos acelerados de acaparamiento mediático— que lo que quedaba al ciudadano estadounidense en relación al ejercicio de la libertad de expresión cada vez resultaba más residual. Los dueños de los emporios mediáticos continúan constriñendo la libertad de expresión al mínimo.

El agravamiento que supuso la desaparición de la propiedad cruzada en Estados Unidos, abanó el terreno para el disparo y consolidación de los monopolios mediáticos. Como ciudadanos de un país tercermundista —el francés Pierre Jaleé, repudiaba esta expresión— debería interesarnos un fenómeno de múltiples rostros: económico-sociológico-político-educativo y cultural. Las tecnologías nunca han sido neutras. Una verdad muchas veces pasada por alto. ¿A qué creen ustedes que se debe la angustia que consume a los parlamentarios de Francia, Inglaterra y Alemania, sobre los usos y abusos en las redes? Los gobiernos de estos países buscan desesperados como atajar la manipulación fraudulenta surgida a través de las redes.

4. Navegamos a la deriva.

En Nicaragua bastaría una sola razón para asumir los desafíos derivados de la creciente utilización de las redes: carecemos de cultura digital. Navegamos a la deriva. Un vacío que intimida incluso a los países europeos. En Inglaterra se creó un fondo encaminado a facilitar la educación digital. No existe ninguna campaña encaminada a que los nicaragüenses tengan una perspectiva crítica de las redes. Entusiasmados nos sumamos a gozar los diversos beneficios que depara la utilización de las redes. Los asumimos alegremente sin saber el desamparo en que nos precipitaríamos. Los escándalos que sacuden al mundo ni siquiera nos sorprenden. Seguimos de espaldas a las recomendaciones brindadas por especialista del más alto nivel.

Las recientes elecciones en Brasil son una clarinada. Las luces rojas quedaron encendidas. Los auspiciadores de la campaña que llevó a la presidencia a Jair Bolsonaro, condujeron a una nueva fase —más allá incluso que Donald Trump— la utilización tramposa de las redes. Los multimillonarios impulsores de su ascenso al poder, ratificaron que las redes —WhatsApp, Facebook Live, Twitter, Instagram, YouTube— son las más formidables catalizadoras de los afectos y desafectos electorales. Las mentiras, el acoso, el miedo, el desprestigio, las calumnias e injurias y la incertidumbre, son intrínsecas a estos usos. Un logro sustantivo desde su perspectiva. En las elecciones resulta clave exacerbar los más bajos sentimientos.

La crisis que atormenta al periodismo debería ser objeto de atención preferencial. La transición hacia el uso de nuevas maneras de informarse, exige la presencia de instituciones informativas especializadas. La opacidad de las redes permite eludir rostros o suplantarlos, hacer afirmaciones tendenciosas, incriminar y criminalizar a los adversarios y falsear la realidad, a sabiendas que no corren riesgos de ser sancionados. Aun con sus imperfecciones, medios y periodistas —muchas veces asistidos por los usuarios de las redes— se esfuerzan por ofrecer informaciones corroboradas. Contrario a lo que ocurre en las redes, en cada una de sus intervenciones se juegan su activo más importante: la credibilidad, base de su prestigio y existencia.

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