Opinión

Comunicación y tecnología, ¡la gran apuesta!

Urge darse cuenta de la primerísima importancia que tienen las tecnologías del saber, para la transformación de Nicaragua



Esto supone cambios radicales en los sistemas educativos, la recapacitación de los adultos. También demanda políticas y programas que ofrezcan alguna protección financiera a los trabajadores desplazados, ya que de lo contrario, los dueños de las máquinas y del capital aprovecharán las disrupciones tecnológicas para quedarse con un trozo todavía más grande del pastel económico.
Kaushik Basu

I

La forma arrolladora que las tecnologías (añadir internet) y la comunicación, se han instalado en nuestro imaginario, su capacidad de irradiación, cobertura planetaria, ductilidad, naturaleza lúdica, presencia ubicua, permeabilidad, infiltración en los entresijos de las instituciones, determinación del tiempo, redefinición de los deportes, política, guerra y religión, las convierte en dispositivos ineludibles. Marcan el ritmo cotidiano de nuestras vidas. Son omnipresentes y omniabarcantes. Nada escapa a su influencia. Ni la medicina ni la agricultura. Ni el parlamento ni las judicaturas. Ni la aeronáutica ni los vuelos espaciales. Ni la manera de gobernar. Mucho antes que todo esto aconteciera, habían modelado nuestros afectos y concitado nuestros rencores. Alegran nuestras vidas y generan pesimismo. No se trata solamente de destrezas. Se requiere de mayor educación.

Los cambios tecnológicos en el universo de la comunicación, siguen siendo la avanzadilla de la revolución científico técnica. A través de su integración y convergencia, se produjo un maridaje fantástico entre la radio, la televisión, el cine, los diarios, los satélites y todo lo relacionado con el mundo fascinante y en plena expansión de internet. Sonido, imagen y texto circulan a través del mismo canal a la velocidad de la luz. La comunicación —para nombrarla de alguna manera— vive su apoteosis. Al reconvertirse en la sangre y oxígeno del sistema nervioso social, político, económico, educativo y cultural, ocupa una centralidad indiscutible en todo lo que acontece en nuestras vidas. Su presencia forma parte del paisaje contemporáneo. Está por todos lados. Crece a velocidad exponencial. Para Gramsci, todo acto de comunicación es una relación pedagógica. Para bien o mal.

El ascenso vertiginoso de las tecnologías, tiene diferentes efectos y consecuencias, todas deberían ser objeto de estudio y análisis. Las advertencias tempranas de salir a su encuentro de manera crítica, hoy más que nunca deben retomarse. Sobre todo en nuestro contexto. Su factura continúa sigue y seguirá proviniendo de los grandes centros de poder mundial. La celeridad con que nacen y se reproducen, hace muchas veces olvidar, que responden prioritariamente a los intereses de las grandes corporaciones. Los beneficios que producen están concentrados en pocos dueños. Esto no supone darles la espalda ni renunciar a su utilización. Solo significa tomar las providencias necesarias para no ser presa fácil de los encandilamientos que provocan. Algo tan obvio no ha querido ser comprendido. Seguimos de espaldas al futuro. Debemos revertir esta tendencia.

Una de las grandes omisiones ha sido olvidarnos —por mucho que lo parezcan— que las tecnologías no son neutrales. También hemos pasado por alto, que su adopción demanda la formulación de políticas públicas. Solo de esta manera sus usos podrán ser redituados debidamente. Continúan aterrizando en nuestro entorno sin responder a una racionalidad política y tecnológica. El retraso en la formulación de estrategias educativas que respondan a los intereses del país, deriva en ventajas onerosas únicamente para los ofertantes tecnológicos y para dos o tres compañías de telecomunicaciones que operan en Nicaragua. Seguimos a la zaga. El retraso se profundiza. La tardanza en legislar en un campo sensible, constituye un bumerang. Un revés que dificulta el futuro de Nicaragua. Bailamos al son que nos tocan. ¡No debería continuar siendo así!

Son tan golosas en su hartazgo estas empresas, que hasta se aprovechan de los aparentes subproductos derivados de su utilización. Estos son igualmente importantes. Contribuyen a la elaboración del mapa cartográfico de las preferencias de los consumidores. Nada escapa a su glotonería. La morosidad del gobierno resulta letal. Durante los últimos diez años, el Ejecutivo no ha impulsado la educación tecnológica con la celeridad necesaria. Desde hace rato debió crear el Ministerio de Desarrollo Tecnológico y reconvertir Telcor, en algo moderno. La dirección del ente regulador de las telecomunicaciones, requiere de especialistas del más alto nivel. Algo impensable en las circunstancias actuales. Sin una conducción adecuada, realizada por expertos, atentos a los cambios, no se arribará jamás a buen puerto. Seguiremos a la deriva. ¡Llegó el momento de hacer un alto!

II

Tampoco del parlamento puede esperarse nada, los diputados del partido en el poder, operan como furgón de cola de los mandatos del Ejecutivo. Su autonomía es nula. El resto de bancadas funcionan como apéndices satelitales, orbitan alrededor de los designios de quien les puso en el cargo. La Asamblea Nacional se ha transformado —debido a su inercia— en cómplice de su desposeimiento por parte del Ejecutivo. Su falta de visión es alarmante. Los diputados no comprenden o no quieren comprender, la necesidad de legislar en políticas educativas y de telecomunicaciones. Su conducta —igual que Telcor— ha sido dejar hacer dejar pasar. Tienen decenas de asesores para que los iluminen. La ecuación gramsciana, político + técnico= dirigente, es incuestionable. Asistimos a un cambio de época, que exige una educación científico-técnica.

¿Qué hacer para revertir esta situación? Mientras la mayoría de las universidades —como centros de pensamiento crítico— no asuman sus responsabilidades históricas, seguirán traicionando su razón de ser. Siguen ausentes en el debate de los grandes temas que interesan a la nación. Su mudez resulta ofensiva. Dejaron de ser centros propositivos y de cuestionamiento a los diversos poderes. Enclaustrarse, desdice de su pasado inmediato. Sin contacto y de espaldas a la realidad nacional, poco o nada podrán hacer. A la libertad por la universidad  —gran lema— herencia del recordado fundador de la universidad moderna en Nicaragua, Mariano Fiallos Gil, dejó de tener algún significado. Simple eslogan para sus dirigentes. En él se cobijan y regodean de vez en cuando, hipostasiando su significado. Olvidándolo, omitiéndolo o pasándole por alto.

La centralidad de la comunicación exige otro comportamiento, incluso de parte de las organizaciones de la sociedad civil. Mientras persistan en su actitud, mañana podría ser demasiado tarde. No se podrán revertir los efectos perniciosos que tiene para Nicaragua, dejar que las empresas mediáticas y de telecomunicaciones, actúen por la libre. En vez de emitir una ley acorde con las circunstancias, prefieren seguir parchando. Carecemos de políticas y la legislación —Ley 200— es obsoleta. El esquema cuasimonopólico que disfrutan Claro y Movistar, se traduce en ventaja absoluta frente a los usuarios. Estamos desarmados. Sin un vigilante severo, que evite los desmanes de estos dos gigantes. La sordera del gobierno es pavorosa. Telcor no tiene luz propia, la recibe del Ejecutivo. No han querido ver, entender y actuar, pese a innumerables advertencias recibidas.

En lo que sí han sido diligentes, ha sido en repartir las frecuencias radioeléctricas —de  radio, televisión y telecomunicaciones— creando un esquema adverso. Las restricciones que impone esta forma de propiedad, constriñe enormemente las posibilidades de expresión de los nicaragüenses. Una visión estrábica les impide ver el resto del bosque. Urge darse cuenta de la primerísima importancia que tienen las tecnologías del saber, para la transformación de Nicaragua. La falta de políticas públicas y la concentración de la propiedad audiovisual, viene a ser el resultado de la manera caprichosa y restrictiva, que administra el gobierno las telecomunicaciones. Los efectos negativos para la democracia son ostensibles. Una minoría —la que está del lado del gobierno— puede acceder a los canales de televisión controlados por Ángel González y la familia presidencial.

Nunca han querido comprender que las comunicaciones —en su sentido amplio— constituyen uno de los recursos más importantes del siglo XXI. Cautelar las ventajas que ofrecen, debería ser imperativo para todos los nicaragüenses. El gobierno mantiene una política de puertas abiertas. Primero fue la venta de Telcor y, ahora, los vacíos existentes se revierten de manera deplorable. No existe una preparación adecuada en el campo tecnológico. Debería ser una prioridad. Ni siquiera Inatec ha sido reconvertido. Es un dinosaurio. Los funcionarios públicos —el presidente de este país, en primer lugar— están llamados a actuar con prontitud. El diseño de estrategias que permitan apropiarnos de las incalculables ventajas que ofrecen el conocimiento y dominio tecnológicos, cada vez es más apremiante. Estamos en pañales. Seguimos estancados.