Confidencial

Concertación y la Nicaragua posible

Daniel Ortega junto a Álvaro Rodríguez, de AMCHAM, y José Adán Aguerri, del COSEP, en junio de 2017 en un evento de Aaccla. Archivo/Carlos Herrera/Confidencial

En la política nacional la gran debilidad de todas las fuerzas políticas ha sido la falta de estrategia. Y de ello se deriva una reluctancia al debate político con apego a una visión filosófica y teórica sobre la transformación necesaria de la realidad política.

El orteguismo como degradación política, dentro y fuera del poder

El orteguismo, como fenómeno cultural de atraso, de negligencia e improvisación, se propaga en el conjunto de la sociedad. Pero, desde el poder se reproduce institucionalmente como forma degradante de dominación que se asimila en la conciencia oprimida. En consecuencia, las alianzas políticas, así como las divisiones y contradicciones entre fuerzas políticas no obedecen a coincidencias o a diferencias tácticas, sino a conflictos personales, a cuotas de poder, a pretensiones personales. A lo que en política se conoce como conflicto de grillos. 

La llamada oposición verdadera no se orienta a la lucha de masas, sino, a exigir mayores demandas que las que exigen los zancudos colaboracionistas. Por ello, esta oposición anhela un diálogo o concertación con Ortega. Sin embargo, en política, ni Ortega ni nadie concede algo sin necesidad.

Ello explica en buena medida que el orteguismo, como hegemonía de la burocracia sandinista, haya efectuado alianzas oportunistas como recurso inescrupuloso para acumular poder, y que se oriente –sin gran sobresalto- hacia la corrupción más desvergonzada, y a un régimen más retrógrado y absolutista que la dictadura somocista, convirtiéndose en la expresión política de la asociación de intereses del lumpenproletariado y del gran capital.

Concertación corporativa del absolutismo con el gran capital

Una concertación de Ortega con partidos opositores, por ahora, es extemporánea prácticamente, porque el régimen burocrático ha optado por el absolutismo como forma de entendimiento estable con el gran capital. Ortega no puede ampliar su concertación hacia otros sectores sin afectar la estabilidad de la concertación corporativa con el gran capital (que aprecia en grado sumo la toma de decisiones al vértice, porque para ciertos negocios fáciles el absolutismo reduce las incertidumbres y los controles molestos de la democracia).

Todo intento de análisis político con fundamentación teórica, es visto por los sectores que aman la improvisación como una manifestación de pedantería; y es observado, por quienes persiguen a toda costa cuotas de poder individual, con pereza intelectual y aburrimiento. La política es vista por ellos, exclusivamente, como administración del poder. En tal sentido, cualquier zángano adherido a un puesto estatal, se considera a sí mismo político. Estos sectores, propensos a la burocracia, serían los llamados a una supuesta concertación con Ortega.

Propuesta de concertación y de diálogo de la Nicaragua posible

Ante el deterioro del sistema político dictatorial en nuestro país, que va hacia una crisis irreversible por las acciones torpes de Ortega, y por el agotamiento de los factores que han soportado la estabilidad macroeconómica (la reversión del ciclo de buenos precios de las materias primas, la extinción de la ayuda venezolana, la reducción del precio del petróleo, el cese del financiamiento concesional, la reducción de la inversión extranjera asustada ahora por el creciente aislamiento internacional de la dictadura), Humberto Ortega propone una concertación, y Serrano Caldera la Nicaragua posible. En ambas propuestas subyace la misma idea. O sea, que el diálogo puede eliminar las contradicciones políticas, o soslayarlas, en virtud de acuerdos y consensos. Maquillando, oportunamente, los rasgos más groseros de la dictadura si llega a estar bajo rechazo y condena.

La contradicción principal es entre dictadura orteguista y la nación

Cabe mencionar que la contradicción principal en Nicaragua es entre la nación y la dictadura orteguista, mientras la concertación sería entre la dictadura y los aspirantes a puestos estatales. De modo, que estas propuestas conciliadoras pretenden conducir engañosamente a la sociedad a negociar con la dictadura, sustrayéndola de la lucha por los derechos ciudadanos.

Si el diálogo se produjera a consecuencia de la lucha, y si fuese para desmontar previsoramente a la dictadura luego de un avance decisivo de las fuerzas progresistas, parecería útil, pero, la retirada de Ortega del poder es una ilusión si la correlación de fuerzas no favorece aún a la nación en contra de Ortega.

Serrano Caldera escribe que en medio de todo lo que separa debe encontrarse lo que une, identificar los valores que en medio de las diferencias pueden conducir a la unidad de la sociedad.

Es como decir a alguien infartado que se encontrará lo que le funciona bien, en lugar de atender el infarto en medio de la emergencia médica. En cambio, lo que se debe sopesar en política es la causa de la confrontación social, para superarla progresivamente, no para ignorarla como pide Serrano.

Para transformar la realidad política se requiere la unidad, no de “opositores”, sino, de luchadores sociales 

Para Serrano, que no adelanta ninguna transformación necesaria de la realidad, la unidad de la sociedad es un fin en sí. Piensa que la unidad es la ausencia de lucha, y esa ausencia es el objetivo que busca, al igual que Humberto Ortega, pero éste por razones más mezquinas.

En política – que es el tema en cuestión -, hay luchas inevitables por la libertad y por el progreso, contra fuerzas reaccionarias opresivas que conducen al país a la barbarie y a la degradación. Luchas que se deben preparar estratégicamente en lugar de evitarlas. De modo, que la Nicaragua posible debe ser la Nicaragua necesaria, en el sentido del desarrollo cualitativo que sugiere Hegel. Lo que está en discusión son los intereses que deben prevalecer en la sociedad para avanzar en la construcción democrática de la nación. Porque hay intereses que evidentemente se benefician y prosperan con un sistema político represivo, dictatorial, que garantiza impunidad al abuso y a la corrupción.

La síntesis dialéctica ocurre en una contradicción objetiva, no subjetiva

Por medio del diálogo – escribe Serrano -, se puede alcanzar la síntesis de posiciones contradictorias, diseñar las estrategias nacionales, y construir las bases de un Estado que reafirme los principios que sustentan la democracia y el Estado de Derecho.

Este párrafo es un despropósito completo: de carácter filosófico, histórico, político. Una unidad estratégica, política y nacional, sólo es posible entre quienes comparten filosofía, teoría, principios, programas, líneas políticas, intereses sociales. Es decir, entre militantes de un partido. Las posiciones contradictorias, subjetivas, no tienen síntesis.  Lo que admite síntesis es la realidad, en proceso de cambio. No las posiciones políticas.

Por ejemplo, ante el régimen orteguista que se enriquece con el control del Estado, deformándolo, y que sustrae los derechos ciudadanos (tesis); los distintos sectores de masas forman organizaciones ad hoc para defenderse de la agresión orteguista (antítesis). Estas organizaciones de masas (por ejemplo, el Consejo Nacional en Defensa de Nuestra Tierra, Lago y Soberanía) se convertirán, ya desde la lucha, en la fuente de un nuevo modelo de poder político, para reorganizar diferentemente a la sociedad (síntesis). La síntesis es el salto cualitativo de la realidad, no la componenda política, como piensa Serrano. 

El diálogo puede servir para superar contradicciones subjetivas entre marido y mujer, no para transformar la realidad contradictoria. Ésta se transforma por un cambio cualitativo en la correlación de fuerzas de sectores sociales en lucha. El diálogo subjetivo con el opresor, en lugar de la lucha en su contra, busca un pacto que deja intacta la opresión.

Concertación con la dictadura para legitimar a la dictadura

Humberto Ortega propone una concertación entre el orteguismo y representantes corporativistas de los gremios (que reivindicarían reformas dispersas, de carácter inmediato, y de contenido gremial). No cualquiera puede llegar a la concertación, dice Humberto Ortega. Cada gremio –continúa este otro Ortega, menos político- debe acordar una única posición, y delegar en un único representante. De lo contrario, -afirma- la concertación se transformaría en una torre de Babel.

La institución, por excelencia, de concertación política dinámica es el parlamento, con delegados de las distintas fuerzas políticas libremente electos en razón del apoyo en la población. Toda concertación, como institución formal al margen del parlamentarismo, es una maniobra antidemocrática de negociación y pacto, para compartir cuotas de poder con la dictadura.

Este señor intenta imponerles a los gremios que se encojan y agachen la cabeza para que quepan en su plan estrecho, antiparlamentario. Humberto Ortega actúa ya como portero de la concertación inviable, revisaría y examinaría a la entrada, juzgaría y mandaría, como Minos a la puerta del inframundo. Su concertación corporativa más amplia –y totalmente impráctica- es una pálida copia artesanal de la concertación corporativa en marcha con el gran capital, desarrollada por el otro Ortega (con un instinto mucho más político, a pesar de su torpeza estratégica).

Lo absurdo de su propuesta es que las posiciones políticas respecto a la marcha del país, desbordan la perspectiva estrictamente gremial-profesional. Los realineamientos políticos e ideológicos cruzan transversalmente a los gremios. Habrá algunos periodistas, carpinteros, abogados, ingenieros, conductores… de ideología socialista, otros de ideología liberal, o conservadora, de izquierda, de centro, de derecha, etc. Habrá orteguistas y antiorteguista en un mismo gremio. Porque la política nacional no se divide en gremios, ni hay posiciones políticas gremiales. En cambio, con el gran capital, la concertación se fundamenta en intereses económicos que se ven cautivados por la impunidad, como los topos que se sienten atraídos por la oscuridad subterránea.

Sin embargo, lo más grave es que esa idea corporativista absurda, de tipo gremialista, surge desde una repugnante perspectiva más profundamente burocrática, ya que les niega a las masas la posibilidad de decidir su propio destino por medio de su movilización política independiente. Pero, más pedante aún, a este propósito Humberto Ortega decreta que los cambios estructurales de la sociedad ya no son necesarios. Precisamente, ahora, cuando el cambio más elemental para superar la realidad opresiva pasa por retirar a Ortega del poder.

Humberto Ortega, tan absolutista como el otro, piensa que él debe decidir qué cambios políticos son necesarios y cuáles no.

La visión de Serrano se fundamenta en la metafísica, y en un subjetivismo voluntarioso extraordinariamente trivial. En Humberto Ortega prevalece un rechazo íntimo a la revolución social. De ahí que, burócrata empedernido, antidemocrático, se olvide prontamente de la concertación gremialista recién formulada, y exclame con arrogancia: Los sandinistas no permitiríamos… una dinastía…, pero, sí estilos de gobierno parecidos a la dinastía…

¿Qué instancia antidemocrática es esa (“de los sandinistas”) que, a espaldas de las masas, de la concertación, y de los gremios, decidiría a su discreción el rumbo del país, y lo que permitirían y lo que no permitirían?

Ya pasamos por eso. Con esa imposición del aparato sandinista llegamos al orteguismo. A un punto de partida más atrasado, política y económicamente, que la dictadura somocista.

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El autor es ingeniero eléctrico.