Opinión

Contradicciones entre lo que nace y lo que agoniza

A partir de su masacre de abril, los dictadores “descubrieron” que el país estaba poblado de terroristas, golpistas y vandálicos



El hecho de que la Policía se arrogara el derecho de burlar las normas constituciones con su decisión de prohibirle a la Unidad Nacional Azul y Blanco hacer una manifestación el 25 de noviembre pasado no causó asombro, porque suprimir derechos es lo que se viene haciendo desde que la Policía se convirtió en guardián de la dictadura.

Lo más absurdo, después que los dictadores Ortega Murillo le ordenaron ir “con todo” contra el derecho de los ciudadanos a protestar, es que la guardia orteguista se haya inventado una justificación propia de un sistema político fascista: acusar a priori a los promotores de la manifestación de que efectuarían actos “vandálicos”, “terroristas” y “golpistas” y, además, anunciarles que los tenía bajo investigación por esos mismos “delitos”.

La Policía orteguista hace graves acusaciones sin presentar la mínima prueba sobre un “golpe de Estado”, como pretexto para desplegar su propio terrorismo, y olvidando adrede que el único golpe de Estado en Nicaragua lo propinó Daniel Ortega a la Constitución Política para reelegirse.

Una verdadera autoridad es la que sabe ganársela, y no porque se la otorgue una dictadura, tampoco miente tan torpemente sabiendo que basta mirar los vídeos de las manifestaciones populares, para observar cómo, entre alegres multitudes hay niños “golpistas” en brazos de sus madres, “terroristas” de cuatro a 12 años con cintillos y banderas azul y blanco, “vandálicos” jóvenes y adultos de ambos sexos con trajes típicos bailando al son de las marimbas, y “delincuentes” ancianos en sillas de ruedas, gritando consignas políticas.

Con la misma torpeza, la dictadura somocista calificaba de terrorismo a militantes y líderes del FSLN, incluido el actual dictador.

Estas acusaciones solo pueden ser creíbles para quienes las quieran creer, como algunos burócratas de gobiernos del Alba y de un sector de la izquierda internacional, a quienes me parece oportuno recordarles que con su apoyo a la dictadura Ortega-Murillo, están ganando más adversarios entre el pueblo nicaragüense… ¡que los creados por la propaganda anticomunista norteamericana durante sesenta años!

Con su apoyo a este régimen criminal, al menos provocan confusión política, y cuando repiten los argumentos orteguistas de que la lucha de nuestro pueblo es una conspiración auspiciada por los Estados Unidos –por su condena a este régimen—, lo que ganan es dificultar a los nicaragüenses la identificación de la auténtica política hegemónica norteamericana.

Con ese apoyo a la dictadura Ortega-Murillo, exponen a nuestro pueblo a dos situaciones inconvenientes: por un lado, a seguir siendo víctima de dos dictadores psicópatas; y por el otro lado, a caer definitivamente bajo la influencia hegemónica de los Estados Unidos, al amparo de sus sanciones a los dictadores, dizque en solidaridad con nuestro pueblo.

Igual que esos burócratas de izquierda nos amenazan con más muerte y persecución cuando se solidarizan con la dictadura, Donald Trump, nos amenaza tras su mentira histórica: que “la situación de Nicaragua es una amenaza extraordinaria e inusual para la seguridad nacional de los Estados Unidos”.

¿Por qué, ese absurdo, si quien ha creado esta situación y merece el repudio internacional es Ortega? Pero no porque Ortega amenace a la potencia imperial, sino… ¡porque está amenazando la vida y los derechos de los nicaragüenses!

¿Acaso no se dan cuenta de eso lo burócratas del Alba? ¿O es que tienen más en cuenta sus intereses de Estado?

Un breve vistazo a la historia por el ojo de una aguja, nos daría idea de que Estados Unidos nunca le interesó nuestra vida democrática: le daría la imagen de un país pequeño y pobre con su seguridad nacional aplastada bajo la ocupación militar norteamericana durante 21 años (1912-1933), imponiéndonos… ¡doce “presidentes” y una dictadura dinástica de 45 años!

¿Los recuerdan?: Adolfo Díaz, Emiliano Chamorro, Diego Manuel Chamorro-Tomás Martínez, Carlos José Solórzano, Adolfo Díaz (otra vez), José María Moncada, Juan Bautista Sacasa, Anastasio Somoza García (varios títeres suyos), Luis Somoza, René Schick (otros títeres) y Anastasio Somoza Debayle.

Nunca está demás recordarlo, porque aquí está activa la tendencia a fingir olvido con su culto al fatalismo geográfico, y por la simple razón de que… ¡solo respetando nuestra historia podremos ser libres alguna vez!

Volviendo a la actualidad, la inquisición orteguista representa al pasado, junto a sus brutalidades y sus aliados políticos zancudos, mientras la auténtica oposición no partidista está creciendo.

¿De dónde sacaron tantos “terroristas”, si hasta el 18 de abril los Ortega-Murillo creían que había asentimiento, indiferencia o tolerancia con su dictadura, y propagaban la mentira de que Nicaragua era el país “más seguro de Centroamérica”?

A partir de su masacre de abril, los dictadores “descubrieron” que el país estaba poblado de terroristas, golpistas y vandálicos, y de inmediato aceleraron la matanza y los secuestros para devolverle “la paz y la tranquilidad” al país.

Pero aquí y en todo el mundo se comenzó a recocer entre esos “terroristas”: exrectores de la Universidad Autónoma de Nicaragua –Carlos Tünnermann y Ernesto Medina— y este, también rector (aún) de la Universidad Americana de Nicaragua, propiedad del Ejército Nacional.

Sigue lo más sano de la población trabajadora de todo el país, catedráticos (algunos ya expulsados) de universidades nacionales, estudiantes universitarios y de secundaria. Periodistas perseguidos (uno asesinado), médicos despedidos, perseguidos o exiliados, economistas y de otras profesiones, defensores de derechos humanos, mujeres de todas las profesiones dedicadas a las actividades sociales y de género.

Entre esos terroristas sui géneris, hay escritores, trabajadores de la educación, poetas, artistas de distintas disciplinas, y cantautores  como Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy (cronistas musicales de dos revoluciones: la armada de julio-79 y la cívica de abril-2018), promotores de cultura, técnicos, empresarios, dirigentes y miembros disidentes de partidos políticos tradicionales, incluido el FSLN.

El ideal que los sacó de sus centros de estudios y actividades sociales para irse a las calles a luchar contra la política corrupta y criminal de los Ortega-Murillo, fue el de la libertad, justicia y democracia.

Especial encono tienen los dictadores contra las mujeres feministas, algunas nacionalizadas o residentes desde hace cuarenta años, activas contra la violación de los derechos humanos, como Ana Quirós, recién expulsada ilegal y violentamente del país, más sus bienes confiscados.

Lo que impulsó a la juventud a luchar contra la dictadura, fue en solidaridad con los jubilados agredidos por la turba “juvenil” orteguista, y la defensa de sus pensionas futuras, amenazadas con las reformas inconsultas al Seguro Social, saqueado por distintos gobiernos.

La explosión de esta crisis, nunca fue una labor de ningún político ni partido político y tampoco de un poder extranjero, sino resultado de las contradicciones sociales, políticas y de la corrupción partidaria generadora de dictadores como los Somoza, y el actual dictador Ortega, quien cuarenta años atrás comenzó como  antítesis de un Somoza y se  convirtió en el émulo de su dinastía.

Nicaragua nunca volverá a ser como era antes del 18 de abril, y todo lo nuevo que hoy se construye en este doloroso proceso, tampoco se parecerá a lo que aún sobrevive de la politiquería.

La garantía de un futuro libre y democrático, es seguir cultivando la tolerancia mutua entre las diferentes tendencias políticas e ideológicas integradas en la Unidad Nacional Azul y Blanco, aun cuando esta, como todo en la vida, no está libre de contradicciones, pero superables en paz, democracia y patriotismo.

Cualquier otra vía, será falsa.