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Crecí odiando a Rubén Darío

En un evento literario, un universitario explicó por qué el sistema educativo no logra que valoremos la dimensión poética de Darío



“Yo crecí odiando a Rubén Darío”, afirmó una joven estudiante de la Universidad Americana (UAM) al intervenir en el conversatorio durante el que Francisco Bautista presentó su obra más reciente, titulada “Último año de Rubén Darío” y que yo comenté. Su revelación causó risas entre los condiscípulos que colmaron el auditorio principal, pero la serena explicación con la que arguyó el por qué de su sentimiento cesó las risas y varias cabezas asintieron, lo que podría suponer que avalaban sus argumentos y quizá hasta compartían su antipatía contra el poeta.

“Crecí odiándolo –continuó- porque en mi infancia los maestros me exigían memorizar sus poemas, y eso me angustiaba dos veces: una, porque yo prefería entender lo que leía; y, otra, porque también me obligaban a recitarlos ante los demás niños, y yo padecía fobia escénica”, dijo. Luego preguntó a quienes dirigen el sistema educativo nicaragüense cómo leer a Rubén Darío para valorar su verdadera dimensión poética e intelectual sin tener que odiarlo.

Se dice que la costumbre se hace ley, y en el caso de escuelas e institutos se ha convertido en mandato memorizar algunos poemas de Darío, y ahora los saben niñas, niños y adolescentes, sus madres y padres, abuelas y abuelos, y es probable que aun sus bisabuelas y bisabuelos, porque son los mismos que han aprendido tantas generaciones.

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Hace poco, entre los múltiples actos para conmemorar el centenario de la muerte de Darío, un arquitecto, profesor universitario, recitó Sonatina, y en el auditorio se sintió la tristeza de la princesa, que ha perdido la risa, que ha perdido el color, y hasta los suspiros escapando de su boca de fresa, mientras numerosos labios repetían los versos familiares, y el recitador levantaba sus manos al cielo, una primero, otra después, quizá recordándose niño debutando en su escuela, enorgulleciendo a sus padres, mostrando que tiene excelente memoria, y a lo mejor, con el tiempo y su inteligencia, hasta llegue a ser poeta. Y los aplausos fueron los de una multitud de niños, silbidos incluidos.

¿Y aprender esos poemas de Darío es indebido? No, de ninguna manera. Lo que las autoridades educativas deben revisar es cómo estudiar la obra de Rubén Darío para comprender lo que hay en sus versos, los significados de sus destellantes metáforas, o lo que subyace en sus misteriosas sentencias. ¿Comprenderán los niños y niñas que vemos recitando en los canales de televisión lo que están diciendo o sólo repiten lo cautivado por sus pródigas y frescas memorias?

Con Darío ocurre una curiosa ambivalencia, pues todos los nicaragüenses lo conocemos, hablamos de él como si viviera en la misma cuadra de nuestra barrio, lo hemos llamado paisano inevitable, pero al mismo tiempo, su persona y su obra son desconocidas para miles de sus coterráneos. Más allá de los poemas de nuestra infancia -para llamarlos de alguna manera-, poco sabemos de los que escribió en su madurez poética y cronológica, y menos aún de su quehacer en el periodismo que desarrolló en Europa, de sus excelentes crónicas, de su desempeño en el mundo diplomático, o de su profusa producción epistolar con personajes e intelectuales del mundo de entonces.

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Y ya no digamos de sus carencias afectivas, cuyos efectos lo persiguieron desde la infancia hasta sus últimos días; de las atribulaciones provocadas por la depresión, de sus interminables noches de insomnio con la lámpara encendida temiendo que con la oscuridad los muertos se sintieran invitados a entrar a su habitación; de sus cuantiosos amores, desamores y sueños de juventud, que lo empujaron a tierras lejanas; de las terribles crisis derivadas de sus noches de bohemia; de los estragos alucinantes del alcoholismo. En fin, la persona y la personalidad de ese Darío que no conocemos y apenas sospechamos; de ese Rubén Darío, mortal al fin de cuentas, que de manera constante se columpió en un péndulo que lo mecía de lo profano a lo divino; de la tranquilidad al desasosiego; de la calma a los abusos; de la quietud a las terribles depresiones y angustias del alma, hasta llevarlo más de una vez a la antesala del suicidio.

Quizá una de las maneras de acercarse a Darío para conocerlo es dilucidando sus poemas, pero no los que parecen discos rayados, sino otros, menos comunes, más intensos y profundos, como sus Nocturnos, La Tortuga de oro, esa que camina por la alfombra y traza un misterioso estigma, los de Prosas profanas, o de Cantos de Vida y de esperanza. Y sus excelsas crónicas, que nos llevan a viajar con él y disfrutar las tierras solares, las ceremonias en el Vaticano, las visitas a ciudades y museos de España, Italia, y por supuesto, París, y tantos lugares de Europa conocidos por ese incansable peregrino. Pero el método de enseñanza debe ser transformado. Debe ser sustituida la obligatoriedad, y entrar de manera lúdica al regocijo, y sistematizar su estudio después. La sicopedagogía indica que si el o la docente obliga al niño, niña o adolescente a hacer lo que no quiere, no lo hará. Y tampoco le importará si le ponen mala nota, porque en su mundo una nota significa poco, y en muchos casos, nada.

Vea un reportaje televisivo de Esta Semana aquí. 

Obligar a memorizar y repetir como loros sólo conduce a la frustración, a que muchas personas -muchachos hoy, adultos mañana- creen aversión a los libros y peor aún, a pensar. Cultivemos el hábito de leer, tan escaso en estos tiempos, como una manera de labrar nuestra imaginación, adquirir pensamiento propio, y crecer hasta el cielo.

Managua, Ahuacalí