Opinion

Crisis mediática se profundiza

Es difícil cuando no imposible que germine la libertad de expresión en un país donde los medios continúan cerrándose

La crisis política que vive Nicaragua desde las protestas ciudadanas en abril de 2018, incidió en el cierre de El Nuevo Diario. Lo paradójico fue que nació en mayo de 1980, con la intención de asumir la defensa de la revolución sandinista y un gobierno de la misma filiación político-ideológica se encarga ahora de precipitar su cierre. El cambio en su política informativa obedeció a la manera drástica que la Dirección General de Aduanas, (DGA) se abstiene de entregarle la materia prima para su edición impresa. Aun cuando sus dueños hayan omitido las causas reales de su desaparición, aduciendo que se debía a problemas económicos, técnicos y logísticos, la verdad es que la razón de fondo tiene carácter político. El Nuevo Diario no escapó a la crisis. No existe otra explicación solo a riesgo de hipostasiar la verdad.

Las reacciones de pesar y condena de diferentes personalidades son el mejor termómetro para apreciar la importancia y el respeto que goza la prensa entre la sociedad nicaragüense. Un respeto que ha venido acrecentándose a partir de la forma que medios y periodistas han asumido la defensa de las libertades ciudadanas. Las denuncias de los atropellos cometidos contra los representantes de distintos sectores sociales, económicos, políticos, religiosos, sindicales y ciudadanía en general, enaltecen su labor. Ni siquiera en las condiciones más aciagas han dejado de reportar el acontecer nacional, aun a riesgo de sus vidas. La salida intempestiva del país de un buen número de periodistas no amilanó su ánimo. Muchos tuvieron que reinventarse y asistirse de las redes sociales para continuar su trabajo.

El cierre ocurre en un contexto de asedio constante contra medios y periodistas de parte de las autoridades nacionales. Lo ocurrido a El Nuevo Diario viene a ser la continuidad de una política que no admite ningún tipo de disidencia o cuestionamientos. Si fuese lo contrario desde hace rato la DGA hubiese decidido entregarle los insumos que mantiene retenidos, pese a que los impuestos de introducción al país desde más de un año fueron cancelados. Los gobernantes jamás han sido proclives de compaginar con medios opuestos a su gestión. La prensa jamás ha tenido sosiego. Valiéndose de distintos instrumentos de naturaleza represiva como la Dirección General de Ingresos (DGI), el Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS) y del mismísimo Telcor, el gobierno ha tratado de acallar voces sin poder conseguirlo.

A través de nuestra historia sociopolítica, los nicaragüenses nos hemos percatado de la necesidad de contar con medios ajenos a la tutela gubernamental. Sabemos distinguir perfectamente entre lo que es información y propaganda. El discurso de los medios que apoyan el poder siempre ha sido elogioso. Demasiado empalagoso. Se muestran ciegos, sordos y mudos ante cualquier desliz que pudiesen cometer los gobernantes a quienes avalan. En las circunstancias actuales, el país requiere de voces que den a conocer todo cuanto ocurre a lo largo y ancho de Nicaragua. La demanda de información de calidad se ha incrementado. Los nicaragüenses exigen análisis que les permitan orientar sus vidas en medio de la incertidumbre política y la dura situación económica que están padeciendo. Esta circunstancia torna imprescindible la existencia de medios ajenos a la influencia y cooptación gubernamental.

Siempre he sido crítico de las actitudes condescendientes de los propietarios y directivos de El Nuevo Diario con los gobernantes. No pudieron mantener la política informativa y editorial que hizo de este medio de comunicación una de las instituciones más respetables del país. Las concesiones económicas recibidas y la luna de miel que mantenía el sector empresarial a través de un modelo corporativo beneficioso, hizo que El Nuevo Diario se convirtiese en un medio anodino, sin ningún impacto en la opinión pública, no obstante los esfuerzos y deseos de sus periodistas. La mediatización era absoluta. Las omisiones constantes en que incurría eran lamentables. Hipotecó su prestigio. No fueron capaces de entender que un medio dulzón y almibarado no goza de aceptación. Un aprendizaje desde la época del somocismo.

Disentir de un medio de comunicación no supone que uno desee su desaparición. Las observaciones y recomendaciones que hacíamos desde el Observatorio de Medios-CINCO, estaban encaminadas a mejorar su desempeño. Muchos medios y periodistas lo entendieron, no así los nuevos directivos del El Nuevo Diario. En Nicaragua no existe una cultura de rendición de cuentas. Ni de parte de los funcionarios públicos ni de parte del sector privado. Las restricciones impuestas a los colaboradores de su página de opinión y el cambio radical en su política informativa, impactó de manera negativa en sus índices de lectura. Tuvieron que salir en desbandada. A otros les clausuraron sus columnas semanales. Dimitió en el momento que los nicaragüenses más necesitaban de sus luces. Si no hubiesen ocurrido las protestas y la cauda de muertes y reprimidos, El Nuevo Diario seguiría igual. No se hubiera inmutado.

Para muchos la decisión tomada por los dueños de El Nuevo Diario no fue más que un movimiento calculado. No le dan crédito. Descreen de su actitud. Comenzando por el sigilo con que trató a su cuerpo de redacción. Acostumbrados solo a obtener ganancias con esta medida podrían evitar seguir operando con saldos rojos y de paso no entrar en contradicciones con los gobernantes. Un doble rédito, con el agregado de tratar de aparecer como víctima ante la opinión pública. Este es el sentimiento mayoritario de los nicaragüenses. Sobre todo, tomando en consideración los golpes recibidos en las redes sociales, al traspolar acusaciones de lavado de dinero hechas contra Banpro en El Salvador como si hubiesen sido realizadas en Nicaragua. ¿A qué se deberá esta reticencia? Cuesta que convenzan. ¿Una retirada perfecta?

Los gobernantes nunca quisieron entender que las relaciones prensa-gobierno siempre están llenas de tensiones. Cargadas de fricciones. En Nicaragua nunca han querido entender que la misión fundamental de la prensa es fiscalizar tanto al poder público como privado. Sus acciones estarán sometidas constantemente al escrutinio público. Los medios contribuyen de diversas maneras a mejorar el desempeño de su gestión. Especialmente en los regímenes democráticos. Nadie que ejerza funciones públicas puede saberse ajeno a las críticas. El retraso que entramos en el siglo veintiuno en materia de libertades ciudadanas obedece a la escasa comprensión de la importancia de la libertad de expresión como un derecho humano fundamental, cuyo ejercicio no debe ser objeto de censuras y condicionalidades.

El cierre de El Nuevo Diario ⸺temporal o definitivo⸺ ensombrece el panorama nacional, limita el ejercicio de la libertad de expresión y restringe la capacidad de los nicaragüenses de ejercitar su derecho a la palabra. El envío al desempleo de los periodistas y demás empleados, incrementa la difícil situación por la que pasan millares de familias nicaragüenses. El desempleo crónico que ha vivido el país históricamente se agravó a partir de abril y no hay visos de mejoría inmediata. Como ocurrió en la década de los ochenta, el fenómeno de la diáspora se reproduce ahora en condiciones más precarias. Millares de familias han quedado en el desamparo. El gremio periodístico ha sido uno de los gremios más afectados. No solo han perdido sus empleos, también su vida y hacienda. Continúan siendo reprimidos.

Es difícil cuando no imposible que germine la libertad de expresión en un país donde los medios continúan cerrándose, periodistas y medios de comunicación son asediados y agredidos. Los nicaragüenses necesitan hoy más que nunca de una pluralidad de medios. ¿A dónde acudir cuando el estrangulamiento aduanero del diario La Prensa pareciera inminente, las instalaciones de las radioemisoras opositoras son rodeadas por la Policía Nacional y existe el riesgo permanente de que sus antenas sean destruidas? Urge un golpe de timón de parte de las más altas autoridades. En esta contienda no hay ni vencedores ni vencidos. Los grandes perdedores somos todos. Sin una auténtica reconciliación nacional no habrá paz ni pan en los hogares. El cierre de El Nuevo Diario invita a la reflexión y la cordura.

Ningún nicaragüense puede llamarse a engaño, el país no ha recuperado todavía la normalidad. El patrullaje en las calles de la capital, las detenciones de los autoconvocados, los juicios contra los abogados defensores de los derechos humanos, el señalamiento en las casas de habitación de opositores, la salida continua de nicaragüenses hacia Costa Rica, el cierre de empresas y el despido de trabajadores, indican lo contrario. La decisión de los dueños de El Nuevo Diario de cerrar su edición impresa y digital son señales claras de la necesidad de hacer un alto, para buscar el reencuentro de las familias nicaragüenses antes que el país termine desangrándose por completo. La sensatez y el buen juicio deben imponerse. Solo entonces Nicaragua se enrumbará por el camino de la normalidad deseada.

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